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Los Granaderos (Heine) |
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A Francia, dos granaderos allá en Rusia prisioneros, vuelven ya: ¡suerte feliz! Al llegar una mañana a la frontera alemana doblan ambos la cerviz.
Nueva oyeron lastimera: está ya la Francia entera en poder del invasor; deshecho y roto el altivo Gran Ejército; ¡Cautivo! ¡Cautivo el Emperador!
Escuchan, mudos de espanto, la nueva fatal: el llanto baña su curtida tez: y con ansias reprimidas uno dice: "mis heridas se abren todas otra vez".
Dice el otro: ¡"Acabó todo! ¡Morir! fuera el mejor modo de dar término a este afán. -"¿la mujer?...¿ Y que me importa? ¿Los hijos?... El alma absorta llora desdicha mayor. ¿Pan les falta?...¡Por Dios vivo! ¡Que lo mendiguen! ¡Cautivo! ¡Cautivo el Emperador!
"Una súplica sagrada he de hacerte, ¡oh, camarada! ¡Compadécete de mí! Para abrir mi humilde huesa, llévame a tierra francesa, dormiré mejor allí.
"Esta cruz resplandeciente, de roja cinta pendiente, ponla sobre el corazón; en su sitio, al diestro lado, el fusil bien colocado; la espada en el cinturón.
"Así, a punto, y siempre en vela, estaré cual centinela fijo siempre en su lugar; hasta que oiga en feliz día rechinar la artillería y los caballos trotar.
"Y el Emperador, al frente de su ejército impaciente cabalgará, y al clamor, armado saldré de la tierra, y otra vez iré a la guerra, detrás del Emperador".
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