ACTITUDES


Y es que en el mundo traidor nada hay  verdad ni mentira,

Todo es según el color del cristal con que se mira

D. Ramón de Campoamor (Doloras)

 

 ¿Qué son las actitudes?

No es lo mismo mirar el mundo con unas gafas de cristal color de rosa que con unas gafas oscuras. Nuestras actitudes son las gafas que cada uno de nosotros utiliza para mirar a su alrededor y a sí mismo, o, como dice Robert Dilts,  las actitudes son los filtros a través de los cuales percibimos la realidad.

Esos filtros son imprescindibles, ya que la realidad es tremendamente compleja y los filtros nos permiten simplificarla y centrar nuestra atención en unos aspectos y no en otros. Sin filtros no podríamos funcionar, por tanto, decir que una actitud es un filtro no implica valoración negativa (ni positiva) alguna. 

Nuestras actitudes no son los únicos filtros que utilizamos, los sistemas de representación (visual, auditivo y kinestésico) también funcionan como filtros de la enorme cantidad de información que recibimos continuamente. Los sistemas de representación clasifican la información según el canal sensorial y prestan más atención a unos canales que a otros. Las actitudes juzgan y valoran la información y la filtran en función de la etiqueta que les hayamos asignado. 

El siguiente experimento puede dar una idea de como funcionan las actitudes.

Les ponemos etiquetas a las cosas, y esas etiquetas dirigen nuestro pensamiento en un sentido o en otro. Cuando nos encontramos ante algo que hemos calificado como ‘interesante” nuestras reacciones son muy diferentes de las que tenemos cuando nos encontramos frente a algo que hemos calificado de “aburrido”.

Las etiquetas que le ponemos a la realidad son de muchos tipos.  A grandes rasgos podemos distinguir tres categorías:

1.      Por una parte tenemos las opiniones que formamos sobre la realidad exterior (por ejemplo, los niños son ruidosos, el ruido es molesto)

2.      Después tenemos las opiniones que formamos sobre nosotros mismos, sobre nuestra identidad (se me da bien el dibujo,  soy una persona nerviosa)

3.      Por último formamos  valores y escalas de valores, que son los que nos permiten decidir que es más importante y establecer prioridades.  Muchas veces nuestros conflictos internos se deben a conflictos entre valores del mismo nivel (por ejemplo, necesito dedicarle más tiempo a mi trabajo puede entrar en conflicto con necesito dedicarle más tiempo a mi familia)

En cualquiera de esas tres grandes categorías nos encontramos que, con frecuencia, se identifican las actitudes con aquellas ideas que podemos expresar verbalmente y de las que somos conscientes, pero si entendemos las actitudes como los filtros que hacen que prestemos atención a unos aspectos de la realidad y no a otros es fácil darse cuenta de que muchos de nuestros filtros no se expresan verbalmente, sino que los asumimos de forma tácita.

Por ejemplo, cómo profesor sé que en cuanto el ruido en un aula supera un determinado nivel entro en acción para hacerlo bajar, sin embargo, me resultaría muy difícil explicar cual es el nivel de ruido adecuado, simplemente noto que tengo que actuar. El que no pueda expresar verbalmente cuál es el nivel de ruido adecuado en un aula no me impide tener ideas / sensaciones definidas sobre ese tema, y no impide que esas sensaciones / ideas me impulsen a fijarme en que momento ese nivel de ruido se supera y, a partir de ahí, a actuar.

Muchas de nuestras actitudes están fuera de nuestro nivel de atención consciente, lo que quiere decir que reaccionamos ante ellas sin siquiera darnos cuenta.  Puede suceder incluso que esas actitudes tácitas estén  en contraposición con las ideas que defendemos conscientemente.

 Las actitudes y la realidad 

“el mapa no es el territorio”.

Korzybski

 

Decir que las actitudes son los filtros a través de los que percibimos la realidad equivale a decir que nuestras actitudes son el mapa que utilizamos para andar por el mundo y, como ya dijo Korzybski en 1941, no debemos confundir el mapa con el territorio, ni nuestras actitudes con la realidad.

Un mapa nunca puede reflejar el terreno con total precisión, ya que para ser totalmente preciso necesitaría incluir absolutamente la misma información que el mundo real y dejaría de ser un mapa.  Los mapas no son “verdad”, si lo fueran no serían mapas, serían el terreno.

