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Los libros y la noche: Cuentos
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Un
libro ha de ser un fuego que caliente los espacios helados de
nuestro mundo".
Franz Kafka
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Prosas El puñal (El hacedor, 1960). Borges y yo (El hacedor, 1960). |
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Fragmentos El jardín de senderos que se bifurcan (Ficciones, 1944) El inmortal (El Aleph, 1949) El pudor de la historia (Otras inquisiciones, 1952) 7 noches (Ciclo de conferencias pronunciadas en 1979) |
Poemas
Fundación mítica de Buenos Aires
El hacedor (La cifra, 1981)
La Biblioteca de Babel
El asesino desinteresado Bill Harrigan
La imagen de las tierras de
Arizona, antes que ninguna otra imagen: la imagen de las tierras
de Arizona y de Nuevo México, tierras con un ilustre fundamento
de oro y de plata, tierras vertiginosas y aéreas, tierras de la
meseta monumental y de los delicados colores, tierras con blanco
resplandor de esqueleto pelado por los pájaros.
En esas tierras, otra imagen, la
de Billy the Kid: el jinete clavado sobre el caballo, el joven de
los duros pistoletazos que aturden el desierto, el emisor de
balas invisibles que matan a distancia, como una magia.
El desierto veteado de metales,
árido y reluciente. El casi niño
que al morir a los veintiún años
debía a la justicia de los hombres veintiuna
muertes"sin contar mejicanos".
EL ESTADO LARVAL
Hacia 1859 el hombre que para
el terror y la gloria sería Billy
the Kid nació en un conventillo
subterráneo de Nueva York. Dicen que lo parió un fatigado
vientre irlandés, pero se crió entre negros. En ese caos de
catinga y de motas gozó el primado que conceden las pecas y una
crencha rojiza. Practicaba el orgullo de ser blanco; también era
esmirriado, chúcaro, soez. A los doce años militó en la
pandilla de los Swamp Angels (Ángeles de la Ciénaga),
divinidades que operaban entre las cloacas. En las noches con
olor a niebla quemada emergían de aquel fétido laberinto,
seguían el rumbo de algún marinero alemán, lo desmoronaban de
un cascotazo, lo despojaban hasta de la ropa interior, y se
restituían después a la otra basura. Los comandaba un negro
encanecido, Gas Houser Jonas, también famoso como envenenador de
caballos.
A veces, de la buhardilla de
alguna casa jorobada cerca del
agua, una mujer volcaba sobre la
cabeza de un transeúnte un balde de ceniza. El hombre se agitaba
y se ahogaba. En seguida los Ángeles de la Ciénaga pululaban
sobre él, lo arrebataban por la boca de un sótano y lo
saqueaban.
Tales fueron los años de
aprendizaje de Bill Harrigan, el futuro
Billy the Kid. No desdeñaba las
ficciones teatrales; le gustaba asistir (acaso sin ningún
presentimiento de que eran símbolos y letras de su destino) a
los melodramas de cowboys.
GO WEST!
Si los populosos teatros del
Bowery (cuyos concurrentes vociferaban «¡Alcen el trapo!"
a la menor impuntualidad del telón) abundaban en esos melodramas
de jinete y balazo, la facilísima razón es que América sufría
entonces la atracción del Oeste. Detrás de los ponientes estaba
el oro de Nevada y de California.
Detrás de los ponientes estaba el
hacha demoledora de cedros,
la enorme cara babilónica del
bisonte, el sombrero de copa y el
numeroso lecho de Brigham Young,
las ceremonias y la ira del
hombre rojo, el aire despejado de
los desiertos, la desaforada
pradera, la tierra fundamental
cuya cercanía apresura el latir de los corazones como la
cercanía del mar. El Oeste llamaba. Un continuo rumor acompasado
pobló esos años: el de millares de hombres americanos ocupando
el Oeste. En esa progresión, hacia 1872, estaba el siempre
aculebrado Bill Harrigan, huyendo de una celda rectangular.
DEMOLICIÓN DE UN MEJICANO
La Historia (que, a semejanza
de cierto director cinematográfico, procede por imágenes
discontinuas) propone ahora la de una arriesgada taberna, que
está en el todopoderoso desierto igual que en alta mar. El
tiempo, una destemplada noche del año 1873; el preciso lugar, el
Llano Estacado (New México). La tierra es casi sobrenaturalmente
lisa, pero el cielo de nubes a desnivel, con desgarrones de
tormenta y de luna, está lleno de pozos que se agrietan y de
montañas. En la tierra hay el cráneo de una vaca, ladridos y
ojos de coyote en la sombra, finos caballos y la luz alargada de
la taberna. Adentro, acodados en el único mostrador,
hombres cansados y fornidos beben
un alcohol pendenciero y hacen ostentación de grandes monedas de
plata, con una serpiente y un águila. Un borracho canta
impasiblemente. Hay quienes hablan un idioma con muchas eses, que
ha de ser español, puesto que quienes lo hablan son
despreciados. Bill Harrigan, rojiza rata de conventillo, es de
los bebedores. Ha concluido un par de aguardientes y piensa pedir
otro más, acaso porque no le queda un centavo. Lo anonadan los
hombres de aquel desierto. Los ve tremendos, tempestuosos,
felices, odiosamente sabios en el manejo de hacienda cimarrona y
de altos caballos. De golpe hay un silencio total, sólo ignorado
por la desatinada voz del borracho. Ha
entrado un mejicano más que
fornido, con cara de india vieja.
Abunda en un desaforado sombrero y
en dos pistolas laterales. En duro inglés desea las buenas
noches a todos los gringos hijos de perra que están bebiendo.
Nadie recoge el desafío. Bill pregunta quién es, y le susurran
temerosamente que el Dagoel Diegoes Belisario
Villagrán, de Chihuahua. Una detonación retumba en seguida.
Parapetado por aquel cordón de hombres altos, Bill ha disparado
sobre el intruso. La copa cae del puño de Villagrán; después,
el hombre entero. El hombre no precisa otra bala. Sin dignarse
mirar al muerto lujoso, Bill reanuda la plática. "¿De
veras?", dice. "Pues yo soy Bill Harrigan, de New
York." El borracho sigue cantando, insignificante.
Ya se adivina la apoteosis.
Bill concede apretones de manos y
acepta adulaciones, hurras y
whiskies. Alguien observa que no hay marcas en su revólver y le
propone grabar una para significar la muerte de Villagrán. Billy
the Kid se queda con la navaja de ese alguien, pero dice
"que no vale la pena anotar mejicanos". Ello, acaso, no
basta. Bill, esa noche, tiende su frazada junto al cadáver y
duerme hasta la aurora ostentosamente.
MUERTES PORQUE SÍ
De esa feliz detonación (a los
catorce años de edad) nació
Billy the Kid el Héroe y murió
el furtivo Bill Harrigan. El muchachuelo de la cloaca y del
cascotazo ascendió a hombre de frontera. Se hizo jinete;
aprendió a estribar derecho sobre el caballo a la manera de
Wyoming o Texas, no con el cuerpo echado hacia atrás, a la
manera de Oregón y de California. Nunca se pareció del todo a
su leyenda, pero se fue acercando. Algo del compadrito de Nueva
York perduró en el cowboy, puso en los mejicanos el odio que
antes le inspiraban los negros, pero las últimas palabras que
dijo fueron (malas) palabras en español. Aprendió el arte
vagabundo de los troperos. Aprendió el otro, más difícil, de
mandar hombres; ambos lo ayudaron a ser un buen ladrón de
hacienda. A veces, las guitarras y los burdeles de Méjico lo
arrastraban.
Con la lucidez atroz del
insomnio, organizaba populosas orgías
que duraban cuatro días y cuatro
noches. Al fin, asqueado, pagaba la cuenta a balazos. Mientras el
dedo del gatillo no le falló, fue el hombre más temido (y
quizá más nadie y más solo) de esa frontera. Garrett, su
amigo, el sheriff que después lo mató, le dijo una vez:
"Yo he ejercitado mucho la puntería, matando
búfalos." "Yo la he ejercitado más, matando
hombres", replicó suavemente. Los pormenores son
irrecuperables, pero sabemos que debió hasta veintiuna
muertes "sin contar mejicanos". Durante siete
arriesgadísimos años practicó ese lujo: el coraje.
La noche del veinticinco de
julio de 1880, Billy the Kid atravesó al galope de su overo la
calle principal, o única, de Fort Sumner.
El calor apretaba y no habían
encendido las lámparas; el comisario Garrett, sentado en un
sillón de hamaca en un orredor, sacó el revólver y le
descerrajó un balazo en el vientre. El overo siguió; el jinete
se desplomó en la calle de tierra. Garrett le encajó un segundo
balazo. El pueblo (sabedor de que el herido era Billy the Kid)
trancó bien las ventanas. La agonía fue larga y blasfematoria.
Ya con el sol bien alto, se fueron acercando y lo desarmaron; el
hombre estaba muerto. Le notaron ese aire de cachivache que
tienen los difuntos.
Lo afeitaron, lo envainaron en ropa hecha y lo exhibieron al espanto y las burlas en la vidriera del mejor almacén.
Hombres a caballo o en tílbury acudieron de leguas a la redonda. El tercer día lo tuvieron que maquillar. El cuarto día lo enterraron con júbilo.
El incivil maestro de ceremonias Kotsuké no Suké
El infame de este capítulo es
el incivil maestro de ceremonias Kotsuké no Suké, aciago
funcionario que motivó la degradación y la muerte del señor de
la Torre de Ako y no se quiso eliminar como un caballero cuando
la apropiada venganza lo conminó. Es hombre que merece la
gratitud de todos los hombres, porque despertó preciosas
lealtades y fue la negra y necesaria ocasión de una empresa
inmortal. Un centenar de novelas, de monografías, de tesis
doctorales y de óperas, conmemoran el hechopara no hablar
de las efusiones en porcelana, en lapislázuli veteado y en laca.
Hasta
el versátil celuloide lo sirve,
ya que la Historia Doctrinal de los
Cuarenta y Siete
Capitanestal es su nombrees la más repetida
inspiración del cinematógrafo japonés. La minuciosa gloria que
esas ardientes atenciones afirman es algo más que justificable:
es inmediatamente justa para cualquiera.
Sigo la relación de A. B. Mitford, que omite las continuas distracciones que obra el color local y prefiere atender al movimiento del glorioso episodio. Esa buena falta de "orientalismo" deja sospechar que se trata de una versión directa del japonés.
LA CINTA DESATADA
En la desvanecida primavera de
1702 el ilustre señor de la Torre de Ako tuvo que recibir y
agasajar a un enviado imperial. Dos mil trescientos años de
cortesía (algunos mitológicos), habían complicado
angustiosamente el ceremonial de la recepción. El enviado
representaba al emperador, pero a manera de alusión o de
símbolo: matiz que no era menos improcedente recargar que
atenuar. Para impedir errores harto fácilmente fatales, un
funcionario de la corte de Yedo lo precedía en calidad de
maestro de ceremonias. Lejos de la comodidad cortesana y
condenado a una villégiature montaraz, que debió parecerle un
destierro, Kira Kotsuké no Suké impartía, sin gracia, las
instrucciones.
A veces dilataba hasta la
insolencia el tono magistral. Su discípulo, el señor de la
Torre, procuraba disimular esas burlas. No sabía replicar y la
disciplina le vedaba toda violencia. Una mañana, sin embargo, la
cinta del zapato del maestro se desató y éste le pidió que la
atara. El caballero lo hizo con humildad, pero con indignación
interior. El incivil maestro de ceremonias dijo que, en verdad,
era incorregible, y que sólo un patán era capaz de frangollar
un nudo tan torpe. El señor de la Torre sacó la espada y le
tiró un hachazo. El otro huyó, apenas rubricada la frente por
un hilo tenue de sangre... Días después dictaminaba el tribunal
militar contra el heridor y lo condenaba al suicidio. En el patio
central de la Torre de Ako elevaron una tarima de fieltro rojo y
en ella se mostró el condenado y le entregaron un puñal de oro
y piedras y confesó públicamente su culpa y se fue desnudando
hasta la cintura, y se abrió el vientre, con las dos heridas
rituales, y murió como un samurai, y los espectadores más
alejados no vieron sangre porque el fieltro era rojo. Un hombre
encanecido y cuidadoso lo decapitó con la espada: el consejero
Kuranosuké, su padrino.
