| La vida de Santa Juana de Arco extraída de "Vidas de los Santos" de Alban Butler. |
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por Darío Techera |
18 /4/2000 |
SANTA JUANA DE ARCO , Virgen (1471)
Santa
Juana de Arco nació el día de la epifanía de 1412, en Domrémy, pequeño
pueblecito de Champagne, a orillas del Mosa. Su padre, Jacob d Arc, era un
hacendado de cierta importancia,
hombre bueno, frugal y un tanto huraño.
La madre de Juana, que amaba tiernamente a sus cinco hijos, educó a sus
dos hijas en los quehaceres domésticos.
Juana declaró más tarde : “se coser e hilar como cualquier mujer”.
Pero nunca aprendió a leer ni a escribir.
Los vecinos de la familia, en el proceso de rehabilitación de la santa,
dejaron testimonios conmovedores de la piedad y ejemplar conducta de la joven.
Tanto los sacerdotes que la
conocieron como sus compañeros de juegos, atestiguaron que gustaba de ir a orar
en la Iglesia, que recibía con frecuencia los sacramentos, que se ocupaba de
los enfermos y era particularmente bondadosa con los peregrinos, a los que más
de una vez cedió su lecho.
Según uno de los testigos, “era tan buena, que todo el pueblo la quería”.
A lo que parece, Juana tuvo una infancia feliz, aunque un tanto turbada
por los desastres que asolaban el país y por el constante peligro de un ataque
armado sobre la población de Domrémy, situada en la frontera de Lorena.
Antes de acometer su gran empresa Juana tuvo que huir, por lo menos una
vez con sus padres, a la población de Nufchatël, a trece kilómetros de
distancia, para escapar de las manos de los piratas borgoñeses que saquearon
Bonrémy.
Juana era todavía muy niña cuando Enrique V° de Inglaterra invadió
Francia, asoló la Normandía y reclamó la corona de Carlos VI°. Francia se
hallaba en aquel momento dividida por por la guerra civil entre los partidarios
del duque de Borgoña y el duque de Orleáns, de suerte que no había podido
organizar rápidamente la resistencia.
A los catorce años de edad, Juana tuvo la primera de las experiencias místicas que habrían de conducirla por el camino del patriotismo hasta la muerte en la hoguera. Primero oyó una voz que parecía hablarle de cerca, y vio un resplandor ; mas tarde las voces se multiplicaron y la joven empezó a ver a sus interlocutores, que eran, entre otros, San Miguel, Santa catalina y Santa Margarita. Poco a poco los aparecidos explicaron la abrumadora misión a que el cielo la tenía destinada : ella, una simple campesina, debía salvar Francia.
Para no despertar la cólera de su padre, Juana mantuvo silencio. Pero en mayo de 1428, las voces se hicieron imperiosas y explícitas : la joven debía presentarse ante Roberto de Baudricourt, comandante de las fuerzas reales, en la cercana población de Vaucouleurs. Juana consiguió que un tío suyo que vivía en Vaucouleurs, la llevase consigo. Pero Baudricourt se burló de sus palabras y despidió a la doncella, diciéndole que lo que necesitaba era que su padre le diese unas buenas nalgadas.
En aquel momento, la posición militar del rey era desesperada, pues los ingleses atacaban a Orléans, el último reducto de la resistencia. Juana volvió a Domrémy, pero las voces no le dejaron descanso. Cuando la joven respondió que era una campesina que no sabía ni montar a caballo, ni hacer la guerra, las voces replicaron : "Dios te lo manda". Incapaz de resistir a este llamamiento Juana huyó de su casa y se dirigió nuevamente a Vaucouleurs. El escepticismo de Baudricourt desapareció cuando recibió la noticia oficial de una derrota que Juana había predicho; así pues, no sólo consintió en mandarla a ver al rey, sino que le dio una escolta de tres soldados. Juana pidió que le permitiesen vestirse de hombre para proteger su virtud.
Los viajeros llegaron a Chinon, donde se hallaba el monarca, el 6 de marzo de 1429 ; pero Juana no consiguió verle sino hasta dos días después. Carlos se había disfrazado para desconcertar a Juana; pero la doncella le reconoció al punto por una señal secreta que le comunicaron las voces y que ella transmitió sólo al rey. Ello bastó para persuadir a Carlos VII del carácter sobrenatural de la misión de la doncella. Juana le pidió un regimiento para ir a salvar Orléans.
El favorito del rey, La Trémouille, y la mayor parte de la corte, que consideraban a Juana como una visionaria o una impostora, se opusieron a su petición. Para zanjar la cuestión, el rey decidió enviar a Juana a Poitiers a que la examinara una comisión de sabios teólogos.