LOS CABALLISTAS DE ESTEPA
II

"EL PERNALES"



Utiliza una sola mano para atarle fuertemente al olivo. Con la otra, "el Pernales" mantiene atenazado el cuello de "el Macareno", cortándole así por completo la respiración. La tarea es lenta y dificultosa. "El Macareno", a pesar de los golpes recibidos momentos antes, resiste hasta que la presión de los dedos en la garganta le deja sin aliento. Únicamente le quedan restos de energía en los ojos, hinchados y amoratados, de los que salen dos agujas de odio y miedo.

Cuando "el Pernales" termina la atadura se aparta unos pasos para contemplar, satisfecho, su arduo trabajo. Enciende lentamente un cigarrillo y tras la primera chupada, honda y pausada, le asalta la sensación de que es observado. Mira a su alrededor girando la cabeza. No ve a nadie. Sin embargo, allí está, oculto tras un olivo encorvado, el gañan del cortijo "Hoyos", quien ha resuelto seguir al bandido cuando éste ha sacado a viva fuerza de la casa a "el Macareno" y le ha arrastrado hacia lo espeso del olivar.

El gañan, paralizado por el miedo, parece también como atado al árbol, tal es su inmovilidad, mientras sus ojos se clavan en los dos hombres. "El Pernales" se acerca nuevamente a su víctima, ya con la navaja abierta en la mano, mientras le acusa de traidor y chivato. Sus palabras parecen escupitajos. De repente cambia de intención. Piensa que "el Macareno" merece una muerte lenta y dolorosa. Comienza, con cuidado de no alcanzar la carne, a lanzar cortes rápidos y seguros al chaleco de "el Macareno". Mientras va quedando al descubierto la piel blanca y velluda de su enemigo, el bandido comienza a hablarle de "el Soniche", tío suyo, y de "el Chorizo", muertos días antes a causa de su cobarde delación. "El Macareno" niega, aunque sin fuerzas. "El Pernales" le envía un corte vertical sobre la frente y otro horizontal. Después pasa al pecho y a la mejilla y a los muslos. Los alaridos de dolor del cortijero se elevan sobre las copas de los olivos. Un tajo algo profundo en el vientre le hace casi perder el sentido. "El Pernales" se da cuenta y se aparta unos pasos para dar largas chupadas al cigarrillo, recreándose en su obra. Únicamente un leve jadeo indica que aún queda un hálito de vida en el cuerpo ensangrentado de "el Macareno".

Tras acabar su cigarro, por fin, se decide el bandolero a escribir el final de aquella espeluznante escena con la punta de su faca. Avanza despacio y, dejando caer todo su cuerpo, clava el cuchillo en el vientre de su enemigo. Lo único que se mueve, como si fuera de trapo, es la cabeza de "el Macareno", que se dobla hacia un lado.

Ya están vengados sus compañeros. "El Pernales" vuelve al cortijo, limpiando la hoja de la navaja en el forro de su chaqueta. Recoge su caballo, monta y se aleja al trote.

Este que dejamos relatado fue el más alevoso y espeluznante crimen de los cometidos por "el Pernales", el último y más temido de los caballistas de Estepa. Le sería suficiente este asesinato para ganar fama de hombre cruel y vengativo. Sin embargo, en su densa, aunque corta, vida bandolera no volverá a asesinar, quizá porque no le sea necesario. Su prestigio, merecidamente adquirido a costa de la vida de "el Macareno", le permitirá ejercer su oficio con sumisa obediencia y terror por parte de los demás, y nadie va a enfrentársele ni dar nueva ocasión a sus instintos homicidas.

El otro delito importante en su ejecutoria criminal había consistido, un año antes, en la violación de una mujer en un cortijo de Cazalla. Con sus acompañantes "el Niño de la Gloria" y "el Canuto", entró a robar una noche primaveral de 1905. Después de atar al encargado de la finca y apoderarse de unas doce mil pesetas, los tres bandidos yacieron con la esposa del casero, que en principio se resistía, pero terminó cediendo ante el argumento irresistible de un puñal puntiagudo sobre el cuello de uno de sus hijos.

Francisco Ríos González, alias "el Pernales", se había casado en 1901, a los veintitrés años ?-nació el 23 de julio de 1879-, con una mujer de veintisiete, no muy agraciada, llamada María de las Nieves Pilar Caballero. La felicidad conyugal habíase esfumado, si es que existió alguna vez, más rápidamente de lo que era de esperar. Se cuenta que a "el Pernales" le molestaba hasta la irritación el continuo llanto de su primera hija, Pilar, y cierta noche .... se levanta furioso -cuenta Hernández Girbal- y la zarandea. Sólo consigue que arrecie en su llanto. Desesperado, se acerca a la lumbre que arde en el hogar. Mete los dedos en el bolsillo del chaleco y echa a la brasa una moneda de cobre de diez céntimos. Cuando juzga que está bien caliente, la retira con la tenaza. Levanta a continuación las ropitas de la criatura y coloca en la desnuda espalda la moneda caliente. "Toma -dice-, para que llores con motivo." Un hiriente grito acompaña al olor de la carne chamuscada. Francisco se tumba de nuevo en la cama, sin mostrarse conmovido por los lamentos de la niña" (1).

Igual contundente procedimiento repitió "el Pernales" con su segunda hija, Josefa, nacida en 1904, cambiando la moneda por la lumbre directa del cigarrillo, que aplicaba a distintas partes de su carne rosada.

La madre de estas dos criaturas no salía mejor parada. Con frecuencia era maltratada sañudamente por el más fútil pretexto. Al fin, un día de 1905, cansada de tantas humillaciones y torturas, María de las Nieves, la sufrida esposa, abandona el hogar conyugal, sin que su esposo haga nada por detenerla. Ni siquiera muestra deseos de conservar para sí a sus dos hijas.

Fue entonces cuando "el Pernales", sintiéndose feliz y totalmente liberado, decidió prosperar en su carrera de ratero y delincuente contra la propiedad. Hasta ahora había vivido del producto de continuos hurtos de frutos del campo y algún que otro robo sin importancia. Éste era el oficio en el que le había educado su padre y en el que Él se había mostrado alumno aplicado.

En 1905, Francisco Ríos González es ya hombre de rostro frío y mirada implacable en sus ojos pequeños y vivos. Posee mandíbulas robustas y habla casi siempre en tono desdeñoso, bravucón y despreciativo. Nadie ha dudado nunca de la dureza de sus sentimientos, y de ahí su apodo, que en principio fue "Pedernales" y por contracción se quedo en "Pernales". Para el comandante Casero, que vivió aquella época, era Francisco Ríos González, antes de echarse al campo, un simple y vulgar ratero, hombre de cruel instinto para su familia y un vago y vicioso de los que tanto abundaban en Estepa". Según Hernández Girbal, era hombre bajo de estatura (1,50), ancho de espaldas, algo rubio, con pecas. Bajo sus cejas despobladas, inclinadas hacia arriba, sus grandes ojos azules, casi siempre entornados, miraban de través, con dura luz. Su rostro era frío e impasible. Tenía la boca amplia y desdeñosa. Sobre la frente le caía, arqueado, un mechón rebelde y su aspecto general daba impresión de hombre agresivo, de hombre que en cualquier momento podía atacar como una fiera.

Su salida al campo, su ascenso de vulgar ratero a bandido armado, quiso "el Pernales" que fuese un acto valeroso y espectacular. Lo más vistoso y al mismo tiempo lo más arriesgado y difícil en la vida bandoleril siempre ha sido el secuestro. Por ahí quiso comenzar. Eligió como víctima al hijo de un rico propietario de Estepa, quizá sin detenerse a pensar que rompía así una vieja tradición bandoleril que obligaba a respetar a personas y propiedades de su propio pueblo. Pero todo quedó en burdo intento y aquel sueño de grandeza concluyó con su detención y encarcelamiento. Le procesó el Juzgado de Instrucción; pero, defendido hábilmente por el abogado don Antonio Ramón Leonis, fue dejado en libertad, lo que produjo cierto escándalo y protesta, incluso en el lugar de su nacimiento, donde nunca sería un personaje simpático, tanto por su carácter hosco como por violar la costumbre de no atentar contra la comunidad estopeña. Sin embargo, no debe entenderse por ello que no contara, en la propia Estepa, con el apoyo interesado de un nutrido grupo de cómplices y encubridores, sin los cuales nunca puede subsistir ningún bandido.

Después de abandonar la cárcel, "el Pernales", tras unos meses de raterías solitarias, va introduciéndose en círculos de delincuencia profesionalizada, para lo que le sirve de valioso pasaporte su intento de secuestro. Termina asociándose con dos compinches y deciden el robo del cortijo de Cazalla, del que ya hemos hablado, concluido con la triple violación de la esposa del casero. Estos dos compañeros de aventuras son Antonio López Martín, más conocido por "Niño de la Gloria", sobrino del bandido "Vizcaya", y otro apodado "el Canuto", llamado Juan Muñoz, ambos viejos maleantes y rateros de profesión.

El Niño de la Gloria "El Niño de la Gloria", a quien vemos en este retrato de prensa, se unió a "el Pernales" para constituir una pareja de bandidos en pos de la fama, pero la Guardia Civil acabó con él en un encuentro sostenido en la provincia de Córdoba cuando trataba de atracar una diligencia.

