Página dedicada al Jubileo; algunas celebraciones del Santo Padre durante el año.Fuentes de información : L:Osservatore Romano y Agencia Zenit.
1.L, Osservatore Romano. Jubileo de los diáconos permanentes. (20 de febrero del 2000)
2. Santa Sede. El Papa pide perdón, (12 de marzo del 2000)
3. Jubileo de los trabajadores (1° de mayo). Nota en directo por Darío Techera desde la RAI.Amadísimos hermanos y hermanas:
1. Concluyen hoy las celebraciones del jubileo de los diáconos
permanentes, organizadas por la Congregación para el clero. Deseo dirigir,
ante todo, un cariñoso saludo a los numerosos diáconos que han venido a Roma
desde todo el mundo, junto con sus familias, para esta circunstancia especial.
De modo particular, os saludo a vosotros, queridos hermanos que habéis recibido
la ordenación diaconal esta mañana en la basílica vaticana.
Me alegra mucho la presencia de todos vosotros, entre otras cosas, porque me
brinda la oportunidad de subrayar la importancia del papel específico que
desempeñáis: con la ordenación sacramental, el diácono asume una
singular diaconía, que se expresa sobre todo en el servicio al
Evangelio. Durante el rito, el obispo consagrante pronuncia estas palabras:
"Recibe el evangelio de Cristo, del que desde ahora eres heraldo. Cree en
lo que lees, enseña lo que crees y vive lo que enseñas". Queridos
hermanos, vuestra misión consiste en abrazar el Evangelio, profundizar con fe
en su mensaje, amarlo y testimoniarlo con palabras y con obras. La tarea de la
nueva evangelización necesita vuestra contribución, dada con coherencia y
entrega, con valentía y generosidad, en el servicio diario de la liturgia, de
la palabra y de la caridad. Vosotros, diáconos llamados con el celibato a una
existencia totalmente consagrada a Dios y a su reino, vivid vuestra misión con
alegría y fidelidad. Vividla también vosotros, diáconos casados; Cristo os
pide que seáis modelos de verdadero amor dentro de la vida familiar. A unos y
otros el Señor os ha elegido como colaboradores suyos en la obra de la salvación.
2. El próximo martes tendré la alegría de celebrar, juntamente con todos
mis colaboradores, el jubileo de la Curia romana. Ha sido precedido por algunos
encuentros de reflexión y oración, con los que los componentes de la Curia se
han preparado para vivir con particular intensidad este momento de gracia, que
invita a la conversión del corazón. Cuantos trabajan al servicio de la Santa
Sede -cardenales, arzobispos, obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas y
laicos- cruzarán juntos la Puerta santa, símbolo de misericordia e invitación
a renovar la vida.
Un vínculo muy estrecho une a la familia de la Curia con el Sucesor de Pedro,
que se apoya en su servicio para desempeñar el ministerio que Cristo le ha
confiado en beneficio de toda la comunidad eclesial. Por eso, es importante que
no sólo cuente con la capacidad y la eficiencia de sus colaboradores, sino
también con su comunión en el amor tan profunda que convierta a la Curia, como
solía decir el Papa Pablo VI, en "un cenáculo permanente",
totalmente consagrado al bien de la Iglesia. La purificación que se busca con
la experiencia jubilar contribuirá seguramente a ello.
3. Encomiendo a la Virgen María a todos mis colaboradores de la Curia, así
como a los diáconos permanentes y a los demás componentes de la comunidad
eclesial. Que María santísima interceda para que, gracias a la armoniosa fusión
de todas las energías presentes en el pueblo de Dios, resulte cada vez más
eficaz la obra que la Iglesia realiza en el mundo para la salvación de la
humanidad.
(©L'Osservatore Romano - 25 de febrero de 2000)
Juan Pablo II, como manifestó en la "Carta sobre la peregrinación a
los lugares vinculados a la historia de la salvación" (L'Osservatore
Romano, edición en lengua española, 2 de julio de 1999, páginas 21 y 22), tenía
intención "de recorrer las huellas de la historia de la salvación en la
tierra en la que ésta se desarrolló. El punto de partida serán algunos
lugares destacados del Antiguo Testamento". Con ello deseaba
"manifestar la conciencia que tiene la Iglesia de su permanente vínculo
con el antiguo pueblo de la alianza. Abraham es también para nosotros
"padre de la fe" por antonomasia... Precisamente a Abraham se refiere
la primera etapa del viaje que planeo en mis deseos" (n. 5).
