Las tres Marías
 
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Las tres Marías
 
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Las tres Marías…así nos motejan nuestra parentela. Y no es porque seamos, precisamente, unas chicas inmaculadas. Somos tres primas jóvenes, primorosas y que nos llamamos María: María del Pilar, María Cecilia y María José. Somos caritativas con nuestros parientes menesterosos de cariño, es decir, amamos a nuestros prójimos familiares como a nosotras mismas y somos solidarias con el sufrimiento sexual de ellos.

Nos rompe el corazón ver a nuestros tíos y primos insatisfechos sexualmente, tristes y acongojados. Por tal razón nos hemos propuesto la cruzada de ir en auxilio de ellos.

A los últimos que atendimos fueron a nuestros primos Rodrigo y Fernando, además de su padre, nuestro tío Ramón. Ellos viven en un pueblo muy pequeño en donde las féminas o son casadas y fieles a sus esposos, o bien, son de avanzada edad. Las jóvenes oriundas de la localidad se trasladan a ciudades más grandes en búsqueda de mejores y más “gratos” horizontes.

Nuestro tío quedó viudo hace tres años cuando a tía Ana la mordió una araña de rincón, poseedora del veneno más letal del mundo. Murió en menos de veinticuatro horas después de ser mordida. Tenía sólo treinta y tres años de edad. Nuestro tío y primos estaban desconsolados por tan enorme pérdida. Intentando olvidar tan amargo trago que les puso la vida, se concentraron en el trabajo, transformando una pequeña empresa agrícola productora de aceitunas en una próspera y gran compañía elaboradora, comercializadora y exportadora de aceite de oliva extra virgen.

Con ocasión de unos recientes festejos familiares, estos desdichados parientes vinieron a nuestra ciudad. A pesar de toda su riqueza material, sus rostros y ánimos evidenciaban congoja y profunda tristeza. En vista de este desolador panorama, no fuimos capaces de quedarnos impávidas, sin hacer nada por ellos. Decidimos darnos a la tarea de proporcionarles algunos momentos de alegría. Nos vestimos muy sensualmente, con minifaldas y blusas escotadas que resaltaban nuestros naturales atributos y fuimos a su encuentro en el hotel donde se alojaban. Cuando nos vieron quedaron pasmados y con los ojos desorbitados (modestamente). Nuestro tío se puso tan feliz que nos agasajó con bebidas y tragos que había en el frigobar de la suite que ocupaba. Después telefoneó a Servicio a la Habitación y ordenó todo tipo de aperitivos y cosas ricas para comer al departamento que alquilaba en el hotel.

Los tragos y la buena recepción que tuvo nuestra iniciativa coadyuvaron a que nos colocáramos melosas antes de lo previsto. Nos acaloramos y comenzamos a aligerarnos de ropas hasta quedar en braguitas y sujetadores. María José —la más voluptuosa de nosotras— se dedicó a atender a nuestro tío Ramón. María del Pilar y yo (María Cecilia) nos alternamos en mimar a nuestros briosos primos.

María José, para no despilfarrar el tiempo, rápidamente desnudó a nuestro tío y, sin rodeos, empezó a mamarle su polla. El tío, entusiasmado, desabrochó su sujetador y sobó sus tetas a voluntad. La pericia de María José en este duro bregar le permitió tener a nuestro tío gimoteando de lo lindo en pocos minutos. A la vez, ella gozaba lo suyo con el magreo de sus pechos, primero, y de sus tetas y clítoris, más tarde.

María del Pilar y yo, por nuestra parte, seguimos el dechado de María José y desvestimos a nuestros primos y nos tragamos sus sabrosas pollas. Pero, a diferencia de su padre, su actuar fue más tímido por lo que nos vimos obligadas a incentivarlos diciéndoles:

—Primos: estos sujetadores nos quedan un poco apretados ¿por qué no nos ayudan a desahogar nuestros pechos? —señalé.

Si bien es cierto que el proceder hasta entonces de nuestros primos era el de personas un tanto retraídas, no es menos verídico que ellos no eran tontos y sólo requerían un pequeño acicate. Sin embargo, tal aliciente fue un poco mayor que el planeado. Los chicos no sólo nos sacaron los sostenes, sino que también los calzoncitos tipo tangas. Aquello nos ratificó lo que siempre hemos pensado mis primas y yo: por muy campesino y pueblerino que sea un hombre (sobre todo si es de nuestra familia), jamás tendrá una pizca de tardo a la hora de disfrutar del sexo.

Mientras María José ya cabalgaba a nuestro tío con su frenesí habitual, nosotras nos dejábamos querer por nuestros primos y gozábamos a plenitud cómo nos chupeteaban nuestros chochitos dadivosos y receptivos al afecto filial.

María José se corría y se corría una y otra vez con escándalo creciente. Nuestro tío estaba sumamente carente de sexo, pues se corrió dos veces y estaba en pos de la tercera prácticamente sin mediar descanso. Pero María José era nuestra prócer y no le iba en zaga al ritmo del tío. Todo lo contrario, el más sudado era nuestro viudo pariente. Seguramente la escasa frecuencia en el follar le estaba pasando la factura.

