Dedicado a mi amada leoncita, Elena, te quiero

Antiguamente, en China, la gente creía que el movimiento de los astros regía el destino de cada ser viviente; pensaban que cada hombre nace bajo el signo de una estrella y que ésta gobernaría toda su vida con arreglo a unas leyes que sólo los sacerdotes expertos en Astrología podían descifrar consultando el Gran Libro del Destino, donde quedaba registrado el futuro que aguardaba cada individuo: si será feliz o desgraciado, rico o pobre, el número de hijos que tendrá; la edad que alcanzaría.

Los padres del joven Chao Yen creían firmemente en la astrología: y cuando el muchacho cumplió los dieciocho años, fue con su padre a la ciudad para que un astrólogo descifrase el porvenir que le esperaba.

Durante varios minutos, el sacerdote consultó el Gran Libro del Destino; y, mientras consultaba las amarillentas páginas, su anciano rostro se entristecía más y más. El padre de Chao Yen preguntó, alarmado:

-¿Qué sucede? Por favor, dígame qué reserva el futuro a mi único y muy amado hijo. ¿Le espera un bello porvenir?

El sacerdote levantó su mirada del libro y, tras un penoso silencio, manifestó con visible pesar:

-Resulta muy doloroso para mí, pero he de decirle que su hijo Chao Yen morirá a los diecinueve años: así está escrito en el Gran Libro del Destino.

El joven Chao Yen se echó a reir al oír tales palabras: ¿cómo podía orir tan joven él, un robusto muchacho que nunca había estado enfermo y que era, sin duda, el mejor cazador de la región?

Tampoco su padre daba crédito a la predicción del sacerdote, pues dijo:

-No es posible: ha de haber algún error.

Pero el sacerdote afirmó inflexible:

-No hay ningún error: así está escrito en el Gran Libro del Destino.

Los dos viajeros volvieron a su casa, donde la madre les esperaba impaciente. Y cuando la buena mujer supo el pronóstico del sacerdote, no pudo ocultar su amargura y rompió a llorar desconsolada.

-No te preocupes -la animó su esposo-; no podemos dar crédito a los augurios del anciano sacerdote, el pobre es ya tan viejo que no puede profetizar con acierto.

De momento, aquel razonamiento pareció tranquilizar a todos y, durante los meses siguientes, apenas si se acordaron de la terrible profecía; y, si alguna vez hablaban de ella, no se inquietaban demasiado, sobre todo cuando estaban los tres juntos.

Pero, a medida que el tiempo iba avanzando, por las noches, cada uno rumiaba en silencio su temor de que el vaticinio del astrólogo pudiera cumplirze.

El joven Chay Yen fue perdiendo poco a poco el apetito y cada noche le costaba más conciliar el sueño. Por fortuna, aún se conservaba robusto y continuaba cazando venados por las montañas próximas a su casa; su pulso se mantenía firme y sus flechas partían certeras en busca de la pieza.

Faltaban ya pocas semanas para que Chao Yen cumpliera los diecinueve años. Una mañana, nuy temprano, salió de casa llevando a su espalda el carcaj lleno de flechas y en su mano un flexible arco.

El joven apenas había logrado dormir por la noche y pensó que era preciso irse a cazar a las montañas nás lejanas esperando que, con el cansancio de la cacería, su descanso nocturno sería más tranquilo.

A mediodía, después de cazar dos hermosos venados, Chao Yen se tendió a la sombra de un árbol cerca de las dos piezas capturadas y no tardó en quedar profundamente dormido.

Cuando despertó, ya era más de media tarde y escuchó unas voces no lejos de él. Miró en la dirección de donde venían y vio a dos figuras humanas sentadas bajo un árbol cercano. Aparentemente eran dos hombres, el uno, joven, vestido con una larga túnica azul y con una negra coleta que le llegaba hasta la cintura; el otro, un anciano de frente muy pronunciada y blancos cabellos con una túnica verde y zapatillas del mismo color con hebillas plateadas.

Ambos estaban sentados en el suelo y, entre los dos, había un tablero de ajedrez colocado sobre el tronco de un árbol derribado. Los dos hombres estaban abstraidos en una partida de ajedrez y, cuando un jugador movía una ficha, consultaba a las estrellas y pronunciaba una cifra comprendida entre el cero y el diez.

-Cuatro...

-Tres... Resultaban cuarenta y tres.

Chao Yen permaneció inmóvil, sobrecogido por el impresionante espéctaculo de aquellos dos extraños hombres jugando al ajedrez a la incierta luz del atardecer. Todo le resultaba caprichoso o, al menos, incomprensible: la figura fantástica de los dos jugadoresm el modo como movían las fichas y las cifras que pronunciaban; aquel juego indescifrable debía obedecer a unas reglas que sólo los dos jugadores conocían. Y aquellas cifras misteriosas...

-Dos -dijo el anciando con tristeza.

-Siete... Sólo veintisiete...

-¡Nueve! -gritó después el viejo con alegría.

