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EL CALLEJÓN DEL MUERTO
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De la primera calle de Morelos arranca en sentido diagonal y en dirección a la última de Matamoros, un tortuoso y angosto callejón, solitario y tétrico, que hace tiempo fue teatro de un misterioso asesinato y a la vez de un espeluznante sucedido registrado momentos después de cometido aquél, lo que motivó a que se le hubiese conocido, desde entonces, con el nombre del callejón del muerto.

Fue en aquel tiempo en que la ciudad se alumbraba con faroles de aceite, pendientes de ménsulas de hierro empotradas en las esquinas, cuya luz mortecina y difusa apenas se alcanzaba a alumbrar un escaso radio y los cuales se encargaban de encender los llamados ;serenos; que, envueltos en amplias capas y provistos de una escalera y una alcuza, comenzaban su tarea por las calles de la ciudad un poco antes de cerrar la noche.

Uno de estos ;serenos; fue quien resulto víctima de aquel crimen, cierta noche en el solitario callejón del muerto, y a un tiempo como protagonista después de asesinado, del espeluznante sucedido cuyo relato corrió de boca en boca durante muchos años.

Aquella noche, profundamente obscura se cernía sobre el silencioso reposo de la ciudad, como una amenaza, la negra mole de un cielo encapotado. Flotaba en el ambiente una atmósfera pesada y densa. Y rompían de vez en cuando callada quietud nocturna, los pasos acompasados de los ;serenos; que hacían la ronda, arrancando secas resonancias al embaldosado de las banquetas.

Al sonar la última campanada de las doce en el viejo reloj de la catedral, se dejo oír, percutiendo en el silencioso recogimiento de la noche, el grito alerta de un;sereno:

-Las doce y nubladooooo...

Y como escalonadas, a cortos intervalos, sobre el filo de la media noche fueron rodando las voces lejanas y apagadas de los demás ;serenos; que anunciaban, según costumbre la hora y el tiempo a los vecinos de la ciudad, entregados al sueño.

De repente, rasgando las impalpables entrañas del silencio, de aquel solitario callejón partió un ;¡Ay!;...agudo, prolongado; un penetrante grito de agonía al que respondió el siniestro aullido de los perros de los contornos; aullido doloroso y lúgubre que delataba el paso sigiloso de la muerte...después, el silencio volvió a cubrir, como invisible mortaja las densas sombras de la noche...

Por el sinuoso callejón del 2 de abril descendía a paso apresurado la silueta de un hombre que hacía bailotear en su diestra un farol de mano. Era como una sombra que se movía y avanzaba velozmente, como si tuviese alas en los pies; parecía no andar, sino deslizarse sobre el suelo, silenciosamente sin el más leve rumor que delatara sus pisadas. Al llegar a las antiguas calles del Marquesado, o sean las actuales división de oriente, torció hacia la derecha, en dirección al templo de dicho barrio, y a poco estremecía la puerta del cuarto con recios e insistentes aldabonazos que urgían imperiosamente la presencia del párroco. Después de un rato de estar llamando fuerte y reiteradamente el cura apareció en el umbral.

-¡Vamos, hijo! . . ¿Qué pasa?. . .¡Qué te sucede!. . .

-Disimule su merced lo intempestivo de la hora, pero en uno de los callejones de atrás de la Soledad, ha sido apuñaleado un hombre y necesita confesión.

- ¡Cómo!. . .¿Y no se te ocurrió recurrir al auxilio del cura de la Soledad o el de San José?

- No, padre. El moribundo quiere que sea su merced quien lo oiga en confesión...

Por el semblante del sacerdote cruzó una sombra de contrariedad. Pero condescendió.

-Bien, hijo; sus motivos tendrá. Aunque el tramo es largo y la noche es obscura como boca de lobo, vamos. Alumbra y guía.

A la mitad del callejón, tendido boca arriba, yacía el ;sereno;, moribundo, mostrando tremenda puñalada en mitad del pecho. Era una puñalada de mano maestra, que había hundido hasta el puño la sólida y penetrante hoja. El hombre del farol lo señalo al cura:

-Ahí está, padre.

-Bueno. Toma el farol que no lo necesito, y retírate a cierta distancia mientras lo confieso.

Retirádose que hubo su acompañante, el cura se inclinó sobre el moribundo y empezó a confesarlo. Fue una confesión larga y penosa, interrumpida a cada rato por los espasmos de la agonía. Más la necesidad de descargar su conciencia hacía sobreponerse al moribundo que, al fin, pudo terminar su confesión. Después de que lo hubo absuelto el cura se dirigió donde su acompañante debía aguardarlo, hallando tan sólo la linterna. Dio voces repetidamente, llamándolo, pero nadie respondió. Intrigado por esta circunstancia y picado por la curiosidad de conocer quien era aquel al que había confesado en tan extrañas condiciones, tomó el farol y volvió sobre sus pasos para examinar al difunto. Y entonces fue cuando al levantar el extremo de la capa con que le había cubierto el rostro se hizo cargo del porqué su acompañante ya no lo aguardaba. . . ¡aquél desconocido que ahora yacía cadáver, a la mitad del solitario callejón, era el mismo que había ido a llamar a la puerta del curato!. . . ¡El mismo que lo había conducido ante su propio cuerpo moribundo!. . . ¡Luego había confesado a un muerto y el propio muerto lo había guiado!. . .

Sobrecogido de terror con los cabellos erizados y a tientas y como pudo porque no quiso volver a tocar la linterna que había ocupado el muerto regreso a el curato. Y muchos días después presa de una violenta fiebre aquel buen cura a quien no se sabe que oculto y misterioso designio había escogido en tan terrible lance, se debatió entre la vida y la muerte. No murió. Pero, con esta consecuencia de aquella espeluznante aventura conservo por el resto de sus días una completa sordera en el oído con el que escuchó la confesión del muerto.


El hecho en sí, fuera de las circunstancias de tiempo y lugar es rigurosamente auténtico y sucedió al extinto padre José Montes, párroco del Marquesado.
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