La muerte de "El Pernales" y "El NiÑo del Arahal".




I. ANTECEDENTES.

En los anales de la criminalidad española, en el espacio comprendido entre el final de la guerra de la Independencia y la primera década del presente siglo, habrá de destacar siempre el estudio de los salteadores de caminos que tanto temor y alarma produjeron en diferentes regiones de la Península, particularmente en Andalucía.

Escritores que merecen entero crédito; novelistas de tanto prestigio como Manuel Fernández y González, José María Gutiérrez de Alba y Fernando de los Ríos, en obras que gozaron del favor del público dieron a conocer las hazañas de Diego Corrientes, Curro el de Lora, José María el Tempranillo, Los Siete Niños de Ecija, Juan Palomo y tantos otros, que transformaron las fragosidades de Sierra Morena, portal de acceso a la luminosa Andalucía, en una región peligrosa donde aguerridos malhechores, enfrentados de continuo con la fuerza pública, acechaban, apostados en el paso de los caminos, el tránsito de sus presuntas víctimas.

Interés especial merecen, a este respecto, las "Memorias" redactadas por Julián de Zugasti, en las que dio a conocer con prolijidad suma su difícil actuación en el Gobierno Civil de Córdoba cuando el ancho territorio de aquella provincia se hallaba sumido en un estado de perturbación a inseguridad tal, que por haber asentado en ella el bandolerismo su cuartel general, con ramificaciones a inteligencia dentro y fuera de Andalucía, los hacendados no podían visitar sus heredades sin correr el riesgo de ser robados, secuestrados o asesinados en mitad del camino.

Consecuencia de ello era que los ganados y las caballerías, que constituían una base de la riqueza nacional, se encontraban en los cortijos a merced de los bandoleros, con quienes los propietarios se veían obligados a entenderse, proveyendo por su cuenta, faltos de protección de la fuerza publica, a su propia seguridad. Y no era sólo en el campo donde imperaba tamaño temor: en las grandes poblaciones las personas más adineradas, aun permaneciendo en el retire de sus hogares, recibían diariamente anónimos amenazadores exigiéndoles crecidas sumas.

Don Julián de Zugasti, jugándose la vida diversas veces, contando con la abnegada colaboración de la Guardia Civil, posesionado del Gobierno Civil de Córdoba en el mes de marzo de 1870, logró poner fin a los robos que, en el territorio de su jurisdicción, como llevamos dicho, se repetían con horrorosa frecuencia, lo mismo en las poblaciones que en los despoblados; a los secuestros, de que eran víctimas las personas adineradas que salían solas al campo; a la vergonzosa servidumbre que significaba el que los propietarios, para atender a su propia subsistencia, se vieran obligados a repartir sus cosechas con los bandoleros.

II. "LOS NIÑOS DE GUADIX".

Pero el estado de inseguridad se produce con la aparición, en 1881, de la partida de forajidos denominada "Los Niños de Guadix".

Se trataba de un grupo compuesto por Rafael Olivenza, Juan Jiménez Sierra, Rafael Jiménez, Juan Serrano, José Fernández Vázquez y José Valverde, que, presos en la cárcel de Guadix, lograron evadirse, lanzándose al campo para cometer los mayores desmanes.

Su vida criminal, no muy dilatada, concluyó varios meses después, tras un cruentísimo encuentro con la Guardia Civil, en el que perecen los dos últimos y más recalcitrantes miembros de la partida, a los que cercó la Benemérita en el lugar denominado Cortijo de los Agustinos, del término de La Peza. Fue necesario incendiar la casa; y los cadáveres de ambos malhechores aparecieron carbonizados. La Guardia Civil, en tan enconada lucha, tuvo un muerto, un herido y varios contusos.

Pocos años después, en la castigada Andalucía, aparece otra peligrosa banda delictiva que se desenvuelve en distintos puntos de aquella privilegiada región del Sur de España. La integran, teniendo por jefes a "Melgares" y "El Bizco del Borge", Francisco Antonio Palma, Antonio Duplas "El Francés", y Manuel Vertedor García y algunos otros salteadores menos significados.

Compuesta por ladrones y asesinos de la peor calaña, la partida se encuentra muy lejos de presentar en ninguno de sus miembros la menor significación del "bandido generoso" que popularizaran sus seguidores en coplas y novelas. "Melgares" murió un tanto misteriosamente, suponiéndose que a manos de uno de sus compañeros, Francisco Antonio, por cuestión de intereses, si bien éste sufriría poco después idéntico destino, a consecuencia de un encuentro con la Guardia Civil.

Desaparecidos los componentes de la banda, sólo vive "El Bizco del Borge". Los campesinos andaluces, aterrorizados, le veían pasar, al galope de su cabalgadura, como un alazán peligroso contra el que nadie era capaz de enfrentarse. Con harta razón sucedía esto, ya que, al decir de sus biógrafos, "El Bizco" tenía un aspecto repulsivo y diabólico, con pecho de atleta, manos peludas y fuertes de gorila, barba dura y entrecana, greñas de ortiga y andares de lobo. Ceñía su cintura una faja, verdadero arsenal de herramientas mortíferas, constituido por dos largas navajas de muelles, un pistolón y un viejo y descomunal revólver. Como arma defensiva de su predilección, de la silla vaquera de su cabalgadura pendía, amenazadora, una escopeta de dos cañones cargada siempre con cartuchos de bala.

El 18 de mayo de 1889 señala el final de la vida de "El Bizco", a consecuencia de un duelo con la Guardia Civil. Envuelve la muerte de aquel terrible malhechor, cuyo verdadero nombre era el de Luis Muñoz García, un ambiente de traición, ya que fue denunciado a la Benemérita por uno de los miembros de la familia, que le había dado hospitalidad en el "Cortijo Grande", del término de Lucena.

