El caballo
puede reaccionar a nuestras indicaciones por haberse
habituado a ellas; podemos decir entonces que nos
comprende. Pero nuestras ayudas pueden llegar al animal
como palancas, poderosas en relación a su masa y fuerza.
Podemos
cambiar su balanceo natural mediante una palanca o
combinación de palancas que están a nuestra disposición.
Al enseñar
a un caballo a pararse mediante una ayuda de retención
debe adiestrárselo al paso, donde su impulso le origina
menos incomodidad, a riesgo de transformar una indicación
en una molestia para él.
Al
empezar, hay que simplificar todos los ejercicios.
Desde un
principio hay que tratar que el contacto con la boca del
caballo por medio de las riendas se mantenga o llegue a
ser nada más que un contacto y no un apoyo; que la
rienda no sea un objeto de cuyos extremos se intente
comprobar su resistencia.
El caballo
no debería nunca apoyarse sobre las riendas, sino sobre
sus cuatro extremidades solamente, ya sea, como al
principio, gravitando sobre los remos anteriores, más
tarde en forma pareja sobre los cuatro y en el caso más
avanzado sobre los posteriores.
Trabajando
bien la cabeza y el cuello nos aseguramos en forma
progresiva de un factor importante: la obtención de un
balanceo determinado en el resto del cuerpo del caballo.
EL
TRIANGULO RIENDA-CABEZA-CUELLO
El triángulo
que forman la rienda, la cabeza y el cuello definen la
resistencia física respecto a la disminución de la
velocidad como también de muchos de los movimientos del
caballo.
Mediante
este triángulo transformamos la impulsión en un
balanceo que nos brinda el máximo de las posibilidades
del caballo.
Lo que
facilita esto es la cesión elástica angular entre la
cabeza y el cuello y. la posición más o menos
horizontal de la base del triángulo, la rienda.
En un
extremo de la rienda está la mano del jinete que siente
y controla ante todo la impulsión del caballo, como
también su dirección. En el otro extremo está la boca
del caballo a través de la cual se manifiesta la mayor
parte de su concordancia mental y física con el jinete.
El ángulo
cabeza-cuello, o sea, LA NUCA, debe ser elástico y
conservar siempre su flexibilidad, tanto vertical como
lateral. Solamente en este estado puede el caballo
efectuar físicamente lo que le concede su docilidad para
con el instructor.
El jinete
percibe con sus manos el ritmo de los movimientos del
caballo, convenientes o no, los que cambiará, mantendrá
o corregirá, con sus brazos más o menos elásticos y de
acuerdo a las circunstancias. Para esto necesitamos
potenciar la flexibilidad e independencia de nuestro
asiento.
Estando
sentados, nuestro punto de apoyo son los dos huesos de
nuestro asiento.
Cuando
podamos mantener vertical la columna vertebral, al
retener el caballo en cualquier momento del ejercicio,
flexionando solo las muñecas y haciendo entrar en función
suficiente la palanca que puede ejercer el freno,
habremos llegado entonces a la graduación perfecta de
las ayudas.
Cuando la
tensión hacia delante por parte del caballo es mínima y
el contacto con las manos del jinete es pasivo, existe
armonía con su movimiento rítmico.
Todo esto
requiere un trabajo diario paciente, donde las exigencias
no excedan las presentes posibilidades físicas del
animal. Varían de acuerdo a la conformación y al
temperamento.