A
comiezos del siglo, Francia era un magnífico espectáculo para las naciones.
Un hombre la llenaba entonces y la hacía tan grande que Francia llenaba toda
Europa. Este hombre, salido de la sombra,
hijo de un pobre hidalgo, producto de
dos repúblicas: por su familia, de la República de Florencia; por sí mismo,
de la República Francesa, había llegado en pocos años a la realeza más alta
que quizá nunca ha asombrado a la historia. Era príncipe por el genio,
por el destino y por las acciones. Todo en él indicaba al propietario
legítimo de un poder providencial. Tenía para ello las tres condiciones
supremas: la ascensión, la aclamación y la consagración suprema: una
revolución le había alumbrado, un pueblo le había escogido, un Papa le había
coronado.

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