Dado que ese viaje, como es sabido, no ha sido posible, Su Santidad ha
querido realizar al menos una peregrinación espiritual a Ur de los Caldeos,
rememorando en particular la figura de Abraham, nuestro padre en la fe. La hizo
el miércoles 23 de febrero, en la sala Pablo VI, en forma de liturgia de la
Palabra.
Como ambientación, se colocaron en lugares destacados de la sala el icono de
la "Trinidad" de Andrej Rublëv, en el que se ven representados los
tres ángeles que se aparecieron a Abraham y le anunciaron el nacimiento de su
hijo (cf. Gn 18); algunas encinas, como recuerdo
del lugar de la aparición en Mamré; y una piedra, que simbolizaba el altar en
el que iba a sacrificar a su hijo Isaac.
El rito comenzó con la procesión del libro de los Evangelios, símbolo guía
del camino de la Iglesia en el Año santo. Siguió una invocación a la Santísima
Trinidad y la admonición introductoria, en la que el Santo Padre invitó a los
presentes a hacer un viaje espiritual a los lugares de Abraham, a través de la
escucha de la palabra de Dios y de la contemplación orante. En la proclamación
de la Palabra se recorrieron los momentos más significativos de la vida de
Abraham a través de las páginas del Antiguo y del Nuevo Testamento, con una
amplia y articulada lectura de textos bíblicos. La primera lectura, tomada del
libro del Génesis, recordó la genealogía de Abraham, su vocación y la
alianza que Dios estableció con él (Gn 11, 27-32; 12, 1-9; y 15, 1-19); siguió
un momento de meditación, acompañado por un vídeo sobre los lugares en los
que Abraham vivió.
En la segunda lectura, tomada del capítulo 22 del libro del Génesis, versículos
1-18, se recordó la narración de la ofrenda que hizo Abraham a Dios de su hijo
Isaac. A continuación, el coro entonó un sugestivo canto, inspirado en la
carta a los Hebreos, que ponderaba la fe de Abraham. La tercera lectura, tomada
de la carta a los Romanos, aludió a la fe de Abraham en el contexto de la fe
del pueblo de la nueva Alianza. El canto del Aleluya recogía las palabras del
"Magníficat": "El Poderoso... se acordó de su
misericordia..., como lo había prometido a nuestros padres, en favor de Abraham
y su descendencia por siempre" (Lc 1, 54-55).
El culmen de la liturgia fue la proclamación del capítulo octavo del
evangelio según san Juan, versículos 51-58, en el que Cristo afirma:
"Abraham se regocijó pensando en ver mi día. Lo vio y se alegró".
Su Santidad pronunció la homilía que ofrecemos. Siguió un momento de oración
acompañado con un vídeo en que se ofrecían imágenes de la vida y el camino
de fe de Abraham, tomadas de los frescos de las catacumbas romanas, de los
mosaicos de la iglesia de San Vitale de Rávena, el icono de la Trinidad de A.
Rublëv (siglo XV) y la cerámica del pintor judío contemporáneo M. Chagall.
A continuación tuvo lugar la oración de alabanza y súplica a la Santísima
Trinidad y la ofrenda del incienso.
El acto se concluyó con la siguiente bendición del Papa: "Padre
Santo, que la bendición de Abraham, que se cumplió plenamente en Jesús, siga
actuando en tus hijos e hijas, que han peregrinado espiritualmente a la tierra
de los padres y los haga testigos valientes y mensajeros de las maravillas de tu
amor por nosotros".
Participaron en la liturgia veintiún cardenales, entre ellos el secretario
de Estado, Angelo Sodano; el decano del Colegio cardenalicio, Bernardin Gantin;
el camarlengo de la santa Iglesia romana, Eduardo Martínez Somalo; y el
presidente del Comité para el gran jubileo del año 2000, Roger Etchegaray; se
hallaban presentes también los arzobispos y obispos jefes de dicasterio. La
asamblea estaba compuesta por religiosos, religiosas y un gran número de fieles
de todas las partes del mundo. De España participaron: una peregrinación
de la parroquia Nuestra Señora de las Nieves, de Ruerrero (110 personas), y una
del instituto "Biello Aragón", de Sabiñánigo (120).
Los cantos corrieron a cargo de la capilla Sixtina, dirigida por mons.
Giuseppe Liberto, y del coro "Mater Ecclesiae", dirigido por sor
Cecilia Stiz.
