RITOS
Y COSTUMBRES EN BRONCHALES
LA
SOPETA
Bronchales,
como cualquier pueblo orgulloso de su historia, recuerda y
revive fugazmente cada año, durante sus fiestas patronales,
ritos y costumbres que se iniciaron en tiempos remotos y que
sin estar escritas más que en el corazón de los
bronchalenses se conservan y repiten cada año, haciendo quizás
válido el dicho de que "un pueblo que olvida sus
historia está condenado a repetirla o a desaparecer".
Entre
los festejos y celebraciones de estos días de las Fiestas
Patronales llama la atención de propios y extraños una
costumbre secular: la
sopeta.
La
celebración matutina del santo Patrón da paso, recién
estrenada la tarde, al jolgorio juvenil bañado en generoso
vino tinto y regado con las animadas notas de la orquestina o
conjunto musical de turno. El pueblo queda convertido, por
obra y gracia del dios Baco, en una inmensa y variopinta
cantina popular en donde tiene cabida el buen humor, el
disfraz ocasional, el baile de la samba, la raspa,
el tractor amarillo, tírate de la moto, Paquito el chocolatero
o la jota y cualquier
habilidad circense de improvisados atletas o cantantes,
sacados del anonimato por la desinhibidora magia de unos
tragos de buen vino.
Por
una tarde, y sin que sirva de precedente, se olvidan viejas
rencillas, se derriban fronteras generacionales, se dejan de
lado diferencias políticas y se ahogan las penas en el dulce
tintorro; los frescos aires de la sierra dan paso a una cálida
convivencia entre vecinos de Bronchales y veraneantes; la
soledad de diez meses en estas alturas deja paso a la
bulliciosa algarabía de adultos, jóvenes y niños; la dulce
paz y el sosiego de calles y plazas se torna en animado canto
a la amistad, la tolerancia, la camaradería, la armonía y el
respeto. El vino, más que beberse, colorea vestidos y cuerpos
de los participantes en la ruidosa sopeta, cuyas manchas lucen
sobre sus blancas vestimentas como trofeos lúdicos de quien
ha luchado y vencido en singular batalla con el dios Baco.
Esta
es la Sopeta de hoy, evolucionada en los últimos años al
gusto de los jóvenes, que son los protagonistas mayoritarios
de este singular evento festivo.
Pero
la Sopeta, tal como la recuerdan y echan de menos los que
peinan canas o ni siquiera peinan ya nada porque no hay nada
que peinar, nació como un rito meditado y profundo en torno
al vino. El día de San Roque por la tarde, los habitantes de
Bronchales y los pocos veraneantes de entonces se agrupaban en
cuadrillas y, con parsimoniosa reverencia, se colocaban en
torno a un balde, barreño, pozal o cualquier recipiente lleno
de vino, obsequio del Ayuntamiento. Tan importante como el
vino era la torta que cada cual aportaba desde su casa para
completar el rito. Debidamente troceada, la torta era
sumergida en el preciado líquido que, convenientemente
endulzado, al son de la jota, el pasodoble y otros sones más
folclóricos y menos "bacaladeros" que los actuales,
se sacaba del balde, barreño o pozal y se comía en forma de
sopas, de ahí su nombre de "sopeta". Tan grande era
la reverencia y el aprecio de todos los presentes por el dulce
manjar de dioses que jamás nadie osó derramar ni una gota en
otro lugar de la plaza que no fuera entre pecho y espalda,
como suele decirse, de los contertulios: se comían las sopas
o se bebía el vino ceremoniosamente, sin derramarlo. No
faltaba en algún corro el jamón serrano, digno complemento a
este jubiloso ritual.
El
pueblo cantaba y bebía animadamente haciendo un alto entre la
siega y la trilla de una mies que esperaba impaciente en el
campo o en la era. Algún pequeño exceso daba siempre pie a
las situaciones más divertidas, mientras los niños miraban
atónitos el ir y venir de las jarras repletas de vino y el
suceder de cada gesto de los adultos, porque la Sopeta era sólo
cosa de hombres.
El
inicio de esta costumbre muy bien pudo arrancar de la fiesta
pagana de acción de gracias al dios Baco por el éxito en la
recolección de los frutos del campo, tal como se hacía ya
entre los romanos o entre los mismos griegos con su dios
Dionisos. Posteriormente, como ocurrió con otras muchas
costumbres paganas, se intentó sacralizar y adaptar a los
nuevos tiempos y situaciones religiosas y a las necesidades de
cada pueblo o cultura.
Bronchales,
que no ha sido ajeno a la influencia romana, como lo
demuestran sus yacimientos hoy tristemente casi desaparecidos
y expoliados en El Endrinal (siglo II), debió sumarse a esta
celebración incorporando a sus fiestas patronales tan lúdica
y colorista forma de acción de gracias y convivencia, como es
la Sopeta.
No
estaría de más recuperar el encanto de celebraciones
pasadas, el ritmo y el rito de las cuadrillas con su balde y
su torta, el corro ceremonioso en torno a Baco, la alegría
sin barreras pero respetuosa y el sano divertimento. La Sopeta
ha sido tradicionalmente signo del buen humor y de la actitud
acogedora de los bronchalenses: ¡Que no decaiga, que no se
desvirtúe, que no se pierda!
Víctor Jarque
Domingo