Llegada aquélla a la cortijada, intimó la rendición del bandido, que, lejos de obedecer, respondió a la intimación con una descarga. Los últimos instantes de su vida debieron ser de una rabiosa desesperación. Una bala certera le atravesó el cráneo.

El Coronel Osuna Pineda, en su libro "Hechos gloriosos de la Guardia Civil", muestra la trágica visión del cadáver de aquel malhechor, decúbito supino, destacando en toda su plenitud los fortísimos hombros, remate de torso atlético, y la robusta garganta, apenas oculta por una mal cuidada barba, anteriormente rubia, que el paso de los años había hecho encanecer. Sumidos los párpados en la paz eterna de la muerte, impedían el vislumbre de los ojos, cuyo estrabismo pronunciado constituyó el origen del apodo del malhechor.

III. "EL VIZCAYA".

El recuerdo de "El Bizco del Borge", sobreponiéndose al de otros bandoleros andaluces sucesores suyos, permanecía latente, produciendo inquietud y terror a los viajeros de las diligencias, a los arrieros y viandantes que cruzaban los arriscados caminos de Sierra Morena, hasta los primeros años del presente siglo, en que los habitantes de las provincias del Sur de España se sintieron inquietos con la presencia de otros dos forajidos que cometieron fechorías innúmeras y se enfrentaron atrevidamente con la Guardia Civil.

Lo mismo que "El Pernales", motivo principal de este trabajo, del que más adelante nos ocuparemos, los dos habían nacido en la villa sevillana de Estepa, superando en gallardía y audacia criminal, en valor personal e instinto defensivo, a los muy numerosos -más de un centenar- que, por aquella época, poseedores de la misma pasión delictiva, vieron la luz primera en aquel pueblo: "El Vizcaya" y "El Vivillo".

Los quince años que el señor Manuel, "El Vizcaya", se dedicó, secundado fielmente por los miembros de su cuadrilla, al asalto, al secuestro, al robo de dinero, armas, municiones y caballerías, no hicieron desmerecer la fama de hombre justo y equitativo que gozó siempre entre sus paisanos, acostumbrados al excepcional resurgimiento del bandolerismo que, por aquellos días de primeros de siglo, se advertía en la ciudad.

Bernaldo de Quirós y Ardila, en su libro "El bandolerismo", aseguran que en el mencionado malhechor se da un cierto parecido con Diego Corrientes, por su sistematización en el robo de ganados, si no precisamente como un cuatrero vulgar, sí como atrevido sacador de caballerías procedentes de las rapacidades de aquellos. Y dan cuenta de su captura, que efectuó la Guardia Civil, cuando acompañado por uno de los hombres de su cuadrilla, el "Ignacio", se dirigía a la feria de Baena con intención de vender unas mulas ajenas. "Hubo -dicen- en este momento un episodio de traición, raro en el campo de Andalucía."

Fue así: En mitad del camino, entre Estepa y Baena, ya en la provincia de Córdoba, se interpone el Genil. Con las primeras lluvias otoñales había crecido el río y las aguas se deslizaban con violencia.

"El Vizcaya" desmontó de su cabalgadura, más débil que la del "Ignacio", y subiendo a la grupa del robusto animal que aquél montaba intentaron el paso del río, llevando Manuel, de las riendas, el potro flojo. En medio del cauce, la impetuosa corriente se lo arrebató, y el animal difícilmente pudo ganar la orilla de donde había partido, cercano a un grupo de trabajadores que se apresuró a recogerlo.

Uno de éstos, atrevido y hábil, lo montó y lo condujo hasta el lugar donde se encontraba "El Vizcaya", por un vado poco conocido, más practicable. El bandolero le gratificó con un duro, dejando ver, al entregarle la moneda, su mano diestra, en la que, por percances del oficio, le faltaba el dedo índice. Esta señal del bandolero era publica; descubriendo, al punto, su personalidad al conductor del potro huido, quien sin temor a la represalia que pudieran tomarse con él, creyendo ayudar con ello a la justicia, reveló el camino quo llevaban los dos desconocidos a la pareja de la Guardia Civil, que los detuvo poco después.

IV. "EL VIVILLO"

Siete años más joven que "El Vizcaya", nacido, como sabemos, en el mismo pueblo que aquél y bautizado en la misma pila, el bandolerismo de la época se completa y difunde su alarma aterradora, inquietante, centrado en la figura de Joaquín Camargo Gómez, a quien, por su carácter despierto y atrevido, el maestro de la escuela donde aprendió las primeras letras aplicó el sobrenombre de "El Vivillo".

Décimo hijo de los diecisiete que hubieron del matrimonio formado por los labradores estepeños Miguel Camargo y Rosalía Gómez, vino al mundo el 4 de marzo de 1865 y perdió a su madre en bien temprana edad. Apenas cumplidos catorce años, contagiado por las arriesgadas aventuras corridas por varios de sus paisanos, se lanzó al campo, iniciando la vida de cuatrería y delincuencia que habría de pregonar la fama de su nombre desde la sierra de Ronda hasta los escabrosos escarpados de Despeñaperros y La Carolina.

El Vivillo Joaquín Camargo "el Vivillo", el más hábil y astuto cuatrero y bandido de la historia del bandolerismo andaluz. Supo siempre eludir la acción de la justicia y sus pingües ganancias le permitieron emigarar a la Argentina, donde pondría fin a su vida ingiriendo un mortal veneno. Fue su propio juez.

El bandolerismo de la época queda representado en la persona, llena de inteligencia y sagacidad, de Joaquín Camargo, quien con la colaboración de los diligentes miembros de su cuadrilla, se siente envuelto en un halo de leyenda jamás igualada por ninguno de sus antecesores: su astucia para preparar la coartada, su rapidez para consumar los robos, su habilidad para eludir la responsabilidad, maña persuasiva y su capacidad para el fingimiento.

