CARITA DE CIELO
 

 
Esa tarde era como cualquier otra. Los destellos rojizos reflejados por las nubes anunciaban la proximidad de la noche. Perdidos entre antiguas y señoriales criptas, viejos instrumentos pulsados por aún más viejos músicos dejaban escapar tristes notas musicales; mientras con el rostro demacrado, Manuel Rincón Varela seguía quedamente la letra de la melodía que cansinamente tocaban y cantaban cuatro miembros de una "Típica".

"...Porque eres tú mi vida,
mi dicha y mi ilusión,
la jóven más querida,
Anita consentida
escucha mi canción..."


-Ya vámonos Manuel, ya van a cerrar el panteón, son casi las siete-. Rincón Varela asintió con un leve movimiento de cabeza, y momentos después todos se perdían en las tinieblas que ya comenzaban a enseñorearse de la entonces pequeña ciudad de Jerez.

Bajo el cobijo de una sórdida taberna Manuel daba rienda suelta a su aflicción. ¿Por qué? ¿Por qué la vida le quitaba de golpe todo? Al influjo del licor, en su cerebo se agolparon recuerdos que pugnaban por huir . . .



De fascinantes ojos azules, porte altivo y bella figura era Ana María, nacida el 26 de julio de 1921 en una ranchería al pie del cerro de El Despeñadero, hija de don J. Refugio Berumen y Soledad Valdez. La belleza de sus facciones subyugaba a quienes la habían visto. A pesar de su juventud, despertaba la admiración de los que la trataron. Algunas noches -y pese a la estricta vigilancia de sus padres-, la calle de El Espejo se llenaba con los ecos de las armoniosas canciones que frente a los barandales de su casa dedicaban los jerezanos.

Fue una canción que comenzaba a ser escuchada en antiguas y monstruosas radiolas, la que motivó a que la nombraran "Carita de Cielo".

Agustín Lara, con su temblante voz, acompañada de los acordes de su piano, pregonaba en "La hora íntima" de la naciente XEW:


"Carita de cielo
muchacha temprana;
aquella mañana
bajo un limonero,
te dije: Te quiero.
Carita de cielo
rosa tempranera
si al cielo miraras,
en el cielo vieras
brillando tu cara..."


Y Emilio Torres parodió hábilmente la canción, quizá porque los ojos azules de Ana María evocaban la celeste bóveda, y así cantaban:

"Mientras que yo te amaba
mi bella Ana María,
mi corazón te daba
y mi alma te ofrecía..."


-Manuel, nada ganas con atormentarte. Vuelve a hacer tu vida. No vivas del recuerdo. Haz de cuenta que Anita fue un bonito sueño nada más. Olvida lo pasado-. Haciendo caso omiso del intencionado consejo y mientras acomodaba una corona de gardenias todavía bañadas por el matinal rocío sobre una lápida, Rincón Varela actuando casi como un sonámbulo, pidió con débil voz: -Ya saben cual quiero que le canten-.

De nada valieron las protestas de los ancianos músicos, y poco después, el ambiente se llenaba con las cansadas notas de los arcaicos instrumentos y las cascadas voces de los "Típicos".

"... Anita le dije:
mi vida te espera,
no sé que me aflige
-así yo le dije
antes que muriera..."


La familia Berumen Valdez era altamente estimada en la región, por lo que fue invitada a pasar una temporada de descanso en un lugar cercano, al pie de la sierra de Juanchorrey.

Dificiles años eran aquellos en que los rescoldos de las guerras fraticidas dejaban como recuerdo lúgubre una estela de hambre y de muerte.

Los pueblos y rancherías de la región apenas comenzaban a restañar las hondas heridas causadas por la revolución y por la rebelión cristera.

Los campesinos se aventuraban a trabajar los campos solo con amplias garantías de protección. La ganadería casi no existía, pues por diversión o para demostrar las bondades de su puntería muchos gavilleros mataban a los pocos animales que aún había.

Dentro de su ignorancia y egoísmo, ellos no sabián que fincaban a pasos acelerados el hambre y quizá su muerte y la de sus familiares.

Las epidemias no se hicieron esperar. Los esfuerzos por combatir estas, eran prácticamente nulos. Poco a poco, toda la región fue invadida por el tifo, en aquel entonces mortal en la mayoría de los casos. Faltaban médicos, los medicamentos eran pocos y el dinero para conseguirlos, simplemente no existía.

Los campos se volvieron a sembrar, pero ahora de cruces. Cruces sobre piedras que en las más de las ocasiones alguna piadosa persona ponía cubriendo los despojos de quien no había logrado llegar a su hogar. Despojos que más de una vez saciaron la voracidad de coyotes, perros y aves de rapiña.

A pesar de ser Juanchorrey feudo de uno de los principales cabecillas guerrilleros, no pudo ser menos y el contagio de tifo llegó...

"...Más ella muy triste
de mí se alejó,
y un recuerdo en mi alma
y un beso en mi boca
por siempre quedó..."

br>Tres años, tres años ya desde que ella muriera. ¿Y por qué no muero yo?. -decía Manuel Rincón, mientras veía con fijeza y desesperación una piedra de cantera con un nombre y una fecha, piedra que cobijaba una tumba-. ¿Por qué no estoy para siempre con lo que más quiero?.
Durante todos esos días Manuel había soportado los embates del tiempo. Frío, lluvias, calor. Quien no lo conociera y lo viera salir del Panteón confundido con las sombras nocturnas, fácilmente juraría haber presenciado un alma en pena escapada de alguna vetusta cripta.

Con urgencia fue trasladada Anita a Jerez, pues la fiebre tifoidea se había apoderado despiadadamente de ella.

Múltiples fueron los esfuerzos realizados por el Médico militar Luis Durán -único en la región- para contrarrestar su enfermedad. Muchos los cuidados prodigados por todos sus familiares y amistades, que desfilaban junto al lecho de aquella "Carita de cielo". Pero ya la palidez de la muerte regenteaba sus facciones. Grandes ojeras marcaban su rostro, los brazos fláccidos descansaban en su exánime pecho.

A Manuel solo se le permitió verla desde una habitación contigua para que no la perturbara. En su agonía ella pedía: "Yo quiero agua de ese chorrito, de ese chorrito..."

La tarde del 10 de noviembre de 1936 fue más fría que otras, como si el cielo estuviera triste por el fin de Anita. La casona situada casi al término de la calle de El Espejo se vestía de luto. Las muestras de duelo parecían interminables. Impresionante fue la ceremonia fúnebre que en la Parroquia del lugar se realizó para despedir el cuerpo de Ana María Berumen.

El cortejo bastante concurrido, se caracterizó porque todas las asistentes vestían de negro en señal de muda condolencia.

Al final, ante copiosas lágrimas, el cuerpo de Anita fue depositado en una fosa, la que prontamente se llenó de flores, destacando sobre una de ellas una corona de gardenias con un listón que decía simplemente: "A mi carita de cielo".

¿Por qué no me hablas? ¿Por qué no me dices te quiero, como aquella vez en que te besé?

Una severa anemia complicada con una fulminante pulmonía fueron las causas de que Manuel Rincón Varela falleciera la madrugada del 26 de octubre de 1939.

Quienes lo vieron morir, entre ellos el doctor Pedro Quiroz, dijeron que falleció con una sonrisa en los magros y descarnados labios y pidiendo lo sepultaran lo más cerca posible de "Carita de cielo".

"...Mas ella muy triste
de mí se alejó,
y un recuerdo en mi alma
y un beso en mi boca
por siempre quedó..."

Todo lo anteriormente narrado es apegado en lo más posible a la realidad.

Quienes conocen Jerez, han visto que cerca del monumento funerario de don Rafael Páez está la tumba de Ana María Berumen "Carita de Cielo". Hace pocos años cambiaron la lápida en la que se podían apreciar unas letras que dicen: "Rcdo. M. R.", quien siguiera a su linda novia tres años después.

La tumba de Manuel Rincón Varela se encuentra como a treinta y cinco pasos hacia el poniente, muy cerca de la cripta de los Escobedo, como si alguien premeditadamente lo alejara del cuerpo de ella un paso por mes.


En el legendario Panteón
de Dolores reposan
los restos de Ana María Berumen
"Carita de cielo".

 
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