En tanto, y tras un nuevo estímulo, nuestros primos se dejaron de mamar nuestros sexos para abocarse a follarnos. Nos pusimos a cuatro patas a fin de facilitarles las cosas y para no perder detalle de la lucha a muerte que se libraba en la cama de nuestro tío.

Los chicos, tal y como nosotras imaginábamos, en menos que canta un gallo habían agarrado un movimiento cadencioso de mete y saca muy agradable. Parecían unos expertos folladores y no unos paletos con poco o ninguna destreza en el arte de las relaciones sexuales. Nosotras chillábamos de placer cual profesionales del sexo. (sí señor lector; a diferencia de la imagen que quizá se haya formado de nosotras, no somos putas, tan sólo tenemos algún kilometraje recorrido en el arte de amar…o follar, si usted lo prefiere).

El tío Ramón, tras tres folladas casi al hilo, por fin cedió a la fatiga, permitiendo que no fuera nuestra prima la de la rendición. Hubiese sido una afrenta para ella y para nosotras también.

María del Pilar y yo ahora nos encontrábamos cabalgando sobre los pollones de nuestros primos. Habíamos tenido dos cumbres orgásmicas e íbamos por la tercera culminación. Apuramos el ritmo y nuestros galanes se vinieron en nosotras como por arte de magia. Truquillos de mujer, nada más.

Nuestro tío, tumbado en la cama, y con su rabo a media asta, pero no en señal de duelo, sino de cansancio, conversaba exultante con María José sobre sus deseos de tener unas vacaciones, después de tanto tiempo de trabajo duro y sin pausas. Cuando nuestros primos y nosotras acabamos nuestro quehacer, dejando esos portentos de pollas brillantes, establecimos una tácita tregua, nos integramos a la charla con nuestro tío. Él dijo:

— ¿Qué les parece chicos irnos de vacaciones por un par de meses?

—Excelente papá, pero siempre y cuando no vayamos solos. —respondieron nuestros avispados primos, mientras nos sobaban el culo.

—Por supuesto que no iremos solos. Nos acompañarán estas hermosas y cariñosas señoritas aquí presentes. Si es que pueden, obviamente.

— ¿Adónde sería el destino de las vacaciones? —preguntó María José sin denotar mayor interés, mientras sobaba sutilmente el pene del tío.

—Paris, Suiza, Francia, Alemania y algunos países del Este, como República Checa y, tal vez, Rusia. —contestó nuestro tío.

—Creo que no tendremos dificultad alguna en acompañarlos en dicho viaje de descanso y recreación. Nos caracterizamos por estar siempre prestas a satisfacer los deseos de nuestros parientes en apuros.

— ¡Magnífico! Naturalmente yo las invito con todos los gastos pagos. Tanto los necesarios para preparar el viaje y dejar todo en regla aquí como los que supongan las vacaciones en sí. Les pediré a ustedes que me asesoren y me presenten algunas opciones, ¿puede ser?

— ¡Claro que puede ser! —respondimos al unísono.

Después de un rato de pícara conversación, se encendieron de nuevo las pasiones. Nos reorganizamos y María José se hizo cargo de nuestros primos mientras que María del Pilar y yo nos ocupamos del pobre tío Ramón. Él ya tenía su mástil a tope y su boca andaba a la caza de mis tetas para comérselas. Como no nos caracterizamos por dificultar las cosas, yo le acerqué mis pechos a su sedienta boca y María del Pilar se encargó de mimar su ansioso pene.

Mis pechos son de tamaño medio y naturales (250 cc) y se hacían pocos para saciar el voraz apetito de nuestro tío. Sin embargo, dieron todo de sí para portarse a la altura que las circunstancias lo exigían. María del Pilar, por su parte, al ser una mamadora altamente cualificada, no tuvo problemas para alborozar de placer a Monchito, el gordo pene de tío Ramón. Se dio maña para que la sangre no llegara al rió ni el semen se escapara de su natural recipiente demasiado pronto.

Entre tanto, Rodrigo luego de un acucioso trabajo de preparación, se aprestaba a encular a María José mientras que Fernando la atragantaba con su polla viciosa de deseo. Rodrigo apuntó y empujó hasta introducir el glande de su pene en el culito de la Coté. Rodrigo, entonces, y luego de aquel primer objetivo, detuvo su accionar y untó con más lubricante su pene. Tras aquello, prosiguió, lenta y pacientemente, su enculada. María Coté ni gritar podía, pues tenía en su boquita la verga de Fernando. Como le apremiaba un desahogo gutural, las emprendió contra el frenillo de Fernando y lo hizo descargar su viscoso elemento en pocos segundos. Ahí quedó patente el diferencial de pericia que existía a favor de María José.

Nosotras exigimos al máximo al tío y, luego de dos corridas, quedó fuera de combate y durmiendo plácidamente.

María José, ahora con mayor margen de acción, también dejó prontamente en la lona a Rodrigo.

Luego nos duchamos y vestimos, prometiendo regresar por la noche.