La rapidez de sus andaduras resulta desconcertante. Gentes de buena fe aseguran que lo han visto en todas partes; pero, llegado el caso, no lo localizan en ninguna. Si a determinada hora hay quien denuncia que le ha robado en un cortijo, no falta quien asegura que no pudo ser cierto porque se encontraba con él en determinada venta, en algún cortijo, comiendo con avidez un cocido de la tierra o escuchando un rasgueo de guitarras en un parador del camino.

En la vida de "El Vivillo", al decir de Bernaldo de Quirós, hubo una contradicción manifiesta, que él mismo hizo circular, bajo la garantía de su propia palabra, en el tomo de sus "Memorias", dictadas al periodista madrileño Miguel España, que las publicó a raíz de la absolución del bandolero, dictada por los Tribunales en 1913, cuando, queriendo comenzar una nueva vida aprovechando sus sobresalientes dotes de caballista, salió a picar toros en la plaza de Vista Alegre, formando parte de la cuadrilla de "Morenito de Alcalá".

"El Vivillo" -escribe el mencionado criminalista-, como todos los bandidos de cartel, ha tenido parásitos de su nombre sonado: malhechores astutos que lo utilizaron para delinquir, en una especie de mimetismo peculiar de la fauna delincuente. Es evidente que si, habilísimo como fue en la preparación de la coartada, varias de sus absoluciones pueden atribuirse a este don ..."

La verdad es que, en 1896, evadido de la prisión de Cabra en la que fue recluido para responder de un delito grave, teniendo que abandonar a su mujer, Dolores Jiménez Reina, de la que tuvo ocho hijos, se trasladó a Orán, y regresó a España con documentación falsa en 1902, para reanudar su vida de delincuencia en el campo andaluz.

El otoño de 1905 señala el más alto nivel de la fama inquietante de Joaquín Camargo. Pero la verdad es que no hubo contra él más que un solo crimen probado: un homicidio, consecuencia de una riña con uno de sus secuaces. Como resultado de sus procesos, incoados por supuestos crímenes, obtuvo una larga serie de sobreseimientos y absoluciones, para responder de los cuales fue extraído de la Argentina, donde se había refugiado y encarcelado en las prisiones de Sevilla y Córdoba, de las que salió en libertad definitiva, retornando de nuevo a la Argentina donde habían quedado su muy amada esposa y sus hijos.

Olvidado de todos, entregado al ejercicio de una profesión inteligente y honrada, consagrado al cuidado de sus vástagos, acompañado de aquella mujer que nunca le abandonó, "El Vivillo" ve transcurrir los días en el disfrute de una felicidad hogareña que le compensa de las inquietudes y peligros, desventuras y riesgos de su visa anterior.

Así, hasta el 17 de junio de 1929 en que pasó a mejor vida. Fue una fatal consecuencia del dolor que anegó su alma cuando vió morir a su esposa, a la que quiso tanto. Los vecinos de Estepa, sus admiradores y amigos ¡hasta sus propios perseguidores!, se llenaron de asombro al conocer la noticia: Joaquín Camargo Gómez, el bandido andaluz que había vivido largos años en enconada lucha con la fuerza publica, al ver morir a la dulce compañera de su vida, se envenenó.

V. "EL PERNALES".

Miembro destacado de la partida de "El Vivillo" fue "El Pernales", nacido, como aquél, en la villa sevillana de Estepa. Celoso admirador de "El Vizcaya", a cuyas órdenes había militado también, se lanzó a la existencia andariega, agresiva y montaraz impulsado por sus instintos perversos.

Su nombre era harto sencillo, ya que se llamaba Francisco Ríos. Pero, de hecho, fue sustituido por el apodo desconcertante de "El Pernales", cuya simple enunciación causaba inquietud en todas partes. El penalista Bernaldo de Quirós nos hace de él esta elocuente y bien expresiva descripción:
"Atávico, regresando al secuestro cuando ya nadie lo practicaba; refractario a todo convencionalismo, faltando al compromiso tácito empeñado por los caballistas de Estepa con sus paisanos, de no perjudicarlos ni molestarlos. Su rostro frío, implacable, su mirada de vidrio o de acero, lanzada por unos ojos minúsculos que contrastaban con las dimensiones exageradas de la desdeñosa boca y de la robusta mandíbula, hasta el abundante mechón de pelo de su peinado rudimentario, oculto en un gran triángulo invertido la frente, que denota siempre el pensamiento de los hombres; todo revela en él el desdeñoso de la civilidad y de las costumbres, el hombre de presa dispuesto a caer sobre sus semejantes en el instante fácil."

El Pernales Francisco Ríos, "el Pernales", último representante del legendario bandolerismo andaluz. Bien visto no fue más que un delincuente armado a quien el sensacionalismo popular y periodístico elevó a categoría de bandido temible.

Actuación.

Aunque supusiera un absurdo, en contraste con los hechos delictivos que jalonan su vida, para una gran masa de gente ignorante, de baja condición humana y social, "El Pernales", en lugar de para robar y matar, se había lanzado al campo, enfrentándose de continuo con la Guardia Civil, para, llevar a cabo una meritoria obra de equidad ciudadana. Así, si robaba a los ricos, era para remediar las necesidades de los pobres. Si recurría al crimen lo hacía en su afán de castigar hechos punibles cometidos por las que fueron sus víctimas. En este sentido, para espíritus faltos de comprensión y lógica, era el vengador, el restaurador de traiciones y afrentas, como lo demostró con el episodio que más triste fama le diera: la ejecución de "El Macareno".