EL SIMULADOR DE LA INFAMIA
La Torre de Takumi no Kami fue
confiscada; sus capitanes desbandados, su familia arruinada y
oscurecida, su nombre vinculado a la execración. Un rumor quiere
que la idéntica noche que se mató, cuarenta y siete de sus
capitanes deliberaran en la cumbre de un monte y planearan, con
toda precisión, lo que se produjo un año más tarde. Lo cierto
es que debieron proceder entre justificadas demoras y que alguno
de sus concilios tuvo lugar, no en la cumbre difícil de una
montaña, sino en una capilla en un bosque, mediocre pabellón de
madera blanca, sin otro adorno que la caja rectangular que
contiene un espejo. Apetecían la venganza, y la
venganza debió parecerles
inalcanzable.
Kira Kotsuké no Suké, el odiado maestro de ceremonias, había fortificado su casa y una nube de arqueros y de esgrimistas custodiaba su palanquín. Contaba con espías incorruptibles, puntuales y secretos. A ninguno celaban y vigilaban como al presunto capitán de los vengadores: Kuranosuké, el consejero. Éste lo advirtió por azar y fundó su proyecto vindicatorio sobre ese dato.
Se mudó a Kioto, ciudad
insuperada en todo el imperio por el
color de sus otoños. Se dejó
arrebatar por los lupanares, por las
casas de juego y por las tabernas.
A pesar de sus canas, se codeó con rameras y con poetas, y hasta
con gente peor. Una vez lo expulsaron de una taberna y amaneció
dormido en el umbral, la cabeza revolcada en un vómito.
Un hombre de Satsuma lo conoció, y dijo con tristeza y con ira: ¿No es éste, por ventura, aquel consejero de Asano Takumi no Kami, que lo ayudó a morir y que en vez de vengar a su señor se entrega a los deleites y a la vergüenza? ¡Oh, tú indigno del nombre de Samurai!
Le pisó la cara dormida y se la escupió. Cuando los espias denunciaron esa pasividad, Kotsuké no Suké sintió un gran alivio.
Los hechos no pararon ahí. El consejero despidió a su mujer y al menor de sus hijos, y compró una querida en un lupanar, famosa infamia que alegró el corazón y relajó la temerosa prudencia del enemigo. Éste acabó por despachar la mitad de sus guardias.
Una de las noches atroces del
invierno de 1703 los cuarenta y
siete capitanes se dieron cita en
un desmantelado jardín de los alrededores de Yedo, cerca de un
puente y de la fábrica de barajas. Iban con las banderas de su
señor. Antes de emprender el asalto, advirtieron a los vecinos
que no se trataba de un atropello, sino de una operación militar
de estricta justicia.
LA CICATRIZ
Dos bandas atacaron el palacio
de Kira Kotsuké no Suké. El
consejero comandó la primera, que
atacó la puerta del frente; la segunda, su hijo mayor, que
estaba por cumplir dieciséis años y que murió esa noche. La
historia sabe los diversos momentos de esa pesadilla tan lúcida:
el descenso arriesgado y pendular por las escaleras de cuerda, el
tambor del ataque, la precipitación de los defensores, los
arqueros apostados en la azotea, el directo destino de las
flechas hacia los órganos vitales del hombre, las porcelanas
infamadas de sangre, la muerte ardiente que después es glacial;
los impudores y desórdenes de la muerte. Nueve capitanes
murieron; los defensores no eran menos valientes y no se
quisieron rendir. Poco después de media noche toda resistencia
cesó.
Kira Kotsuké no Suké, razón ignominiosa de esas lealtades, no aparecía. Lo buscaron por todos los rincones de ese conmovido palacio, y ya desesperaban de encontrarlo cuando el consejero notó que las sábanas de su lecho estaban aún tibias. Volvieron a buscar y descubrieron una estrecha ventana, disimulada por un espejo de bronce. Abajo, desde un patiecito sombrío, los miraba un hombre de blanco. Una espada temblorosa estaba en su diestra. Cuando bajaron, el hombre se entregó sin pelear. Le rayaba la frente una cicatriz: viejo dibujo del acero de Takumi no Kami.
Entonces, los sangrientos capitanes se arrojaron a los pies del aborrecido y le dijeron que eran los oficiales del señor de la Torre, de cuya perdición y cuyo fin él era culpable, y le rogaron que se suicidara, como un samurai debe hacerlo.
En vano propusieron ese decoro
a su ánimo servil. Era varón
inaccesible al honor; a la
madrugada tuvieron que degollarlo.
EL TESTIMONIO
Ya satisfecha su venganza (pero sin ira, y sin agitación, y sin lástima), los capitanes se dirigieron al templo que guarda las reliquias de su señor.
En un caldero llevan la increíble cabeza de Kira Kotsuké no Suké y se turnan para cuidarla. Atraviesan los campos y las provincias, a la luz sincera del día. Los hombres los bendicen y lloran. El príncipe de Sendai los quiere hospedar, pero responden que hace casi dos años que los aguarda su señor. Llegan al oscuro sepulcro y ofrendan la cabeza del enemigo.
La Suprema Corte emite su fallo. Es el que esperan: se les otorga el privilegio de suicidarse. Todos lo cumplen, algunos con ardiente serenidad, y reposan al lado de su señor. Hombres y niños vienen a rezar al sepulcro de esos hombres tan fieles.
EL HOMBRE DE SATSUMA
Entre los peregrinos que acuden, hay un muchacho polvoriento y cansado que debe haber venido de lejos. Se prosterna ante el monumento de Oishi Kuranosuké, el consejero, y dice en voz alta: Yo te vi tirado en la puerta de un lupanar de Kioto y no pensé que estabas meditando la venganza de tu señor, y te creí un soldado sin fe y te escupí en la cara. He venido a ofrecerte satisfacción. Dijo esto y cometió harakiri.
El prior se condolió de su valentía y le dio sepultura en el lugar donde los capitanes reposan.
Este es el final de la historia
de los cuarenta y siete hombres
leales salvo que no tiene
final, porque los otros hombres, que no somos leales tal vez,
pero que nunca perderemos del todo la esperanza de serlo,
seguiremos honrándolos con palabras.
Tlön, Uqbar, orbis tertius
Debo a la conjunción de un espejo y de una enciclopedia el descubrimiento de Uqbar. El espejo inquietaba el fondo de un corredor en una quinta de la calle Gaona, en Ramos Mejía; la enciclopedia falazmente se llama The Anglo-American Cyclopaedia (New York, 1917) y es una reimpresión literal, pero también morosa, de la Encyclopaedia Britannica de 1902. El hecho se produjo hará unos cinco años. Bioy Casares había cenado conmigo esa noche y nos demoró una vasta polémica sobre la ejecución de una novela en primera persona, cuyo narrador omitiera o desfigurara los hechos e incurriera en diversas contradicciones, que permitieran a unos pocos lectoresa muy pocos lectoresla adivinación de una realidad atroz o banal. Desde el fondo remoto del corredor, el espejo nos acechaba. Descubrimos (en la alta noche ese descubrimiento es inevitable) que los espejos tienen algo monstruoso. Entonces Bioy Casares recordó que uno de los heresiarcas de Uqbar había declarado que los espejos y la cópula son abominables, porque multiplican el número de los hombres. Le pregunté el origen de esa memorable sentencia y me contestó que The Anglo-American Cyclopaedia la registraba, en su artículo sobre Uqbar. La quinta (que habíamos alquilado amueblada) poseía un ejemplar de esa obra. En las últimas páginas del volumen XLVI dimos con un artículo sobre Upsala; en las primeras del XLVIl, con uno sobre Ural-Altaic lenguajes, pero ni una palabra sobre Uqbar. Bioy, un poco azorado, interrogó los tomos del índice. Agotó en vano todas las lecciones imaginables: Ukbar, Ucbar, Ookbar, Oukbahr... Antes de irse, me dijo que era una región del Irak o del Asia Menor. Confieso que asentí con alguna incomodidad. Conjeturé que ese país indocumentado y ese heresiarca anónimo eran una ficción improvisada por la modestia de Bioy para justificar una frase. El examen estéril de uno de los atlas de Justus Perthes fortaleció mi duda.
Al día siguiente, Bioy me llamó desde Buenos Aires. Me dijo que tenía a la vista el artículo sobre Uqbar, en el volumen XXVI de la Enciclopedia. No constaba el nombre del heresiarca, pero sí la noticia de su doctrina, formulada en palabras casi idénticas a las repetidas por él, aunquetal vezliterariamente inferiores. Él había recordado: Copulation and mirrors are abominable. El texto de la Enciclopedia decía: Para uno de esos gnósticos, el visible universo era una ilusión o (más precisamente) un sofisma. Los espejos y la paternidad son abominables (mirrors and fatherhood are hateful) porque lo multiplican y lo divulgan. Le dije, sin faltar a la verdad, que me gustaría ver ese artículo. A los pocos días lo trajo. Lo cual me sorprendió, porque los escrupulosos índices cartográficos de la Erdkunde de Ritter ignoraban con plenitud el nombre de Uqbar.
El volumen que trajo Bioy era efectivamente el xxvi de la Anglo-American Cyclopaedia. En la falsa carátula y en el lomo, la indicación alfabética (Tor-Ups) era la de nuestro ejemplar, pero en vez de 917 páginas constaba de 921. Esas cuatro páginas adicionales comprendían al artículo sobre Uqbar; no previsto (como habrá advertido el lector) por la indicación alfabética. Comprobamos después que no hay otra diferencia entre los volúmenes. Los dos (según creo haber indicado) son reimpresiones de la décima Encyclopaedia Britannica. Bioy había adquirido su ejemplar en uno de tantos remates.
Leímos con algún cuidado el artículo. El pasaje recordado por Bioy era tal vez el único sorprendente. El resto parecía muy verosímil, muy ajustado al tono general de la obra y (como es natural) un poco aburrido. Releyéndolo, descubrimos bajo su rigurosa escritura una fundamental vaguedad. De los catorce nombres que figuraban en la parte geográfica, sólo reconocimos tresJorasán, Armenia, Erzerum, interpolados en el texto de un modo ambiguo. De los nombres históricos, uno solo: el impostor Esmerdis el mago, invocado más bien como una metáfora. La nota parecía precisar las fronteras de Uqbar, pero sus nebulosos puntos de referencias eran ríos y cráteres y cadenas de esa misma región. Leímos, verbigracia, que las tierras bajas de Tsai Jaldún y el delta del Axa definen la frontera del sur y que en las islas de ese delta procrean los caballos salvajes. Eso, al principio de la página 918. En la sección histórica (página 920) supimos que a raíz de las persecuciones religiosas del siglo trece, los ortodoxos buscaron amparo en las islas, donde perduran todavía sus obeliscos y donde no es raro exhumar sus espejos de piedra. La sección idioma y literatura era breve. Un solo rasgo memorable: anotaba que la literatura de Uqbar era de carácter fantástico y que sus epopeyas y sus leyendas no se referían jamás a la realidad, sino a las dos regiones imaginarias de Miejnas y de Tlon... La bibliografía enumeraba cuatro volúmenes que no hemos encontrado hasta ahora, aunque el tercero Silas Haslam: History of the Land Called Uqbar, 1874figura en los catálogos de librería de Bernard Quarirch. (1) El primero, Lesbare und lesenswerthe Bemerkungen uber das Land Ukkbar in KleinAsien, data de 1641 y es obra de Johannes Valentinus Andrea. El hecho es significativo; un par de años después, di con ese nombre en las inesperadas páginas de De Quincey (Writings, decimotercero volumen) y supe que era el de un teólogo alemán que a principios del siglo xvii describió la imaginaria comunidad de la Rosa Cruzque otros luego fundaron, a imitación de lo prefigurado por él.
Esa noche visitamos la Biblioteca Nacional. En vano fatigamos atlas, catálogos, anuarios de sociedades geográficas, memorias de viajeros e historiadores: nadie había estado nunca en Uqbar. El índice general de la enciclopedia de Bioy tampoco registraba ese nombre. Al día siguiente, Carlos Mastronardi (a quien yo había referido el asunto) advirtió en una librería de Corrientes y Talcahuano los negros y dorados lomos de la Anglo-American Cyclopaedia... Entró e interrogó el volumen XXVI. Naturalmente, no dio con el menor indicio de Uqbar.