Esta asociación pudo haber sido germen de una terrible partida, pero el proyecto, aunque mucho se haya hablado de "la partida" de "el Pernales", nunca llegaría a consolidarse totalmente. La circunstancia de que en ocasiones se les viera juntos dio pábulo a que las gentes, y también bastantes historiadores, hablaran de esta cuadrilla atribuyéndole una continuidad que nunca tuvo. Las antiguas y célebres partidas de José María "el Tempranillo", "los Siete Niños de Ecija" y otras muchas famosas habíanse caracterizado por su constante permanencia en el campo, donde vivían, robaban y asaltaban. Esta unión y vida comunitaria ininterrumpida era lo que caracterizaba las partidas de bandoleros. Pero la "banda" de "el Pernales" fue otra cosa. Sus tres miembros, más otros que más tarde entrarían en asociación, vivían aislados, ocultos en pueblos y cortijos distintos y, de tarde en tarde, concertaban reunirse, a veces simplemente para celebrar comilonas o cambiar impresiones sobre sus actividades. Ni un asalto, ni un robo importante, excepto el que concluiría con la triple violación, cometieron en común. El asesinato de "el Macareno" fue obra exclusiva de "el Pernales", a quien veremos en lo sucesivo, preferentemente, actuar en solitario.

Una razonada base para que se extendiera la creencia de una partida permanente pudo haber sido la detención de los tres bandidos cuando regresaban una noche de Aguadulce, después de una partida de naipes. El teniente don Antonio Verea Bejarano, que ardorosamente perseguía a "el Pernales", probablemente había recibido confidencia de la estancia en Aguadulce de los tres individuos -entonces aun no eran conocidos como bandidos- y montó un apostadero en el camino de regreso. Cuenta Hernández Girbal que, al verse rodeados, los tres bandidos hicieron fuego, "sin otro resultado que atravesar el tricornio de un guardia". Nos resistimos a creerlo. De ser cierto se hubiera producido, como consecuencia de la lógica reacción de la fuerza, un resultado distinto al de la pacífica detención de los tres forajidos.

Días más tarde, los tres, abriendo un tabique, logran escapar del arresto municipal de La Campana, donde habían sido ingresados en tránsito mientras eran conducidos a Sevilla. El hecho salta a la prensa con gran sensacionalismo y la creencia de una "temible partida" se va sedimentando en las mentes. El nombre de Estepa, patria de "el Vivillo", "el Vizcaya" y ahora "el Pernales" suena en toda España. Y Francisco Ríos inicia en este momento su escalada a la fama, que culminará el 25 de marzo de 1906 con el asesinato de "el Macareno". Su nombre comienza a infundir terror y admiración de unos y otros. Y, sin embargo, sólo tiene en su haber un asesinato y una violación. Nada de asaltos a carruajes, secuestros sonados, muertes de agentes de la autoridad, combates con la fuerza pública ni otros hechos que cimentaban el prestigio y espanto en otras épocas bandoleriles.

A esta fama contribuiría la circunstancia de que contra "el Pernales" se volcara la más continuada atención periodística, política y gubernamental que pudiera concebirse. La prensa había encontrado para su sensacionalismo un filón aurífero y los políticos una estupenda plataforma para sus campanas y discursos electoralistas. "El Pernales" y "el Vivillo" habíanse convertido en tema nacional. Y vino a ocurrir lo de siempre: cualquier robo, cualquier crimen, cualquier fechoría era atribuido a cualquiera de estos dos bandidos estepeños.

Gracias a ello, "el Pernales" vive exclusivamente de las rentas de su renombre. No necesita ahora matar ni robar, ni piensa tampoco en el concurso de otros hombres, que no necesita. Vive permanentemente oculto en casas de cómplices que, bien pagados, le ayudan con agrado. De vez en cuando sale a cualquier cortijo, más que a exigir o amenazar, a solicitar ayuda. Podría dársele a partir de ahora el apodo de "el bandido de las mil pesetas", pues ésta es la cantidad que pide a los hacendados, bien en visitas personales o aguardándolos en los caminos. Cuando se da a conocer nadie le niega el dinero. Muchas veces, por el contrario, sienten satisfacción de que no se les exija más.

El bandido pone especial cuidado en ganarse la simpatía de pastores, gañanes y arrieros. Sabe que, sin su concurso, no le sería posible sobrevivir y premia generosamente sus silencios con billetes de veinte duros.

Se dice, aunque lo creemos producto de la fantasía, que las rituales mil pesetas las pidió incluso a su acérrimo perseguidor, el Gobernador Civil de Córdoba -Cano y Cueto-, quien, para acceder a las insistencias del Ministro de la Gobernación, hizo un recorrido por el sur de la provincia. Se concreta diciendo que fue a la salida de Lucena, pero que "el Pernales" no esperó a que el Gobernador le entregara el dinero. Le bastaba con infringirle una humillación. Cosas parecidas se han dicho de todos los bandidos célebres, comenzando por "Caracota", también bandolero estepeño, nada menos que de la época romana, y se continuó con Diego Corrientes y Curro Jiménez.

También se dijo que "el Pernales" sólo robaba a los ricos y que los humildes, por ello, estaban de su parte y le consideraban como arma vengadora de sus agravios. En reforzamiento de estas tesis, aunque parezca absurdo, no faltarían las demagogias políticas. Un diputado, el señor Sánchez Jiménez, se atrevió a decir que el bandolerismo no era más que una lucha enconada entre el bracero y el propietario, y que no se extinguiría matando a "el Pernales", sino remediando la crisis de trabajo en Andalucía.

Este original sistema de solicitar ayuda le permite vivir holgadamente. Puede mantener cómplices, encubridores y dos queridas, una María "la Negra", que después sería inmortalizada por el escultor Julio Antonio, en una bella y serena obra que se conserva en el Museo de Arte Moderno. La otra era vecina de El Rubio, pueblo al que "el Pernales" fuera a ocultarse tras su fuga del arresto municipal de La Campana. Se llama Concha Fernández Pino y su padre es amigo del bandido, al que no ha dudado en prestar protección en los días de peligro. Con esta amante terminaran sus aventuras amorosas, y su deseo de disfrutar en su compañía una vida pacífica será lo que al final le conducirá a huir a tierras menos peligrosas para él, lo que, paradójicamente, supondrá su muerte.

Se decía que otro amor de "el Pernales" era su caballo, "Relámpago", que, como en los mejores "westerns" acudía pronto a su silbido y era veloz y fuerte. A lomos de "Relámpago", el bandolero caminaba constantemente, sobre todo durante la noche, pasando con rapidez increíble de una provincia a otra, lo cual no debía constituir ninguna maravilla, pues su zona de actuación era la confluencia de Sevilla, Málaga y Córdoba.

De vez en cuando se reunía con sus compinches "el Niño de la Gloria" y "el Canuto", más otro que le había buscado atraído por su fama. Se apodaba "Reverte" y presumía de valiente. Según la fantasía popular, era el que siempre marchaba delante cuando se presumía peligro de encuentro con los civiles. Pero no existen en el campo histórico, ni siquiera en la propia fantasía, hechos importantes protagonizados por esta cuadrilla, como antes decíamos.

Francisco Ríos, al contrario de como sucediera con otros bandoleros estepeños, seguía, pese a su ya crecida fama, sin ser querido en el pueblo de su naturaleza. Su mujer, su madre y sus dos hijas vivían en la más completa indigencia, mientras el repartía dinero entre amigos y cómplices. "El Vivillo", ídolo preferido de los estepeños, llegó a decir de "el Pernales" que era "un bandido tonto". Sin embargo, en otros pueblos se le respetaba y protegía hasta lo inverosímil, pues él cuidaba mucho de decir que era capaz de perdonar cualquier cosa menos una delación, lo que unido al recuerdo del bárbaro asesinato de "el Macareno" le proporcionaba la necesaria credibilidad a su alrededor.

Un día abrileño de 1906, después de comer en un cortijo cercano a Marchena, observa que dos parejas de guardias civiles rodean la casa. Desobedece la voz de alto y se inicia un tiroteo, del que el bandido logra escapar utilizando una puerta accesoria y perdiéndose entre los olivos.

Debió pensar que el delator era un tal Terrero, encargado del casino de Marchena, porque pocos días después se presentó en el establecimiento a preguntar por él. Al decírsele que está fuera, toma una copa y fuma un cigarrillo, despreciando las miradas curiosas de los parroquianos. Finalmente se marcha, encargando que se diga a Terrero que ha venido a matarle. Todos juzgan el gesto como un acto de valentía, cuando quizá no fuera más que una comedia propagandística, pues seguramente el bandido sabía ya que Terrero aquel día estaba en Utrera.

La fama de "el Pernales" está a punto de retrotraer a los españoles a pasadas épocas de un bandolerismo exacerbado. Pero, más que por méritos propios, el fenómeno obedece a factores de exageración, sensacionalismo e imitación. A la fantasía popular y al clamor periodístico se une una legión de imitadores del célebre bandido. Son numerosísimos los ladrones o simples maleantes que salen a los caminos o se llegan a los cortijos a pedir dinero argumentando que son de la partida de "el Pernales". Otros dicen que de la de "el Vivillo", pero es "el Pernales" el que está ahora de moda. Y todo viene muy a propósito a la prensa para arreciar en sus ataques al poder público, con acusaciones de negligencia a las autoridades, cuando no de connivencia con los ladrones. El Gobierno no sabe como defenderse de la acusación de debilidad e incompetencia que se le hace desde todos los frentes. El Ministro de Justicia, Conde Romanones, de acuerdo con el de Gobernación, don Bernabé Dávila, envía a Estepa a un magistrado del Tribunal Supremo, don Víctor Cobián, para que investigue sobre el terreno e inspeccione los sumarios instruidos y después emita un informe.

Reverte Antonio Mata Sánchez, "Reverte".

Nadie, salvo el Gobierno, pudo leer este informe, siempre guardado en riguroso secreto. Nunca se sabrá hasta que punto era verdad tanta complacencia de las autoridades con el bandidaje. Nunca de ello se acusó a la Guardia Civil. Las imputaciones recaían sobre alcaldes, políticos y caciques, y, en general, sobre hacendados de la comarca, de los cuales se decía que, lejos de unirse a la persecución, protegían o, cuando menos, silenciaban las actividades de los bandidos.

Sobre esto último algo de cierto había. Como ejemplo podemos citar las asiduas visitas de "el Pernales" a la finca de "La Coronela", propiedad del famoso matador de toros Antonio Fuentes, a quien le agradaba escuchar al bandido mientras ambos fumaban un buen cigarro habano o tomaban un vaso de vino fino.