Luego, en una sala contigua, el Santo Padre saludó a una delegación de la
fraternidad de Abraham, acompañada por el cardenal Etchegaray y compuesta por
el presidente Gildas Le Bideau, católico; el vicepresidente, Maurice-Ruben
Hayoun, judío; el delegado general Paul Guiberteau, católico; los
administradores Raoutsi Hadj-Eddine Sari-Ali, musulmán, y Thérèse de Saint
Phalle, católica. Este organismo desde hace varios años está comprometido en
realizar una significativa forma de fraternidad entre católicos, judíos y
musulmanes a través de momentos de oración, diálogo y profundización
cultural.
1. "Yo soy el Señor que te saqué de Ur de los caldeos, para darte
esta tierra en propiedad. (...) Aquel día firmó el Señor una alianza con
Abram, diciendo: "A tu descendencia he dado esta tierra, desde el río
de Egipto hasta el gran río, el río Éufrates"" (Gn 15, 7. 18).
Antes de que Moisés oyera en el monte Sinaí las conocidas palabras de Yahveh:
"Yo soy el Señor, tu Dios, que te he sacado del país de Egipto, de la
situación de esclavitud" (Ex 20, 2), el patriarca Abraham ya había
escuchado estas otras palabras: "Yo soy el Señor que te saqué de Ur
de los caldeos". Por consiguiente, debemos dirigirnos con el pensamiento
hacia ese lugar tan importante en la historia del pueblo de Dios, para buscar en
él los inicios de la alianza de Dios con el hombre. Precisamente por
ello, en este año del gran jubileo, mientras con el corazón nos remontamos
hasta los orígenes de la alianza de Dios con la humanidad, nuestra mirada se
vuelve hacia Abraham, hacia el lugar donde escuchó la llamada de Dios y
respondió a ella con la obediencia de la fe. Juntamente con nosotros, también
los judíos y los musulmanes contemplan la figura de Abraham como un modelo de
sumisión incondicional a la voluntad de Dios (cf. Nostra aetate, 3).
El autor de la carta a los Hebreos escribe: "Por la fe, Abraham, al
ser llamado por Dios, obedeció y salió para el lugar que había de recibir en
herencia, y salió sin saber a dónde iba" (Hb 11, 8). Abraham, a quien el Apóstol
llama "nuestro Padre en la fe" (cf. Rm 4, 11-16), creyó
en Dios, se fio de él, que lo llamaba. Creyó en la promesa. Dios
dijo a Abraham: "Sal de tu tierra, y de tu patria, y de la casa de tu
padre, a la tierra que yo te mostraré. De ti haré una nación grande y te
bendeciré. Engrandeceré tu nombre; y serás tú una bendición. (...) Por ti
serán bendecidos todos los linajes de la tierra" (Gn 12, 1-3). ¿Estamos,
acaso, hablando de la ruta de una de las múltiples emigraciones típicas de una
época en la que la ganadería era una forma fundamental de vida económica? Es
probable. Pero, con toda seguridad, no sólo se trató de esto. En la
historia de Abraham, con el que comenzó la historia de la salvación, ya
podemos percibir otro significado de la llamada y de la promesa. La tierra hacia
la que se encamina el hombre guiado por la voz de Dios no pertenece
exclusivamente a la geografía de este mundo. Abraham, el creyente que acoge
la invitación de Dios, es el que se pone en camino hacia una tierra prometida
que no es de aquí abajo.
2. En la carta a los Hebreos leemos: "Por la fe, Abraham,
sometido a la prueba, presentó a Isaac como ofrenda, y el que había recibido
las promesas, ofrecía a su unigénito, respecto del cual se le había dicho:
Por Isaac tendrás descendencia" (Hb 11, 17-18). He aquí el
culmen de la fe de Abraham. Fue puesto a prueba por el Dios en quien había
depositado su confianza, por el Dios del que había recibido la promesa relativa
al futuro lejano: "Por Isaac tendrás descendencia" (Hb
11, 18). Pero es invitado a ofrecer en sacrifico a Dios precisamente a ese
Isaac, su único hijo, a quien estaba vinculada toda su esperanza, de acuerdo
con la promesa divina. ¿Cómo podrá cumplirse la promesa que Dios le hizo de
una descendencia numerosa si Isaac, su único hijo, debe ser ofrecido en
sacrificio?