II
Algún recuerdo limitado y menguante de Herbert Ashe, ingeniero de los ferrocarriles del Sur, persiste en el hotel de Adrogué, entre las efusivas madreselvas y en el fondo ilusorio de los espejos. En vida padeció de irrealidad, como tantos ingleses; muerto, no es siquiera el fantasma que ya era entonces. Era alto y desganado y su cansada barba rectangular había sido roja. Entiendo que era viudo, sin hijos. Cada tantos años iba a Inglaterra: a visitar (juzgo por unas fotografías que nos mostró) un reloj de sol y unos robles. Mi padre había estrechado con él (el verbo es excesivo) una de esas amistades inglesas que empiezan por excluir la confidencia y que muy pronto omiten el diálogo. Solían ejercer un intercambio de libros y de periódicos; solían batirse al ajedrez, taciturnamente... Lo recuerdo en el corredor del hotel, con un libro de matemáticas en la mano, mirando a veces los colores irrecuperables del cielo. Una tarde, hablamos del sistema duodecimal de numeración (en el que doce se escribe 10). Ashe dijo que precisamente estaba trasladando no sé qué tablas duodecimales a sexagesimales (en las que sesenta se escribe 10). Agregó que ese trabajo le había sido encargado por un noruego: en Rio Grande do Sul. Ocho años que lo conocíamos y no había mencionado nunca su estadía en esa región... Hablamos de vida pastoril, de capangas, de la etimología brasilera de la palabra gaucho (que algunos viejos orientales todavía pronuncian gancho) y nada más se dijo Dios me perdonede funciones duodecimales. En setiembre de 1937 (no estábamos nosotros en el hotel) Herbert Ashe murió de la rotura de un aneurisma. Días antes, había recibido del Brasil un paquete sellado y certificado. Era un libro en octavo mayor. Ashe lo dejó en el bar, dondemeses despuéslo encontré. Me puse a hojearlo y sentí un vértigo asombrado y ligero que no describiré, porque ésta no es la historia de mis emociones sino de Uqbar y Tlön y Orbis Tertius. En una noche del Islam que se llama la Noche de las Noches se abren de par en par las secretas puertas del cielo y es más dulce el agua en los cántaros; si esas puertas se abrieran, no sentiría lo que en esa tarde sentí. El libro estaba redactado en inglés y lo integraban 1001 páginas. En el amarillo lomo de cuero leí estas curiosas palabras que la falsa carátula repetía: A First Encyclopaedia of Tlön. Vol. Xl. Hlaer to Jangr. No había indicación de fecha ni de lugar. En la primera página y en una hoja de papel de seda que cubría una de las láminas en colores había estampado un óvalo azul con esta inscripción: Orbis Tertius. Hacía dos años que yo había descubierto en un tomo de cierta enciclopedia práctica una somera descripción de un falso país; ahora me deparaba el azar algo más precioso y más arduo. Ahora tenía en las manos un vasto fragmento metódico de la historia total de un planeta desconocido, con sus arquitecturas y sus barajas, con el pavor de sus mitologías y el rumor de sus lenguas, con sus emperadores y sus mares, con sus minerales y sus pájaros y sus peces, con su álgebra y su fuego, con su controversia teológica y metafísica. Todo ello articulado, coherente, sin visible propósito doctrinal o tono paródico.
En el "onceno tomo" de que hablo hay alusiones a tomos ulteriores y precedentes. Néstor Ibarra, en un artículo ya clásico de la N. R. F., ha negado que existen esos aláteres; Ezequiel Martinez Estrada y Drieu La Rochelle han refutado, quizá victoriosamente, esa duda. El hecho es que hasta ahora las pesquisas más diligentes han sido estériles. En vano hemos desordenado las bibliotecas de las dos Américas y de Europa. Alfonso Reyes, harto de esas fatigas subalternas de índole policial, propone que entre todos acometamos la obra de reconstruir los muchos y macizos tomos que faltan: ex ungue leonem. Calcula, entre veras y burlas, que una generación de tlönistas puede bastar. Ese arriesgado cómputo nos retrae al problema fundamental: ¿Quiénes inventaron a Tlön? El plural es inevitable, porque la hipótesis de un solo inventorde un infinito Leibniz obrando en la tiniebla y en la modestiaha sido descartada unánimemente. Se conjetura que este brave new world es obra de una sociedad secreta de astrónomos, de biólogos, de ingenieros, de metafísicos, de poetas, de químicos, de algebristas, de moralistas, de pintores, de geómetras... dirigidos por un oscuro hombre de genio. Abundan individuos que dominan esas disciplinas diversas, pero no los capaces de invención y menos los capaces de subordinar la invención a un riguroso plan sistemático. Ese plan es tan vasto que la contribución de cada escritor es infinitesimal. Al principio se creyó que Tlon era un mero caos, una irresponsable licencia de la imaginación; ahora se sabe que es un cosmos y las íntimas leyes que lo rigen han sido formuladas, siquiera en modo provisional. Básteme recordar que las contradicciones aparentes del Onceno Tomo son la piedra fundamental de la prueba de que existen los otros: tan lúcido y tan justo es el orden que se ha observado en él. Las revistas populares han divulgado, con perdonable exceso, la zoología y la topografía de Tlon; yo pienso que sus tigres transparentes y sus torres de sangre no merecen, tal vez, la continua atención de todos los hombres. Yo me atrevo a pedir unos minutos para su concepto del universo.
Hume notó para siempre que los argumentos de Berkeley no admiten la menor réplica y no causan la menor convicción. Ese dictamen es del todo verídico en su aplicación a la tierra; del todo falso en Tlon. Las naciones de ese planeta soncongénitamenteidealistas. Su lenguaje y las derivaciones de su lenguaje la religión, las letras, la metafísicapresuponen el idealismo. El mundo para ellos no es un concurso de objetos en el espacio; es una serie heterogénea de actos independientes. Es sucesivo, temporal, no espacial. No hay sustantivos en la conjetural Ursprache de Tlon, de la que proceden los idiomas "actuales" y los dialectos: hay verbos impersonales, calificados por sufijos (o prefijos) monosilábicos de valor adverbial. Por ejemplo: no hay palabra que corresponda a la palabra luna, pero hay un verbo que sería en español lunecer o lunar. Surgió la luna sobre el río se dice hlör u fang axaxaxas mlö o sea en su orden: hacia arriba (upward) detrás duradero-fluir luneció. (Xul Solar traduce con brevedad: upa tras perfluyue lunó. Upward, behind the onstreaming itmooned.)
Lo anterior se refiere a los idiomas del hemisferio austral. En los del hemisferio boreal (de cuya Ursprache hay muy pocos datos en el Onceno Tomo) la célula primordial no es el verbo, sino el adjetivo monosilábico. El sustantivo se forma por acumulación de adjetivos. No se dice luna: se dice aéreo-claro sobre oscuro-redondo o anaranjado-tenue-del cielo o cualquier otra agregación. En el caso elegido la masa de adjetivos corresponde a un objeto real; el hecho es puramente fortuito. En la literatura de este hemisferio (como en el mundo subsistente de Meinong) abundan los objetos ideales, convocados y disueltos en un momento, según las necesidades poéticas. Los determina, a veces, la mera simultaneidad. Hay objetos compuestos de dos términos, uno de carácter visual y otro auditivo: el color del naciente y el remoto grito de un pájaro. Los hay de muchos: el sol y el agua contra el pecho del nadador, el vago rosa trémulo que se ve con los ojos cerrados, la sensación de quien se deja llevar por un río y también por el sueño. Esos objetos de segundo grado pueden combinarse con otros; el proceso, mediante ciertas abreviaturas, es prácticamente infinito. Hay poemas famosos compuestos de una sola enorme palabra. Esta palabra integra un objeto poético creado por el autor. El hecho de que nadie crea en la realidad de los sustantivos hace, paradójicamente, que sea interminable su número. Los idiomas del hemisferio boreal de Tlön poseen todos los nombres de las lenguas indoeuropeas y otros muchos más.
No es exagerado afirmar que la
cultura clásica de Tlön comprende una sola disciplina: la
psicología. Las otras están subordinadas a ella. He dicho que
los hombres de ese planeta conciben el universo como una serie de
procesos mentales, que no se desenvuelven en el espacio sino de
modo sucesivo en el tiempo. Spinoza atribuye a su inagotable
divinidad los atributos de la extensión y del pensamiento; nadie
comprendería en Tlon la yuxtaposición del primero (que sólo es
típico de ciertos estados) y del segundo que es un
sinónimo perfecto del cosmos. Dicho sea con otras
palabras: no conciben que lo espacial perdure en el tiempo. La
percepción de una humareda en el
horizonte y después del campo incendiado y después del cigarro
a medio apagar que produjo la quemazón es considerada un ejemplo
de asociación de ideas.
Este monismo o idealismo total invalida la ciencia. Explicar (o juzgar) un hecho es unirlo a otro; esa vinculación, en Tlön, es un estado posterior del sujeto, que no puede afectar o iluminar el estado anterior. Todo estado mental es irreductible: el mero hecho de nombrarloid est, de clasificarloimporta un falseo. De ello cabría deducir que no hay ciencias en Tlonni siquiera razonamientos.
La paradójica verdad es que existen, en casi innumerable número. Con las filosofías acontece lo que acontece con los sustantivos en el hemisferio boreal. El hecho de que toda filosofía sea de antemano un juego dialéctico, una Philosophie des Als Ob, ha contribuido a multiplicarlas. Abundan los sistemas increíbles, pero de arquitectura agradable o de tipo sensacional. Los metafísicos de Tlon no buscan la verdad ni siquiera la verosimilitud: buscan el asombro. Juzgan que la metafísica es una rama de la literatura fantástica. Saben que un sistema no es otra cosa que la subordinación de todos los aspectos del universo a uno cualquiera de ellos. Hasta la frase "todos los aspectos" es rechazable, porque supone la imposible adición del instante presente y de los pretéritos. Tampoco es lícito el plural "los pretéritos", porque supone otra operación imposible... Una de las escuelas de Tlon llega a negar el tiempo: razona que el presente es indefinido, que el futuro no tiene realidad sino como esperanza presente, que el pasado no tiene realidad sino como recuerdo presente. Otra escuela declara que ha transcurrido ya todo el tiempo y que nuestra vida es apenas el recuerdo o reflejo crepuscular, y sin duda falseado y mutilado, de un proceso irrecuperable. Otra, que la historia del universoy en ella nuestras vidas y el más tenue detalle de nuestras vidases la escritura que produce un dios subalterno para entenderse con un demonio. Otra, que el universo es comparable a esas criptografías en las que no valen todos los símbolos y que sólo es verdad lo que sucede cada trescientas noches. Otra, que mientras dormimos aquí, estamos despiertos en otro lado y que así cada hombre es dos hombres.
Entre las doctrinas de Tlon, ninguna ha merecido tanto escándalo como el materialismo. Algunos pensadores lo han formulado, con menos claridad que fervor, como quien adelanta una paradoja. Para facilitar el entendimiento de esa tesis inconcebible, un heresiarca del undécimo siglo ideó el sofisma de las nueve monedas de cobre, cuyo renombre escandaloso equivale en Tlon al de las aporías eleáticas. De ese "razonamiento especioso" hay muchas versiones que igualan el número de monedas y el número de hallazgos; he aquí la más común:
El martes, X atraviesa un camino desierto y pierde nueve monedas de cobre. El jueves, Y encuentra en el camino cuatro monedas, algo herrumbradas por la lluvia del miércoles. El viernes, Z descubre tres monedas en el camino. El viernes de mañana, X encuentra dos monedas en el corredor de su casa. El heresiarca quería deducir de esa historia la realidadid est la continuidadde las nueve monedas recuperadas. Es absurdo (afirmaba) imaginar que cuatro de las monedas no han existido entre el martes y el jueves, tres entre el martes y la tarde del viernes, dos entre el martes y la madrugada del viernes. Es lógico pensar que han existidosiquiera de algún modo secreto, de comprensión vedada a los hombresen todos los momentos de esos tres plazos.