Residente en un cortijo andaluz, "El Macareno", en determinada ocasión, ofreció una comida al padre y a un tío de "El Pernales", que, según propaló la gente de aquellos contornos, murieron envenenados, con lo que "El Macareno" pudo hacer efectivo el importe de la recompensa ofrecida por el Justicia de la comarca al que los entregara "vivos o muertos".

El propio "Pernales", que participó también del terrible convite, salvó la vida milagrosamente; desde entonces obligó a participar en todo yantar, antes de que él lo hiciera, a cuantas personas se lo ofrecían.

Los métodos de venganza que empleó con "El Macareno" fueron terribles. Sorprendiéndole una tarde en la soledad de su cortijo, tras anunciarle la proximidad de su muerte, lo amarró al tronco de un árbol, produciéndole diversas heridas que le produjeron un fenecer lento y doloroso; traducido, todo ello, en un espectáculo macabro, que el bandolero y sus secuaces presenciaron con la mayor indiferencia.

Pasión amorosa.

En el Museo Nacional de Arte Moderno, instalado en los salones del Palacio de Bibliotecas y Museo de Madrid, es de admirar una figura de mujer que cinceló, con arte depurado y acierto sumo, el malogrado escultor tarraconense Julio Antonio. En la base del busto destaca una placa con esta inscripción: "María la Negra, amante del Pernales."

Semejante figura de mujer nos induce a considerar otra faceta bien característica del bandolero de Estepa, que, no obstante la dureza de sus sentimientos, puesta de manifiesto en las dos ocasiones en que marco a sus propias hijas con un hierro candente porque le molestaban con sus llantos, inspiró amores apasionantes, desatados, hasta el punto de que, respondiendo a cualquier palabra invitadora suya, cuando marchaba huyendo de la fuerza pública que lo perseguía, hubo mujeres animosas que saltaron a la grupa de su cabalgadura para compartir los riesgos y peligros que acechaban al bandolero.

En nada reparó para satisfacer sus instintos sexuales, como aconteció en un cortijo del pueblo de Cazalla, en el que violó a varias mujeres utilizando la fuerza bruta, que en la soledad de aquellos parajes armonizaba con su mirada dura y fascinadora, con la atracción que su figura ejercía sobre las gentes de baja condición.

Los amores de "El Pernales" fueron acusados y permanentes. El más atractivo e interesante fue el de la mencionada "Maria la Negra", tipo característico de gitana cordobesa, como puede apreciarse por el busto a que antes nos hemos referido.

Ya no era joven cuando entabló relaciones con "El Pernales". Reseca, de tez aceitunada, ojos grandes, labios finos, ancha frente y nariz recta; por los rasgos, más que por la pigmentación, parecía un tipo de raza aria, que se diferenciaba del otro, más común, característico de la raza "calé", aunque resulten iguales en el decir, en el andar, en la gracia y en el garbo...

Tuvo "Maria la Negra" otros amantes a los que auxilió cuando se encontraban presos; y, una vez muerto "El Pernales", conservó su prestigio innato, su orgullosa dignidad. Poseía, indudablemente, un extraño poder de sugestión que despertaba el deseo de los hombres. Sin ser favorecida en su dignidad, era digna amante del bandolero de Estepa; desde luego, una de esas extrañas criaturas, duchas en las tildes amorosas, que anulan la voluntad de los hombres.

La ultima de las amantes de nuestro personaje fue "Encarna la del Rubio", a la que hizo madre de una niña que nacida pocas semanas antes de su trágica muerte. Influido, tal vez, por aquel amor tardío, "El Pernales", al decir de algunos historiadores, pensaba trasladarse con ella a Valencia, para, desde allí, disfrazado, embarcar, como hiciera "El Vivillo", y trasladarse a América.

"El Niño de la Gloria"

Tal vez hubieran cobrado realidad semejantes propósitos si el acoso de la Guardia Civil no le hubiera mantenido enderezando sus pasos por los caminos escabrosos a donde le condujeron sus delitos. Es que la alarma de las gentes, de los que se sabían amenazados por él, había alcanzado su nivel más alto; y los miembros del Benemérito Instituto, obedientes a las disposiciones del Gobierno y a las instrucciones del Mando, se dispusieron, con el interés y celo que el caso requería, a poner término al terrible influjo del bandolerismo andaluz, distribuido en bandas, en peligrosas partidas, de las que Francisco Ríos era la figura más representativa y visible.

Reducida su actuación, por semejante acoso, a la forma simple y eficaz de la pareja, su compañero y satélite fue, hasta la hora misma de su trágica muerte, a consecuencia de un encuentro con la Guardia Civil, un sobrino de "El Vizcaya", que respondía al retumbante apodo de "El Niño de la Gloria".

El Niño de la Gloria "El Niño de la Gloria", a quien vemos en este retrato de prensa, se unió a "el Pernales" para constituir una pareja de bandidos en pos de la fama, pero la Guardia Civil acabó con él en un encuentro sostenido en la provincia de Córdoba cuando trataba de atracar una diligencia.

Las acertadas disposiciones adoptadas por el Coronel del cuarto Tercio de la Guardia Civil, don Manuel de la Barrera, imposibilitaron la permanencia de "El Pernales" y de sus adjuntos seguidores en la provincia de Sevilla, campo de acción de sus principales hazañas; viéndose precisados a buscar, dónde continuarlas, en la de Málaga. Pero la Benemérita, con celosa previsión, adelantándose a los propósitos del bandido, les cortó el paso, obligándoles a retroceder, por lo que hubieron de encaminarse a la de Córdoba.

En la huida, la tarde del 30 de mayo de 1907, en el espacio medio comprendido entre los pueblos de Villafranca y Alcolea, intentó atracar a un rico hacendado, lo que no pudo conseguir porque, por haber aplazado el viaje, la presunta víctima no iba en la diligencia que "El Pernales" detuvo.