Por la fe, Abraham sale victorioso de esta prueba, una prueba dramática, que
comprometía directamente su fe. En efecto, como escribe el autor de la carta a
los Hebreos, "pensaba que Dios era poderoso aun para resucitarlo de entre
los muertos" (Hb 11, 19). Incluso
en el instante, humanamente trágico, en que estaba a punto de infligir el
golpe mortal a su hijo, Abraham no dejó de creer. Más aún, su fe en la
promesa alcanzó entonces su culmen. Pensaba: "Dios es poderoso aun
para resucitarlo de entre los muertos". Eso pensaba este padre probado,
humanamente hablando, por encima de toda medida. Y su fe, su
abandono total en Dios, no lo defraudó. Está escrito: "Por eso lo
recobró" (Hb 11, 19). Recobró a Isaac, puesto que creyó
en Dios plenamente y de forma incondicional.
El autor de la carta a los Hebreos parece expresar aquí algo más: toda
la experiencia de Abraham le resulta una analogía del evento salvífico de
la muerte y la resurrección de Cristo. Este hombre, que está en el origen
de nuestra fe, forma parte del eterno designio divino. Según una tradición, el
lugar donde Abraham estuvo a punto de sacrificar a su propio hijo es el mismo
sobre el que otro padre, el Padre eterno, aceptaría la ofrenda de su Hijo unigénito,
Jesucristo. Así, el sacrificio de Abraham se presenta como anuncio profético
del sacrificio de Cristo. "Porque tanto amó Dios al mundo -escribe san
Juan- que le dio a su Hijo unigénito" (Jn 3, 16). En cierto
sentido, el patriarca Abraham, nuestro padre en la fe, sin saberlo, introduce a
todos los creyentes en el plan eterno de Dios, en el que se realiza la redención
del mundo.
3. Un día Cristo afirmó: "En verdad, en verdad os digo:
antes de que Abraham existiera, Yo Soy" (Jn 8, 58) y estas palabras
despertaron el asombro de los oyentes, que objetaron: "¿Aún no
tienes cincuenta años y has visto a Abraham?" (Jn 8, 57). Los que
reaccionaban así razonaban de modo puramente humano, y por eso no aceptaron lo
que Cristo les decía. "¿Eres tú acaso más grande que nuestro padre
Abraham, que murió? También los profetas murieron. ¿Por quién te tienes a ti
mismo?" (Jn 8, 53). Jesús les replicó: "Vuestro padre
Abraham se regocijó pensando en ver mi día; lo vio y se alegró" (Jn
8, 56). La vocación de Abraham se presenta completamente orientada hacia el día
del que habla Cristo. Aquí no valen los cálculos humanos; es preciso
aplicar el metro de Dios. Sólo entonces podemos comprender el significado
exacto de la obediencia de Abraham, que "creyó, esperando contra toda
esperanza" (Rm 4, 18). Esperó que se iba a convertir en padre de
numerosas naciones, y hoy seguramente se alegra con nosotros porque la promesa
de Dios se cumple a lo largo de los siglos, de generación en generación.
El hecho de haber creído, esperando contra toda esperanza, "le fue
reputado como justicia" (Rm 4, 22), no sólo en consideración a él,
sino también a todos nosotros, sus descendientes en la fe. Nosotros
"creemos en aquel que resucitó de entre los muertos a Jesús, Señor
nuestro" (Rm 4, 24), que murió por nuestros pecados y resucitó
para nuestra justificación (cf. Rm 4, 25). Esto no lo sabía Abraham;
sin embargo, por la obediencia de la fe, se dirigía hacia el cumplimiento de
todas las promesas divinas, impulsado por la esperanza de que se realizarían. Y
¿existe promesa más grande que la que se cumplió en el misterio pascual de
Cristo? Realmente, en la fe de Abraham Dios todopoderoso selló una alianza
eterna con el género humano, y Jesucristo es el cumplimiento definitivo de esa
alianza. El Hijo unigénito del Padre, de su misma naturaleza, se hizo hombre
para introducirnos, mediante la humillación de la cruz y la gloria de la
resurrección, en la tierra de salvación que Dios, rico en misericordia,
prometió a la humanidad desde el inicio.
4. El modelo insuperable del pueblo redimido, en camino hacia el
cumplimiento de esta promesa universal, es María, "la que creyó que se
cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor" (Lc
1, 45).
María, hija de Abraham por la fe, además de serlo por la carne, compartió
personalmente su experiencia. También ella, como Abraham, aceptó la inmolación
de su Hijo, pero mientras que a Abraham no se le pidió el sacrificio efectivo
de Isaac, Cristo bebió el cáliz del sufrimiento hasta la última gota. Y María
participó personalmente en la prueba de su Hijo, creyendo y esperando de pie
junto a la cruz (cf. Jn 19, 25).