El lenguaje de Tlon se resistía a formular esa paradoja; los más no la entendieron. Los defensores del sentido común se limitaron, al principio, a negar la veracidad de la anécdota. Repitieron que era una falacia verbal, basada en el empleo temerario de dos voces neológicas, no autorizadas por el uso y ajenas a todo pensamiento severo: los verbos encontrar y perder, que comportan una petición de principio, porque presuponen la identidad de las nueve primeras monedas y de las últimas. Recordaron que todo sustantivo (hombre, moneda, jueves, miércoles, lluvia) sólo tiene un valor metafórico. Denunciaron la pérfida circunstancia que presupone lo que se trata de demostrar: la persistencia de las cuatro monedas, entre el jueves y el martes. Explicaron que una cosa es igualdad y otra identidad y formularon una especie de reductio ad absurdum, o sea el caso hipotético de nueve hombres que en nueve sucesivas noches padecen un vivo dolor. ¿No sería ridículointerrogaronpretender que ese dolor, es el mismo? Dijeron que al heresiarca no lo movía sino el blasfematorio propósito de atribuir la divina categoría de ser a unas simples monedas y que a veces negaba la pluralidad y otras no. Argumentaron: si la igualdad comporta la identidad, habría que admitir asimismo que las nueve monedas son una sola.
Increíblemente, esas
refutaciones no resultaron definitivas. A los cien años de
enunciado el problema, un pensador no menos brillante que el
heresiarca pero de tradición ortodoxa, formuló una hipótesis
muy audaz. Esa conjetura feliz afirma que hay un solo sujeto, que
ese sujeto indivisible es cada uno de los seres del universo y
que éstos son los órganos y máscaras de la divinidad. X es Y y
es Z. Z descubre tres monedas porque recuerda que se le perdieron
a X; X encuentra dos en el corredor porque recuerda que han sido
recuperadas las otras... El Onceno Tomo deja entender que tres
razones capitales determinaron la victoria total
de ese panteísmo idealista. La
primera, el repudio del solipsismo; la segunda, la posibilidad de
conservar la base psicológica de las ciencias; la tercera, la
posibilidad de conservar el culto de los dioses. Schopenhauer (el
apasionado y lúcido Schopenhauer) formula una doctrina muy
parecida en el primer volumen de Parerga und Paralipomena.
La geometría de Tlon comprende dos disciplinas algo distintas: la visual y la táctil. La última corresponde a la nuestra y la subordinan a la primera. La base de la geometría visual es la superficie, no el punto. Esta geometría desconoce las paralelas y declara que el hombre que se desplaza modifica las formas que lo circundan. La base de su aritmética es la noción de números indefinidos. Acentúan la importancia de los conceptos de mayor y menor, que nuestros matemáticos simbolizan por > y por <. Afirman que la operación de contar modifica las cantidades y las convierte de indefinidas en definidas. El hecho de que varios individuos que cuentan una misma cantidad logran un resultado igual, es para los psicólogos un ejemplo de asociación de ideas o de buen ejercicio de la memoria. Ya sabemos que en Tlon el sujeto del conocimiento es uno y eterno.
En los hábitos literarios
también es todopoderosa la idea de un sujeto único. Es raro que
los libros estén firmados. No existe el concepto del plagio: se
ha establecido que todas las obras son
obra de un solo autor, que es
intemporal y es anónimo. La critica suele inventar autores:
elige dos obras disimiles el Tao Te King y las 1001 Noches,
digamos, las atribuye a un mismo escritor y luego determina
con probidad la psicología de ese interesante homme de
leltres...
También son distintos los libros. Los de ficción abarcan un solo argumento, con todas las permutaciones imaginables. Los de naturaleza filosófica invariablemente contienen la tesis y la antítesis, el riguroso pro y el contra de una doctrina. Un libro que no encierra su contralibro es considerado incompleto.
Siglos y siglos de idealismo no han dejado de influir en la realidad. No es infrecuente, en las regiones más antiguas de Tlon, la duplicación de objetos perdidos. Dos personas buscan un lápiz; la primera lo encuentra y no dice nada; la segunda encuentra un segundo lápiz no menos real, pero más ajustado a su expectativa. Esos objetos secundarios se llaman hronir y son, aunque de forma desairada, un poco más largos. Hasta hace poco los hronir fueron hijos casuales de la distracción y el olvido. Parece mentira que su metódica producción cuente apenas cien años, pero así lo declara el Onceno Tomo. Los primeros intentos fueron estériles. El modus operandi, sin embargo, merece recordación. El director de una de las cárceles del estado comunicó a los presos que en el antiguo lecho de un río había ciertos sepulcros y prometió la libertad a quienes trajeran un hallazgo importante. Durante los meses que precedieron a la excavación les mostraron láminas fotográficas de lo que iban a hallar. Ese primer intento probó que la esperanza y la avidez pueden inhibir; una semana de trabajo con la pala y el pico no logró exhumar otro hron que una rueda herrumbrada, de fecha posterior al experimento. Éste se mantuvo secreto y se repitió después en cuatro colegios. En tres fue casi total el fracaso; en el cuarto (cuyo director murió casualmente durante las primeras excavaciones) los discípulos exhumarono produjeronuna máscara de oro, una espada arcaica, dos o tres ánforas de barro y el verdinoso y mutilado torso de un rey con una inscripción en el pecho que no se ha logrado aún descifrar. Así se descubrió la improcedencia de testigos que conocieran la naturaleza experimental de la busca... Las investigaciones en masa producen objetos contradictorios; ahora se prefieren los trabajos individuales y casi improvisados. La metódica elaboración de hronir (dice el Onceno Tomo) ha prestado servicios prodigiosos a los arqueólogos. Ha permitido interrogar y hasta modificar el pasado, que ahora no es menos plástico y menos dócil que el porvenir. Hecho curioso: los hronir de segundo y de tercer gradolos hronir derivados de otro hron, los hronirderivados del hron de un hronexageran las aberraciones del inicial; los de quinto son casi uniformes; los de noveno se confunden con los de segundo; en los de undécimo hay una pureza de lineas que los originales no tienen. El proceso es periódico: el hron de duodécimo grado ya empieza a decaer. Más extraño y más raro que todo hron es a veces el ur, Ia cosa producida por sugestión, el objeto producido por la esperanza. La gran máscara de oro que he mencionado es un ilustre ejemplo.
Las cosas se duplican en Tlon; propenden asimismo a borrarse y a perder los detalles cuando los olvida la gente. Es clásico el ejemplo de un umbral que perduró mientras lo visitaba un mendigo y que se perdió de vista a su muerte. A veces unos pájaros, un caballo, han salvado las ruinas de un anfiteatro.
Salto Oriental, 1940.
POSDATA DE 1947. Reproduzco el articulo anterior tal como apareció en la Antología de la literatura fantástica, 1940 sin otra escisión que algunas metáforas y que una especie de resumen burlón que ahora resulta frívolo. Han ocurrido tantas cosas desde esa fecha... Me limitaré a recordarlas.
En marzo de 1941 se descubrió
una carta manuscrita de Guanar Erflord en un libro de Hinton que
había sido de Herbert Ashe. El sobre teñía el sello postal de
Ouro Preto, la carta comentaba enteramente el misterio de Tlon.
Su texto corrobora las hipótesis de Martinez Estrada. A
principios del siglo xvII, en una noche de Lucema o de Londres,
empezó la espléndida historia. Una sociedad secreta y benévola
(que entre sus afiliados tuvo a Dalgamo y después a George
Berkeley) surgió para inventar un país. En el vago programa
inicial figuraban los "estudios herméticos", la
filantropía y la cábala. De esa primera época data el curioso
libro de Andrea. Al cabo de unos años de conciliábulos y de
síntesis prematuras comprendieron que una generación no bastaba
para articular un país. Resolvieron que cada uno de los maestros
que la integraban eligiera un discípulo para la continuación de
la obra. Esa disposición hereditaria prevaleció; después de un
hiato de dos siglos la perseguida fraternidad resurge en
América. Hacia 1824, en Memphis (Tennessee) uno de los afiliados
conversa con el ascético millonario Ezra Buckley. Éste lo deja
hablar con algún desdény se ríe de la modestia del
proyecto. Le dice que en América es absurdo inventar un país y
le propone la invención de un planeta. A esa gigantesca idea
añade otra, hija de su nihilismo: la de guardar en el silencio
la empresa enorme. Circulaban entonces los veinte tomos de la
Encyciopaedia Britannica; Buckley sugiere una enciclopedia
metódica del planeta ilusorio. Les dejará sus cordilleras
auríferas, sus ríos navegables, sus praderas holladas por el
toro y por el bisonte, sus negros, sus prostíbulos y sus
dólares, bajo una condición: "La obra no pactará con el
impostor Jesucristo. Buckley descree de Dios, pero quiere
demostrar al Dios no existente que los hombres mortales son
capaces de concebir un mundo. Buckley es envenenado en Baton
Rouge en 1828; en 1914 la sociedad remite a sus colaboradores,
que son trescientos, el volumen final de la Primera Enciclopedia
de Tlon. La edición es secreta: los cuarenta volúmenes que
comprende (la obra más vasta que han acometido los hombres)
serían la base de otra más minuciosa, redactada no ya en
inglés, sino en alguna de las lenguas de Tlon. Esa revisión de
un mundo ilusorio se llama provisoriamente Orbis Tertius y uno de
sus modestos demiurgos fue Herbert Ashe, no sé si como agente de
Gunnar Erfjord o como afiliado. Su recepción de un ejemplar del
Onceno Tomo parece favorecer lo segundo. Pero ¿y los otros?
Hacia 1942 arreciaron los hechos. Recuerdo con singular nitidez
uno de los primeros y me parece que algo sentí de su carácter
premonitorio. Ocurrió en un departamento de la calle Laprida,
frente a un claro y alto balcón que miraba el ocaso. La princesa
de Fancigny Lucinge había recibido de Poitiers su vajilla de
plata. Del vasto fondo de un cajón rubricado de sellos
internacionales iban saliendo finas cosas inmóviles: platería
de Utrecht y de París con dura fauna heráldica, un samovar.
Entre ellascon un perceptible y tenue temblor de pájaro
dormidolatía misteriosamente una brújula. La princesa no
la reconoció. La aguja azul anhelaba el norte magnético; la
caja de metal era cóncava; las letras de la esfera
correspondían a uno de los alfabetos de Tlon. Tal fue la primera
intrusión del mundo fantástico en el mundo real. Un
azar que me inquieta hizo que yo
también fuera testigo de la segunda. Ocurrió unos meses
después en la pulpería de un brasilero, en la Cuchilla Negra.
Amorim y yo regresábamos de Sant Anna. Una creciente del río
Tacuarembó nos obligó a probar (y a sobrellevar) esa
rudimentaria hospitalidad. El pulpero nos acomodó unos catres
crujientes en una pieza grande, entorpecida de barriles y cueros.
Nos acostamos, pero no nos dejó dormir hasta el alba la
borrachera de un vecino invisible, que alternaba denuestos
inextricables con rachas de milongas más bien con rachas
de una sola milonga. Como es de suponer, atribuimos a la fogosa
caña del patrón ese griterío insistente... A la madrugada, el
hombre estaba muerto en el corredor. La aspereza de
la voz nos había engañado: era
un muchacho joven. En el delirio se le habían caído del arador
unas cuantas monedas y un cono de metal reluciente, del diámetro
de un dado. En vano un chico trató de recoger ese cono. Un
hombre apenas acertó a levantarlo. Yo lo
tuve en la palma de la mano
algunos minutos: recuerdo que su peso era intolerable y que
después de dejar el cono, la opresión perduró. También
recuerdo el circulo preciso que me grabó en la carne. Esa
evidencia de un objeto muy chico y a la vez pesadísimo dejaba
una impresión desagradable de asco y de miedo. Un paisano
propuso que lo tiraran al río correntoso. Amorim lo adquirió
mediante unos pesos. Nadie sabía nada del muerto, salvo que
venía de la "frontera". Esos conos pequeños y muy
pesados (hechos de un metal que no es de este mundo) son imagen
de la divinidad, en ciertas religiones de Tlon.