El famoso escritor andaluz Manuel Halcón, en su obra "Recuerdos de Fernando Villalón", nos brinda un valioso testimonio de la incomprensible simpatía de ciertos ricachones -no dudamos de usar este término despectivo aunque se trate en este caso de un famoso poeta- hacia el bandidaje. Cuenta Manuel Halcón que cierto día, cuando contaba diez años, estando en la finca "La Rana", propiedad de sus tíos los Condes de Miraflores de los Ángeles, se presentó "el Pernales" a pedir a la señora condesa que le prestase "tres mil reales porque me encuentro en un apuro y no tardaré un mes en devolvérselos". Al amanecer del día siguiente llega a la finca Fernando Villalón, poeta y ganadero de reses bravas, sobre el que se centra la obra de Manuel Halcón, quien escribe:

"Me desperté con el ruido de espuelas y la bronca voz de Fernando, que llegaba a saludar a su madre apenas clareaba el día.
Ya conocía el lance de "Pernales" y se proponía, antes de empezar la caza, dar una batida por la finca. Yo, prometiéndome un espectáculo emocionante, trepé a los más altos riscos de la herriza que a unos doscientos metros de la casa domina la llanura. Allí, entre las piedras, me agazapé. Y veía los jinetes que cruzaban los llanos hacia la carretera; subieron por la haza de Monoro y desaparecieron de mi vista.
Pero no tardó mucho en levantarse un clamor lejano, como un huracán que se avecina, y al fin vi aparecer, en dirección a donde yo estaba, un jinete velocísimo y después toda el ala de batidores, con Fernando a la cabeza. Era "Pernales", perseguido.
El bandido ganaba terreno, separándose de sus seguidores por momentos. Fernando, a su vez, también se separaba de los suyos; pero los pies del caballo de "Pernales" tenían alas. Entonces comprendí la leyenda de aquel animal tan flaco y tan feo que desprecié en la cuadra.
Sin embargo, Fernando tampoco quedaba muy atrás. Hubo un momento en que, por conocer mejor el terreno de la finca, cortó por una vereda y atravesó el arroyo sin dificultad, cosa que tuvo que hacer el caballo de "Pernales" vadeándolo. Esto hizo que ambos jinetes quedasen próximos; pero aún le quedaba a "Pernales" su gran recurso. Llamó a su jaca hacia la izquierda y la precipitó sobre los riscos de la Herriza, por los que trepó como una cabra, subiendo fácilmente hasta donde yo estaba. Fernando quedó al pie del cerro, viéndole subir, respetando el instinto de su caballo, que no se atrevía a galopar sobre las rocas. Yo me oculté y por primera vez sentí miedo de aquel hombre, que tomaba para mi proporciones gigantescas.
Se puso la mano sobre los ojos para otear el horizonte por donde el sol comenzaba a levantarse y divisó, en efecto, que dos parejas de la Guardia Civil avanzaban por el camino de herradura. Todo era allí cuestión de momentos y de nervios. Pronto los civiles dejaron sus caballos y se echaron a tierra, montando los fusiles. Entonces "Pernales" volvió su caballo sobre las piernas, descendiendo del cerro en dirección opuesta a donde estaba Fernando, y penetró velozmente en el olivar. Los civiles le hicieron dos descargas, sin alcanzarle. "Pernales" había desaparecido entre los árboles.
La Guardia Civil, unida al grupo de los paisanos, se abrió en ala y comenzó una batida minuciosa. Pero el bandido no perdía su tiempo. Había atravesado el olivar a galope tendido y salía, sin ser visto, a los llanos de la dehesilla, donde pastaban apaciblemente las yeguas en piara. Se acercó al yegüerizo y, al tiempo de echar pie a tierra, le dijo con una voz seca y concluyente:
- Tú no has visto nada, ¿comprendes?
Le quitó la montura y el freno a su caballo y ocultó estas cosas en el hato. Después lo acercó a las yeguas, llevándolo cogido por la crin, y quedó confundido en la piara.
El yegüerizo, como una estatua de sal, quedó un momento apoyado en su chivata, aturdido por el acontecimiento. Poco a poco fue reaccionando, hasta escuchar el ladrido de los perros y sentir los cascos y relinchos de los caballos que se aproximaban. Entonces tuvo un momento muy de acuerdo con la psicología de los hombres del campo. Avanzó pausadamente hacia la piara, se acercó a una mansa yegua de orondo vientre y pelo lustroso, le quitó la esquila que llevaba al cuello pendiente de un collar de cuero, en el que figuraba el hierro de la casa labrado en tachuelas de cobre remachado; se acercó luego cautelosamente al caballo de "Pernales" y le puso la esquila.
Después volvió al hato, sin mirar el lugar de donde partía una mirada de gratitud, satisfecho de sus movimientos.
Al pasar los guardias le preguntaron:
- ¿No vio a un hombre a caballo?
- Yo no he visto nada -comentó el ganadero.
Pero en la retina de Fernando había quedado pendiente una imagen extraña. Había observado, en el breve tiempo que estuvo junto a las yeguas, a un caballo cuyos lomos mostraban la señal sudosa de la montura recién quitada."

Más tarde, don Fernando Villalón sostiene una entrevista con el propio "Pernales", concertada a través del yegüerizo. Tuvo lugar a medianoche y Manuel Halcón relata:

"No sería aún la medianoche cuando "Pernales" acercó su caballo a una sombra que emergía de los surcos.
- Dios guarde a usted, don Fernando.
- Y a tí lo condene por bestia. ¿Cómo lo has atrevido a venir hasta aquí para robar a mi madre?
"Pernales" tardó algo en contestar:
- ¿Y cómo se atreve usted a llamarme para esto? ¿Pretende usted infundirme miedo o disimular el que yo le inspiro?
También Fernando se tomó unos segundos para proseguir:
¡Animal He querido advertirte de que tu cabeza, hace tiempo pregonada, corre peligro inminente. Hay un Tercio de la Guardia Civil movilizado únicamente en tu busca. Tiene orden de entregarte vivo o muerto. Ahora mismo, en la gañanía, hay una pareja y debajo de cada olivo de "La Rana" hay un civil. Huye de aquí y métete en la Marisma. Acércate a la Ciñuela, donde yo tengo los toros bravos. Te haré vaquero. Te haré un hombre decente. Tendrás mujer, hijos, casa y un caballo. ¡Mejor que ése! Tendrás la paz.
- Don Fernando, yo se lo agradezco; pero de sobra sé que estoy perdido. Si he de hacer algo para salvarme tendrá que ser trasponiendo la Sierra Morena y metiéndome en Castilla. Por acá se me ha vuelto el santo de espaldas y, como siempre, la culpa la tiene una mujer. Por una mujer me eché al campo, pedí dinero para comer y maté para que no me matasen. Ahora, por una mujer, tendré que dejar lo que más quiero: mi caballo y mi tierra.
- ¿A qué nuevas aventuras te has metido? -interrumpió Fernando.
- ¿Usted no sabe que desde hace unos días la Guardia Civil se acerca a los hombres del campo que tienen conmigo algún parecido y les obliga a desnudarse para examinarles el cuerpo? Ella, la mala pécora, con quien tuve un disgusto y a quien no volveré a ver, ha ido con el soplo. Como únicamente se me puede reconocer es por una cicatriz que tengo en el cuadril. Un balazo que ella misma me curó hace tiempo. De Despeñaderos para abajo no hay guarida segura para mí. Pero se lo agradezco a usted, don Fernando, y acaso sea la suya la última mano que estreche la mía.
"Pernales" sacó después de los pliegues de la faja un puñal enfundado en cuero, con alegrías de metal y una fecha: 1867.
- Le dejo a usted esto en recuerdo. Le juro que con él ni hice sangre a nadie.
Fernando lo tomó. "Pernales" abrigó con su pierna derecha los ijares de su jaca, que echó a andar. A los pocos pasos, el bandido se detuvo para añadir:
Algo le agradezco más que nada, don Fernando. Que no me haya dicho usted, como todo el mundo, que me entregue a la justicia.
Cuesta abajo, a pie hacia el caserío, Fernando se lamentaba de no haber podido conseguir un ejemplar de bandolero a su servicio. Esto le hubiera a él encantado para su colección de tipos raros.
Después de andar un rato, ya cerca del caserío, se alzaron dos sombras.
- ¡Alto a la Guardia Civil!
- Soy don Fernando.
Encendió lumbre para que le reconociesen. El sargento se adelantó y, poniéndose en su lugar descanso, le dijo:
- Don Fernando, lo siento mucho; pero por la hora que es y por la situación especial en que se encuentra la finca, dada la presencia de "el Pernales", me veo obligado a hacer un atestado denunciando esta extraña salida suya a medianoche y a pie.
Fernando guardo silencio. Sin dejar a la imaginación que perdiese el tiempo, hizo unos gestos expresivos y, guiñándole un ojo al guardia, replicó:
- Pero, hombre, ¿no ha comprendido usted aún que se trata de un asunto de faldas?
El guardia quedó perplejo unos momentos y, al fin, con una leve sonrisa le tranquilizó:
- Bueno, don Fernando; más fácil es creer en eso, conociéndole a usted, que no otra cosa."

De este relato, que posee gran valor por venir de una pluma neutral en las polémicas sobre historias bandoleriles -de ahí que, pese a su extensión, lo hayamos insertado íntegro-, se obtienen dos valiosas conclusiones. Fijémonos en que "el Pernales" pide prestados tres mil reales. Es decir, no se atreve a exigir nada, cuando ésta ha sido siempre la práctica bandoleril. Observamos también la ayuda que le dispensan tanto el yegüerizo como el propio Fernando Villalón, lo cual confirma la connivencia de pobres y ricos con los bandidos. Y notemos por fin, deduciéndolo de la conversación, el miedo de "el Pernales". Se siente un hombre acosado y acabado, al mismo tiempo que se muestra servil y humilde ante la presencia del ganadero. ¿Dónde queda en este relato, desinteresado, espontáneo y neutral, la arrogancia, el postín y la bravura del bandolero legendario?