Era el epílogo de una larga espera. María, formada en la meditación de las páginas
proféticas, presagiaba lo que le esperaba y, al alabar la misericordia de Dios,
fiel a su pueblo de generación en generación, expresó su adhesión personal
al plan divino de salvación; y, en particular, dio su "sí" al
acontecimiento central de aquel plan, el sacrificio del Niño que llevaba en su
seno. Como Abraham, aceptó el sacrificio de su Hijo.
Hoy nosotros unimos nuestra voz a la suya, y con
ella, la Virgen Hija de Sion, proclamamos que Dios se acordó de su
misericordia, "como lo había prometido a nuestros padres, en favor de
Abraham y su descendencia por siempre" (Lc 1, 55).
(©L'Osservatore Romano - 25 de febrero de 2000)
Ahora voy a la sala Pablo VI, donde presidiré una celebración litúrgica en
memoria del patriarca Abraham, nuestro padre en la fe. Será ésta la primera
etapa de la peregrinación a algunos lugares vinculados a la historia de la
salvación, que proseguiré mañana partiendo para Egipto y el monte Sinaí.
La plaza de San Pedro está en conexión con la sala Pablo VI: quien desee
quedarse, podrá seguir, a través de las pantallas gigantes de televisión
instaladas en la plaza, cuanto se lleve a cabo en la cercana sala, y poniéndose
así espiritualmente en camino "tras las huellas de Abraham". De este
modo podrá revivir el momento inicial de la "historia de la salvación"
que alcanzó su culmen cuando, en la plenitud de los tiempos, el Hijo de Dios
nació de la Virgen María. La historia de Abraham tiene una importancia
fundamental para los creyentes de todas las épocas y, por tanto, también para
nosotros, que lo miramos como a un modelo de sumisión incondicional a la
voluntad de Dios.
(©L'Osservatore Romano - 25 de febrero de 2000)
Los artistas celebraron su jubileo los días 17, 18 y 19 de febrero. Comenzó
con las vísperas del jueves 17 en la iglesia de Santa María "sopra
Minerva", donde se halla la tumba del beato Angélico, patrono de los
artistas.
El viernes, día 18, memoria de dicho beato, más de tres mil artistas, con sus
familias, se reunieron en la basílica de San Pedro, donde el cardenal Roger
Etchegaray, presidente del Comité para el gran jubileo, celebró la misa en el
altar de la Confesión. Concluida la eucaristía, Juan Pablo II bajó al templo
vaticano. Lo acogió el cardenal Virgilio Noè, arcipreste de la basílica y
vicario del Papa para la Ciudad del Vaticano. El Santo Padre, después de
escuchar las palabras que le dirigió el arzobispo mons. Francesco Marchisano,
presidente de la Comisión pontificia para los bienes culturales de la Iglesia y
de la Comisión pontificia de arqueología sacra, pronunció el discurso que
publicamos.
Por la tarde, en la sala Pablo VI, tuvo lugar la parte cultural del jubileo:
un simposio sobre el tema: "Iglesia y arte en la peregrinación hacia
Dios", en el que intervinieron varios artistas de fama internacional.
Introdujo y moderó el simposio mons. Marchisano. Las intervenciones fueron:
el escultor español Venancio Blanco, "El artista, imagen de Dios
creador"; la pintora portuguesa Emilia Nadal, "El artista y lo
bello"; el director de cine polaco Krzysztof Zanussi, "El artista y el
anuncio de los valores morales a través de la belleza sensible"; el
compositor italiano Ennio Morricone, "El artista y la música para abrir a
lo divino"; el pintor francés p. André Gence, "El artista y la oración";
el mosaísta eslavo p. Marko Ivan Rupnik, s.j., "El artista y el arte para
el culto"; mons. Friedhelm Hofmann, obispo y pintor alemán, "El
artista y la "nueva evangelización""; y el arquitecto inglés
Austin Winkley, "El artista y los "alejados""; concluyó los
trabajos mons. Ennio Antonelli, secretario de la Conferencia episcopal italiana.
Al atardecer, hubo un espectáculo coreográfico en la iglesia de Santa María
"sopra Minerva" y un concierto en la iglesia de San Ignacio.
El sábado día 19 visitaron las catacumbas romanas de Santa Inés, Domitila,
Priscila y San Sebastián.
Señor cardenal; venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio; amadísimos
hermanos y hermanas:
1. Con gran alegría me encuentro con vosotros en esta basílica, en la que
trabajaron algunos de los más grandes genios de la arquitectura y la escultura.