Aquí doy término a la parte personal de mi narración. Lo demás está en la memoria (cuando no en la esperanza o en el temor) de todos mis lectores. Básteme recordar o mencionar los hechos subsiguientes, con una mera brevedad de palabras que el cóncavo recuerdo general enriquecerá o ampliará. Hacia 1944 un investigador del diario The American (de Nashville, Tennessee) exhumó en una biblioteca de Memphis los cuarenta volúmenes de la Primera Enciclopedia de Tlon. Hasta el día de hoy se discute si ese descubrimiento fue casual o si lo consintieron los directores del todavía nebuloso Orbis Tertius. Es verosímil lo segundo. Algunos rasgos increíbles del Onceno Tomo (verbigracia, la multiplicación de los hronir) han sido eliminados o atenuados en el ejemplar de Memphis; es razonable imaginar que esas tachaduras obedecen al plan de exhibir un mundo que no sea demasiado incompatible con el mundo real. La diseminación de objetos de Tlon en diversos países complementaría ese plan... El hecho es que la prensa internacional voceó infinitamente el "hallazgo". Manuales, antologías, resúmenes, versiones literales, reimpresiones autorizadas y reimpresiones piráticas de la Obra Mayor de los Hombres abarrotaron y siguen abarrotando la tierra. Casi inmediatamente, la realidad cedió en más de un punto. Lo cierto es que anhelaba ceder. Hace diez años bastaba cualquier simetría con apariencia de orden el materialismo dialéctico, el jansenismo, el nazismopara embelesar a los hombres. ¿Cómo no someterse a Tlon, a la minuciosa y vasta evidencia de un planeta ordenado? Inútil responder que la realidad también está ordenada. Quizá lo esté, pero de acuerdo a leyes divinas traduzco: a leyes inhumanas que no acabamos nunca de percibir. Tlon será un laberinto, pero es un laberinto urdido por hombres, un laberinto destinado a que lo descifren los hombres.
El contacto y el hábito de Tlon han desintegrado este mundo. Encantada por su rigor, la humanidad olvida y torna a olvidar que es un rigor de ajedrecistas, no de ángeles. Ya ha penetrado en las escuelas el (conjetural), «idioma primitivo" de Tlon; ya la enseñanza de su historia armoniosa (y llena de episodios conmovedores) ha obliterado a la que presidió mi niñez; ya en las memorias un pasado ficticio ocupa el sitio de otro, del que nada sabemos con certidumbre ni siquiera que es falso. Han sido reformadas la numismática, la farmacología y la arqueología. Entiendo que la biología y las matemáticas aguardan también su avatar... Una dispersa dinastía de solitarios ha cambiado la faz del mundo. Su tarea prosigue. Si nuestras previsiones no erran, de aquí a cien años alguien descubrirá los cien tomos de la Segunda Enciclopedia de Tlon.
Entonces desaparecerán del
planeta el inglés y el francés y el mero español. El mundo
será Tlon. Yo no hago caso, yo sigo revisando en los quietos
días del hotel de Adrogué una indecisa
traducción quevediana (que no
pienso dar a la imprenta) del Um Bunal de Browne.
(1) Haslam ha publicado también A General History of Labyrinths.
Nadie lo vio desembarcar en la
unánime noche, nadie vio la canoa de bambú sumiéndose en el
fango sagrado, pero a los pocos días nadie ignoraba que el
hombre taciturno venía del Sur y que su patria era una de las
infinitas aldeas que están aguas arriba, en el flanco
violento de la montaña, donde el idioma zend no está
contaminado de griego y donde es infrecuente la lepra. Lo cierto
es que el hombre gris besó el fango, repechó la ribera sin
apartar (probablemente, sin sentir) las cortaderas que le
dilaceraban las carnes y se arrastró, mareado y ensangrentado,
hasta el recinto circular que corona un tigre o caballo de
piedra, que tuvo alguna vez el color del fuego y ahora el
de la ceniza. Ese redondel es un templo que devoran los
incendios de antiguos, que la selva palúdica ha
profanado y cuyo dios no recibe honor de los hombres. El
forastero se tendió bajo el pedestal. Lo despertó
el sol alto. Comprobó sin asombro que las heridas habían
cicatrizado; cerró los ojos pálidos y durmió, no por flaqueza
de la carne sino por determinación de la voluntad. Sabía que
ese templo era el lugar que requería su invencible propósito;
sabía que los árboles incesantes no habían logrado
estrangular, río abajo, las ruinas de otro templo
propicio, también de dioses incendiados y muertos; sabía que su
inmediata obligación era el sueño. Hacia la medianoche lo
despertó el grito inconsolable de un pájaro. Rastros de pies
descalzos, unos higos y un cántaro le advirtieron que los
hombres de la región habían espiado con respeto su sueño y
solicitaban su amparo o temían su magia. Sintió el frío del
miedo y buscó en la muralla dilapidada un nicho sepulcral y se
tapó con hojas desconocidas.
El propósito que lo guiaba
no era imposible aunque sí sobrenatural. Quería soñar un
hombre: quería soñarlo con integridad minuciosa e imponerlo a
la realidad. Ese proyecto mágico había agotado el espacio
entero de su alma; si alguien le hubiera preguntado su propio
nombre o cualquier rasgo de su vida anterior, no habría acertado
a responder. Le convenía el templo inhabitado y
despedazado, porque era un mínimo de mundo visible; la cercanía
de los leñadores también, porque éstos se encargaban de
subvenir a sus necesidades frugales. El arroz y las frutas de su
tributo eran pábulo suficiente para su cuerpo, consagrado a la
única tarea de dormir y soñar.
Al principio, los sueños
eran caóticos; poco después, fueron de naturaleza dialéctica.
El forastero se soñaba en el centro de un anfiteatro circular
que era de algún modo el templo incendiado: nubes de alumnos
taciturnos fatigaban las gradas; las caras de los últimos
pendían a muchos siglos de distancia y a una altura
estelar, pero eran del todo precisas. El hombre les dictaba
lecciones de anatomía, cosmografía, de magia: los rostros
escuchaban con ansiedad y procuraban responder con entendimiento,
como si anduviera la importancia de aquel examen, que redimiría
a uno de ellos de su condición de vana apariencia y lo
interpolaría en el mundo real. El hombre, en el sueño y en la
vigilia, considera las respuestas de sus fantasmas, no se dejaba
embaucar por los impostores, adivinaba en ciertas
perplejidades una inteligencia creciente. Buscaba en un alma que
mereciera participar en el universo.
A las nueve o diez noches
comprendió con alguna amargura que nada podía esperar de
aquellos alumnos que aceptaban con pasividad su doctrina y que
sí de aquellos que arriesgaban, aveces, una contradicción
razonable. Los primeros, aunque dignos de amor y de buen afecto,
no podían ascender a individuos; los últimos preexistirían un
poco más. Una tarde (ahora también las tardes eran tributarias
del sueño, ahora no velaba sino un par de horas en el amanecer)
licenció para siempre el vasto colegio ilusorio y se
quedó con un solo alumno. Era un muchacho taciturno,
cetrino, díscolo a veces, de rasgos afilados que repetían
los de su soñador. No lo desconcertó por mucho tiempo la
brusca eliminación de los condiscípulos; su progreso, al cabo
de unas pocas lecciones particulares, pudo maravillar al maestro.
Sin embargo, la catástrofe sobrevino. El hombre, un día
emergió del sueño como de un desierto viscoso, miró la vana
luz de la tarde que al pronto confundió con la
aurora y comprendió que no había soñado. Toda esa noche
y todo el día, la intolerable lucidez del insomnio se
abatió contra él. Quiso explorar la selva,
extenuarse; apenas alcanzó entre la cicuta unas rachas de sueño
débil, veteadas fugazmente de visiones de tipo rudimental:
inservibles. Quiso congregar el colegio y apenas hubo articulado
unas breves palabras de exhortación, éste se deformó, se
borró. En la casi perpetua vigilia, lágrimas de ira le quemaban
los viejos ojos.
Comprendió que el
empeño de modelar la materia incoherente y vertiginosa de que se
componen los sueños es el más arduo que puede acometer un
varón, aunque penetre todos los enigmas del orden superior y del
inferior: mucho mas arduo que tejer una cuerda de arena o que
amonedar el viento sin cara. Comprendió que un fracaso inicial
era inevitable. Juró olvidar la enorme alucinación que lo
había desviado al principio y buscó otro método de
trabajo. Antes de ejercitarlo, dedicó un mes a la reposición de
las fuerzas que había malgastado el delirio.
Abandonó toda premeditación de soñar y casi acto
continuo logró dormir un trecho razonable del día. Las raras
veces que soñó durante ese período, no reparó en los sueños.
Para reanudar la tarea, esperó que el disco de la luna fuera
perfecto. Luego, en la tarde, se purificó en las
aguas del río, adoró los dioses planetarios,
pronunció las sílabas lícitas de un nombre poderoso y
durmió. Casi inmediatamente, soñó con un corazón que latía.
Lo soñó activo, caluroso,
secreto, del grandor de un puño cerrado, color granate en la
penumbra de un cuerpo humano aún sin cara ni sexo; con minucioso
amor lo soñó, durante catorce lúcidas noches. Cada noche, lo
percibía con mayor evidencia. No lo tocaba: se limitaba a
atestiguarlo, a observarlo, tal vez a corregirlo con la mirada.
Lo percibía, lo vivía, desde muchas distancias y muchos
ángulos. La noche catorcena rozó la arteria pulmonar con el
índice y luego todo el corazón, desde afuera y adentro.
El examen satisfizo. Deliberadamente no soñó durante una noche:
luego retomó el corazón, invocó el nombre de un planeta
y emprendió la visión de otro de los órganos principales.
Antes de un año llegó al esqueleto, a los párpados. El pelo
innumerable fue tal vez la tarea más difícil. Soñó un hombre
íntegro, un mancebo, pero éste no se incorporaba ni hablaba ni
podía abrir los ojos. Noche tras noche, el hombre lo soñaba
dormido.
En las cosmogonías
gnósticas, los demiurgos amasan un rojo Adán que no logra
ponerse de pie; tan inhábil y rudo y elemental como ese Adán de
polvo era el Adán de sueño que las noches del mago habían
fabricado. Una tarde, el hombre casi destruyó toda su obra, pero
se arrepintió. (Más le hubiera valido destruirla.) Agotados los
votos a los númenes de la tierra y del río, se arrojó a los
pies de la efigie que tal vez era un tigre y tal vez un potro, e
imploró su desconocido socorro. Ese crepúsculo, soñó
con la estatua. La soñó viva, trémula: no era un atroz
bastardo de tigre y potro, sino a la vez esas dos criaturas
vehementes y también un toro, una rosa, una tempestad. Ese
múltiple dios le reveló que su nombre terrenal era Fuego, que
en ese templo circular (y en otros iguales) le habían
rendido sacrificios y culto y que mágicamente animaría al
fantasma soñado, de suerte que todas las criaturas, excepto el
Fuego mismo y el soñador, lo pensaran un hombre de carne y
hueso. Le ordenó que una vez instruido en los ritos, abajo, para
que alguna voz lo glorificara en aquel edificio desierto.
En el sueño del hombre que soñaba, el soñado despertó.
El mago ejecutó esas
órdenes. Consagró un plazo (que finalmente abarcó dos años) a
descubrirle los arcanos del universo y del culto del fuego.
Íntimamente, le dolía apartarse de él. Con el pretexto de la
necesidad pedagógica, dilataba cada día las horas dedicadas al
sueño. También rehizo el hombre derecho, acaso
deficiente. A veces, lo inquietaba una impresión de que ya todo
eso había acontecido... En general, sus días eran felices; al
cerrar los ojos pensaba: Ahora estaré con mi hijo. O, más
raramente: El hijo que he engendrado me espera y no existirá si
no voy.
Gradualmente, lo fue
acostumbrando a la realidad. Una vez le ordenó que
embanderara una cumbre lejana. Al otro día, flameaba la bandera
en la cumbre. Ensayó otros experimentos análogos, cada
vez más audaces. Comprendió con cierta amargura que su hijo
estaba listo para nacer y tal vez impaciente. Esa noche lo
besó por primera vez y lo envió al otro templo cuyos despojos
blanqueaban río abajo, a muchas leguas de inextricable selva de
ciénaga. Antes (para que no supiera nunca que era un fantasma,
para que se creyera un hombre como los otros) le infundió
el olvido total de sus años de aprendizaje.
Su victoria y su paz
quedaron empañadas de hastío. En los crepúsculos de la tarde y
del alba, se prosternaba ante la figura de piedra, tal vez
imaginando que su hijo irreal ejecutaba idénticos ritos, en
otras ruinas circulares, agua abajo; de noche no soñaba, o
soñaba como lo hacen todos los hombres. Percibía con cierta
palidez los sonidos y formas del universo: el hijo ausente se
nutria de esas disminuciones de su alma. El propósito de
su vida estaba colmado; el hombre persistió en una suerte de
éxtasis. Al cabo de un tiempo que ciertos narradores de su
historia prefieren computar en años y otros en lustros, lo
despertaron dos remeros a medianoche: no pudo ver sus caras, pero
le hablaron de un hombre mágico en un templo del Norte, capaz de
hollar el fuego y no quemarse. El mago recordó bruscamente las
palabras del dios. Recordó que de todas las criaturas que
componen el orbe, el fuego era la única que sabía que su hijo
era un fantasma. Ese recuerdo, apaciguador al principio, acabó
por atormentarlo. Temió que su hijo meditara en ese privilegio
anormal y descubriera de algún modo su condición de mero
simulacro. No ser un hombre, ser la proyección del sueño de
otro hombre ¡qué humillación incomparable, que vértigo! A
todo padre le interesan los hijos que ha procreado ( que ha
permitido) en una mera confusión o felicidad; es natural
que el mago temiera el porvenir de aquel hijo, pensado entraña
por entraña y rasgo por rasgo, en mil y una noche secretas.