La lucha contra "el Pernales"

Como decíamos al comenzar esta historia, "el Pernales? inició su carrera ejerciendo de delincuente juvenil o, mejor, infantil. Su padre le llevó de la mano a la escuela de los caminos, huertos, corrales y tapias para adiestrarle en su propio y viejo oficio. Nos referimos a su padre legítimo, Francisco Ríos Jiménez, casado con Josefa González Cordero. No poseemos ninguna base documental para rechazar una paternidad carnal, pero se decía que el auténtico y natural progenitor de "el Pernales" era "el Soniche", de nombre Antonio Ríos Fernández, bandido estepeño del que nos ocupamos en la primera parte de este relato y que, de otra parte, era tío segundo de "el Pernales", por ser primo hermano de su supuesto y legitimado padre.

Lámina Muerte de "El Pernales" y "Niño de Arahal".

A nadie podría extrañar que la Guardia Civil mostrase ciertas preferencias por la andadura de un muchacho que reunía las especiales condiciones de ser sobrino de un bandolero en ejercicio, hijo y discípulo de un ladrón profesional y joven despierto y habilidoso, con demostrada vocación hacia lo ajeno. Esta enojosa predilección de la Guardia Civil daría lugar a que aquel muchacho estepeño se convirtiese con frecuencia en huésped de cárceles comarcales, las cuales, como siempre se ha dicho, no dejaban de ser otras provechosas escuelas.

Cuando contrajo matrimonio, en uno de sus periodos de libertad, Francisco Ríos se vio obligado a incrementar el ritmo de sus trabajos para satisfacer las mayores necesidades familiares y atender vicios de naipes y tabernas. Por entonces ya andaba en compañía de "el Chato", apodo con el que se conocía a Emilio Pérez Bermejo, y con el "Caballerito", un nieto de "el Lero", el famoso caballista Juan Caballero. Juntos los tres solían frecuentar el campo en busca de frutos y aves domésticas, afición que llevó a "el Pernales", una vez mas, a dar con sus huesos en la cárcel a finales de 1904. Ya estaba destinado en Estepa el teniente Verea, quien será el primer perseguidor de Francisco Ríos cuando este inicie su escalada profesional.

El teniente don Antonio Verea Bejarano era otro de los oficiales que parecía hecho a propósito para una tierra y un tiempo como aquellos, en los que la delincuencia rural alcanzaba cotas alarmantes y se regresaba al bandolerismo de tiempos pasados. Después de la eliminación de la partida de "el Bizco del Borge", que se movía por la misma zona, aunque con mayor predilección por las provincias de Málaga y Córdoba, el bandolerismo hubiera quedado silenciado de no ser por los caballistas de Estepa, los cuales forzaron a la Guardia Civil a echarse nuevamente a caminar con los fusiles montados, las cartucheras repletas y la sangre fluida. De este caminar existen abundantes pruebas en Juzgados de Instrucción y en libros de defunciones de Registros Civiles.

Sin embargo, la situación, a principios de 1905, había mejorado un tanto. Poco antes habíase producido la captura de "el Vizcaya" y la muerte de "el Ignacio". Joaquín Camargo Gómez (a) Vivillo, aunque esto se ignoraba, se encontraba emigrado. "El Soniche", "Chorizo" y otros caballistas apenas daban señales de vida, aparte de que ninguno de ellos se atrevía, desde hacía tiempo, a realizar trabajos espectaculares.

Otro bandolero estepeño, ya con algunos años de práctica y citado en la famosa lista del comandante Casero, era Manuel Aguilar (a) Manolete, a quien el teniente Verea por estos días lograría encarcelar. Sucedió concretamente el 24 de abril de 1905, fecha en que un grupo de fuerza rodeó y penetró en una casa deshabitada de Estepa donde se ocultaba el bandido. Poseía "Manolete" una pistola, de la que no se atrevió a hacer uso y que le fue ocupada (2).

Poco antes de esta detención fue cuando hizo su espectacular aparición "el Pernales". Al ser puesto en libertad entró en asociación con "Canuto" y "Niño de la Gloria", tenidos en el pueblo por hombres valientes y sin escrúpulos, y unos días más tarde, en marzo de 1905, se produce el robo y triple violación del caserío de Cazalla.

La respuesta del teniente Verea no se haría esperar. Moviliza toda la fuerza de su Línea y controla caminos y pasos. Unas noches después, un grupo de guardias apostados sorprende a la incipiente partida cuando ésta se dirige a Estepa tras unos días de ocultación. Los guardias les echan el alto y los bandidos responden disparando, al mismo tiempo que se vuelven y huyen. Uno de los disparos de los guardias alcanza a "el Pernales", quien, aunque herido, puede continuar hasta las puertas de un cortijo, en el que se le presta protección y, más tarde, asistencia facultativa por un médico traído de Estepa bajo amenazas.

Al recuperarse el bandido de sus heridas titubeará entre ejercer su oficio en solitario -no resulta seguro andar en grupo por los caminos- o buscarse compañía más experimentada que la de los novatos "Canuto" y "Niño de la Gloria". Piensa en su tío "Soniche" e intenta una aproximación. Su pariente y el compañero de éste, "Chorizo", le aceptan, pero este trío no logrará afianzarse. En febrero de 1906, sin que se les conozca ningún acto bandoleril de importancia, "Soniche" y "Chorizo" son tiroteados por una pareja en las calles de Estepa y un mes después caerán muertos en el cortijo "Hoyos", lo que determinará el asesinato de "el Macareno" a manos de "el Pernales", según vimos al comenzar nuestro relato.

Hasta ahora, Francisco Ríos "Pernales" no era ningún terrible bandido, aunque tuviese un denso historial como ladrón habitual y se le considerara hombre peligroso, sobre todo después de la violación del cortijo de Cazalla. Otros nombres y apodos sonaban más que el suyo en la comarca y atraían mayor atención. Entre otros estaba "el Guapo de Jara", también caballista de Estepa, del que se ocupó el "Boletín Oficial" de 8 de marzo de 1906 en sus páginas de servicios destacados:

"Osuna.- El Sargento Juan Rodríguez Tamarit, corneta Martín Rubio y guardias segundos Antonio Aguirre Martín y José Rebollo Montiel se presentaron en una taberna para capturar al bandido de la partida del "Vivillo", José Aguilar Murillo (a) "El Guapo de la Jara", y como al apercibirse este de la presencia de la fuerza empezase a hacer disparos sobre ella, el Sargento y guardias contestaron a la agresión disparando sus armas, resultando muerto el mencionado bandido y deteniendo después a un cómplice de éste que se hallaba también en aquel lugar."

Es a raíz de la muerte de "el Macareno" cuando se va a perseguir a "el Pernale" sin descanso, y fruto del empeño y densidad de servicios establecidos por la Guardia Civil es su detención en unión de "el Nino de la Gloria" y "el Canuto", una noche en que regresaban de jugar a los naipes en Aguadulce.

Después vendrá su fuga de la cárcel de La Campana, de gran impacto en la prensa y en la opinión pública. "Unos vieron en ella la mano influyente de un cacique amigo de los presos; otros, dádivas a los guardianes de la prisión, y muchos, la habilidad de las familias de "Canuto" y "Niño de la Gloria", que, adelantándose a la conducción y haciendo amistad con los carceleros, lograron embriagarlos llegada la noche y sacar a los caballistas de su encierro, perforando un tabique (3).

Esta fuga vendría a frustrar la labor de la Guardia Civil, que, en el escaso tiempo en que "el Pernales" ejercía el bandolerismo, había logrado herirle una vez y detenerle otra.

No deja de ser curioso observar como siempre que se reunían los tres bandidos era cuando les sorprendía la fuerza, a la que le resultaba difícil localizarlos mientras se mantenían aislados. Poco más tarde de la fuga, cuando otra vez marchan los tres juntos, más "el Reverte", que se le ha unido últimamente, se produce un nuevo encuentro, ahora en La Roda. Pero los bandidos siguen aliados con la fortuna y logran escapar a uña de caballo.

El jefe de la Línea de Estepa, que ya no es Verea, sino Romero Macías, recibe cierto día, a principios del verano de 1906, a un rico propietario de Estepa, quien le comunica que "el Pernales", por medio de una carta amenazante, le exige varios miles de pesetas que ha de depositar en el alto de un cerro cercano a su finca. Romero Macías monta el servicio conveniente, pero el bandido, que va adquiriendo profesionalidad y desconfianza, no acude a recoger el dinero. Sus movimientos son ahora muy cautos. Para dormir ata su caballo a un árbol y él se acuesta a bastante distancia, así pierde algunas de sus cabalgaduras, encontradas en la noche por la Guardia Civil. En estos casos, el ruido que produce el animal sirve para alertar al bandido y darle tiempo a huir. De aquí parece deducirse que cuanto se decía de su famoso caballo "Relámpago" no fuese tan cierto. Al menos no puede pensarse que lo utilizara durante mucho tiempo.

Otra oportunidad de oro tuvo la Guardia Civil cuando recibió noticias de que "el Pernales" habíase presentado en un cortijo próximo a Aguilar, propiedad de don Rafael Romero, y exigido al apareador que fuese al pueblo a pedir mil pesetas al dueño de la finca. Cuando la fuerza hizo acto de presencia en el cortijo, avisada de cuanto sucedía, ya "el Pernales" estaba lejos.

Por estas fechas se produce otro encuentro en el cortijo "Palmarete", cerca de Marchena. Al salir, después de comer, ve "el Pernales", que hay cuatro guardias rodeando la casa. Rápidamente vuelve a entrar y sale por una puerta trasera a toda velocidad para perderse en los olivares.