¡Bienvenidos! Saludo al señor cardenal Roger Etchegaray, que ha presidido la
celebración de la santa misa. Saludo, asimismo, al arzobispo monseñor
Francesco Marchisano, presidente la Comisión pontificia para los bienes
culturales de la Iglesia, y a los demás prelados y sacerdotes. Saludo también
a las autoridades civiles que han intervenido y a los artistas presentes. Os
expreso a todos mi aprecio por este intenso testimonio de fe. Nadie mejor que
vosotros, queridos artistas, puede sentirse como en su casa aquí, donde la fe y
el arte se encuentran de modo tan singular, elevándonos a la contemplación de
la gloria divina.
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El jubileo de los diáconos permanentes se celebró los días 18, 19 y 20 de
febrero. En él participaron más de 1.500 diáconos de todo el mundo, algunos
de ellos con sus familias.
El viernes día 18 tuvo lugar a las cinco de la tarde el acto de acogida en la
basílica de Santa María la Mayor, por parte del cardenal Darío Castrillón
Hoyos, prefecto de la Congregación para el clero, que presidió un rosario
meditado, seguido de la adoración y bendición eucarística.
El sábado día 19 comenzó con una misa en la sala Pablo VI, presidida
por mons. Zenon Grocholewski, prefecto de la Congregación para la
educación católica. Siguió una conferencia del profesor Francesco Moraglia,
director de la oficina "Cultura y universidad" de la archidiócesis
italiana de Génova, sobre el tema: "El diácono san Lorenzo:
un ejemplo leído en el contexto contemporáneo". Después del canto de la
hora Tercia, presidida por el cardenal Pio Laghi, protodiácono de la santa
Iglesia romana, tuvo lugar la audiencia con el Santo Padre. Su Santidad dirigió
a los presentes el discurso que ofrecemos. Entre los obispos presentes se
hallaban: mons. Csaba Ternyák, secretario de la Congregación para el
clero, y mons. Carles Soler Perdigó, obispo titular de Anglona, auxiliar de
Barcelona y presidente del comité para el diaconado de la Conferencia episcopal
española. A las cuatro de la tarde, mons. Roberto Octavio González, o.f.m.,
arzobispo de San Juan de Puerto Rico, tuvo -también en la sala Pablo VI- una
relación sobre "El diácono permanente: su identidad, función y
perspectivas", a la que siguió un diálogo y presentación de testimonios.
Mientras tanto, en la iglesia del Espíritu Santo "in Sassia", tuvo
lugar un encuentro para las familias de los diáconos permanentes casados. El
tema de reflexión fue "La familia ideal del diácono permanente
casado", que tuvo por relator al cardenal James Francis Stafford,
presidente del Consejo pontificio para los laicos. A las seis, se congregaron
todos junto al obelisco, desde donde partió la procesión penitencial que,
atravesando la Puerta santa, entró en la basílica vaticana. Todos hicieron la
profesión de fe y los diáconos permanentes renovaron los compromisos asumidos
en el momento de su ordenación. Después, participaron en la plegaria del
peregrino a las siete de la tarde en la plaza de San Pedro.
El domingo día 20, asistieron a la misa en la basílica vaticana, presidida por
el cardenal Darío Castrillón Hoyos, en la que fueron ordenados dieciocho diáconos.
Concluida la eucaristía, en la plaza de San Pedro escucharon las palabras del
Santo Padre y rezaron el Ángelus con los fieles.
Señores cardenales; venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio;
amadísimos diáconos y familiares:
1. Con gran alegría me encuentro con vosotros en esta significativa cita
jubilar. Saludo al prefecto de la Congregación para el clero, cardenal Darío
Castrillón Hoyos, y a sus colaboradores, que han organizado estas intensas
jornadas de oración y fraternidad. Saludo a los señores cardenales y a los
prelados presentes. Os saludo especialmente a vosotros, amadísimos diáconos
permanentes, a vuestras familias y a cuantos os han acompañado en esta
peregrinación a las tumbas de los Apóstoles.
Habéis venido a Roma para celebrar vuestro jubileo. Os acojo con afecto. Esta
ocasión es muy propicia para ahondar en el significado y el valor de vuestra
identidad estable y no transitoria de ordenados, no para el sacerdocio, sino
para el diaconado (cf. Lumen gentium, 29). Como ministros del pueblo
de Dios, estáis llamados a actuar con la acción litúrgica, con la actividad
didáctico-catequística y con el servicio de la caridad, en comunión con el
obispo y el presbiterio. Y este singular año de gracia, que es el jubileo, os
quiere ayudar a redescubrir aún más radicalmente la belleza de la vida en
Cristo: la vida en él, que es la Puerta santa.