Cundida la alarma, noticiosa del caso la Guardia Civil, el Sargento Moreno Collantes, con los guardias Antonio Villegas y Antonio Redondo, salió en persecución de los bandoleros, con tal acierto que, en la madrugada del 31, dieron con la partida, constituida por Francisco Ríos y tres secuaces más; todos ellos montados en magníficos caballos y armados con rifles, lo que demostraba que se encontraban dispuestos a enfrentarse con la fuerza pública vendiendo caras sus vidas.

"Si para dar con ellos -se consigna en una modesta publicación de la época, "Museo Criminal"-, los miembros de la Benemérita habían hecho un verdadero derroche de sagacidad, astucia, conocimientos del terreno y resistencia física, persiguiendo infantes a jinetes, para abatirlos ahora era preciso acumular un tesoro de valor y energía."

Lo cierto fue que a la voz de "ALTO" respondieron los bandidos con una descarga cerrada, de la que, felizmente, no hubo victimas. Los resueltos guardias hicieron fuego a su vez acertando a herir a uno de la partida, cuyos miembros, aprovechando la semioscuridad de la amanecida, se batieron en retirada hacia las fragosidades de la sierra, dejando abandonados al herido, los caballos, con los equipos y alhajas que portaban.

Criminal nato.

En el encuentro de los bandoleros con la Guardia Civil, de que queda hecha mención, que tuvo amplia resonancia en la Prensa, no cayeron todos los miembros de la partida de "El Pernales", pero constituyó un triunfo para el Sargento Moreno Collantes y la pareja de guardias que actuaron a sus órdenes, ya que el herido, que murió luego de sostener una arriesgada lucha personal con el Sargento, era Antonio López Martínez, conocido en el escenario de sus andanzas delictivas con el nombre de "El Niño de la Gloria", adjunto y espolique de "El Pernales", bandido de corazón y de abolengo, sobrino de "El Vizcaya", a cuya partida perteneció, incorporándose luego a la de "El Vivillo".

Al separarse, consecuencia de terribles enconos, se unió al "Pernales", al que quizá excediera en crueldad y malos instintos. Fuerte, joven, osado hasta la temeridad, "El Niño de la Gloria" era a quien Francisco Ríos confiaba la realización de los golpes más arriesgados y difíciles en los que habría que poner a contribución mayor suma de inteligencia, audacia y coraje.

En la historia criminal de aquel delincuente, nacido también en Estepa, destacaba el hecho repugnante de, en una casa de campo de Cazalla de la Sierra, robar y forzar a una cortijera en presencia de su esposo amarrado a un árbol, llevando a cabo después, "EI Pernales" y él actos lujuriosos que revelaron la perversidad de ambos. El mencionado "Niño" fue, asimismo, quien llevó a cabo el secuestro de un acaudalado propietario de Antequera, por el que hizo que abonaran crecido rescate.

Los informadores de Prensa que presenciaron la autopsia que hicieron al cadáver del tristemente celebre Antonio López Martínez, hicieron del mismo una acabada descripción: tenía los labios gruesos, signo de sensualidad exagerada, una cicatriz en la frente y anchas huellas de quemaduras impresas en ambas mejillas. No parecía rebasar la edad de veintiún años.

Fue opinión generalizada que con la muerte de "El Niño de la Gloria" se liberó a la región andaluza del azote de un ladrón que poseía condiciones para hacerse famoso, superando en características de perversidad y audacia a los muchos bandoleros nacidos, Como él, en Estepa. Con algunos más años de experiencia, erigido, como necesariamente habría de serlo, en jefe de partida, por dondequiera que encaminara sus pasos habría de constituir un azote superior a los que durante largos años sufrieron los habitantes de las campiñas existentes entre Antequera y Despeñaperros.

La última pareja.

Repuesto de las heridas que le produjo el encuentro con la Guardia Civil que queda reseñado, que costó la vida a "El Niño de la Gloria", "El Pernales" acogió con carácter exclusivo, como compañero, a otro "Niño", "El Niño del Arahal", quedando así constituida la pareja de forajidos que volvió a imponer su delictiva ley de amenazas, coacciones, violaciones y robos por los cortijos, caminos y sierras de las provincial de Málaga, Córdoba y Sevilla.

"Pero la situación -al decir de Bernaldo de Quirós- se había hecho insostenible. De toda España se había movilizado un verdadero ejército de civiles que estableció su cuartel general en La Roda, allí donde se cruzan log caminos longitudinales y transversales del ferrocarril en Andalucía."

Como en los tiempos de "El Tempranillo", los extranjeros viajeros de España volvían a presenciar el extraordinario espectáculo de una pareja de bandidos dueña del territorio más extenso del país. Vuelve de nuevo a hablarse del bandolerismo andaluz en el Parlamento, con escasa sustancia por cierto, y un Magistrado del Tribunal Supremo, enviado a Estepa oficialmente, don Víctor Cobián, redacta una larga Memoria explicando los sucesos.

"Apretado el cerco por las fuerzas de seguridad, "El Vivillo" se ve forzado a huir, y cruzando el Atlántico en el "Provence", llega hasta la Argentina. "EI Pernales" mismo, acaso, piensa imitarle, y, en busca de un puerto de embarque, probablemente Valencia, para donde había citado a Encarna, su amante, comete la torpeza de dejar Andalucía, esto es, salir de su medio, como un pez que pretendiera salir del agua."