El Pernales Francisco Ríos, "el Pernales", último representante del legendario bandolerismo andaluz. Bien visto no fue más que un delincuente armado a quien el sensacionalismo popular y periodístico elevó a categoría de bandido temible.

Se ha llegado, pasado el verano de 1906, un verano realmente activo, al apogeo de la fama de "el Pernales". Y como ocurriera con otros bandidos, le salen multitud de imitadores que van armados por los cortijos haciéndose pasar por miembros de su partida. Es cuando comienza el sensacionalismo periodístico y el clamor de las protestas de cortijeros y hacendados. El Gobierno envía a Estepa al magistrado don Víctor Cobián y comienzan a concentrarse efectivos de la Guardia Civil en la zona de acción de los bandidos, aunque no tanta como se dijo. De 4.000 guardias hablaron algunos historiadores, cifra inconcebible, ya que, dada la plantilla del Cuerpo en la época, supondría la fuerza de seis provincias, casi una quinta parte de los efectivos totales. Los guardias concentrados en esta fecha no pasarían de unos treinta, procedentes de puestos de la misma Comandancia de Sevilla. Un año más tarde sí habría una concentración importante. Fueron reunidos en Estepa doscientos guardias, sacados de casi todas las provincial españolas. La prueba de este movimiento de fuerza, que no se reflejaba en los Boletines Oficiales, la hemos encontrado por fin en el historial de don Francisco Romero Macías, en la que, con referencia a 1907, se dice: "Sigue con el mando de la 2.ª Compañía expresada (de la Comandancia de Málaga) hasta el fin de febrero, que es baja por pase a la sexta de Sevilla, según R.O. de 21 del mismo (D.O. núm. 42), e incorporado pasó a hacerse cargo de dicha Unidad, habiendo estado al frente de una de las zonas de persecución del bandolerismo que fueron establecidas por resolución del señor Coronel Subinspector del Tercio de 21 de mayo, continuando con esta situación hasta el 18 de septiembre, que marchó a Estepa por orden de la misma Autoridad para encargarse del mando de 200 hombres allí concentrados para seguir la persecución del bandolerismo, en donde permaneció hasta que por disposición de dicho señor Coronel de 4 de octubre cesó en aquel cometido, pasando a la cabecera de su Unidad con el cargo de Jefe de Zona hasta el 13 de diciembre, que se disolvieron las mismas."

La dirección de los servicios quedó bajo el mando del coronel del Tercio de Sevilla don Manuel de la Barrera Fernández, jefe prestigioso y con una destacada y meritoria experiencia en servicios contra el bandidaje en la isla de Cuba (4).

Los jefes de las Comandancias de Córdoba, don Miguel Pinzón Carcedo, y de Sevilla, don Martín Piza Puig, a las órdenes del coronel Barrera, establecieron sus puestos de mando en Lucena y Estepa, mientras que el propio jefe del Tercio lo hacía en La Roda. El sur de Sevilla se dividió en dos zonas de persecución de bandoleros, una en Utrera y otra en Osuna. Fue esta última la que mandó don Francisco Romero Macías, quien ascendió a Capitán en Estepa y fue trasladado a la Comandancia de Málaga por escaso tiempo, el imprescindible para que la burocracia diera tiempo a que regresara a la de Sevilla. Resultaba totalmente lógico que se quisiera contar en el foco del bandolerismo con la eficacia de un hombre que había acabado con "el Cristo", en Málaga, y con "Soniche" y "Chorizo", en Sevilla.

Nunca antes se había adoptado contra un bandolero ningún dispositivo o despliegue especial de fuerza. Que un mando superior al de jefe de Comandancia tomara la dirección de los servicios y que se establecieran zonas geográficas que rompían los hasta entonces intocables límites de demarcaciones eran medidas originales. Puede afirmarse, por tanto, que nunca ningún bandolero fue perseguido con tanto ahínco y aparatosidad como "el Pernales". También, teóricamente, se perseguía a "el Vivillo", pero ya sabemos que éste estaba fuera de España.

El aparatoso despliegue pudo llevarse a cabo por la excelente disposición del Gobierno, que, espoleado por prensa, políticos y opinión pública, dedicó al problema el merecido interés. La situación de la comarca estepeña fue llevada al Parlamento, donde el Conde de Romanones, entonces Ministro de Gracia y Justicia, había pronunciado el l0 de noviembre de l906 un sustancioso discurso que vamos a reproducir en parte por su indudable aportación al conocimiento del bandolerismo de "el Pernales" y "el Vivillo".

Se inició el debate en el Parlamento, creemos, más que por la actividad de los bandidos, por la de la Guardia Civil, que lo mismo actuaba contra humildes que contra poderosos, contra ladrones que contra caciques, con tal de que fuesen sospechosos de autoría, complicidad o encubrimiento. Escribió el comandante Casero: "Al mismo tiempo que la fuerza pública perseguía en el campo a los malhechores, se buscó en poblado a sus conocidos y valiosos protectores y cómplices, y como tales fueron a la cárcel hasta 97 personas, entre las que había alcaldes y ex alcaldes, concejales, jueces municipales, medicos titulares y buen nómero de ricos propietarios, de algunos de los cuales se cuenta en Estepa, con pelos y señales, horribles historias que indican el origen de sus improvisadas fortunas... ¡la impresión fue terrible en Estepa! Pasados los primeros días de estupor, comenzaron a organizar su defensa... " (5).

Ignoramos si el comandante Casero exageraba o no. Pero mucho de cierto habría en sus palabras cuando el ruido llegó hasta el Congreso. Estas detenciones no constituían por sí solas servicios destacados; sin embargo, en algunos casos, el Boletín Oficial se ocupaba de ellas. Veamos dos casos:

"Estepa. Por comprobarse que han encubierto y auxiliado a los criminales que merodean por esta provincia, han sido detenidos y puestos bajo el fallo de la ley por el primer Teniente don Ramón Escobar Huerta, seis sujetos.- S.E. el General Director se ha enterado con satisfacción de dicho servicio, resolviendo se le den las gracias en su nombre con anotación en la hoja de servicios" (B.O. l6-l0-l906).
"Ecija.- El primer Teniente, don Carlos Ochotorena Laborda, ha detenido y puesto bajo el fallo de la ley al secretario del Ayuntamiento de Marinaleda, por haberle comprobado que en el cortijo del Algarrobillo, que lleva en arrendamiento, ha dado albergue varias veces al criminal "Vivillo" y su partida.- S.E. el General Director se ha enterado con satisfacción de dicho servicio" (B.O. de l-l2-l906).

El Conde de Romanones, en su pormenorizado discurso -su extensión nos impide insertarlo íntegro-, fue explícito respondiendo al diputado señor Serrano Carmona, un extraño defensor de cómplices y encubridores, al que no le gustaba el Juez de Estepa ni la actuación de la Guardia Civil:

"... ¿Creen los señores diputados posible que uno de nosotros se levante aquí a atacar a un juez, el más modesto de los funcionarios, a un juez de entrada, llamándole prevaricador, injusto, dirigiéndole toda clase de epítetos injustos de los que más pueden deprimir a una persona, prevaleciéndose para ello de su carácter de diputado?... Porque si el procedimiento se generaliza, ¿queréis decirme, señores diputados, a donde irá a parar todo el prestigio del Poder judicial?... Porque el señor Serrano Carmona ha venido aquí sin traer las pruebas; lo repito, sin traer las pruebas, a pedir al Ministro de Gracia y Justicia una cosa: que traslade inmediatamente al juez de Estepa. El juez de Estepa, decía el señor Serrano Carmona, ha faltado a su deber; el juez de Estepa ha prevaricado; el juez de Estepa es un funcionario digno de castigo; pero no, en seguida se ha rectificado su señoría: aquel juez no es digno de un castigo grande; a su señoría le basta que ese juez salga de Estepa; no quiere que salga de la carrera, ya lo habéis oído en sus últimas palabras. Con eso está demostrado el fin de las palabras de su señoría... Pero ya el señor Serrano Carmona ha tenido la franqueza de declararlo: entró en este asunto teniendo dos personalidades, y yo sostengo que es muy difícil mantener a la vez, dentro del Parlamento, la personalidad del diputado, que hace uso de los derechos sacratísimos que le reconocen la Constitución de la Monarquía y el Reglamento del Congreso, y la personalidad de defensor letrado y profesional, que inevitablemente se deja llevar por el interés muy natural, pero no atendible aquí, de la causa que con entusiasmo ha patrocinado. Es necesaria toda la habilidad que tiene su señoría, que es mucha y todavía más, para mantener sin daño de la imparcialidad propia de la función parlamentaria la doble representación que ostenta. (El señor Serrano Carmona: Esa es una acusación contra mí.) No lo es, ni nunca sería comparable a la que su señoría ha dirigido al juez de Estepa y el digno teniente coronel de la Guardia Civil a que se ha referido. Pero vamos al fondo del asunto: Yo no quisiera hablar del bandolerismo en Estepa; es una página muy triste de la Historia de España.

¡Ah, señores diputados, si yo pudiera traer aquí a vuestra consideración y conocimiento, la Memoria que ha escrito el señor Cobián, que cosas pensaríais vosotros! Porque yo os puedo asegurar que de cuantas cosas he leído ninguna me ha producido una impresión tan penosa como esa Memoria. (El señor Rodríguez de la Borboña: Eso es lo que debe venir al Parlamento: la Memoria del señor Cobián.)

Ya veremos si debe venir o no.

¡Que no hay bandolerismo en Estepa! Ya habéis oído al señor Serrano Carmona. No. Según nos anotaba, no hay más que un bandido, rodeado de otros cinco o seis, que hacen de aquella tierra teatro de sus hazañas. Pero, ¿es que acaso hemos olvidado lo que por desgracia ha sucedido en Estepa en la historia del bandolerismo? ¿Es que no saben los señores diputados y el señor Serrano Carmona que, en Estepa, el bandolerismo ha sido endémico y que Estepa ha tenido la desgracia de padecer, siendo teatro de sus hazañas, a Juan Caballero y a todos los bandidos (risas y rumores), es decir, a muchos, a la mayor parte de los que se han convertido en héroes populares en Andalucía?