El término de sus
cavilaciones fue brusco, pero lo prometieron algunos signos.
Primero (al cabo de una larga sequía) una remota nube en un
cerro, liviana como un pájaro luego, hacia el Sur, el cielo que
tenía el color rosado de la encía de los leopardos; luego las
humareadas que herrumbraron el metal de las noches; después de
la fuga pánica de las bestias. Porque se repitió lo acontecido
hace muchos siglos. Las ruinas del santuario del dios del fuego
fueron destruidas por el fuego. En un alba sin pájaros el mago
vio cernirse contra los muros el incendio concéntrico. Por un
instante, pensó refugiarse en las aguas, pero luego
comprendió que la muerte venía a coronar su vejez y a
absolverlo de sus trabajos. Caminó contra los jirones de fuego.
Éstos no mordieron su carne, éstos lo acariciaron y lo
inundaron sin calor y sin combustión. Con alivio, con
humillación, con terror, comprendió que él también era una
apariencia, que otro estaba soñando.
Y Dios lo hizo morir durante
cien
años y luego lo animó y le
dijo:
¿Cuánto tiempo has
estado aqui?Un dia
o parte de un
diarespondió. ALCORAN, II, 261.
La noche del catorce de marzo de 1939, en un departamento de la Zeltnergasse de Praga, Jaromir Hladik, autor de la inconclusa tragedia Los enemigos, de una Vindicación de la eternidad y de un examen de las indirectas fuentes judías de Jakob Boehme, soñó con un largo ajedrez. No lo disputaban dos individuos sino dos familias ilustres; la partida había sido entablada hace muchos siglos; nadie era capaz de nombrar el olvidado premio, pero se murmuraba que era enorme y quizás infinito; las piezas y el tablero estaban en una torre secreta; Jaromir (en el sueño) era el primogénito de una de las familias hostiles; en los relojes resonaba la hora de la impostergable jugada; el soñador corría por las arena de un desierto lluvioso y no lograba recordar las figuras ni las leyes del ajedrez. En ese punto, se despertó. Cesaron los estruendos de la lluvia y de los terribles relojes. Un ruido acompasado y unánime, cortado por algunas voces de mando, subía de la Zeltnergasse. Era el amanecer; las blindadas vanguardias del Tercer Reich entraban en Praga.
E1 diecinueve, las autoridades recibieron una denuncia; el mismo diecinueve, al atardecer, Jaromir Hladik fue arrestado. Lo condujeron a un cuartel aséptico y blanco, en la ribera opuesta del Moldau. No pudo levantar uno solo de los cargos de la Gestapo: su apellido materno era Jaroslavski, su sangre era judía, su estudio sobre Boehme era judaizante, su firma dilataba el censo final de una protesta contra el Anschluss. En 1928, había traducido el Sepher Yezirahl para la editorial Hermann Barsdorf; el efusivo catálogo de esa casa había exagerado comercialmente el renombre del traductor; ese catálogo fue hojeado por Julius Rothe, uno de los jefes en cuyas manos estaba la suerte de Hladik. No hay hombre que, fuera de su especialidad, no sea crédulo; dos o tres adjetivos en letra gótica bastaron para que Julius Rothe admitiera la preeminencia de Hladik y dispusiera que lo condenaron a muerte, pour encourager les autres. Se fijó el dia veintinueve de marzo, a las nueve a.m. Esa demora (cuya importancia apreciará después el lector) se debía al deseo administrativo de obra impersonal y pausadamente, como los vegetales y los planetas.
El primer sentimiento de Hladik fue de mero terror. Pensó que no lo hubieran arredrado la horca, la decapitación o el degüello, pero que morir fusilado era intolerable. En vano se redijo que el acto puro y general de morir era lo temible, no las circunstancias concretes. No se cansaba de imaginar esas circunstancias: absurdamente procuraba agotar todas las variaciones. Anticipaba infinitamente el proceso, desde el insomne amanecer haste la misteriosa descarga. Antes del dia prefijado por Julius Rothe, murió centenares de muertes, en patios cuyas formas y cuyos ángulos fatigaban la geometria, ametrallado por soldados variables, en número cambiante, que a veces lo ultimaban desde lejos; otras, desde moy cerca. Afrontaba con verdadero temor (quizá con verdadero coraje) esas ejecuciones imaginarias; cada simulacro duraba unos pocos segundos; cerrado el círculo, Jaromir interminablemente volvia a las trémulas visperas de su muerte. Luego reflexionó que la realidad no suele coincidir con las previsiones; con lógica perverse infirió que prever un detalle circunstancial es impedir que éste suceda. Fiel a esa débil magia, inventaba, para que no sucedieran, rasgos atroces; naturalmente, acabó por temer que esos rasgos fueran proféticos. Miserable en la noche, procuraba afirmarse de algún modo en la sustancia fugitiva del tiempo. Sabia que éste se precipitaba hacia el alba del dia veintinueve; razonaba en voz alta: Ahora estoy en la noche del veintidós; mientras dure esta noche (y seis noches más) soy invulnerable, inmortal. Pensaba que las noches de sueño eran piletas hondas y oscuras en las que podia sumergirse. A veces anhelaba con impaciencia la definitiva descarga, que lo redimiria, mal o bien, de su vana tarea de imaginar. El veintiocho, cuando el último ocaso reverberaba en los altos barrotes, lo desvió de esas consideraciones abyectas la imagen de su drama Los enemigos.
Hladik había rebasado los cuarenta años. Fuera de algunas amistades y de muchas costumbres, el problemático ejercicio de la literatura constitrúa su vida; como todo escritor, media las virtudes de los otros por lo ejecutado por ellos y pedía que los otros lo midieran por lo que vislumbraba o planeaba. Todos los libros que había dado a la estampa le infundian un complejo arrepentimiento. En sus exámenes de la obra de Boehme, de Abenesra y de Fludd, había intervenido esencialmente la mera aplicación; en su traducción del Sepher Yezirah, la negligencia, la fatiga y la conjetura. Juzgaba menos deficiente, tal vez, la Vindirarión de la eternidad: el primer volumen historia las diversas eternidades que han ideado los hombres, desde el inmóvil Ser de Parménides hasta el pasado modificable de Hinton; el segundo niega (con Francis Bradley) que todos los hechos del universo integran una serie temporal. Arguye que no es infinita la cifra de las posibles experiencias del hombre y que basta una sola "repetición" para demostrar que el tiempo es una falacia.... Desdicha damente, no son menos falaces los argumentos que demuestran esa falacia; Hladik solia recorrerlos con cierta desdeñosa perplejidad. También había redactado una serie de poemas expresionistas; éstos, para confusión del poeta, figuraron en una antologia de 1924 y no hubo antologia posterior que no los heredara. De todo ese pasado equívoco y lánguido quería redimirse Hladík con el drama en verso Los enemigos. (Hladik preconizaba el verso, porque impide que los espectadores olviden la irrealidad, que es condición del arte. )
Este drama observaba las unidades de tiempo, de lugar y de acción; transcurría en Hradcany, en la biblioteca del barón de Roemerstadt, en una de las últimas tardes del siglo diecinueve. En la primera escena del primer acto, un desconocido visita a Roemerstadt. (Un reloj da las siete, una vehemencia de último sol exalta los cristales, el aire trae una apasionada y reconocible música húngara.) A esta visita siguen otras; Roemerstadt no conoce las personas que lo importunan, pero tiene la incómoda impresión de haberlos visto ya, tal vez en un sueño. Todos exageradamente lo halagan, pero es notorioprimero para los espectadores del drama, luego para el mismo barónque son enemigos secretos, conjurados para perderlo. Roemerstadt logra detener o burlar sus complejas intrigas; en el diálogo, aluden a su novia, Julia de Weidenau, y a un tal Jaroslav Kubin, que alguna vez la importunó con su amor. Este, ahora, se ha enloquecido y cree ser Roemerstadt.... Los peligros arrecian; Roemerstadt, al cabo del segundo acto, se ve en la obligación de matar a un conspirador. Empieza el tercer acto, el último. Crecen gradualmente las incoherencias: vuelven actores que paracían descartados ya de la trama; vuelve, por un instante, el hombre matado por Roemerstadt. Alguien hace notar que no ha atardecido: el reloj da las siete, en los altos cristales reverbera el sol occidental, el aire trae una apasionada música húngara. Aparace el primer interlocutor y repite las palabras que pronunció en la prirnera escena del primer acto. Roemerstadt le habla sin asombro; el espectador entiende que Roemerstadt es el miserable Jaroslav Kubin. E1 drama no ha ocurrido: es el delirio circular que interminablemente vive y revive Kubin.
Nunca se había preguntado Hladik si esa tragicomedia de errores era baladí o admirable, rigurosa o casual. En el argumento que he bosquejado intuia la invención más apta para disimular sus defe*os y para ejercitar sus felicidades, la posibilidad de rescatar (de manera simbólica) lo fundamental de su vida. Había terminado ya el primer acto y alguna escena del tercero; el caracter métrico de la obra le permitía examinarla continuamente, rectificando los hexámetros, sin el manuscrito a la vista. Pensó que aún le faltaban dos actos y que muy pronto iba a morir. Habló con Dios en la oscuridad: Si de algún modo existo, si no soy una de tus repeticiones y erratas, existo como autor de Los enemigos. Para llevar a término ese drama, que puede justficarme y justificarte, requiero un año más. Otórgame esos dias, Tú de quien son los siglos y el tiempo. Era la última noche, la más atroz, pero diez minutos después el sueño lo anegó como un agua oscura.
Hacia el alba, soñó que se había ocultado en una de las naves de la biblioteca del Clementinum. Un bibliotecario de gafas negras le preguntó: ¿Qué busca? Hladik le replicó: Busco a Dios. El bibliotecario le dijo: Dios está en una de las letras de una de las páginas de uno de los cuatrocientos mil tomos del Clementinum. Mis padres y los padres de mis padres han bascado esa letra; yo me he quedado ciego bascándola. Se quitó las gafas y Hladik vio los ojos, que estaban muertos. Un lector entró a devolver un atlas. Este atlas es inútil, dijo, y se lo dio a Hladik. Este lo abrió al azar. Vio un mapa de la India, vertiginoso. Bruscamente seguro, tocó una de las minimas letras. Una voz ubicua le dijo: El tiempo de tu labor ha sido otorgado. Aqui Hladik se despertó.
Recordó que los sueños de los hombres pertenecen a Dios y que Maimónides ha escrito que son divinas las palabras de un sueño, cuando son distintas y claras y no se puede ver quién las dijo. Se vistió; dos soldados entraron en la celda y le ordenaron que los siguiera.
Del otro lado de la puerta, Hladik había previsto un laberinto de galerias, escaleras y pabellones. La realidad fue menos rica: bajaron a un traspatio por una sola escalera de hierro. Varios soldados, algunos de uniforme desabrochadorevisaban una motocideta y la discutian. El sargento miró el reloj: eran las ocho y cuarenta y cuatro minutos. Había que esperar que dieran las nueve. Hladik, más insignificante que desdichado, se sentó en un montón de leña. Advirtió que los ojos de los soldados rehuían los suyos. Para aliviar la espera, el sargento le entregó un cigarrillo. Hladik no fumaba; lo aceptó por cortesia o por humildad. Al encenderlo, vio que le temblaban las manos. E1 dia se nubló; los soldados hablaban en voz baja como si él ya estoviera muerto. Vanamente, procuró recordar a la muier cuyo simbolo era Julia de Weidenau....
El piquete se formó, se cuadró. Hladik, de pie contra la parad del cuartel, esperó la descarga. Alguien temió que la pared quedara maculada de sangre; entonces le ordenaron al reo que avanzara unos pasos. Hladik, absurdamente, recordó las vacilaciones preliminares de los fotógrafos. Una pesada gota de lluvia rozó una de las sienes de Hladik y rodó lentamente por su mejilla; el sargento vociferó la orden final.
