Famosas Desnudas
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Tenía los ojos tan tristes que cuando miraba herían. Sangraba por dentro
y hacia dentro ya estaba marchita. No fue difícil averiguar el motivo de
su profundo desasosiego, aunque necesite más tiempo para encontrarle
sentido a los momentos previos al desenlace. Como toda historia entre mujeres comenzó con palabras. Era miércoles. Once de la noche. Sonó el teléfono. Atendí y
cortaron. Tres horas, veinte minutos después, me despertó una voz opaca y
temerosa. Necesito hablar - . De mi parte, silencio. Por favor - . Al tono trémulo de su voz le agregó un agudo
desahuciado. ¿Quién es?- . Creo que me dormí con el tubo en la mano. Soy Mara Equivocado. No, por favor. Espera un segundo, no me cortes - rogó. -Soy amiga de
Dolores, ella me habló de vos-. Miré el reloj. -Son las dos y veinte de la madrugada- dije. -¿Podés
llamar mañana por favor?- agregué molesta. No tengo tiempo - respondió. Finalmente logró despertarme. Madamme
abrió los ojos y maulló. Tenés una gata... - Instintivamente miré por la ventana. - ¿Cómo
sabes que tengo una gata? - ¿Quién sos?-. Había logrado asustarme. La escuche maullar... Aquella madrugada, terminó su eterno monólogo y cuando escuchó mi
llanto, cortó. -Mierda... los suicidas son una mierda - pensé. Una tristeza, ajena e
infinita, me desveló. Sus palabras retumbaban insistentemente y en cada
vez, revelaban un nuevo entramado. Me habló de amores imposibles, de la mediocridad y del consecuente egoísmo,
del abismo inconmensurable al que sentía caer inevitablemente después de
cada intento fallido. Fracaso. Esa era la palabra a la que recurría una y
otra vez para justificar su decisión. "Porque la decisión esta
tomada", decía. Iba a ser de tarde, pasados los veinte minutos después
de las siete. Durante ese "homenaje diario a la melancolía" -
en palabras de ella- y que yo compartía. No intenté convencerla de la belleza por la cual vale el esfuerzo, porque más allá del tono trágico de su confesión, sabía que no exageraba. No existe la exageración cuando la voz nace en el vacío, y la precisión de las imágenes que usaba para ilustrar su dolor, me obligaban a no subestimar lo que sentía. Intenté comprenderla. Quizás por eso fue que no me costó identificar la incoherencia de
este llamado. Porque, querida lectora, quisiera despejar dudas. Yo no soy
psicóloga, ni brindo algún tipo de "ayuda espiritual". Una
simple fotógrafa. Eso soy. Mejor dicho, por eso me conocen. Una simple
fotógrafa que en sus momentos libres escribe relatos eróticos sin
pretensión de literatura. Aunque por esto no me conocen tantos. Por este
motivo me era difícil dilucidar por qué esta niña recurría a mi, una
desconocida, en un momento tan íntimo como es el último instante.
Finalmente opté por preguntarle. Primer error. Lo único que logré fue
apurar el llanto desconsolado que se resistía en su garganta. Lloraba
como nunca escuche llorar. Sobándose las lagrimas, a gemidos que confundían.
Lloraba sin tapujos, sin pudor, de un modo que inevitablemente me contagió.
Y una segunda equivocación. Rompí en llanto. - ¡Mara! - había cortado. Bronca e inmediatamente después, el terror de que cambiase las siete
de la tarde por las cuatro de la madrugada. Gracias al identificador de
llamadas pude actuar con rapidez. Atendió luego de unos segundos que
desafiaron mi percepción del tiempo. Voy para allá - dije. - Decime dónde vivis - No quiero, no vengas - respondió. ¡¡¿No quiero?!!, me llamás a las dos de la madrugada, no tengo idea
quién sos, me largas todo tu bajón y ahora no querés verme!!??? -.
Estaba perdiendo el control. Bastante había pasado de las seis y todavía no había llegado. Nunca
me imagine que tardaría tanto. Preparé café que inevitablemente se
enfriaría y me recosté en el sofá del living. Madamme fue la única en
conciliar el sueño y al despertarla buscando compañía se desperezó,
indiferente, haciendo honor a su nombre. A las siete tocaron el timbre. Abrí la puerta sin preguntar. Quizás
la mujer más hermosa que haya tenido frente a mi. Quizás no: seguro.
Perdería brillo y ganaría tibieza desnuda en mi sofá. Deslumbrada,
parecía que había perdido el habla. Fue ella, consciente de mi
desconcierto, la que tomó las riendas de la situación. - ¿Hacemos café? - me dijo. - Hay hecho, pero se enfrió, lo caliento
- . Casi en automático, fui a la cocina, encendí el fuego, y minutos
después cargué el termo. Me siguió en todo momento. Me miraba, observándome.
Sus movimientos eran torpes, absurdos, desafinados. Sus gestos no llevaban
su rostro, ni en su cuerpo se podía entrever algo de la tristeza que había
expresado sentir horas antes. Por un momento pense que estaba loca. En
breve dejaría de pensar. Mientras servia el café, ella se agachó para
levantar algo del suelo, dejando allí, sin preocupación, sus tetas
frente a mis ojos. Me sorprendió su descuido pero poco después entendí,
que aunque en segundo lugar, por ese motivo había venido.
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