SOMBRAS DE LA GLORIA

Durante las guerras del Imperio, mientras los maridos y los hermanos se encontraban en Alemania, las madres, intranquilas, habían dado al mundo una generación ardiente, pálida, nerviosa. Concebidos entre dos batallas, educados en colegios a los que incesantemente llegaba el bélico redoble de los tambores, millares de niños se contemplaban unos a otros con mirada sombría, mientras se les obligaba a desarrollar en ejercicios adecuados su tierna musculatura. De vez en cuando aparecían sus padres vistiendo ensangrentados uniformes, los levantaban en sus brazos, los estrechaban contra el pecho cubierto de relucientes bordados y  se alejaban de nuevo en sus caballos.

    Un solo hombre vivía por entonces en Europa:    los demás seres henchían sus pulmones con el aire que él había respirado. Cada año Francia regalaba a aquel hombre trescientos mil jóvenes: era el impuesto pagado al César, que, sin aquel rebaño a sus espaldas, no podía correr tras la fortuna; era la escolta necesaria para cruzar por el mundo, e ir a caer bajo un sauce en el estrecho y escondido valle de una isla desierta.

    Nunca hubo tantas noches sin sueño como entonces, ni se han visto transitar por las calles en sombría actitud tantas madres desoladas; jamás se hizo un silencio tan profundo en torno de los que pronunciaban la palabra muerte. Y, sin embargo, nunca ha habido tantas alegría, tanta vida, tanta fantasía guerrera en todos los corazones, ni han brillado soles más esplendorosos que los que secaron toda aquella sangre derramada. Decíase que los hacía Dios para este hombre, y se les llamaba los soles de Austerlitz; pero también él los sabía hacer con sus cañones siempre tronando, y cuya intranquila humareda no podía condensarse en nubes hasta después de terminada una batalla.

La atmósfera de este cielo sin mancha, en la que resplandecía tanta gloria, en la que rutilaba tanto acero, era la que respiraba la juventud de aquella época. No ignoraba que estaba destinada a las hecatombes; pero creía invulnerable a Murat, u se había visto al Emperador cruzar un puente sobre el que granizaban tantas balas, que se llegó a dudar de que fuese mortal. Pero, aunque lo fuese, ¿qué importaba ésto? ¡La misma suerte magnífica con un humeante púrpura!... ¡Era tan parecida a la esperanza!... Su guadaña segaba tantas espigas en sazón, que, al parecer, se había rejuvenecido: no se creía en la vejez. Todas las cunas de Francia, así como todos los ataúdes, eran el pavés del guerrero; verdaderamente los viejos no existían: no había más que cadáveres o semidioses...

...Entonce, sobre un mundo en ruinas, sentóse una juventud llena de preocupaciones. Todos aquellos adolescentes eran gotas de una sangre que había inundado la tierra. Habían nacido en el seno de la guerra y para la guerra. Habían soñado durante quince años con las nieves de Moscú y con el sol de las Pirámides. No habían salido de sus pueblos, pero se les había dicho que por cada puerta de ellos se iba a una capital de Europa. Tenían en su imaginación todo un mundo... contemplaban la tierra, el cielo, las calles y los caminos... Todo lo encontraban vacío; sólo se escuchaba, a lo lejos, la religiosa voz de las campanas.

 

                                                                A de Musset. La confesión de un hijo del siglo

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