Fue así, ciertamente. Hurtándose al acoso, cada vez más estrecho, de la Benemérita, cabalgando de noche, durmiendo a la sombra de algún árbol solitario y corpulento, de día, la pareja de proscritos, internándose en la parte montañosa de la provincia de Jaén, tras rebasar las fragosidades de Sierra Morena, enderezó sus pasos por la vertiente oriental del nudo ortográfico de la Sierra de Alcaraz, acuciados por el deseo de llegar a la meseta manchega, donde eran completamente desconocidos, para tomar el tren en alguna estación solitaria, lo que les permitiría llegar, sin ser molestados por la fuerza pública, a la ciudad del Turia.

Pero no se dieron cuenta de que las cabalgaduras que montaban, los trajes andaluces, camperos, que vestían, su hablar agitanado, los habría de denunciar, como sucedió, en efecto, cuando más confiados se encontraban.

El Vivillo Fotografía original de "El Pernales" con el sello de la 1ª compañía del cuarto Tercio de la Guardia civil donde viene detallado todos sus rasgos.
Cedida por Juan Moreno.

El encuentro con la Guardia Civil.

En las primeras horas de la mañana del día 31 de agosto de 1907, "EI Pernales" y "El Niño del Arahal", mientras caminaban a lomos de sus cabalgaduras, fueron avistados por el guarda forestal Gregorio Romero, guardia civil retirado, que, en cumplimiento de su servicio montaraz, caminaba por las inmediaciones de la cortijada de "El Bellotar", en los espacios terminales de la sierra ya mencionada de Alcaraz, en las inmediaciones del pueblo albaceteño de Villaverde del Guadalimar, villa, entonces, de mil quinientos habitantes, situada a veintiocho kilómetros de la cabeza del Partido, Alcaraz, en lo más accidentado del terreno sobre el que se alza aquella imponente cadena de montañas pobladas de pinos.

A Gregorio Romero, necesariamente, hubo de llamarle la atención la presencia de aquellos desconocidos que vestían trajes distintos a los utilizados por los aldeanos del país, eran portadores de escopetas de dos cañones, exhibían cartucheras repletas de municiones y montaban, el mayor de ellos, un caballo castaño, y el otro, una mula parda.

En la seguridad de que se trataba de dos bandoleros, el guarda forestal, tomando las debidas precauciones para no ser visto por aquellos, volvió sobre sus pasos y se encaminó con toda rapidez al pueblo de Villaverde, dando cuenta de lo que ocurría al Juez Municipal y al Alcalde, los cuales se apresuraron a trasladar la noticia al Teniente Jefe de la Línea de la Guardia Civil de Alcaraz, don Juan Haro López, quien, al mando de dos parejas de miembros, del Benemérito Instituto y de varios vecinos de la localidad, expertos conocedores del terreno, se lanzó a la captura de los bandoleros.

Prosiguieron, aquellos, su marcha, suponiendo que su presencia continuaba ignorada, hasta que al filo del mediodía descendieron de sus cabalgaduras preparando un parvo yantar con el que reponer las fuerzas y dispuestos a descansar durante algunas horas bajo la sombra acariciadora de un nogal corpulento que había crecido junto a una fuente.

Lo hicieron así, tumbados bajo el árbol mencionado, fumando tranquilamente, teniendo las carabinas apoyadas sobre las piernas, y las cabalgaduras sujetas a unas matas.

Una hora después, "El Pernales" y "El Niño del Arahal" comían con apetito, cuando se vieron sorprendidos par la Guardia Civil. Una referencia periodística al llegar a este punto, dice que a la voz de: "¡Alto a la Guardia Civil!", que lanzó con acento recio y autoritario el Teniente don Juan Haro López, los bandoleros se lanzaron a la defensiva empuñando las armas y disparando. Los guardias repelieron la agresión con sus "mauser", y, mientras uno de log forajidos emprendía veloz carrera tras herir con su escopeta a uno de los guardias, el otro, perseguido de cerca, llevándose la mano al pecho, del que salía abundante sangre, se desplomaba sobre el duro suelo para no levantarse más.

Idéntica suerte cupo al evadido pocos momentos después. La referencia que el Teniente de la Guardia Civil don Cándido Gallego Pérez hace en su libro "Lucha contra el crimen", al llegar a este histórico episodio que remata la vida del bandido de Estepa, es como sigue:
"El Oficial dispuso -en su calidad de Juez Instructor- el levantamiento de los cadáveres y su conducción, en unas angarillas improvisadas, al pueblo de Villaverde para las diligencias de identificación correspondientes.

"La fuerza se incautó de dos carabinas de repetición, dos revólveres, gran cantidad de municiones y dos carteras de piel; la de "El Pernales" contenía varias cartas y 400 pesetas, y la del "Niño", 300 pesetas, así como dos relojes marca "Patent Roskof". El mulo y la yegua montados por los bandoleros, por haber recibido algunos impactos, fueron rematados piadosamente."

Y Bernaldo de Quirós, en su mencionado libro "El Bandolerismo", lo siguiente:

"Un carro transportó los cadáveres al pueblo de Villaverde, y luego, al de Alcaraz, donde fueron expuestos en el patio del convento de Santo Domingo, en donde estaba instalada la cárcel. E Alcalde de Alcaraz dirigía al Ministro de la Gobernación, el día 2 de septiembre (1907), el telegrama siguiente:
"Los cadáveres llegaron esta mañana a las diez, ya algo avanzada su putrefacción por el tiempo perdido, y procedo, sin pérdida de tiempo, a hacer las inyecciones antisépticas, a fin de contenerla.

Creo que las personas que los trataron en vida pueden responder de su identificación sin dejar lugar a dudas.

Son jóvenes, ambos afeitados. Visten traje de pana color café, con chaqueta corta estilo andaluz; faja negra, botas de campo, nuevas, adquiridas en Cabra, calle de Sagasta, y sombreros de fieltro color ceniza claro.

