LA MAÑANA DE WATERLOO

Ninguna batalla en la historia ha sido más veces representada por artistas y literatos que Waterloo. Aquel combate en que se decidió la continuidad del Imperio Napoleónico y el destino de Europa no fué, sin embargo la más dura ni la más sangrienta ni la más brillante de las más de sesenta grandes batallas dirigidas por Napoleón. Fue simple y contundentemente,  la última batalla. Una serie de desaciertos estratégicos –fundamentalmente relacionados con  un mal conocimiento de las posiciones prusianas- condujo al desastre al Emperador. Sobre aquel combate inmortal, son clásicos los tópicos y las reflexiones efectuadas, innumerables. Descrito magistralmente por Stendhal en “La Cartuja de Parma”, por Victor Hugo en “Los Miserables”, por Lamartine en “Historia de la Restauración”, por Thiers en “Historia del Consulado y del Imperio”,etc.etc. la lista de descripciones de aquellas horas decisorias es interminable. Ni que decir tiene que por parte inglesa la aleatoria victoria de Wellington se vió magnificada  e idealizados al extremo todos los aspectos de aquella batalla, al tiempo que las crueles caricaturas británicas sobre el emperador hacían todo lo posible por menguar su indiscutible talento personal y su irrepetido esplendor.  Hoy sabemos ciertamente que la verdadera derrota de Napoleón se produjo 3 años atrás, en las nevadas estepas rusas, en aquellos terribles noviembre y diciembre de 1812. Allí se perdió el Gran Ejército, allí se produjo el eclipse definitivo de la Gloria Imperial. Los episodios posteriores, desde la Batalla de las Naciones y la primera campaña de Francia, hasta las suaves colinas de Waterloo,  fueron sólo los estertores de un poder mortalmente debilitado y que sólo debieron su pervivencia a la tenacidad de un hombre y al tesón del pueblo que le secundaba.

 

De Waterloo todos los aspectos –aún los más irrelevantes- son sobradamente conocidos. Las célebres cargas de los coraceros de Milhaud contra los rojos cuadros de infantería británica, el suicida sacrificio de la caballería francesa dirigida tan heroica como ciegamente por Ney, la célebre imprecación de Cambronne, seguida por el lacónico y espartano: “ la guardia muere, pero no se rinde…” son tan clásicos en la historia militar, como en la pintura, la literatura e incluso, modernamente, el cine.

Aún nos estremecemos al recordar a Grouchy, mariscal de Francia, que en obediencia de las órdenes recibidas inicialmente, no interviene en la batalla, aunque escucha los tristes y lejanos cañonazos procedentes de la misma, evitando así una casi segura nueva victoria del Emperador… 

Ilustramos ésta página con reproducciones pictóricas que reflejan escenas correspondientes a las horas que procedieron a la batalla. Este motivo ha sido tratado, como puede verse, en numerosas ocasiones. Bajo una lluvia persistente, en ambos bandos, la espera del inminente combate fue tensa, como si su posterior trascendencia fuese de alguna manera presentida por los contendientes. Amparándose de la tormenta en sus capotes o bajo mantas, sentados sobre los mojados campos de hierba y heno, sobre los embarrados bordes del camino, sin encender apenas hogueras para no ser localizados en sus posiciones, hasta los relinchos y  de las cabalgaduras y el rodar de las cureñas de artillería o de los simples carros trataban de ser silenciados por ambos contendientes. Siguiendo la costumbre del ejército británico, sus hombres recibieron la preceptiva ración de ginebra que precedía a los combates, en tanto los franceses consumían coñac y aguardiente en una breve distribución, en que no faltó, como en la víspera del Moscova, el arroz de las grandes ocasiones. Pobres héroes, azotados por la lluvia en tan  bello paisaje, en las horas cruciales del devenir de la historia. Cuando un poco de azúcar era un tesoro, un lugar de asiento en un torpe carro de madera la salvación de la vida, el  raído uniforme más importante que el cuerpo  y los destinos de los pueblos se salvaban y se perdían en una ruleta de ráfagas de plomo o de viento en el devenir impuesto por encrucijadas como aquélla. Pero aún, transcurridos casi dos siglos, la lluvia, el frío metálico de los fusiles en las manos, el lamento de los cañones, el dolor de la Vieja Guardia acuchillada y fusilada, el espanto que siguió a la derrota  en aquellos caminos embarrados  atestados de heridos y enloquecidos valientes, hablan a los corazones del día en que se puso para siempre, el sol de Austerlitz.

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