Conde de Romanones Conde de Romanones.

Pues continuadores de aquellos bandidos, aunque sin tantos arrestos como ellos, porque todo va decayendo, como dice el ilustre magistrado que ha redactado esta Memoria (risas), y desde luego con menos generosidad, son los que hay allí: "el Vivillo", y otro, "el Pernales". Y, en efecto, hace más de diez años que "el Vivillo" y sus secuaces vienen cometiendo toda clase de fechorías por aquellas tierras.

Pero, ¿Cómo es que este problema del bandolerismo presenta fase tan grave en Estepa y no en los pueblos que lo rodean? ¿Es que acaso las condiciones del terreno favorecen el desarrollo del bandolerismo? Bien sabe el señor Serrano Carmona que no, porque Estepa no está en terreno abrupto y difícil, sino en tierra llana, donde no se hace tan difícil la persecución del bandolerismo. La causa de esto, la esencia y la médula de todo esto, que precisamente se desprende de las palabras de su señoría, no está en los bandidos ni en el terreno, sino en la funesta protección a aquellos, y así se deduce de cuanto acerca de esto se oye y del mismo discurso de su señoría. Porque en otras regiones, si surge un malhechor, no prestándosele auxilio por sus convecinos y coterráneos, en poco tiempo cae en poder de la justicia; pero es que en Estepa -y en esto no hay ánimo de ofender a los vecinos de aquel pueblo, pero eso consta en un documento oficial- los bandidos encuentran, por una serie de causas, una protección que no tienen en otras partes. De ahí que el lenguaje vulgar en aquella comarca, reflejando ese estado de cosas, a los bandidos no se les llame así; se les llama muchachos o, a lo más, se les llama caballistas; y cuando realizan una de sus hazañas suele decirse que han realizado un negocio, y así sucesivamente van obteniendo una disculpa o aureola tal que un bandido, cuando es objeto de persecución, tiene en Estepa, por parte de algunas personas que debieran ayudar a la acción de la justicia, amparo que estorba la eficacia de ésta.

Hay en esto el influjo de preocupaciones y tradiciones deplorables, hasta el punto de que, por ejemplo ¿también se dice eso en esta Memoria?, en Estepa, cuando se va a visitar una de las imágenes más veneradas de aquella región, se muestra a la consideración y a la admiración de los visitantes las alhajas que regaló en tiempos de aquella imagen el célebre Juan Caballero.

Desde que yo era ministro de la Gobernación venía preocupándome mucho la situación de Estepa, y el caso, verdaderamente extraño y raro, de que "el Vivillo" estuviera por todas partes y no se le encontrara en ninguna, y el de que "el Pernales" cometiera hechos tan infames como el que cometió en Cazalla, que revela la mayor perversidad que puede tener el más empedernido bandido, y, sin embargo, se escapó y no pudo echarle mano la Guardia Civil.

Ocurrió también en aquel entonces el asesinato de un cortijero que se llamaba "el Nazareno", mientras sus autores continuaron viviendo en libertad verdaderamente inconcebible. Conferencié entonces muchas veces con el director de la Guardia Civil y con el digno gobernador de Sevilla. El gobernador puso todo su empeño en la persecución de estos bandidos y me aseguró a mí que por parte de la Guardia Civil no se podía hacer más de lo que se hacía; que ese teniente coronel a quien su señoría no ha otorgado hoy título de aptitud trabajaba con verdadero celo y actividad. Y ahora viene bien que yo recoja los ataques que su señoría ha hecho a la Guardia Civil, porque yo soy de los que creen que la Guardia Civil es el instrumento más necesario de gobierno en España y que sin ella no se puede hacer aquí nada. Soy entusiasta defensor de la Guardia Civil; la defendería tal vez incluso en algún caso en que no tuviera razón, hasta ese punto tengo entusiasmo por ella, y estoy convencido de que es un elemento utilísimo. Pues ese teniente coronel, que lleva más de un año dedicado a este penoso servicio y que, además de estar destinado en Sevilla, está en Estepa, ha sido tratado injustamente hoy por el señor Serrano Carmona, que se habrá quedado tan tranquilo.

Pero se ponía en contradicción su señoría, porque ha dicho que hasta el mes de marzo la persecución de la Guardia Civil era activa; que luego, con el cambio de teniente, ya todo varió. Pues en el mes de marzo, y antes, el jefe era ese teniente coronel, y es extraño que, habiéndole considerado activo y celoso hasta esa fecha, no lo sea hoy, como dice su señoría. En cuanto a la Guardia Civil, no es poco lo que su señoría ha manifestado. Decía su señoría: "Yo no quiero dirigir ningún cargo a la Guardia Civil; pero, al fin y al cabo, son hombres y, como son hombres y están mal pagados, nada tiene de extraño que no cumplan con su deber"; esa es la consecuencia que se deriva de lo manifestado por su señoría. Yo tengo que decir a su señoría que la Guardia Civil cumple y ha cumplido siempre con su deber. Lo extraordinario es que cumpla con su deber con esos seis, nueve o diez reales que, según su señoría, ganan. Aunque ganaran más no podían prestar más y mejor servicio. Pero hay que ver en que condiciones se mueve en Estepa la Guardia Civil: elementos extraños en una población tan numerosa como Estepa, donde pueden entrar los bandidos y tener casas que les alberguen, donde van a los cortijos los guardias y si preguntan si ha pasado por allí "Pernales" se lo niegan los cortijeros amenazados, y lo niegan por esto, aunque esté dentro del cortijo, donde, por razones que después indicaré para justificar el hecho, hasta ricos propietarios se ven obligados a prestar a los bandidos cierta protección y hasta ampararlos para evitar daños mayores, ¿qué va a hacer la Guardia Civil cuando, si hay siete bandidos, hay tantas dificultades para su persecución? (Un señor diputado: Demasiado hace)..."

El teniente coronel al que se refería el Conde de Romanones era don Martín Pizá Puig, jefe de la Comandancia de Sevilla, de cuya eficacia, ciertamente, no se puede dudar. La modalidad de servicio empleada fue doble: vigilancia permanente de caminos y encrucijadas, pasos y barrancos, y detención de confidentes, cómplices, encubridores y en general toda clase de maleantes, pues, aunque éstos no tuvieran convivencia reconocida con los bandoleros, contribuían con sus robos y raterías a sembrar intranquilidad y desasosiego en la comarca. Ya antes de adoptarse el dispositivo especial se habían intensificado los servicios notablemente. La cifra media de detenidos en la provincia de Sevilla antes de la entrada en escena de "el Pernales" rondaba los sesenta en la casilla de "delincuentes y ladrones" de los resúmenes de servicios. Pues bien, a partir de julio de l905 va a producirse un brusco salto que nos dispensa de cualquier comentario:

    1905        1906   
Enero ... ... ... ... ... ... ... - 117
Febrero ... ... ... ... ... ... ... - 182
Marzo ... ... ... ... ... ... ... - 130
Abril ... ... ... ... ... ... ... 59 101
Mayo ... ... ... ... ... ... ... 56 112
Junio ... ... ... ... ... ... ... 42 107
Julio ... ... ... ... ... ... ... 111 109
Agosto ... ... ... ... ... ... ... 145 139
Septiembre ... ... ... ... ... ... ... 131 85
Octubre ... ... ... ... ... ... ... 268 139
Noviembre ... ... ... ... ... ... ... 212 100
Diciembre ... ... ... ... ... ... ... 217 119

Tanta actividad, más la presencia casi continua de la fuerza en los cortijos o su aparición en ellos de improviso, dio lugar a que "el Pernales" comenzara a experimentar la sensación de que el suelo se resquebrajaba bajo sus pies. A partir del otoño de l906 puede apreciarse que el bandido se ve tan perseguido y acosado que ha perdido su antigua vitalidad. Se limita a pedir, sin emplear casi nunca amenazas. Su táctica ahora consiste en pasar de una provincia a otra y mantenerse oculto el mayor tiempo posible. Así vive algunos meses, pero la necesidad de dinero le espolea nuevamente a la acción. Busca nuevamente a sus dos compinches para nuevas aventuras. Se les une un tal "Pepino", otro maleante que recluta a última hora, quizá pensando que siendo más podrán enfrentarse con mayores garantías a la Guardia Civil.

Por lo visto no estaba completamente convencido de que el bandolerismo de partidas carecía ya de viabilidad en aquellos años. Los hechos se lo van a demostrar en breve.

Las dificultades que encuentra "Pernales" para moverse en la comarca de Estepa le aconsejan desplazarse a la provincia de Málaga y más tarde a la de Córdoba, pero más al norte de lo acostumbrado, concretamente a los alrededores de la capital. En las proximidades de Villafranca, carretera general de Andalucía, la partida, que se ha atrevido a esta excursión lejos de sus bases, trata de asaltar un carruaje en el que suponía "el Pernales" viajaba el diputado don Juan de Dios Porras, cosa que no resulta cierta, pues a última hora éste había desistido del viaje. Pero el intento llegó a conocimiento de la Guardia Civil, concretamente del sargento don Francisco Moreno Collantes, comandante de Puesto de Villafranca, quien, con los guardias Antonio Villegas Obrero y Antonio Redondo García, sale en persecución de la partida y logra encontrarla el 2l de mayo de l907.

"Si para dar con ellos -narró el periódico Museo Criminal- se había hecho verdadero derroche de sagacidad, de astucia, de conocimiento del terreno y de resistencia física, persiguiendo infantes a jinetes, para batirlos ahora era preciso acumular un tesoro de valor y de energía. A la voz de "alto" respondieron los bandidos con una descarga cerrada, de la que felizmente no hubo victimas. Los resueltos guardias hacen fuego a su vez y logran ver caer herido a uno de la partida, la cual, aprovechando la semioscuridad de la noche y la fragosidad de la sierra, se bate en retirada; pero al cabo, ante la acometida de la Benemérita, se ve en la precisión de dejar el herido, los caballos, alhajas y equipos, y logra salvarse escalando picachos y utilizando las facilidades que les da una indumentaria ligera y una práctica que sólo ellos poseen."