SANTA SEDE
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EL PAPA PIDE PERDON SOLEMNEMENTE POR LOS PECADOS DE LOS HIJOS DE LA IGLESIA
Protagoniza en el Vaticano uno de los acontecimientos decisivos del Jubileo
CIUDAD DEL VATICANO, 12 mar (ZENIT.org).- Juan Pablo II presidió hoy una
ceremonia que pasará a los libros de historia. Por primera vez, en una
ceremonia solemne, un obispo de Roma pidió perdón por los pecados pasados y
presentes de los hijos de la Iglesia. Se trata de un gesto que se ha
convertido ya en uno de los signos más significativos de este Jubileo del
año 2000.
La celebración comenzó de manera sugerente: ante el altar de «La Pietà» de
Miguel Ángel. El pontífice quiso comenzar este gesto ante la imagen de
María pues, la Iglesia, al igual que la Virgen quiere tomar en sus brazos
al Salvador crucificado, cargando con el pasado de sus hijos e invocando el
perdón del Padre.
La homilía de la Eucaristía se convirtió en un auténtico examen de
conciencia por las culpas pasadas y presentes de los hijos de la Iglesia.
Pero el momento más solemne llegó después, cuando Juan Pablo II presidió
una oración en la que confesó las culpas y pidió el perdón.
«Mea culpa»
Tras una primera invitación al arrepentimiento, siete cardenales de la
Curia romana fueron confesando públicamente las culpas pasadas y presentes
de los cristianos. El primero, el cardenal beninés Bernardin Gantin, decano
del Colegio de los cardenales, hizo una confesión general de los pecados de
los cristianos a través de la historia; el cardenal Joseph Ratzinger,
prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, invitó a confesar
las culpas de quienes utilizaron «métodos no evangélicos» en el servicio de
la fe; el cardenal Roger Etchegaray, presidente del Comité Central para el
Jubileo, exhortó a confesar los pecados que han provocado la separación de
los cristianos; el cardenal Edward Cassidy, presidente del Consejo
Pontificio para la Unidad de los Cristianos, reconoció las culpas cometidas
«contra el pueblo de la alianza», Israel; el arzobispo japonés, Stephen
Fumio Hamao, presidente del Consejo Pontificio para los Emigrantes,
mencionó los pecados cometidos contra el amor, la paz, los derechos de los
pueblos, el respeto de las culturas y de las religiones; el cardenal
nigeriano Francis Arinze, presidente del Consejo Pontificio para el Diálogo
Interreligioso, invitó a confesar los pecados que han herido la dignidad de
la mujer y la unidad del género humano; el arzobispo vietnamita François
Xavier Nguyên Van Thuân alentó a confesar los pecados en el campo de los
derechos fundamentales de la persona humana: los abusos contra los niños,
la marginación de los pobres, la supresión de los no nacidos en el seno
materno o incluso utilizados para la experimentación...
La confesión de los cardenales recogía los temas planteados poco antes por
el pontífice en la homilía. El «mea culpa» del Papa afrontó además los
pecados actuales de los cristianos. «Confesamos con mayor motivo nuestras
responsabilidades de cristianos por los males de hoy. Frente al ateísmo, la
indiferencia religiosa, el secularismo, el relativismo ético, las
violaciones del derecho a la vida, el desinterés por la pobreza de muchos
países, no podemos dejar de preguntarnos cuáles son nuestras
responsabilidades».
Cada uno de los responsables de los organismos vaticanos, tras pedir perdón
a Dios, se dirigió ante un crucifijo muy especial que en ese día se
encontraba en la Basílica vaticana y que normalmente es venerado en la
Iglesia romana de San Marcelo. Se trata del Cristo que desde el siglo XIV
es venerado durante los años santos. Al final de la oración conclusiva, fue
el mismo Santo Padre quien abrazó y beso el crucifijo, en signo de amor y
petición de perdón.