El universo físico se detuvo.
Las armas convergian sobre Hladik, pero los hombres que iban a matarlo estaban inmóviles. El brazo del sargento eternizaba un ademán inconcluso. En una baldosa del patio una abeja proyectaba una sombra fija. El viento había cesado, como en un cuadro. Hladik ensayó un grito, una silaba, la torsión de una mano. Comprendió que estaba paralizado. No le llegaba ni el más tenue rumor del impedido mundo. Pensó: estoy en el infierno, estoy muerto. Pensó: estoy loco. Pensó: el tiempo se ha detenido. Luego reflexionó que en tal caso, también se hubiera detenido su pensamiento. Quiso ponerlo a prueba: repitió (sin mover los labios) la misteriosa cuarta égloga de Virgilio. Imaginó que los ya remotos soldados compartían su angustia; anheló comunicarse con ellos. Le asombró no sentir ninguna fatiga, ni siquiera el vértigo de su larga inmovilidad. Durmió, al cabo de un plazo indeterminado. Al despertar, el mundo seguía inmóvil y sordo. En su mejilla perduraba la gota de agua; en el patio, la sombra de la abeja; el humo del cigarrillo que había tirado no acababa nunca de dispersarse. Otro "día" pasó, antes que Hladik entendiera.
Un año entero había solicitado de Dios para terminar su labor: un año le otorgaba su omnipotencia. Dios operaba para él un milagro secreto: lo mataría el plomo germánico, en la hora determinada, pero en su mente un año transcurriría entre la orden y la ejecución de la orden. De la perplejidad pasó al estupor, del estupor a la resignación, de la resignacion a la súbita gratitud.
No disponía de otro documento que la memoria; el aprendizaje de cada hexámetro que agregaba le impuso un afortunado rigor que no sospechan quienes aventuran y olvidan párrafos iterinos y vagos. No trabajó para la posteridad ni aun para Dios, de cuyas preferencias literarias poco sabía. Minuciosos, inmóvil, secreto, urdió en el tiempo su alto laberinto invisible. Rehizo el tercer acto dos veces. Borró algún símbolo demasiado evidente: las repetidas campanadas, la música. Ninguna circunstancia lo importunaba. Omitió, abrevió, amplificó; en algún cave, optó por la versión primitiva. Llegó a querer el patio, el cuartel; uno de los rostros que lo enfrentaban modificó su concepción del carácter de Roemerstaaft. Descubrió que las arduas cacofonías que alarmaron tanto a Flaubert son meras supersticiones visuales: debilidades y molestias de la palabra escrita, no de la palabra sonora.. . Dio término a su drama: no le faltaba ya resolver sino un solo epíteto. Lo encontró; la gota de agua resbaló en su mejilla. Inició un grito enloquecido, movió la cara, la cuádruple descarga lo derribó.
Jaromir Hladik murió el veintinueve de marzo, a las nueve y dos minutos de la mañana.
Ulrica
Hann tekr sverthit Gram ok
leggr i methal theira bert.
Völsunga Saga, 27
Mi relato será fiel a la
realidad o, en todo caso, a mi recuerdo personal de la realidad,
o cual es lo mismo. Los hechos ocurrieron hace muy poco, pero sé
que el hábito literario es asimismo el hábito de
intercalar rasgos circunstanciales y de acentuar los
énfasis. Quiero narrar mi encuentro con Ulrica (no
supe su apellido y tal vez no lo sabré nunca) en la ciudad de
York. La crónica abarcará una noche y una mañana.
Nada me costaría referir que la
vi por primera vez junto a las Cinco Hermanas de York, esos
vitrales puros de toda imagen que respetaron los iconoclastas de
Cromwell, pero el hecho es que nos conocimos en la salita
del Northern Inn, que está del otro lado de las murallas. Eramos
pocos y ella estaba de espaldas. Alguien le ofreció una copa y
rehusó.
-Soy feminista -dijo-. No quiero remedar a los hombres. Me desagradan su tabaco y su alcohol.
La frase quería ser ingeiosa y adiviné que no era la primera vez que la pronunciaba. Supe después que no era característica de ella, pero lo que decimos no siempre se parece a nosotros.
Refirió que había llegado tarde al museo, pero que la dejaron entrar cuando supieron que era noruega.
Uno de los presentes comentó:
-No es la primera vez
que los noruegos entran en York.
-Así es -dijo ella-.
Inglaterra fue nuestra y la perdimos, si alguien puede tener algo
o algo puede perderse.
Fue entonces cuando la miré. Una línea de William Blake habla de muchachas de suave plata o furioso oro, pero en Ulrica estaban el oro y la suavidad. Era ligera y alta, de rasgos afilados y de ojos grises. Menos que su rostro me impresióno su aire de tranquilo misterio. Sonreía fácilmente y la sonrisa parecía alejarla. Vestía de negro, lo cual es raro en tierras del Norte, que tratan de alegrar con colores lo apagado del ámbito. Hablaba un inglés nítido y preciso y acentuaba levemente las erres. No soy observador; esas cosas las descrubrí poco a poco.
Nos presentaron. Le dije que era profesor en la Universidad de los Andes en Bogotá. Aclaré que era colombiano.
Me preguntó de un modo
pensativo:
-¿Qué es ser colombiano?
-No sé -le respondí-. Es un acto
de fe.
-Como ser noruega -asintió.
Nada más puedo recordar de lo que se dijo esa noche. Al día siguiente bajé temprano al comedor. Por los cristales vi que había nevado; los páramos se perdían en la mañana. No había nadie más. Ulrica me invitó a su mesa. Me dijo que le gustaba salir a caminar sola.
Recordé una broma de
Schopenhauer y contesté:
-A mí también. Podemos
salir los dos.
Nos alejamos de la casa, sobre la nieve joven.
No había un alma en los campos. Le propusé que fuéramos a Thorgate, que queda río abajo, a unas millas. Sé que ya estaba enamorado de Ulrica; no hubiera deseado a mi lado ninguna otra persona.
Oí de pronto el lejano aullido de un lobo. No he oído nunca aullar a un lobo, pero sé que era un lobo. Ulrica no se inmutó.
Al rato dijo como si pensara en
voz alta:
-Las pocas y pobres espadas
que vi ayer en York Minster me han conmovido más que las
grandes naves del museo de Oslo.
Nuestros caminos se cruzaban.
Ulrica, esa tarde, proseguiría el viaje hacia Londres; yo, hacia
Edimburgo.
-En Oxford Street -me dijo-
repetiré los pasos de Quincey, que buscaba a
su Anna perdida entre las muchedumbres de Londres.
- De Quincey -respondí- dejó de buscarla.
Yo, a lo largo del tiempo, sigo buscándola.
-Tal vez -dijo en voz baja- la has encontrado.
Comprendí que una cosa inesperada no me estaba prohibida y le besé la boca y los ojos.
Me apartó con suave firmeza y
luego declaró:
-Seré tuya en la posada de
Thorgate. Te pido mientras tanto, que no me toques. Es mejor que
así sea.
Para un hombre célibe entrado en años, el ofrecido amor es un don que ya no se espera. El milagro tiene derecho a imponer condiciones. Pensé en mis mocedades de Popayán y en una muchacha de Tezas, clara y esbelta como Ulrica que me había negado su amor.
No incurrí en el error de preguntarle si me quería. Comprendí que no era el primero y que no sería el último. Esa aventura, acaso la postrera para mí, sería una de tantas para esa resplandeciente y resuelta discípula de Ibsen.
Tomados de la mano seguimos.
-Todo esto es como un sueño -dije- y yo nunca sueño.
-Como aquel rey -replicó Ulrica- que no soñó hasta que un hechicero lo hizo dormir en una pocilga.
Agregó después.
-Oye bien. Un pájaro está por
cantar.
Al poco rato oímos el canto.
-En estas tierras -dije-, piensan
que quien etá por morir prevé el futuro.
.Y yo estoy por morir -dijo ella.
La miré atónito.
-Cortemos por el bosque -la
urgí-. Arribaremos más pronto a Thorgate.
-El bosque es peligroso -replicó.
Seguimor pos lor páramos.
-Yo querría que este momento
durara siempre -murmuré.
-Siempre es una palabra que no
está permitida a los hombres -afirmó Ulrica y, para
aminorar el énfasis, me pidió que le repitiera mi nombre, que
no había oído bien.
-Javier Otálora -le dije.
Quiso repetirlo y no pudo. Yo fracasé, parejamente, con el nombre de Ulrikke.
-Te llamaré Sigurd -declaró
con una sonrisa.
.Si soy Sigurd -le repliqué- tu
serás Brynhild.
Había demorado el paso.
-¿Conoces la saga? -le
pregunté.
-Por supuesto -me dijo-. La
trágica historia que los alemanes echaron a perder con sus
tardíos Nibelungos.
No quise discutir y le
respondí:
-Brynhild, caminas como si
quisieras que entre los dos hubiera una espada en el lecho.
Estábamos de golpe ante la posada. No me sorprendió que se llamara, como la otra, el Northern Inn.
Desde lo alto de la escalinata,
Ulrica me gritó:
-¿Oíste el lobo? Ya no quedan
lobos en Inglaterra. Apresúrate.
Al subir al piso alto,
noté que las paredes estaban empapeladas a la manera de William
Morris, de un rojo muy profundo, con entrelazados frutos y
pájaros. Ulrica entró primero. El aposento oscuro era
bajo, con un techo a dos aguas. El esperado lecho se
duplicaba en un vago cristal y la bruñida caoba me
recordó el espejo de la Escritura. Ulrica ya se había
desvestido. Me llamó por mi verdadero nombre, Javier. Sentí que
la nieve arreciaba. Ya no quedaba muebles ni espejos. No
había una espada entre los dos. Como la arena se iba al tiempo.
Secular en la sombra fluyó el amor y poseí por
primera y última vez la imagen de Ulrica.
Episodio del enemigo
"Tantos
años huyendo y esperando y ahora el enemigo estaba en mi casa.
Desde la
ventana lo vi
subir penosamente por el áspero camino del cerro. Se ayudaba con
un bastón, con un torpe bastón que en sus viejas manos no
podía ser un arma sino un báculo. Me costó percibir lo que
esperaba: el débil golpe contra la puerta. Miré, no sin
nostalgia, mis manuscritos, el borrador a medio concluir y el
tratado de Artemidoro sobre los sueños, libro un tanto anómalo
ahí, ya que no se griego. Otro dia perdido, pensé. Tuve que
forcejear con la llave. Temí que el hombre se desplomara, pero
dio unos pasos inciertos, soltó el bastón, que no volví a ver,
y
cayó en mi
cama, rendido. Mi ansiedad lo había imaginado muchas veces, pero
sólo entonces noté que se parecía, de un modo casi fraternal,
al último retrato de Lincoln. Serían las cuatro de la tarde.
Me
incliné sobre él para que me oyera.
-Uno cree que
los años pasan para uno-le dije-, pero pasan también para los
demás. Aqui nos encontramos al fin y lo que antes ocurrió no
tiene sentido.
Mientras
yo hablaba, se había desabrochado el sobretodo. La mano derecha
estaba en el bolsillo del saco. Algo me señalaba y yo sentí que
era un revólver.
Me dijo
entonces con voz firme:
-Para entrar
en su casa, he recurrido a la compasión. Le tengo ahora a mi
merced y no soy misericordioso.
Ensayé
unas palabras. No soy un hombre fuerte y sólo las palabras
podían salvarme. Atiné a decir:
-En verdad que
hace tiempo maltraté a un niño, pero usted ya no es aquel niño
ni yo aquel insensato. Además, la venganza no es menos vanidosa
y ridícula que el perdón.
-Precisamente
porque ya no soy aquel niño-me replicó-tengo que matarlo. No se
trata de una venganza, sino de un acto de justicia. Sus
argumentos, Borges, son meras estratagemas de su terror para que
no lo mate. Usted ya no puede hacer nada.
-Puedo hacer
una cosa-le contesté.
-¿Cual?-Me
preguntó.
-Despertarme.
Y asi lo hice.
The unending gift
Un pintor
nos prometió un cuadro.
Ahora, en New
England, se que ha muerto. Sentí como otras veces, la tristeza y
la sorpresa de
comprender que somos como un sueño. Pensé en el hombre y en el
cuadro
perdidos.
(Sólo
los dioses pueden prometer, porque son inmortales).
Pensé
en el lugar prefijado que la tela no ocupará.
