Revista Remolinos

Hugo Santander
hugo@hugosantander.com

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La Mosca del Visir

 

 

I

 

 

Vauban nos interrumpió para anunciar que los holandeses habían destronado a su Rey.

—Acabarán por asesinarse los unos a los otros —comentó su Majestad para asombro del cuerpo diplomático—. ¿Cómo se atreven a destronar a su soberano?

—Nosotros —lo espetó el embajador turco con una imprudencia inusitada—, deponemos a nuestros príncipes con frecuencia.

Luis XIV, cuyos cambios de ánimo eran irreverentemente observados por los embajadores de las demás monarquías europeas, parpadeó y repuso, en una voz que traicionó su ira, que los turcos deberían contratar a su ingeniero Vauban para fortalecer el paso de los Dardanelos.  Sus asistentes y secretarios rieron, como era de esperarse, al unísono.

Horas más tarde monsieur Colbert me convocó a su despacho.

— ¡Le Duc! —exclamó—. ¡Mis enemigos me acusan de haber condenado a uno de los mejores médicos de París a la embajada de Estambul!

—No puedo quejarme de mi estadía en Turquía, Monsieur.

— ¿Cómo? ¿No le gustaría regresar a Francia?

—Es preferible ser un duque en el oriente que un paje en occidente —respondí melifluo.

—Yo podría ayudarle a diligenciar su título nobiliario.

— ¡Monsieur!

Colbert se levantó y acercándose a la ventana desmoronó un mendrugo de pan; varios pajaritos revolotearon a su alrededor.

—Me temo que la provocación de aquel fanfarrón turco no pasará sin consecuencias —dijo regresando a su escritorio.

—El embajador es un miembro de la familia Koprolu.

— ¿Qué tan cercano?  — Primo de Nuuman Koprolu; ambos son descendientes de Kara Mustafa.  

— ¡Ah, sí! Del visir que sufrió la primera derrota turca en tierra cristiana desde la caída de Bizancio —Colbert sentenció meditabundo—. Los cobardes del ayer engendran los héroes del mañana. ¿Es cierto que el visir está demente?

—Nada grave; se trata, digámoslo así, de una alucinación crónica. Nuuman Koprolu cree que una mosca ha escogido la punta de su nariz como morada.

—Sólo los devotos musulmanes podrían haber instaurado a un lunático como Visir.

—El cirujano del harem le ha prescrito algunas hierbas, pero ningún médico ha sido capaz de convencerlo de que aquella mosca sólo existe en su imaginación.

—Tal vez usted pueda hacerlo.

— ¿Yo? —pregunté desconcertado.

Colbert se arrellanó en su silla.

—Esta mañana el embajador inglés me comentó que nuestro rey era un amedrentador demasiado tímido. El emisario austriaco, por su parte, y con su indiscreción característica, inquirió si aquel era el modo en que los infieles turcos retribuían nuestra apostasía. Las epístolas de Francisco I desde su prisión al Sultán, así  como su pacto secreto, nos habían granjeado la antipatía de los estados católicos y protestantes.

—El emperador Carlos no hubiera aprobado de su comentario —repuse.

—No estoy tan seguro.

—De cualquier modo es gracias al cautiverio de Francisco  y al ánimo supersticioso de Carlos que nuestra nación controla las transacciones comerciales entre Turquía y occidente.

— ¿Hasta cuándo?

— ¿Usted cree que esa discusión tan insignificante entre nuestro soberano y el embajador turco deteriorará nuestras relaciones comerciales?

—Inglaterra está tratando de establecer una alianza comercial privada con Rusia.

—Ya veo.

—Su Majestad cree que el mejor modo de vengar una ofensa es perdonándola —Colbert sonrió complaciente—. Algo que aprendió de los jesuitas. Mañana usted partirá para Estambul, Le Duc, con el propósito de curar al visir y de desacreditar a su embajador en París.

Asentí agradecido y nervioso.

—Son pocos los hombres que han hecho de Francia una nación —repuso monsieur Colbert—; sea uno de ellos, Le Duc.

 

 

 

II

 

 

Tres semanas después la corte del eunuco principal nos recibió en  el muelle de Galípoli. El visir, a quien monsieur Colbert ya había escrito sobre del motivo de mi viaje de regreso, había dado ordenes de que sus mejores guardias me escoltasen hasta las puertas del Palacio de Serallo.  Su anunció me inquietó; desde mi entrevista con monsieur Colbert mis esfuerzos por encontrar un remedio a la dolencia del Visir me mantenían en vela. Una cirugía innecesaria podría ser el método más eficaz, si bien el menos adecuado;  Nuuman Koprolu podría reemplazar su nariz por una dorada, tal y como uno de sus predecesores bizantinos lo había hecho siglos atrás.

