Derecho laboral.

Ciencias

Origen del cosmos.

Una respuesta teológica adecuada.

Comentario

Domingo 30 del tiempo ordinario, octubre de 2000

           

            Sólo el que aprecia la vida es capaz de reintentar el amor al vivir cada instante. Al posponer la felicidad para más adelante nos volvemos ansiosos y desvalorizamos lo pequeño. La felicidad la podemos alcanzar con las pequeñas cosas, de a escalones, como al subir una escalera subimos de a un escalón.

            Desplegando las alas del alma, que son las alas de la fe en Dios, puedo levantarme de las sombras de la vida como una lámpara de luz que , siendo frágil en su filamento, es capaz de iluminar y de sacarnos de las tinieblas, de las sombras.

            Ese encuentro que vale por ser un encuentro, a favor del otro, es cuando me hago un ser con el  otro.

            Con las alas del alma desplegadas no se puede ser neutral; no es ajena la injusticia. Al desplegar las alas empezamos a sufrir. Con las alas cerradas no sufrimos tanto. Con estupor me desangro por dentro y ... me duele la gente, porque quien desplegó sus alas aprendió a sentir con la desdicha ajena y es capaz de comprender al otro más plenamente, es capaz de interpretar la vida. Con las alas desplegadas fluye la humanidad.

 

            Este domingo 30 nos encontramos con la Palabra de Dios, donde  en el capítulo 10 del Evangelio según San Marcos Jesús cura al ciego Bartimeo, un hombre que quiere ver.

            Jesús le regala ese filamento de luz, lo rescata de las tinieblas ; Jesús sale al encuentro del hombre, de esa humanidad y nos enseña la verdadera actitud misionera.  Jesús pasa, un ciego le grita, con el clamor confiado del que sabe que pide algo que es justo porque él nació para vivir en la luz, nació para ver.

            Y lo quieren hacer callar.  Como si el Señor tuviera cosas más importantes que atender. Jesús reacciona distinto a esa gente que trata de marginar al ciego y de apartar  el afecto de Jesús de alguien que consideraban tal vez impuro, pecador, o simplemente lo querían hacer callar porque molestaba. Los mendigos, los sin trabajo, molestan. Los ciegos mendigos molestan a las personas importantes que sí tienen trabajo.  Para la  concepción hebrea la ceguera podía ser manifestación de pecado.

            Y Jesús no actúa con prisa. Se detuvo y lo hace llamar. Se dirigió personalmente a él. Y le pregunta : ¿qué quieres que haga por ti?

            Para Jesús no hay nada más importante en su agenda que atender a alguien que necesita luz, a alguien que clama al borde del camino, a alguien cansado de una vida marginada. En el clamor de este ciego llamado Bartimeo encontramos el clamor de todos aquellos que no encontraron salida a sus problemas, que no encontraron una posibilidad en la vida, o una oportunidad para realizarse como personas en su vocación, en su profesión. Muchas personas precisan que se les abra una puerta y que se les permita entrar por esa puerta.

            En el clamor de este ciego encontraos a quienes claman al borde del camino sin encontrar más que censuras por parte de muchos que al oírlos gritar de desesperación tratan de hacerlos callar en medio de la muchedumbre.

 

            A veces hemos creído ver y nos hemos encandilado por alguna promesa que luego no se cumplió; hemos creído ver un camino empedrado por el cual encontraríamos la felicidad, hemos creído ver a alguien que parecía amarnos y que de pronto ese amor enorme en algún momento, se fue apagando lentamente hasta desaparecer.

            Cuando Jesús se acerca a nosotros, que somos ciegos para tantas cosas importantes en la vida, no sólo nos regala la vista sino los ojos nuevos que permiten recobrar la luz. La salvación de un hombre empieza por abrir los ojos de la fe para ver lo esencial , lo invisible a los ojos, para releer y redimensionar la existencia en una vida que se hace nueva. Es un volver a nacer.

            Jesús le regala esos ojos nuevos a Bartimeo para que lo siga. Junto con los ojos le regala esa fe que no es un acto intelectual sino una confianza de toda la persona, una confianza que nos hace ponernos en las manos de otro.

            Sería lindo ver para poder desplegar las alas e ir al encuentro de los demás, ver para vencer los miedos. Con la confianza de la fe poder construir la vida no solamente a fuerza de voluntad, que es necesaria pero muchas veces no suficiente sobre todo cuando se debilita. Con la confianza de la fe podemos a su vez regalarles a los que claman al borde de los caminos esa luz que les deja ver el sentido de la vida, siendo portadores de la luz, tal vez frágil y pequeña como el filamento de una lámpara pero sumamente importante y necesaria.

 

            Tantos ciegos gritan :”quiero ver; quiero conocer, quiero poder encontrar esa luz interior que me deje ver el camino que debo seguir en la vida”. Hay caminos de equivocación y existen caminos donde se han detenido muchos al borde por falta de incentivos.

            Ojalá estas palabras nos ayuden a desplegar los sueños, los proyectos, las ideas positivas, las posibilidades. Sólo el que aprecia la vida es capaz de reintentar el amor, y  para apreciar la vida tenemos que ver, es  el principal de los sentidos. Para salvarnos debemos tener esa fe confiada en Jesús, el único capaz de iluminar nuestra vida de tal modo que le podamos seguir por el camino que lleva a la vida eterna y llena de significado nuestra vida presente.

            No hay peor ceguera que no querer ver. Muchos creer ver pero en realidad aprecian las realidades sin profundizar en sus sentidos de verdad trascendente y parece ser que aun mirando con los ojos no pueden ver más allá de lo inmediato.

           

Vete tu fe te ha salvado” . Y al instante recobro la vista y lo seguía por el camino. (Mcos. 10,52)

                                        Darío Techera

 

 

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