De la misma forma cualquier opinión, actitud, o valoración que formemos sobre algo, por su propia naturaleza exige que generalicemos y simplifiquemos. Lo que quiere decir que las actitudes nunca son “verdad” ni  “mentira”, sino una forma de entender una determinada situación.

Decir que las actitudes no son  “verdad” no les resta valor alguno.  Sin actitudes, opiniones y criterios nos  paralizaría el exceso de información y seríamos incapaces de tomar decisiones. Al mismo tiempo ese mismo proceso de simplificación presupone que perdemos información.

Cuando clasifico todas las películas del oeste como “aburridas” esa simplificación me ayuda a decidir que tipo de película ver la próxima vez que quiera ir al cine, pero también implica que dejaré de prestarle atención a películas que a lo mejor me merecería la pena ver.

El peligro no está en la simplificación y perdida de información, el peligro está en creerse que esa generalización es la realidad. Esta actividad te puede ayudar a darte cuenta de la diferencia entre pensar que algo es “verdad” y pensar que algo es una opinión.

Cuando confundimos nuestras actitudes con la realidad le cerramos las puertas al cambio y las actitudes se solidifican. Cuanto más rígidas nuestras creencias menos dispuestos estaremos a aceptar los datos que contradigan nuestras creencias o a considerar puntos de vista alternativos y más difícil será que encontremos maneras distintas de actuar.

El mapa no es el territorio,  las actitudes no son la realidad pero, así como un buen mapa nos puede facilitar el encontrar el camino, un buen mapa actitudinal nos hace más fácil el desenvolvernos en el mundo que nos rodea. Un buen mapa actitudinal es sobre todo una mapa flexible y abierto que, en caso necesario,  me permita analizar la misma situación desde muchos puntos de vista y generar diferentes respuestas en cada situación.

 Las actitudes y la conducta 

“Ten cuidado con tus pensamientos, porque se convertirán en palabras,

ten cuidado con tus palabras, porque se transformarán en acciones,

ten cuidado con tus acciones, porque se convertirán en tus pensamientos.”

 anónimo

 El mismo mapa en manos de dos exploradores puede utilizarse de manera distinta, y dos exploradores que se crucen en el mismo camino pueden estar siguiendo mapas distintos. O dicho de otra forma, las actitudes no son la conducta, y con frecuencia nos encontraremos que el mismo comportamiento se debe a actitudes muy distintas, o que partiendo de la misma actitud se llega a conductas muy distintas.

Dentro de un aula podemos encontrarnos a dos alumnos que se esfuercen al máximo, pero mientras que uno lo hace porque le gusta la asignatura el  segundo lo hace porque quiere que sus padres se sientan orgullosos de él. O, por el contrario, dos alumnos a los que les gusta  mucho la asignatura pueden mostrar grados esfuerzo muy distintos.

El hecho de que las actitudes no sean iguales a la conducta significa que las actitudes no son directamente observables, tenemos que deducirlas. Si en clase tengo dos alumnos que vienen a clase sistemáticamente sin libro, cuaderno ni bolígrafo, lo único que puedo decir con seguridad es que vienen a clase sin libro, cuaderno ni bolígrafo. El porqué tendré que averiguarlo, ya sea preguntándoles a ellos o consiguiendo la información de otra manera. Puede resultar que un alumno venga a clase sin libro porque está absolutamente convencido de que haga lo que haga nunca va a aprender  mi asignatura y ha decidido no molestarse más, mientras que el otro alumno se considera totalmente capaz de aprobar pero no le interesa  estudiar.

Aunque el comportamiento sea el mismo si consigo entender las razones que hay detrás puedo encontrarme con que mi respuesta para ser eficaz, necesita tener en cuenta no sólo el comportamiento, sino también las actitudes que lo provocan.

Porque las actitudes no son lo mismo que la conducta pero desde luego influyen en ella.  Por eso Robert Dilts añade que las actitudes, además de filtrar nuestra percepción,  nos dan pautas de conducta. Alguien que piense que tiene mal oído y crea que se le da mal la música es poco probable que intente aprender a tocar el violín, o cualquier otro instrumento musical. Si, por el contrario, esa persona considera que es una buena gimnasta es probable que le dedique tiempo y esfuerzo a hacer algo que se le da bien.

Encontrarás un ejemplo en este diagrama, que también ejemplifica la relación existente entre actitudes y  motivación.