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El día de la entrega de nuestro proyecto, nos habíamos levantado más temprano que de costumbre, porque debíamos ultimar varios detalles importantes. Gracias a Dios, esta vez podríamos trabajar más tranquilas, porque el calor había dado paso a una fresca y copiosa lluvia de verano, que golpeaba y corría por las ventanas transformando las plantas del jardín en fantasmas verdes agitados por el viento.
La radio me acompañaba siempre en mis solitarias horas de trabajo, pero esta vez, fue Virginia la que decidió que escucháramos un poco de Bernstein y Gershwin, ya que ésto nos ayudaría a lograr mayor productividad en menor tiempo. Y no se equivocó.
Por habernos levantado más temprano y sabiendo que nadie sale a hacer visitas en un día como éste, ambas nos habíamos quedado en nuestra ropa de dormir. Su camisón, rojo y un poco transparente, la cubría hasta los pies, pero el escote de su espalda dejaba ver audazmente su cintura, mientras la diminuta ropa interior de encaje de seda se traslucía indiscretamente al contacto con la gasa. Yo había dormido con mi remera favorita, una sudadera trama ancha de mi marido, blanca y de grandes sisas que por momentos dejaban ver los flancos de mis senos despreocupadamente.
Dibujábamos concentradas y en silencio mientras los acordes de "Tonight" llenaban el estudio. En un momento, por tratar de alcanzar unos pinceles de la repisa cercana al escritorio de Santiago, Virginia se alzó sobre las puntas de sus pies apoyando una de sus manos sobre el sillón giratorio. Inesperadamente éste cedió, y ella cayó golpeando fuertemente su cuello contra el posa-brazos de metal. Acudí en su ayuda con rapidez, y mientras ella se incorporaba dolorida y se sentaba en una silla, sólo atiné a masajear suavemente sus hombros y su cuello para calmar su malestar. Al tiempo, "Summertime" llevaba el ritmo de mis manos. Parada detrás de ella, podía ver bajo ese escote su pecho asustado y palpitante. Y esos senos....blancos, redondos y prohibidos, como la luna que los vio nacer entre las sombras esa confundida noche de placer. Y recordé su camisón violeta...sus curvas...sus gemidos...su mirada y su sonrisa cómplice. Mi confusión y mi vergüenza. Mi tentación y mi delirio.
Después de unos segundos, ella tomó mis manos y girando hacia mí, las besó mientras me agradecía la atención y se incorporaba, recorriéndome con sus ojos claros. Las piernas comenzaron a temblarme y el pudor obligó a mis ojos a alejarse de su rostro para vagar desorientadamente por el cuarto.
-Es hora de tomar un café-inventé, aturdida por el calor de mi sangre que se agolpaba en mi piel y delataba mis temores.
Me dirigí rápidamente a la cocina, más que nada para huir de esa tentación que no podía confesar. El corazón se me agolpaba en el pecho y mi respiración parecía no encontrar el aire suficiente. La tormenta se había desatado también en mi interior; mis sentidos eran ahora los cristales deformantes del deseo y mis sentimientos los agitados fantasmas de la pasión.
Cuando volví al estudio con las tazas de café, la vi inclinada sobre el tablero coloreando unos arbustos, mientras los finos breteles de su camisón caían como al descuido sobre sus brazos dejándome ver sus desbordantes pechos. Me miró con sorpresa, se acomodó el escote y tomó su taza de café.
Yo no podía dejar de mirarla, deseándola secretamente. Nunca habíamos hablado de su pareja y de las causas del fracaso de esa relación. Ella era extrovertida, pero muy reservada en sus asuntos personales.
Mientras Bernstein hacía su trabajo con "Somewhere", nos habíamos sentado displicentemente en el sofá a saborear nuestro café. Fue entonces cuando noté que acomodaba reiteradamente las sisas de mi sudadera, incómoda (pensé) por alguno que otro sorpresivo desnudo de mis senos, que se escapaban por ellas quizás por nerviosos e impacientes. Rozó como al descuido mi piel con el dorso de sus dedos acariciándome suavemente, en un intencionado accidente que sólo después llegué a comprender.
Mi corazón comenzó a dar saltos y casi sin querer, me sumergí en el poderoso hechizo de sus ojos azules, ocultos tímidamente bajo sus dilatadas pupilas.
"María" inundó con la magia de sus sonidos todo mi ser. Los violines me empujaron al abismo de su boca, tantas veces deseada. Y la besé. Sin saber lo que hacía y arriesgándome al rechazo, la besé. Casi ni pude creerlo cuando ella tomó mi cuello entre sus manos y se apoderó de mis labios sorprendidos. Me besó desesperadamente mientras yo saboreaba su aliento entrecortado y tibio. Al instante, en un arrebato de conciencia se alejó, perturbada, dándome la espalda.
-No podemos- me dijo-No debemos. Tarde o temprano la realidad terminará por destruirlo todo.-
Pero ya era tarde. Ahora, mi realidad era ella. Desde mi lugar mis ojos disfrutaban de su larga columna como perlas nacaradas.. En silencio y para consolarla, fatigué su espalda de lentas y llamadoras caricias.
Para terminar de convencerse quizás, giró hacia mí y lentamente dejó caer la roja gasa hasta su cintura, ofreciéndome tímidamente sus pechos desnudos. Me abalancé sobre ellos, por miedo tal vez a que volaran como dos palomas temerosas, y los besé....y los mordí....y los mojé....mientras ella me acariciaba con la sensibilidad que sólo una mujer puede tener. Deslizó sus manos bajo mis axilas y se apoderó de mis pequeños pechos apretándolos con frenesí.
Ya sin poder reconocerme, me arranqué la ropa para sentir sus pechos contra los míos, al tiempo que buscaba su boca y con el peso de mi cuerpo, la recostaba lentamente en el sillón. Ya embriagada por sus besos, mis dedos se hundieron en sus bragas, buscando en su capullo ese botón mágico que me abriría las puertas de su ser. Y al instante, sin recelos, abrió sus piernas y me ofreció su sexo como una joya preciosa. Bebí desenfrenadamente de su fuente que, como el agua salada, sólo me provocaba más sed. Y con mis rodillas a los costados de su rostro, le di también de beber mis jugos tibios. –Juega-le indiqué –Siente mi ardor-Su lengua fue presa de mis arenas movedizas que la atrapaban y la sumergían empecinadamente a sus profundidades. Éramos dos brasas encendidas. Dos llamas crepitantes avivadas por la lujuria. Sentí cómo sus dedos se abrían paso entre mis carnes, y cómo los míos la hacían estremecer en un quejido largo y desgarrado. –Mi amor....- la oí susurrar. Nuestros dedos comenzaron a agitarse en una danza de jadeos y gemidos, hasta que pudimos sentir por fin el latir de esos muros estrechos y carnosos, fundidos en dos orgasmos que palpitaban acompasadamente junto a las campanadas del reloj.
Con sus once golpeteos, aquel mudo testigo parecía advertirnos discretamente desde el comedor que mi marido estaba pronto a regresar para el almuerzo.

 


 

 

 

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