Revista Remolinos

Surrealismo-Genialidad o Breton-Bataille

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Por: Leopoldo de Quevedo y Monroy
leoquevedom@hotmail.com

 

 

 

Ítalo Calvino dice que los clásicos lo son porque son eternos, porque siempre serán interesantes. Por eso vale la pena leerlos y releerlos. Para tener nuevas visiones sobre ellos. Sin embargo, no son dogmas. Ah, estamos hablando en el terreno de la filosofía y de la literatura. No nos interesa hablar de religión. Mucho menos si nos acercamos a Nietzsche, Baudelaire, Freud, Bretón o Bataille.

 

Ya hace casi un siglo apareció el Manifiesto del Surrealismo en el que André Breton describió su genial descubrimiento sobre el curso del pensamiento puro en la redacción de un texto. De cómo un estado surrealista permite actuar sobre el espíritu al modo de los estupefacientes,- y como ellos-, crea cierto estado de necesidad.

 

Admite que las imágenes que produce el surrealismo, como las que produce el opio, no son evocadas – o provocadas- por el hombre, sino que se le presentan de un modo espontáneo y despótico. En una nota al margen afirma que el pensamiento personal es infalible respecto de quien escribe, pero aclara que en la escritura del pensamiento donde se está a merced de cualquier distracción exterior, pueden aparecer debilidades que no tendría disculpa tratar de disimularlas.

 

Siendo leales con el texto entero y el pensamiento de Breton, no se puede pretender decir que es surrealista quien mezcle el pensamiento absoluto, o puro, con la realidad exterior para reproducirla o aún para cuestionarla. O quien provoque imágenes o asimile un estado surrealista utilizando ingredientes soporíferos. Breton pudo consumir estupefacientes, pero en su Manifiesto, separa su uso de la producción de imágenes surrealistas.

 

Hoy disfrutamos de nuevo releyendo este lúcido texto y tratando de revivir el surrealismo con la misma emoción de sus fundadores. Porque fue un movimiento innovador, rebelde y revolucionario. Mas no podemos tomar su nombre desvirtuando su esencia, para tapar la incapacidad o ansiar la etiqueta de malditos, de bohemios o de un nihilismo hueco, de lo cual nunca se ufanó el surrealismo.

 

El surrealismo incorporó seguidores en sus toldas, pero generó una dinámica tan poderosa que tuvo vertientes, amigos y disidentes. Hubo flujos y reflujos. Iban y volvían sus integrantes. Así debería ser toda historia, como la vida. Sin compromisos, sin ataduras, sin dogmatismos.

 

Bataille, el de la Historia del ojo, ha sido llamado el escritor del silencio, capaz de decir lo indecible a costa de la prohibición oficial, y místico laico, en cuanto realizó un tránsito directo y aniquilante al conocimiento teórico y práctico. En palabras de Marguerite Duras Bataille no escribe, puesto que escribe contra el lenguaje: inventa cómo no escribir escribiendo. A este ex-seguidor del surrealismo, según M. Foucault, debemos una gran parte del momento donde nos encontramos. Pero lo que queda por hacer, por pensar y por decir, sin duda esto todavía se le debe, y así será por mucho tiempo. Es la herencia que nos dejan los genios.

 

El surrealismo, por otra parte, no fue titular de un estereotipo de edades para escribir o para morir o para ser héroes. Bretón, -tenía 28 años-, cuando descubrió el surrealismo. Éluard tenía 29 y Aragón 27. Entonces empezaron sus luchas para posicionar su tesis. De 29 años, en 1926, Bataille conoció a Bretón. Tres años más tarde éste lo atacó en el Segundo Manifiesto del Surrealismo. En 1936 rompió con el movimiento y siguió delineando unos hitos que lo identificaran. Ni el existencialismo, ni el marxismo, ni el estructuralismo lo ataron.

 

El surrealismo marcó su época con signos de rebeldía y genialidad. Sin embargo, hoy, a la distancia, se pretende en algunos círculos asimilar rebeldía y genialidad con surrealismo. Tal vez Nerón en su mejor época de tirano afirmó que era un genio e incendió el coliseo.

 

Para ser rebelde se requiere no una edad sino un espíritu. No un estado sino una actitud. Los surrealistas se atrevieron a romper paradigmas y cambiaron el paisaje de la poesía y de las artes en su tiempo. Eso es ser genio. Genio no es la semilla, lo es el árbol, con ramas, flores y frutos. Y aquí la condición cambia: ser genio supone un estado, no es una simple actitud. Cualquiera no puede ser genio por ser rebelde. No es medrar fama con ideas de otro. No es ser genio quien destruye simplemente, sino quien deja un legado perenne a cambio.

 

 

© Leopoldo de Quevedo y Monroy

 

 

 

Leopoldo de Quevedo y Monroy. Escritor colombiano. Abogado de la Universidad Libre y magíster en Docencia Universitaria por la Universidad del Valle. Ha publicado Confesiones de un cura casado (Corredor, 1999), El anteproyecto y el proyecto de investigación, los poemarios Versos sacros y profanos (2005) y Cotidianidad en Re-verso(Cali, 2006) en los diarios El Tiempo, El Liberal de Popayán, las revistas Plenilunio y Cronopios, Letralia, Plectros, Árbol Invertido, Redcamaleón, Inventiva Social y Redyacción. Recitales en la Feria del Libro en Bogotá (2005), el V Festival Internacional de Poesía en Cali, y en el Museo de Artes Decorativas de Ciego de Ávila, Cuba, 2005.

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