He tenido ocasión de comparar al llamado "El Pernales" con el retrato que publicó "Nuevo Mundo", y puede decirse que es el mismo; tiene muchos balazos, pero la cabeza y cara aparecen intactas.

El traje de ambos es idéntico. No resulta exacto que dieran a un leñador un duro, pues no hablaron con nadie en el término. La caballería que montaba "El Pernales" es un macho negro, joven y vigoroso. La yegua en que cabalgaba "El Niño" no la trajeron. "El Pernales" era portador de dos cartas; una, para, su madre, firmándose, Francisco Ríos; y otra, para su novia, firmándose, "Pernales"; ambas dirigidas a Estepa, y con pésima letra y ortografía."

"Estate preparada -le decía "El Pernales" a su amante, que debía ser "Encarna la del Rubio"- que voy a ir por ti y te voy a traer en mi compañía, que no necesitas para, venir conmigo ropa ni dinero ninguno."

En una de las carteras halladas a los bandidos había 400 pesetas en billetes, y en otra, 300.

Gentes llamadas desde Córdoba. Sevilla, Estepa y Lucena vinieron a Alcaraz para, identificar a los malhechores que, aun estando acribillados a balazos, presentaban intactas la caras y cabeza."

Referencia oficial.

La noticia de la muerte de los dos famosos bandoleros causó verdadera impresión en toda España, en Andalucía particularmente. Y las referencias periodísticas fueron innumerables; si bien las Autoridades ciñeron su atención al texto del parte oficial que el Teniente Jefe de la Línea de la Guardia Civil de Alcaraz dirigió al Ministro de la Gobernación al mismo tiempo que al de la Guerra, Director General de la Guardia Civil, Coronel Subinspector del Tercio, Capitán General del Distrito y Gobernadores civil y militar de la provincia de Albacete:

"Excmo. Sr.

A las doce y cuarenta y cinco minutos del día de ayer se presento en el caserío "El Sequeral", término de Villaverde, donde se encontraba de servicio el Oficial que suscribe, el paisano Eugenio Rodríguez, portador de una carta del señor Juez Municipal de dicho pueblo, en la que manifestaba que habían visto aquella mañana por aquellas inmediaciones dos hombres desconocidos, a los cuales había encontrado Gregorio Romero Henares, peón guarda del Distrito Forestal y licenciado de la Guardia Civil, que fue quien dio la primera noticia.
Inmediatamente y sin desatender la vigilancia por si se trataba de una falsa, alarma, salí con el Cabo Calixto García Villaescusa Hidalgo; guardia primero, Lorenzo Redondo Morcillo, y, segundos, Juan Codina Sosa y Andrés Segovia Cuartero, hacia el pueblo de Villaverde, en donde las Autoridades y el denunciante reforzaron la noticia, adquiriéndolas yo, también, del punto donde se encontraban los desconocidos, que es el cortijo llamado "Arroyo del Tejo", situado a tres cuartos de legua del indicado pueblo.
Sin pérdida de tiempo, y auxiliado par tres prácticos del terreno, me dirigí al sitio indicado, y, una media legua antes de llegar, distribuí la fuerza, mandando al Cabo Villaescusa y al guardia Segovia, con dos prácticos, por la cúspide de la sierra con objeto de cortar la retirada a los perseguidos; y, el que habla, con los guardias Redondo, Codina y un práctico, continuó su marcha para atacar de frente el punto en que, según noticias, se encontraban los sujetos.
Había transcurrido una media hora cuando, ya estrechando el cerco, y encontrándose ambas fuerzas próximas a los bandidos, éstos se pusieron en marcha; pero la oportunidad del Cabo y del guardia de referencia, de colocarse en el punto que se les había ordenado, nos proporcionó la fortuna de que dichos bandidos llegaran a unos ocho pasos de distancia de a donde se hallaban emboscados, sin ser vistos; y, al darles el "¡Alto a la Guardia Civil!", contestaron con disparos y a la voz de "El Pernales" de: "¡Vamos con ellos!", desarrollándose, entonces, por ambas partes, el fuego, del cual quedó muerto "El Pernales".
Continuó sosteniendo el fuego "EL Niño del Arahal", y se dio a la fuga, volviendo a lo más elevado de la montaña en el preciso momento en que el que relata y los guardias que lo acompañaban, con inmensas fatigas, daban acceso a la cúspide de la misma, de tal suerte que desde allí vieron deslizarse al "Niño" que, al notar nuestra presencia, hizo fuego en retirada auxiliado par las escabrosidades del terreno, contestándole de la misma forma, y a los pocos disparos, el bandido cayó, al parecer muerto, como así se comprobó después.
Cumple a mi deber significar a la respetable Autoridad de V. E. que la cooperación de las Autoridades de este pueblo, de los prácticos que nos acompañaron y de los vecinos de los lugares próximos al escenario del suceso, es digna de todo elogio; pero el hecho de más mérito en esta honrosa jornada es la actividad, resistencia y valor manifestado por el Cabo Calixto Villaescusa Hidalgo, que, en el campo, tuvo que recorrer un trayecto mucho más largo y después se colocó, con el guardia que le acompañaba, a cuerpo descubierto, aprovechando el sitio donde comenzaba el descenso de la tierra, ya que esto permitió a los bandidos llegar hasta él a la distancia dicha; sin olvidar, que todos dan por bien empleados, los sufrimientos y desvelos que venían ocasionando estos tristemente célebres bandidos, y consideraban haber ganado este galardón para gloria del honroso uniforme que vestimos, sin tener que lamentar nada más que una ligera rozadura en la parte superior de la cabeza del guardia segundo Andrés Segovia Cuartero, que se la debió ocasionar, en la descarga, "El Pernales" con una posta.
Al referido "Pernales" le dispararon el Cabo Villaescusa y el guardia Segovia, a la vez; quizá un poco antes, el guardia, sin que pueda precisar el que lo mató; pues los dos creen haberlo herido.
Al "Niño", por más que le hice fuego con el revólver, como la distancia era de más de cien metros, no sé si lo pude herir; pero cuando aquél huyó y los guardias que me acompañaban continuaron el fuego, pude asegurar que, tras un disparo hecho por el Codina, fue cuando se vio caer al bandido. Y, como el fuego del revólver ya era ineficaz me limité a facilitar cartuchos al guardia Codina. Tanto éste como Redondo han dado pruebas de ser excelentes tiradores.
El guardia primero Amalio Roda Sánchez y el guardia segundo Benigno Medina Bueno, del grupo del Sargento Fernández Gómez, tomaron la pista de los bandidos en la cúspide del "Collado del tronco", y la siguieron con actividad, de forma que a las dos horas de haber sucedido el encuentro se personaron en aquel sitio.
Igualmente, el Sargento de referencia, siguió de cerca, con cuatro paisanos, a la pareja indicada, retirándose cuando tuvo noticias de que los bandidos habían sido muertos. También tengo que enaltecer el buen comportamiento del resto de la fuerza establecida en esta Línea de vigilancia, pues he podido observar que, tanto de día como de noche, ha estado animada del mejor espíritu, sin haber tenido nada que corregir.
El que debe ser "El Pernales", por los documentos ocupados y por coincidir sus señas con las que facilita la superioridad, aparenta ser de unos veintiocho años de edad; de 1,49 metros de estatura; ancho de espaldas y pecho; algo rubio, quemado por el sol, el semblante con pecas, de color pálido, ojos grandes y azules, pestañas pobladas y arqueadas hacia arriba, colmillos superiores salientes, reborde en la parte superior de la oreja derecha que le forma una rajita, y ligeras manchas en las manos; vestido con pantalón y chaqueta corta y chaleco de pana lisa color pasa; sombrero color ceniza, de ala plana flexible, con un letrero que dice: "Francisco Valero, en Cabra"; botas de color corinto, con letrero en las gomas, que dice: "Cabra" Sagasta, 44"; camisa y calzoncillos de lienzo banco, calcetines escoceses, faja de estambre negro.
El que aparenta ser "El Niño del Arahal" es de unos veintiséis años de edad, de 1,61 metros de estatura, pocas carnes, pelo rubio, barbilampiño, cara afeitada; viste igual que el anterior y sombrero y botas con las mismas señas.
Lo que tengo el honor de poner en conocimiento de la respetable autoridad de V. E. adjuntándole relación de las autoridades, prácticos y vecinos que han auxiliado la empresa; así como inventario de las caballerías, armas, municiones, dinero y efectos ocupados, a la vez que lo hago al señor Coronel Subinspector del Tercio; excelentísimo señor Director General del Cuerpo; excelentísimo señor Ministro de la Guerra, Gobernadores civil y militar de esta provincia y Capitán General del Distrito.
Dios guarde a V. E. muchos años. Villaverde, 1 de septiembre de 1907. El Segundo Teniente.- Juan Haro López.- Excmo. señor Ministro de la Gobernación."