-¡Ocho! -completó también el gozoso joven-. ¡Han salido noventa y ocho...!

-¡Magnífico! ¡Este hombre afortunado vivirá noventa y ocho años! No está mal, ¿eh?

En su escondite, Chao Yen se sintión conmovido por una gran emoción: ¡había comprendido que aquellos hombres no eran hombres vulgares: debían de ser unos Magos o algo parecido y eran los que, con su extraño juego, fijaban la suerte de los seres humanos, los años que habían de vivir...!

En aquelo momento, sin que pudiera evitarlo, Chay Yen realizó un movimiento con su cuerpo produciendo un pequeño ruido, lo cual hizo que los fantásticos jugadores volvieran su vista hacia el muchacho.

-¿Qué haces ahí? -preguntó el anciano.

-¿Cómo has llegado hasta estas elevadas montañas? -intervino el más joven-. Sólo los elegidos pueden subir hasta aquí.

Chao Yen les explicó con palabras emocionadas su enorme angustia ante el triste futuro que le esperaba.

-Me llamo Chao Yen -explicó-. Y el astrólogo me anunció que moriría a los diecinueve años. Faltan ya muy pocos días para que alcance esa edad... ¡Pero ustedes, si quieren, pueden ayudarme! ¡Yo no sé quienes son ustedes, pero he visto que deciden la suerte de los hombres! ¡Ayúdenme!

-No es posible -respondió el anciano-. No podemos corregir lo que quedó escrito en el Libro del Destino.

-¡Pero ustedes son los que deciden el futuro de los hombres! -habló con ansiedad Chao Yen-. O ¿es que estoy equivocado? ¿Quiénes son realmente ustedes?

-No te equivocas, Chao Yen -dijo el más joven-. Mi compañero es el Genio de la Larga Vida y yo soy el Genio de la Juventud; y nuestras partidas de ajedrez, en combinación con el movimiento de las estrellas, deciden el futuro de los hombres. Pero no podemos corregir lo que está ya registrado en el Gran Libro del Destino.

Chao Yen no se desanimó y siguió suplicando con humilde confianza:

-¡Por favor, alarguen un poco mi vida! ¡Sólo puedo ofrecerles los dos venados que he cazado; pero, si atienden mi ruego, subiré frecuentemente a esta montaña para obsequiarles con mi caza!

Los dos Genios se retiraron unos pasos y hablaron entre sí en voz baja.

-Chao Yen ha visto demasiado -dijo el Genio de la Larga Vida-: ha presenciado lo que ningún hombre vio antes que él.

-Por otra parte -habló el Genio de la Juventud-, si ha logrado subir hasta nuestra montaña secreta es que, por sus grandes virtudes, ha triunfado de su Destino.

-¡Exacto! -admitió alegremente el Genio de la Larga Vida-. ¡Volvamos a jugar la partida correspondiente a Chao Yen, es el único hombre que, por su valor y constancia, ha logrado descubrir nuestro secreto y, seguramente, el resultado le será más favorable esta vez! ¡Bien: comenzemos ya!

Y ante la mirada asombrada de Chao Yen, los dos Genios repitieron la vieja partida; las cifras que correspondían a otros hombres iban resultando tal y como estaban escritas en el Libro del Destino. Sin embargo, cuando le llegó el turno al Destino de Chao Yen, los movimientos de las fichas dieron los mismos númertos, ¡pero invertidos!

-¡Nueve! -dijo el Genio de la Juventud.

-¡Uno! -gritó alborozado el Genio de la Larga Vida-. ¡Son noventa y un años!

Chao Yen se postró ante los dos Genios con la cabeza tocando el suelo, como cuando oraba en el templo. Luego escuchó la voz del Genio de la larga vida que le habló con voz grave y majestuosa:

-Nada tienes que agradecernos, Chao Yen: han sido tus virtudes las que han podido más que el Destino. Vivirás noventa y un años, pero con una condición: no contarás jamas nada de lo que hoy has visto...

-¡Nada diré! -prometió el muchacho.

Y levantó sus ojos llenos de lágrimas para fijar en los dos Genios una mirada de gratitud. Sin embargo, ya no pude ver a los Genios ni al tablero de ajedrez.

-Habré estado soñando -pensó desanimado-: ¡sólo ha sido un bello sueño! Recogeré mis dos venados y los llevaré a casa; tal vez esta noche logre dormir...

¡Pero tampoco los dos venados estaban en el lugar en que los había dejado!

-¡Entonces -exclamó con alegría-, no he soñado: los Genios han aceptado mi caza!

Y así había sido, en efecto. Chao Yen vivió hasta que cumplió los noventa y un años. Cada semana subía a la montaña secreta donde había encontrado a los dos Magos y depositaba dos venados junto al viejo tronco derribado en que los vio jugar al ajedrez. Y su ofrenda era bien recibida, pues los venados siempre fueron retirados.

Y así continuó obrando Chao Yen hasta muy avanzada edad; pero jamás contó a nadie lo que había presenciado en la montaña secreta, a la que únicamente él había logrado ascender.