| Los
bronchalenses, desde siempre, han profesado tal
devoción a san Roque que no solamente lo eligieron como
Patrón sino que le edificaron una sencilla ermita
a las afueras del pueblo, a donde van en procesión cada
16 de agosto para celebrar su fiesta.
San Roque es uno de esos santos
cuya vida está tan envuelta en la leyenda que es
imposible separar los hechos reales de la ficción. Una
cosa es cierta: su cuidado de los enfermos durante una
peste. Por eso se le tiene como abogado contra la peste
y las epidemias.
Pertenecía a una acaudalada
familia francesa de Montpellier. A la muerte de sus
padres entregó entregó su título y su hacienda a un
tío suyo y marchó a Italia. Al llegar a Roma, una
fuerte epidemia de peste asolaba la ciudad, por lo
que el santo se dedicó a llevar su consuelo a los
apestados, sanando a muchos de ellos. Estos mismo
ocurrió en otras muchas ciudades y hospitales.
Regresó a su patria,
Montpellier, cuando Francia estaba en guerra. Fue tomado
por espía y encarcelado durante cinco años. El 17 de
agosto de 1327 murió, a los 32 años de edad, pidiendo
a Dios que le concediera la facultad de curar a los
enfermos de epidemias que invocaran su intercesión.
La ermita de san
Antonio se halla dentro del casco urbano, detrás del
ayuntamiento, al final de la calle del Chorrillo. Ha
sido tradición, durante los años que abundaban los
animales, dar tres vueltas alrededor de la ermita del
santo el día de su fiesta implorando su bendición y la
prosperidad para el ganado. En los últimos años se ha
restaurado en parte esta tradición olvidada y los bronchalenses
acuden a la ermita de san Antonio como lo hicieron sus
antepasados.
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