Pensé
después: si estuviera ahí, sería con el tiempo esa cosa
más, una cosa, una de las vanidades o hábitos de mi casa; ahora
es ilimitada, incesante, capaz de cualquier forma y cualquier
color y no atada a ninguno.
Existe
de algún modo. Vivirá y crecerá como una música, y estará
conmigo hasta el fin.
Gracias, Jorge
Larco.
(También los
hombres pueden prometer, porque en la promesa hay algo inmortal).
El amenazado
Es el amor, tendré que ocultarme o huir. Crecen los muros de su cárcel, como un sueño atroz.
La hermosa máscara ha cambiado, pero como siempre es la única ¿de qué me servirán mis talismanes; el ejercicio de las letras, la vaga erudición, el aprendizaje de las palabras que usó al áspero norte para cantar sus mares y sus espadas, la serena amistad, las galerías de la biblioteca, las cosas comunes, los hábitos, el joven amor de mi madre, la sombra militar de mis muertos, la noche intemporal, el sabor del sueño?.
Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo. Ya el cántaro se quiebra sobre la fuente, ya el hombre se levanta a la voz del ave, ya se han oscurecido los que me miran por las ventanas, pero la sombra no me ha traido la paz.
Es, ya lo sé, el amor; la ansiedad y el alivio de oír tu voz, la espera y la memoria, el horror de vivir en lo sucesivo. Es el amor con su mitología, con sus pequeñas magias inútiles.
Hay una
esquina por la que no me atrevo a pasar. Ya los ejércitos se
cercan, las hordas (esta habitación es irreal; ella no la ha
visto). El nombre de una mujer me delata. Me duele una mujer en
todo el cuerpo.
BORGES EN SUR
(La revista Sur nació en 1931 bajo la influencia cosmopolita de Victoria Ocampo. Desde entonces, y hasta 1980, Borges colaboró en ella en la forma de artículos, notas y traducciones. La siguiente es una breve selección de esos textos consagrados a la ficción y a los sueños e imágenes que engendra.)
Vindicación de Mark Twain
En el caso
particular de Mark Twain, un hecho es indiscutible. Mark Twain
sólo es imaginable en América. No sabemos, no podremos nunca
saber, lo que América le quitó. Sabemos que le dio Huckleberry
Finn y Roughing it y The innocents at home y Tom Sawyer y la
vasta ineptitud de la policía que no se fija en el migratorio
Elefante Blanco. Reduzcamos a uno todos sus libros y digamos con
brevedad: Mark Twain compuso Huckleberry Finn en colaboración
con el Mississippi, río americano y barroso. Deplorar esa divina
colaboración, hablar de frustraciones y represiones, es como
lamentar que la provincia de Buenos Aires falseó de tal manera
el genio de Hernández que éste redactó el Martin Fierro.
(Noviembre de 1935.)
La biblioteca total
Uno de los
hábitos de la mente es la invención de imaginaciones horribles.
Ha inventado el Infierno, ha inventado la predestinación al
Infierno, ha imaginado las ideas platónicas, la quimera, la
esfinge, los anormales números transfinitos (donde la parte no
es menos copiosa que el todo), las máscaras, los espejos, las
óperas, la teratológica Trinidad: el Padre, el Hijo y el
Espectro insoluble, articulados en un solo organismo... Yo he
procurado rescatar del olvido un horror subalterno: la vasta
Biblioteca contradictoria, cuyos desiertos verticales de libros
corren el incesante albur de cambiarse en otros y que todo lo
afirman, lo niegan y lo confunden como una divinidad que delira.
(Agosto de 1939.)
Ensayo de imparcialidad
Quienes
abominan de Hitler, suelen abominar también de Alemania. Yo he
admirado siempre a Alemania. Mi sangre y el amor de las letras me
acercan indisolublemente a Inglaterra; los años y los libros a
Francia; a Alemania, una pura inclinación. (Esa inclinación me
movió, hacia 1917, a emprender el estudio del alemán, sin otros
instrumentos que el Lyrisches Intermezzo de Heine y un lacónico
glosario alemán-inglés, a veces fidedigno). No soy, por cierto,
de esos germanistas falaces que recomiendan a Alemania lo eterno
para negarle toda participación en lo temporal. No estoy seguro
de que el hecho de haber producido a Leibniz y a Schopenhauer la
incapacite para todo ejercicio político. Nadie pretende que
Inglaterra debe elegir entre su Imperio y Shakespeare; nadie que
Descartes y Condé son incompatibles en Francia; yo ingenuamente
creo que una Alemania poderosa no hubiera entristecido a Novalis
ni hubiera sido repudiada por Hölderlin. Yo abomino,
precisamente, de Hitler porque no comparte mi fe en el pueblo
alemán; porque juzga que para desquitarse de 1918, no hay otra
pedagogía que la barbarie, ni mejor estímulo que los campos de
concentración. (Octubre de 1939.)
Alfonso Reyes
La vasta
biblioteca que Alfonso Reyes ha legado a su patria no es otra
cosa que un símbolo imperfecto y visible. No sé si recorrió
tantos volúmenes como Saintsbury o Menéndez y Pelayo, pero no
será inútil recordar una diferencia que escapa al cómputo de
páginas o de líneas. El campo visual de los referidos maestros
no excede, en cada caso particular, el área del sujeto que
trata; la memoria de Alfonso Reyes, en cambio, era virtualmente
infinita y le permitía el descubrimiento de secretas y remotas
afinidades, como si todo lo escuchado o leído estuviera
presente, en una suerte de mágica eternidad. Esto se advertía,
asimismo, en el diálogo. (Mayo-junio de 1960.)
El nacionalismo y Tagore
El nacionalismo tienta a los hombres no sólo con el oro y con el poder sino con la hermosa aventura, con la abnegada devoción y con la honrosa muerte. Tiene su calendario de verdugos pero también de mártires. Sufrir y atormentar se parecen, así como matar y morir. Quien está listo a ser un mártir puede ser también un verdugo y Torquemada no es otra cosa que el reverso de Cristo. (Mayo-junio de 1961.)
Variación
Doy gracias a la luna por ser la luna, a los peces por ser los peces, a la piedra imán por ser el imán.
Doy gracias por aquel Alonso Quijano que, a fuer de crédulo lector, logró ser don Quijote.
Doy gracias por la torre de Babel, que nos ha dado la diversidad de las lenguas.
Doy gracias por la vasta bondad que inunda como el aire la tierra y por la belleza que acecha.
Doy gracias por aquel viejo asesino, que en una habitación desmantelada de la calle Cabrera, me dio una naranja y me dijo: "No me gusta que la gente salga de mi casa con las manos vacías". Serían las doce de la noche y no nos vimos más.
Doy gracias por el mar, que nos ha deparado la Odisea.
Doy gracias por un árbol en Santa Fe y por un árbol en Wisconsin.
Doy gracias a De Quincey por haber sido, a despecho del opio o por virtud del opio, De Quincey.
Doy gracias por los labios que no he besado, por las ciudades que no he visto.
Doy gracias a las mujeres que me han dejado o que yo he dejado, lo mismo da.
Doy gracias por el sueño en el que me pierdo, como en aquel abismo en que los astros no conocían su camino.
Doy gracias por aquella señora anciana que, con la voz muy tenue, dijo a quienes rodeaban su agonía "Dejenmé morir tranquila" y después la mala palabra, que por única vez le oímos decir.
Doy gracias por las dos rectas espadas que Mansilla y Borges cambiaron, en la víspera de una de sus batallas.
Doy gracias por la muerte de mi conciencia y por la muerte de mi carne.
Sólo un
hombre a quien no le queda otra cosa que el universo pudo haber
escrito estas líneas. (Julio-agosto de 1970.)
Un film abrumador
Todos
sabemos que una fiesta, un palacio, una gran empresa, un almuerzo
de escritores o periodistas, un ambiente cordial de franca y
espontánea camaradería, son esencialmente horrorosos; Citizen
Kane es el primer film que los muestra con alguna conciencia de
esa verdad. La ejecución es digna, en general, del vasto
argumento. Hay fotografías de admirable profundidad,
fotografías cuyos últimos planos (como en las telas de los
prerrafaelitas) no son menos precisos y puntuales que los
primeros. Me atrevo a sospechar, sin embargo, que Citizen Kane
perdurará como "perduran" ciertos films de Griffith o
de Pudovkin, cuyo valor histórico nadie niega, pero que nadie se
resigna a rever. Adolece de gigantismo, de pedantería, de tedio.
No es inteligente, es genial: en el sentido más nocturno y más
alemán de esta mala palabra. (Agosto de 1941.)
El jardín de senderos que se bifurcan (fragmento)
(...)
Un laberinto de símbolos. Un invisible laberinto de tiempo. . . Ts'ui Pên diría una vez: Me retiro a escribir un libro. Y otra: Me retiro a construir un laberinto. Todos imaginaron dos obras; nadie pensó que libro y laberinto eran un solo objeto...
Me detuve, como es natural, en la frase: Dejo a los varios porvenires (no a todos) mi jardín de senderos que se bifurcan. Casi en el acto comprendí; el jardín de senderos que se bifurcan era la novela caótica; la frase varios porvenires (no a todos) me sugirió la imagen de la bifurcación en el tiempo, no en el espacio...
Creía en infinitas series de tiempos, en una red creciente y vertiginosa de tiempos divergentes, convergentes y paralelos. Esa trama de tiempos que se aproximan, se bifurcan, se cortan o que secularmente se ignoran, abarca todas las posibilidades.
(...)
De 7 noches
(...)
Yo diría que
tengo dos pesadillas que pueden llegar a confundirse. Tengo la
pesadilla del laberinto y esto se debe, en parte, a un grabado en
acero que vi en un libro francés cuando era chico. En ese
grabado estaban las siete maravillas del mundo y entre ellas el
laberinto de Creta... Yo creía (o creo ahora haber creído)
cuando era chico, que si tuviera una lupa lo suficientemente
fuerte podría ver, mirar por una de las grietas del grabado, al
Minotauro en el terrible centro del laberinto.
Mi otra
pesadilla es la del espejo. No son distintas, ya que bastan dos
espejos opuestos para construir un laberinto...
Siempre sueño
con laberintos o con espejos. En el sueño del espejo aparece
otra visión, otro terror de mis noches, que es la idea de las
máscaras. Siempre las máscaras me dieron miedo...
(...)
El inmortal (fragmento)
(...)
Yo había
cruzado un laberinto, pero la nítida Ciudad de los Inmortales me
atemorizó y repugnó. Un laberinto es una casa labrada para
confundir a los hombres; su arquitectura, pródiga en simetrías,
está subordinada a ese fin. En el palacio que imperfectamente
exploré, la arquitectura carecía de fin. Abundaban el corredor
sin salida, la alta ventana inalcanzable, la aparatosa puerta que
daba a una celda o a un pozo, las increíbles escaleras inversas,
con los peldaños y la balaustrada hacia abajo. Otras, adheridas
aéreamente al costado de un muro monumental, morían sin llegar
a ninguna parte, al cabo de dos o tres giros, en la tiniebla
superior de las cúpulas... Mientras perdure, nadie en el mundo
podrá ser valeroso o feliz. No quiero describirla; un caos de
palabras heterogéneas, un cuerpo de tigre o de toro, en el que
pulularan monstruosamente, conjugados y odiándose, dientes,
órganos y cabezas, pueden (tal vez) ser imágenes aproximativas.
(...)
Ese alto
caballero americano
cierra el
volumen de Montaigne
y sale en
busca de un goce
que no vale
menos
la tarde que
ya exalta el llano
hacia el hondo
poniente y su declive
hacia el
confin que ese poniente dora
camina por los
campos como ahora
por la memoria
de quien esto escribe
Piensa: lei
los libros esenciales
y otros
compuse
que el oscuro
olvido no ha de borrar
un dios me ha
concedido
todo lo que es
dado saber a los mortales
por todo el
continente anda mi nombre
no he vivido
quisiera ser
otro hombre.
A UN POETA SAJÓN
Tú cuya
carne, hoy dispersión y polvo,
Pesó como la
nuestra sobre la tierra,
Tú cuyos ojos
vieron el sol, esa famosa estrella,
Tú que
viniste no en el rígido ayer
Sino en el
incesante presente,
En el último
punto y ápice vertiginoso del tiempo,
Tú que en tu
monasterio fuiste llamado
Por la antigua
voz de la épica,
Tú que
tejiste las palabras,