"No cayeron todos -continua el reportaje periodístico-, pero el encuentro fue un verdadero triunfo. El herido, que hubo de sostener lucha personal con el sargento y que luego murió, era Antonio López Martínez, el titulado "Niño de la Gloria", subalterno ahora, jefe futuro y bandido de corazón y abolengo, sobrino del apodado "Vizcaya"; perteneció a la partida de su tío, hallándose éste incorporado a la de "Vivillo" (6).

El periódico, inexplicablemente, omitía que "el Niño de la Gloria", antes de morir, tuvo tiempo de decir que "el Pernales" había resultado herido en el encuentro a consecuencia de los disparos. En la acción fueron recuperados cuatro caballos, una carabina, una escopeta y varias alhajas.

A partir de aquí, prácticamente, "el Pernales" deja de existir como bandido terrible, pero eso lo ignoran prensa y vulgo a causa de los continuos imitadores de que ya hablamos. Cierta noche, dos individuos, haciéndose pasar por miembros de la partida de "el Pernales", aparecen en el cortijo "Majaneque" y exigen al propietario, don José Reus, setenta duros. Días más tarde intentan obtener dinero por el mismo procedimiento en la finca "Doña Sol". Pero una pareja, que se presenta de improviso, los detiene. Resultan ser dos braceros de La Carlota que en absoluto tenían que ver nada con los bandidos.

Tras el encuentro de Villafranca y recuperado "el Pernales" de sus heridas viaja a Valencia a llevar a su amante Concha, que teme ser detenida. Con ella ha pasado casi todos sus períodos de ocultación. Él vuelve a la baja Sevilla, con idea de dar unos últimos golpes para hacerse con dinero y después cambiar de aires definitivamente.

Es entonces cuando se le une "el Niño de Arahal", con el que formará pareja en los meses siguientes. "EI Niño de Arahal" se le ofrece espontáneamente, atraído por su fama, "para seguirle donde sea", y la presencia, arrogancia y buena disposición de este aspirante a bandolero agradan a "el Pernales". Pero las cosas en lo sucesivo no les van a resultar fáciles. Los cortijeros y campesinos han comenzado a cambiar de bando. Tienen más confianza en la Guardia Civil o quizá mayor miedo a ser detenidos, aparte de que el hombre vulgar siempre tiende a unirse a los más fuertes, y se muestran menos asequibles a las exigencias bandoleriles. En julio de l907 llegan "el Pernales" y "el Niño de Arahal" a un cortijo de Lucena y se identifican ante el gañan que abre la puerta. Al apercibirse el casero comienza a dar voces de alarma, en contraste con la sumisa actitud mantenida anteriormente por los moradores de las casas de campo. "El Pernales" sube a la planta alta, desde donde vocea el aperador, le dispara y le deja gravemente herido. A continuación toman los malhechores el poco dinero que hay en el cortijo y huyen al galope.

Otra noche llegan al cortijo de Dueña Alta, del término municipal de Marchena, donde comen. Se presenta inesperadamente una pareja de la Guardia Civil que llama a la puerta. El casero, mientras abre, no duda en advertir a la fuerza de la presencia de los bandidos en el interior. Los guardias aprestan sus armas y ordenan en alta voz la salida con las manos en alto, a lo que responden "el Pernales" y "Niño de Arahal" disparando sus armas. El casero y su esposa se refugian en las habitaciones superiores para eludir el intenso tiroteo que se origina a continuación y que los guardias sostienen parapetados en el quicio de la puerta. Los bandidos creen llegada su última hora, pero un rasgo de ingenio les salva. Se dirigen a la cuadra y, por la parte trasera, sueltan un mulo, al que golpean para que corra. Los guardias creen que son los bandidos que huyen y concentran su fuego sobre el animal, momento que aprovechan los malhechores para escapar a lomos de sus cabalgaduras en otra dirección, tendidos sobre las crines para ofrecer menor blanco.

El teniente coronel jefe de la Comandancia de Córdoba, que reside permanentemente en Lucena, recibe, el día primero de agosto de l907, una comunicación urgente según la cual en la finca "Sesenta", de Mora, próxima a Lucena, han sido sustraídas once caballerías, para cuya devolución los bandidos, al parecer "Pernales. y "Niño de Arahal", exigen la entrega de mil quinientas pesetas. Más que robo, esto es un original secuestro de animales, pues se pide rescate. El teniente coronel moviliza rápidamente toda la fuerza disponible para rodear el lugar donde los bandoleros esperan el dinero. Pero éstos advierten el inusitado movimiento de fuerza y huyen.

Esta es la última prueba que Francisco Ríos necesita para convencerse de que no puede vivir en su tierra. El ambiente ahora le es hostil. Sus movimientos no tardan en llegar a conocimiento de sus perseguidores. Decide cambiar de campo de operaciones y se interna en la provincia de Cádiz, en busca de mejor fortuna, pero tampoco aquí las cosas deben salir a su gusto porque vuelve a Sevilla, aunque por la parte norte, y finalmente entra en la de Córdoba, para pasar a la de Jaén y buscar definitivamente el camino de Valencia, con idea de emigrar.

La muerte de "el Pernales"

Los dos últimos famosos caballistas de Estepa inician su huida por el norte de la sierra cordobesa. No poseen el dinero qua hubiesen deseado para este momento de retirada. Quieren aprovechar el viaje y el l7 de agosto se presentan en una finca cercana a Jaén. Exigen mil pesetas, que no existen en la casa. Se envía un recadero para que las consiga del administrador, pero el hecho llega a conocimiento de la fuerza del Cuerpo, que sale en busca de los malhechores. Los bandidos, desde un altozano, en el que se han situado en observación, huyen al ver acercarse a los guardias.

Continúan hacia Torre del Campo, con mejor provecho, pues consiguen algún dinero en un atraco poco importante. En el cortijo "Platero" les sorprende una pareja y se cruzan disparos, sin consecuencias.

Prosiguen, en un lento caminar, buscando ansiosamente cortijos donde obtener algún beneficio y, ya en la provincia de Albacete, llegan el 3l de agosto al cortijo "Bellotar", en las cercanías de Villaverde, donde son vistos por un guardia civil retirado, Gregorio Romero Henares, ahora guarda forestal, quien entra en sospechas ante la catadura de aquellos dos jinetes, armados y con trajes inusuales en la región. Tan pronto como los desconocidos reanudan su marcha, Romero Henares corre a denunciar su presencia en aquellos lugares.

Patrulla Teniente Haro, guardia Segovila, cabo Villaescusa y guardias Redondo y Codina, que dieron muerte a "el Pernales".

El Jefe de la Línea de Alcaraz es el teniente don Juan Haro López, cuyo historial militar tenemos a la vista. No pierde un momento. Forma un grupo bajo su mando directo con el cabo Calixto Villaescusa Hidalgo y los guardias Lorenzo Redondo Morcillo, Andrés Segovia Cuartero y Juan Codina Sosa. Son los hombres que van a terminar con "el Pernales" y "el Niño de Arahal". Pero dejemos que el teniente Haro nos de su propia versión del suceso, vertida en el parte oficial:

"Excmo. Sr.- A las doce y cuarenta y cinco minutos del día de ayer se presentó en el caserío "El Sequeral", término de Villaverde, donde se encontraba de servicio el Oficial que suscribe, el paisano Eugenio Rodríguez, portador de una carta del señor Juez Municipal de dicho pueblo, en la que manifestaba que habían visto aquella mañana por aquellas inmediaciones dos hombres desconocidos, a los cuales había encontrado Gregorio Romero Henares, peón guarda del Distrito Forestal y licenciado de la Guardia Civil, quien fue quien dio la primera noticia.
Inmediatamente, y sin desatender la vigilancia por si se trataba de una falsa alarma, salí con el cabo Calixto García Villaescusa Hidalgo; guardia primero, Lorenzo Redondo Morcillo, y segundos, Juan Codina Sosa y Andrés Segovia Cuartero, hacia el pueblo de Villaverde, en donde las Autoridades y el denunciante reforzaron la noticia, adquiriéndolas yo, también, del punto donde se encontraban los desconocidos, que es el cortijo llamado "Arroyo del Tejo", situado a tres cuartos de legua del indicado pueblo.
Sin pérdida de tiempo, y auxiliado por tres prácticos del terreno, me dirigí al sitio indicado y, una media legua antes de llegar, distribuí la fuerza, mandando al cabo Villaescusa y al guardia Segovia, con dos prácticos, por la cúspide de la sierra con objeto de cortar la retirada a los perseguidos; y el que habla, con los guardias Redondo, Codina y un práctico, continuó su marcha para atacar de frente el punto en que, según noticias, se encontraban los sujetos.
Había transcurrido una media hora cuando, ya estrechando el cerco, y encontrándose ambas fuerzas próximas a los bandidos, éstos se pusieron en marcha; pero la oportunidad del Cabo y del Guardia de referencia de colocarse en el punto que se les había ordenado, nos proporcionó la fortuna de que dichos bandidos llegaron a unos ocho pasos de distancia de a donde se hallaban emboscados, sin ser vistos; y, al darles el "¡Alto a la Guardia Civil!", contestaron con disparos y a la voz de "el Pernales" de "¡Vamos con ellos!", desarrollándose, entonces, por ambas partes, el fuego, del cual quedó muerto "el Pernales".
Continuó sosteniendo el fuego "el Niño del Arahal", y se dio a la fuga, volviendo a lo más elevado de la montaña en el preciso momento en que el que relata y los guardias que le acompañaban, con inmensas fatigas, daban acceso a la cúspide de la misma, de tal suerte que desde allí vieron deslizarse al "Niño" que, al notar nuestra presencia, hizo fuego en retirada auxiliado por las escabrosidades del terreno, contestándole de la misma forma, y a los pocos disparos, el bandido cayó, al parecer muerto, como así se comprobó después.
Cumple a mi deber significar a la respetable Autoridad de V.E. que la cooperación de las Autoridades de este pueblo, de los prácticos que nos acompañaron y de los vecinos de los lugares próximos al escenario del suceso, es digna de todo elogio; pero el hecho de más mérito en esta honrosa jornada es la actividad, resistencia y valor manifestado por el Cabo Calixto Villaescusa Hidalgo, que, en el campo, tuvo que recorrer un trayecto mucho más largo y después se colocó, con el guardia que le acompañaba, a cuerpo descubierto, aprovechando el sitio donde comenzaba el descenso de la tierra, ya que esto permitió a los bandidos llegar hasta él a la distancia dicha; sin olvidar, que todos dan por bien empleados los sufrimientos y desvelos que venían ocasionando estos tristemente célebres bandidos, y consideraban haber ganado este galardón para gloria del honroso uniforme que vestimos, sin tener que lamentar nada más que una ligera rozadura en la parte superior de la cabeza del guardia segundo Andrés Segovia Cuartero, que se la debió ocasionar, en la descarga, "el Pernales" con una posta.
Al referido "Pernales" le dispararon el Cabo Villaescusa y el guardia Segovia, a la vez; quizá un poco antes, el guardia, sin que pueda precisar el que lo mató; pues los dos creen haberlo herido.
Al "Niño", por más que le hice fuego con el revólver, como la distancia era de más de cien metros, no sé si lo pude herir; pero cuando aquél huyó y los guardias que me acompañaban continuaron el fuego, pude asegurar que, tras un disparo hecho por el Codina, fue cuando se vio caer al bandido. Y como el fuego del revólver ya era ineficaz me limité a facilitar cartuchos al guardia Codina. Tanto éste como Redondo han dado prueba de ser excelentes tiradores.
El guardia primero Amalio Rueda Sánchez y el guardia segundo Benigno Medina Bueno, del grupo del Sargento Fernández Gómez, tomaron la pista de los bandidos en la cúspide del "Collado del tronco", y la siguieron con actividad, de forma que a las dos horas de haber sucedido el encuentro se personaron en aquel sitio.
Igualmente, el Sargento de referencia, siguió de cerca, con cuatro paisanos, a la pareja indicada, retirándose cuando tuvo noticias de que los bandidos habían sido muertos. También tengo que enaltecer el buen comportamiento del resto de la fuerza establecida en esta Línea de vigilancia, pues he podido observar que, tanto de día como de noche, ha estado animada del mejor espíritu, sin haber tenido nada que corregir.
El que debe ser "el Pernales", por los documentos ocupados y por coincidir sus señas con las que facilita la superioridad, aparenta ser de unos veintiocho años de edad: de l,49 metros de estatura; ancho de espaldas y pecho; algo rubio, quemado por el sol, el semblante con pecas, de color pálido, ojos grandes y azules, pestañas pobladas y arqueadas hacia arriba, colmillos superiores salientes, reborde en la parte superior de la oreja derecha que le forma una rajita, y ligeras manchas en las manos; vestido con pantalón y chaqueta corta y chaleco de pana lisa color pasa; sombrero color ceniza, de ala plana flexible, con un letrero que dice: "Francisco Valero en Cabra", botas de color corinto, con letrero en las gomas, que dice: "Cabra", Sagasta, 44; camisa y calzoncillos de lienzo blanco, calcetines escoceses, faja de estambre negro.
El que aparenta ser "el Niño del Arahal" es de unos veintiséis años de edad, de l,6l metros de estatura, pocas carnes, pelo rubio, barbilampiño, cara afeitada; viste igual que el anterior y sombrero y botas con las mismas señas.
Lo que tengo el honor de poner en conocimiento de la respetable autoridad de V.E. adjuntándole relación de las autoridades, prácticos y vecinos que han auxiliado la empresa; así como inventario de las caballerías, armas, municiones, dinero y efectos ocupados, a la vez que lo hago al señor Coronel subinspector del Tercio; excelentísimo señor Director General del Cuerpo; excelentísimo señor Ministro de la Guerra, Gobernadores civil y militar de esta provincia y Capitán General del Distrito.
Dios guarde a V. E. muchos años. Villaverde, l de septiembre de l907. El Segundo Teniente.- Juan Haro López.- Excmo. Señor Ministro de la Gobernación.

En el inventario de que habla este parte, como objetos más significativos, ocupados al "Pernales", se citaban un macho castaño oscuro, una escopeta de dos cañones, una canana con 45 cartuchos cargados con postas, un revólver Smith de seis tiros, un anteojo de larga vista, un reloj Roscof y una cartera de bolsillo con tres billetes de cien pesetas (números 487.932, 245.92l y l60.47l).

Repetimos: ¡tres billetes de cien pesetas! Todo este era el caudal de "el Pernales" después de tres años de duro ejercicio del bandidaje. Cabría pensar que los primeros meses de actividad le fueron rentables, pero de ser así pronto se le agotó el dinero con el pago de confidentes y encubridores y lances de juego. El resto de su vida bandoleril, cuando tanto respeto imponía su nombre, lo había pasado huyendo y ocultándose y pidiendo, más que exigiendo, pequeñas cantidades que únicamente le alcanzaban para sobrevivir.

Con su muerte y la captura de "el Vivillo" en Argentina se dio por concluso el bandolerismo andaluz. Al menos así lo reconocía un documento oficial, una Real Orden de 9 de mayo de l908, en la que se premiaba a varios jefes, oficiales y tropa de la Guardia Civil por su "intervención en la persecución y extinción del bandolerismo andaluz". Veamos esta orden:

"Excmo. Sr.: En vista de la propuesta de recompensa que V.E. cursó a este Ministerio con escrito de l7 de febrero último a favor del personal de ese Cuerpo que más se ha distinguido en la persecución y extinción del bandolerismo en Andalucía, el Rey (que Dios guarde) ha tenido a bien conceder, por resolución de 29 de abril próximo pasado, a los jefes y oficiales de la Guardia Civil que figuran en la siguiente relación núm. l, las recompensas que en ella se indican. Al propio tiempo, y por los mencionados servicios, S.M. ha tenido a bien conceder a las clases e individuos de tropa del mismo Cuerpo comprendidos en la relación núm. 2, la cruz de plata del Mérito Militar con distintivo blanco.
De real orden lo digo a V.E. para su conocimiento y demás efectos.- Dios guarde a V.E. muchos años.- Madrid 9 de mayo de l908.Primo de Rivera.-Señor Director general de la Guardia Civil."

Relación número 1

    Empleos   

    NOMBRES   
Recompensas que se
    les conceden
   
Coronel


T. Coronel

Capitán
Otro
Otro
Otro
1.er Tte.
Otro
Otro
Otro
Otro
Otro
D. Manuel de la Barrera Fernández ...


D. Manuel Pinzón Carcedo ...

D. Casimiro Acosta Custardoy
D. Baldomero Navarrete Ríos ...
D. Pedro Nogueira Pavia ... ...
D. José González Hernández ...
D. Román Gómez Sánchez ...
D. José Sánchez Otero ... ...
D. Antonio Gutiérrez Carmona ..
D. Antonio Escobedo Góngora .
D. Miguel Montalvo Haro ... ...
D. Jesús Ransanz García ... ...
Cruz de 3.ª clase del
Mérito Militar con
distintivo blanco.

Idem de 2.ª Idem

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| Idem de 1.ª Idem
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Relación número 2

    Empleos   

    NOMBRES   
Sargento
Otro
Otro
Otro
Otro
Otro
Otro
Otro
Otro
Otro
Otro
Otro
Guardia 1º
Otro
Otro
Otro
Otro
Otro
Otro 2°
Otro
Otro
Otro
Otro
Otro
D. Juan Sánchez Calderón.
D. Manuel Cano Cruz.
D. Manuel Rioja González.
D. Hilario Ransanz García.
D. Miguel Álvarez Poley.
D. Francisco Adán Mesa.
D. Juan Montero Molero.
D. Cristóbal Rodríguez Palacios.
D. Diego Gregori Lima.
D. Martín Sánchez Molina.
D. Manuel Carreras Madaleno.
D. Leonardo Rodríguez.
D. Nicolás Elías Lozano.
D. Diego del Valle Trigo.
D. Andrés Marqués Angulo.
D. José Muñoz Marín.
D. Francisco Cobo Baena.
D. Victoriano Canero Díaz.
D. José Aires Díaz.
D. Diego del Pino Cachón.
D. Francisco Rincón González.
D. Enrique Carabaza Cañas.
D. Manuel Luengo Gil.
D. Manuel Álvarez Rodríguez.

El lector probablemente se sentirá sorprendido al no encontrar en esta relación nombres conocidos, citados insistentemente en esta historia de los caballistas de Estepa, como los Tenientes Milans, Verea, Romero, Haro, el Sargento Moreno Collantes y los guardias Sánchez, Segovia, Codina y otros ejecutores de relevantes servicios. La razón radica en que éstos ya fueron condecorados o premiados en su momento. Se incluyen en esta lista hombres que no tuvieron protagonismo último y espectacular en la muerte o captura de bandidos, pero que, sin embargo, fueron combatientes activos en la lucha, y su labor callada y tenaz contribuyó en gran manera a la extinción del bandidaje.

El Pernales y sus armas "El Pernales" y sus armas.

Esta Real Orden, en la que sin duda no figuran todos cuantos lo merecían, nos brinda un feliz final para la historia de los caballistas de Estepa, y nos concede feliz oportunidad de grabar en estas páginas los nombres de unos cuantos en memoria y homenaje de los muchos que hicieron posible la paz y el sosiego definitivo en los campos andaluces.

Fernando Rivas Gómez