Se ajustaba a la realidad, siendo digno de estudio y de aplauso el contenido del parte oficial que acabamos de transcribir. Pero, al margen del mismo, bajo la influencia del Juez de Instrucción de Alcaraz, los acaeceres derivados de la muerte de "El Pernales" y de su compañero adquirieron triste celebridad.

Abatidos Por fin, "el Pernales" y "el Niño de Arahal" caerían abatidos en un encuentro con la fuerza del Cuerpo en la sierra de Alcaraz. Sus cadáveres fueron trasladados al pueblo inmediato, donde serían levantados por la prensa para obtener esta forzada foto.

El suceso, como sabemos, tuvo lugar un 31 de agosto, fecha siempre fatal para la partida del mencionado bandolero, como lo demuestran los siguientes hechos: el 31 de diciembre de 1906 capturó la Guardia Civil a dos de sus más audaces colaboradores "El Reverte" y "El Pepino Chico", a quienes conocí y traté en el transcurso de la extinción de sus largas condenas en la Prisión Central de San Miguel de los Reyes de Valencia; el 31 de mayo de 1907 mataron al "Niño de la Gloria", miembro destacado, como ya sabemos, de su cuadrilla; el 31 de agosto del mismo año mataron al "Niño del Arahal" y a él...

La tragedia de la vida de Francisco Ríos produjo un caudal de apasionada literatura que cultivaron con morboso afán muchos escritores españoles y hasta extranjeros. Pero el más adecuado de los comentarios tuvo que corresponder a la gravedad de sus delitos, de los hechos sangrientos que motivaron su muerte cuando pensaba ausentarse de España porque no podía alcanzar el perdón de los hombres que administraban justicia.

BIBLIOGRAFIA

"Sangre y Arena". Novela. Vicente Blasco Ibañez.- Valencia, 1908.
"El Bandolerismo". Constancio Bernaldo de Quires y Luis Ardila.- Madrid, 1934.
"Lucha contra el Crimen". C. Gallego Pérez.- Madrid, 1957.
"El Pernales". Simón G. y Martín del Val.
"Revista de Estudios Penitenciarios".- 1959.
"Museo del Criminal". Semanario.- Madrid, 1907.
"Ensayos para una contrapintura". José Joaquín Cuerda.- Madrid, 1930.
"La muerte del Pernales". "Nuevo Mundo".- 5 de septiembre de 1907.
"El Bandolerismo andaluz". Luis Ardila. "Ahora".- 24 de marzo de 1934.

Jose Rico de Estasen.