Los motivos del «mea culpa»
Juan Pablo II quiso explicar el significado de esta celebración única al
concluir la celebración y encontrarse con miles de fieles que se reunieron
en la plaza de San Pedro del Vaticano para rezar con él la oración del
mariana del «Angelus». «El año santo es tiempo de purificación: La Iglesia
es santa porque Cristo es su Cabeza y Esposo, el Espíritu su alma
vivificante y la Virgen y los santos su manifestación más auténtica. Sin
embargo, los hijos de la Iglesia conocen la experiencia del pecado, cuyas
sombras se reflejan en ella obscureciendo su belleza. Por este motivo, la
Iglesia no deja de implorar el perdón de Dios por los pecados de sus
miembros».
El Papa dejó claro que «no se trata de un juicio sobre la responsabilidad
subjetiva de los hermanos que nos han precedido: esto es algo que sólo le
corresponde a Dios, quien --a diferencia de nosotros, seres humanos-- es
capaz de "escrutar el corazón y la mente". El acto que hoy se ha
realizado
es un reconocimiento sincero de las culpas cometidas por los hijos de la
Iglesia en el pasado remoto y en el reciente, y una súplica humilde del
perdón de Dios. Esto no dejará de despertar las conciencias, permitiendo
que los cristianos entren en el tercer milenio más abiertos a Dios y a su
designio de amor».
Ahora bien, el Papa no sólo pidió perdón, sino que también, en nombre
de
la Iglesia, perdonó. «Mientras pedimos perdón, perdonamos», explicó. «Es
lo
que decimos todos los días a rezar la oración que Cristo nos enseñó:
"Padre
nuestro... perdónanos nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a
los que nos ofenden". ¡Que esta Jornada jubilar traiga a todos los
creyentes el fruto del perdón recíprocamente concedido y acogido!».
Tras haber perdonado y haber sido perdonados, los cristianos, según Juan
Pablo II, podrán entrar en el nuevo milenio «como testigos más creíbles de
la esperanza». «Tras siglos caracterizados por violencias y destrucciones,
y tras este último, particularmente dramático, la Iglesia presente a la
humanidad que cruza el umbral del tercer milenio el Evangelio del perdón y
de la reconciliación, como presupuesto para construir la auténtica paz»,
concluyó.
ZS00031207
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LA IGLESIA Y LAS CULPAS DEL PASADO
Documento de la Comisión Teológica Internacional
CIUDAD DEL VATICANO, 7 mar (ZENIT.org).- Se presentó hoy en el Vaticano el
esperado documento de la Comisión Teológica Internacional «Memoria y
reconciliación: la Iglesia y las culpas del pasado» que tiene como
objetivo, como se explica en su introducción, analizar «las condiciones de
posibilidad de los actos de "purificación de la memoria", unidos al
reconocimiento de las culpas del pasado».
Es importante recalcar que se trata de un documento de la Comisión
Teológica. Si bien esta institución está presidida por el cardenal Joseph
Ratzinger, esto no significa que sea un documento de la Congregación
vaticana para la Doctrina de la Fe. No es, por tanto, un texto de la Santa
Sede y mucho menos del Papa. El mismo cardenal Ratzinger, al presentarlo
esta mañana, explicó que con este texto la Iglesia no pretende erigirse en
juez del pasado, ni encerrarse de manera pesimista en sus propios pecados.
Los presupuestos del arrepentimiento
Al hablar de los actos de petición de perdón, la introducción del mismo
(unas 30 hojas de ordenador) se plantea sus objetivos con preguntas muy
directas: «¿Por qué llevar a cabo tales actos?, ¿quiénes son los sujetos
adecuados?, ¿cuál es su objeto y cómo determinarlo conjugando correctamente
juicio histórico y juicio teológico?...». Los teólogos católicos reconocen
que «la finalidad del texto no es, por tanto, someter a examen casos
históricos particulares, sino esclarecer los presupuestos que fundan el
arrepentimiento relativo a las culpas pasadas».
Fruto de tres años de trabajo de los teólogos que componen de la Comisión
Teológica Internacional, el documento afronta en el primer capítulo el
problema «ayer y hoy». En este sentido, reconoce que en la historia son muy
raros los casos en los que el Magisterio de la Iglesia hace este tipo de
pronunciamientos. Adrián VI en 1522 pidió perdón, por ejemplo, por las
«abominaciones y abusos» de la corte romana de la época. Sin embargo, fue
Pablo VI el primer Papa el que hizo un gesto solemne en este sentido,
cuando al abrir la segunda sesión del Concilio Vaticano II pidió perdón por
las ofensas provocadas a los «hermanos separados de Oriente». Ese mismo
Concilio reconoció además las culpas de los cristianos que llevaron a su
desunión, que produjeron la oposición entre la ciencia y la fe, o que
propiciaron el ateísmo. