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Relato Erótico
Un empresario turístico en Japón
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José Martínez, 42 años de edad, es un operador turístico con un prestigio bien ganado. La empresa que dirige y que le pertenece es, actualmente, una de las mejores del mercado. Sus clientes son gentes adineradas y bastante exigentes a la hora de vacacionar. Últimamente ha recibido —en la página web de su compañía— numerosas solicitudes de paquetes turísticos que incluyan Japón. Como en la oferta turística de la firma de José —Pepe para sus amigos— no hay servicios que incluyan este destino, ha iniciado rápidamente las gestiones para interiorizarse de la oferta de hoteles de lujo disponibles en Japón. Para estos efectos —como es su costumbre— se ha contactado con los operadores internacionales con los que habitualmente trabaja, a fin de sondear preliminarmente el tema.

La experiencia que José tiene en el rubro del turismo le ha enseñado que no es bueno —para el segmento de clientes a que su empresa está orientada (personas de estrato socio económico alto)— hacer averiguaciones en forma directa. Esto porque es común recibir invitaciones de los centros recreativos y de hospedaje para probar la calidad de sus servicios que —luego— ha comprobado que no tienen un correlato con los realmente otorgados a sus clientes. Por ello su estrategia es examinar personalmente las bondades e inconvenientes de los servicios de las cadenas hoteleras que piensa incorporar a su cartera de ofertas para sus clientes. Si bien este método tiene un costo mayor que aceptar las invitaciones gratuitas, no es menos cierto que es mucho más eficiente a la hora de calibrar adecuadamente si los servicios ofrecidos están acordes con las exigencias y preferencias de sus clientes. Esto, en definitiva, resulta mucho más rentable.

Después de un par de días de haber pedido referencias de hoteles y centros vacacionales de Japón a los operadores internacionales, José analiza los informes recibidos. Se dedica, primeramente, a escudriñar la oferta hotelera. Llaman su atención tres cadenas cinco estrellas y, en especial, una que ofrece —entre otras cosas— un servicio todo incluido de satisfacción integral garantizada. Es decir, si el cliente no está conforme con la calidad del servicio, basta que lo manifieste para que se le devuelva su dinero sin mayores trámites. También ofrece personal y servicios plurilingües, que incluyen los idiomas de mayor uso en Occidente, como inglés, español, francés y alemán. Asimismo, ofertaban la aceptación de medios de pago iguales a los de Europa y Estados Unidos, transporte en vehículos de alta distinción y, en resumen, todo tipo de lujos asiáticos —literalmente hablando— a precios de mercado.

José ordenó a su secretaria que le hiciera las reservas respectivas para tal cadena de hoteles nipona para dentro del plazo más breve disponible y por el plazo de una semana. También solicitó a su secretaria que hiciese las reservas de avión, movilización y todo lo demás que él acostumbraba. Al poco rato su asistente le informa que para dentro de tres días existe disponibilidad de todo, debido a que —en aquella época— en Japón era temporada baja y a que un congreso político había sido cancelado recién.

—Carolina confirme las reservaciones que me señaló —indica José a su secretaria— y emplee para los pagos mi tarjeta de crédito personal y no la de la empresa —agrega—.

—Muy bien don José —responde Carolina al otro lado del intercomunicador—.

De inmediato José telefonea a su esposa Luisa:

—Luisa mi amor, disculpa que te interrumpa, pero es que el viaje a Japón se adelantó y nos vamos en tres días.

— ¿Tres días? —responde Luisa, con un tono que denotaba contrariedad.

—Sí mi vida, se presentó una oportunidad y debo aprovecharla, pues como sabes, me apremia tener resulto este tema lo más pronto posible.

—Pero es imposible que te acompañe —responde Luisa— ya que acabo de comprometerme con Felipe hace un par de días para ser una de las conferencistas en el congreso sobre glaucoma de la próxima semana.

—¿Y no puedes revertir ese compromiso? —interrogó José—.

—No, es imposible, pues ya toda la promoción está en marcha y mi nombre está incluido en ella —contesta Luisa—.

—Entonces tendré que ir con Carolina —afirmó José a su esposa.

—Pues por desgracia para mí, así deberá ser, mi amor —concluye Luisa con un dejo de frustración, pero por no poder acompañar a su marido más que porque viaje con su secretaria Carolina ya que, por una parte, no es primera vez que sucede y, por otra parte, sabe que su esposo no la engañaría con Carolina.

—Bueno mi vida, nos vemos en casa —dice José y cuelga el teléfono.

Enseguida José informa a Carolina que será ella quien lo acompañará en el viaje y le señala que reserve dos habitaciones en lugar de una.


En los días previos al viaje José y Luisa se dan a la tarea de quedar bien abastecidos sexualmente, pues en los planes de ambos no está el ser infiel al otro. Las sesiones de sexo se suceden en maratonianos encuentros mañaneros y nocturnos.

Luisa es una bella rubia de 35 años de edad, de grandes y paraditas tetas, con una cintura de avispa y un culo de película. Preciosas piernas y una piel como de seda. Es una extraordinaria mujer a la hora de hacer el amor. Siempre dispuesta a complacer a su marido en lo que le pida, sin tapujos de ninguna índole.

José, por su parte, es de contextura delgada, pero fuerte, bien parecido y de carácter simpático, jovial y tierno. Con los años ha aprendido a controlar su ansiedad, por lo que posee una muy buena resistencia a la hora de tener sexo. Su pene es de características comunes para su raza y biotipo. (no, no es de tamaño descomunal, colosal, de uno y medio metros de longitud por treinta centímetros de diámetro, como algunos escritores de TR suelen describir el miembro viril de sus personajes. En este aspecto, prefiero ser realista).

Por fin llegó el día del viaje y todo transcurrió conforme a lo planificado. Los trámites de traslado y embarque no tomaron mucho tiempo y, en pocos minutos, José y Carolina ya estaban instalados en sus asientos de primera clase —a pesar de haber pagado clase ejecutiva, la empresa de José tenía un convenio con la línea aérea—. El viaje fue largo, pero agradable y sin contratiempos de clase alguna.

Al llegar al Aeropuerto Internacional de Narita (成田国際空港, Narita Kokusai Kūkō), y luego de las diligencias de desembarque y aduana respectivas, les esperaba un empleado del hotel —vestido de elegante uniforme con el logo del hotel— alzando una pantalla electrónica portátil con sus nombres. José se acercó al hombre y —a propósito— le indicó en español que él era la persona a quien buscaba. El nipón —para cierta sorpresa de José— le respondió, en perfecto español:

—Buenas noches señor. Es un agrado para nuestra compañía poder recibirlos a usted y a doña Carolina. Les ruego que me sigan, por favor.

Dejó en una salita que el hotel disponía en el aeropuerto y se llevó el equipaje de José y Carolina en un carrito eléctrico. En tanto, una preciosa japonesa les ofreció bebidas, jugos y todo tipo de snack, además de revistas y periódicos de todo el mundo.

No pasaron más de diez minutos y el gentil hombre que recibió a los occidentales viajeros estaba de vuelta al mando de una elegantísima limusina. La japonesa que había colmado con toda clase de atenciones, los condujo al lujoso vehículo. Luego de un trayecto que a José le pareció corto, llegaron al hotel, se registraron y subieron a sus habitaciones.

Carolina había reservado una suite ejecutiva para José y una habitación estándar para ella. Lo anterior constituía parte de la rutina de la estrategia de José para probar —a cabalidad— las virtudes y defectos, así como las diferencias de atención de un hotel en relación con la categoría de los servicios contratados.

José entró en su suite y notó de inmediato la belleza y finura de la decoración y el mobiliario, así como lo moderno de los accesorios (teléfono, ordenador, televisión, etc.) y lo espacioso del lugar. Se dirigió al cuarto de baño, pues quería darse una buena ducha, y quedó impresionado con lo espacioso y lo fino de los sanitarios de éste. Cambió de decisión y en vez de ducha prefirió un agradable hidromasaje. Abrió la llave del jacuzzi y ajustó la temperatura en el panel electrónico del mismo.

Se dio un muy reconfortante hidromasaje mientras hablaba con Carolina para avisarle que solicitaría servicio a la habitación a la vez que la interrogaba acerca de las características de su habitación. Luego de media hora de un exquisito baño en la bañera para hidromasaje, se secó la piel y se vistió con una bata del hotel y sin nada debajo. Telefoneó a Servicio a la Habitación y ordenó una cena, en base a la carta que encontró sobre una mesita de su alcoba.

Veinte minutos después, tocaron la puerta de su suite y José —desde la mesa de escritorio— indicó que pasara, destrabando la cerradura con el mando a distancia. Concentrado en las notas que hacía habitualmente en su ordenador portátil para registrar las características de los servicios e infraestructura de un hotel, no se dio el tiempo de mirar a quien le traía su cena. Cuando levantó la vista vio que quien le servía la mesa era una despampanante mujer de ojos rasgados, ataviada con un ajustado uniforme que dejaba apreciar unos hermosos y bastante grandes pechos, una pequeña cintura y un culo de miedo, seguido de unas firmes y bellas piernas.


—Su cena está servida señor —señaló Etsuko (niña celestial)

—Gracias —atinó a decir José, todavía atónito con la hermosura de la camarera— y se desplazó hacia la mesa en la que estaba su cena.

—¿Desea que me quede y lo atienda señor o prefiere cenar solo —preguntó Etsuko.

—Quédese por favor —indicó José con una sonrisa pícara y gentil a la vez.


La cena transcurrió muy agradablemente para José y no únicamente por las atenciones que le prodigaba Etsuko sino porque, principalmente, conforme José se comía platillo tras platillo, Etsuko se acercaba cada vez más a él —incluso rozándolo con sus tetas de infarto—.


—¿Desea algo más el señor? —preguntó la camarera una vez concluida la cena.

—¿Alguna sugerencia? —replicó José.

—Sí señor, Niña Celestial en su punto —recomendó la bella camarera.

—¿Qué es eso? —preguntó José con cierta ingenuidad.

La chica haciendo un rápido movimiento se deshizo de su uniforme y quedó completamente desnuda frente a José.

—Soy yo señor —replicó sensualmente Ketsuko.

Acto seguido la linda japonesa se acercó a José y lo besó suavemente en los labios, dejando que él percibiera más de cerca su bello cuerpo y, a la vez, su embriagante perfume de mujer deseosa.

Aquello terminó de derretir a José. Se olvidó de Luisa y de todo lo demás y se lanzó con desenfreno a besar a ese manjar de reducido tamaño y de aspecto y sabor delicados que se le ofrecía inesperadamente y que se llamaba Ketsuko.

La sesión de apasionados ósculos de todo tipo —largos y deliciosos, cortos y a repetición, con y sin lengua— se prolongó por varios minutos. A la par con los besos, las manos de ambos empezaron a moverse con igual falta de disimulo. Mientras las de José se alternaban entre los pechos, la espalda y el trasero de Ketsuko, las de ella se dirigieron primero a quitar el lazo de la bata de José y, seguidamente, a sobar su ya erecto pene.

José no daba crédito a sus ojos cuando observó a Ketsukp hincarse a sus pies e iniciar una felación de excepcional factura y alcurnia.

—ssssiiii…aaaggg —gemía José sin recato de placer alguno—.


No pasaron muchos minutos para que José se viniera en la boca de la preciosa chica. Ketsuko aceptó con agrado tal fluido en su boca. Se lo bebió y luego limpió con dedicación la polla de José.

Luego José tomó entre sus brazos a Ketsuko y la llevó a la cama de la alcoba. La depositó con suavidad sobre ésta, le abrió bien esas hermosas piernas y principió a comerle su, para entonces, inundado coño. Lamió con avidez los labios mayores y, posteriormente, su lengua traspasó la barrera de los labios menores y alcanzó el hinchado clítoris de la muchacha. Ketsuko comenzó a gemir, casi imperceptiblemente al inicio y desatadamente después. Luego de algunos minutos la chica tuvo su primer y gritado orgasmo, liberando unos copiosos jugos que a José le supieron deliciosos.

Ambos se sentían en la cúpide del placer. Descansaron un poco y se acariciaron con dulzura en la cama. Al poco rato la chica se dispuso a finalizar la faena y dirigió sus caricias al pene de José, agasajándolo con sus manos y su boca. Una vez que lo tuvo completamente izado, procedió a sentarse sobre éste y empezó a introducir —lenta y cuidadosamente— el falo de José en su delicada vagina. Una vez que hubo terminado de hacer ésto, empezó un suave y rítmico movimiento de vaivén que, conforme se incrementaba la lubricación también aumentaba la velocidad del mete y saca y el volumen de los gemidos de Ketsako y de su amante.

José a fin de no claudicar demasiado prontamente, detuvo el galope tendido de Ketsuko sobre su pene, la levantó por la cintura y la colocó a lo perrita sobre la cama. Abrió bien sus nalgas e inicio un cuidadoso masaje anal con sus dedos y su lengua. Pronto la camarera reanudó sus elocuentes gemidos de placer y señaló a José:

—Por favor métamela luego, señor. Se lo imploro…la necesito.

José, que era de personalidad afable e incapaz de incumplir una petición de esa índole, dirigió su polla al orificio anal y la empezó a hundir dentro de éste con lentitud y delicadeza. En respuesta a aquello, Ketsuko comenzó a emitir unos continuos y fuertes grititos de inequívoco placer.

Una vez que el escroto de José hubo tocado las nalgas de su bella camarera japonesa, detuvo la penetración anal con el objeto que el recto de la chica se adaptase al intruso visitante. Mientras tanto, José la colmaba de besos y cariñosos sobajeos, a veces suaves y otras veces llenos de frenesí.

El bombeo no tardó mucho en comenzar. Fue acompasado al inicio, pero paulatinamente fue tomando velocidad. Ketsuko gemía, gritaba e incitaba a su amante para que mantuviera el ritmo. José, sin perder el compás, aumentaba cada vez el recorrido de su pene hasta el punto de casi llegar a sacarlo por completo del orificio rectal. Transcurrido un buen rato en tal afán, el hombre —sin poder aguantar más— anegó de semen las entrañas de la hermosa mujer.

Permanecieron unos momentos más unidos, exhaustos, pero inmensamente satisfechos. Luego la japonesa se levantó, se colocó su uniforme, recogió y ordenó la mesa. Se giró para despedirse de José e, intuyendo la intención de José de remunerarla por tan exquisitos momentos, se apresuró a decir:

— Remember, integral service all inclusive.

Enseguida besó los labios de José y se retiró empujando en carrito de Servicio a la Habitación.



NOTA DEL AUTOR

Lo que sucedió con José y Carolina en los días venideros durante su estadía en aquel peculiar hotel, podrían ser materia de futuras narraciones en la medida que, los señores lectores, así lo dispongan, a través de sus comentarios a este relato.
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