—El Visir se le agradecerá —repuso el eunuco principal, añadiendo con premeditada malicia—: quiero decir, si usted lo logra curar de su espejismo.

— ¿Podríamos zarpar de inmediato? —me excusé.

—Si usted fracasa —el eunuco principal me espetó—, el Sultán y yo nos ofenderemos.

Absorbí sus palabras displicente; un barco de amplías velas blancas quebró la línea del horizonte.

—Son piratas —el eunuco titubeo un tanto avergonzado—; le aconsejo que evite los paseos por la playa.

Horas después, al desembarcar en el Cuerno Dorado, una jauría de perros nos siguió hasta la embajada; cuando Bazin, mi asistente principal, comenzó a espantarlos, los canes emitieron aullidos de protesta.

—Lo mejor es que usted les entregue algo de comer —comentó el eunuco—; ellos se creen los dueños de Estambul.

— ¿Quién lo permite? —replicó Bazin ahuyentando a un can con su pañuelo.

—Uno no debe discutir ni con las bestias ni con los desquiciados —sentencié.

—Jamás había escuchado ese proverbio —replicó Bazin—. ¿Es de su autoría?

—Digamos que sí  —vacilé, descubriendo en mis palabras la respuesta a mis arduas disquisiciones.

—Consígame una mosca —le dije a Bazin—; la más verde que pueda capturar.

III

Al anochecer el Visir nos recibió en sus aposentos con una cena opípara.

—Sabré recompensar a mi cirujano —me susurró el Visir a mi oído con voz insegura.

—Su Majestad le desea una pronta recuperación.

— ¿Disfruta de una buena salud? Quiero decir, su Rey.

—No tanto como sus súbditos lo desearían —repliqué entristecido—; hace poco sufrió un ataque de nervios.

— ¿Cómo?

—Cierta conversación con su embajador en París lo afectó. Su Majestad teme que su excelencia ceda nuestro monopolio sobre la ruta de la seda a los ingleses.

— ¡Ah! —exclamó el Visir cayendo en cuenta del propósito de mi viaje.

La cena concluyó y el eunuco nos condujo a otro aposento, en donde un grupo de danzarines místicos rotaron a nuestro alrededor a una velocidad vertiginosa. Los entretenimientos de cantantes y saltimbanquis se prolongaron por dos horas. Dominado por el cansancio, y persuadido de que el visir había perdido interés en mi tratamiento, al menos por aquella noche, me despedí. Dos guardias me condujeron por un laberinto de senderos hasta un jardín sobre el ala norte de Top-Kapi.

— ¿Podría aplicarle su remedio ahora? —susurró el eunuco principal desde una columna, presa de una ansiedad que no había sido capaz de advertir hasta entonces.        

Asentí y le pedí que me condujese a la antecámara del Visir. En breve descubrí a un hombre ojeroso y de rostro ajado recostado sobre un lecho de seda y satín.  Comprobé que el Visir que había conocido en la cena era, tal y como lo barrunté, un actor encargado de representar al verdadero Visir en los actos protocolarios.        

Nuuman Koprolu me dijo entonces con labios sudorosos que aquella mosca estaba incubando sus huevos en los poros de sus aletas nasales. Luego de haber sostenido una conversación baladí sobre los encantos de Estambul,  enarbolé con un gesto repentino mi cuchillo, y pidiéndole al Visir que se tranquilizase, rasguñé la punta de su nariz de un solo tajo. El estadista turco reculó y observó las gotas de sangre que parsimoniosamente caían sobre el tapiz de su recamara.        

—Aquí la tiene —dije enseñándole la mosca verde y gorda que Bazin me había previamente entregado, y que yo ya había semicercenado.

— ¡Esa es! —exclamó el Visir con ojos de triunfo—. ¡Sabía que existía!        

Casi de inmediato el Visir se sumió en un profundo sopor, del cual no se levantaría hasta el siguiente atardecer.        

—La mosca no lo dejaba conciliar el sueño —murmuró el eunuco con lágrimas en sus ojos.

Habiendo consolidado nuestra posición, y pese a las insistencias de la corte turca, regresé a Francia, esta vez bajo el título de Conde de Mont-Faucon.

 

© Hugo Santander

 

 

 

Hugo Santander, nació en Bucaramanga, Colombia en 1968. Su interés por las artes y las lenguas lo ha vinculado a diversas universidades de EU, Portugal, Inglaterra y Asia Central. Autor de la novela Nuevas Tardes en Manhattan, (Bucaramanga: Tabor ed., 2000), (Barcelona: Ed. Buganville, 2002) y de los artículos sobre "Dios" y "Narrativa y Ética" ("Narrative and Ethics") para la enciclopedia Essentials of Philosophy and Ethics (London: Hodder, 2006). Hugo se desempeña en la actualidad como Profesor Asociado de la UNAB (Universidad Autónoma de Bucaramanga).

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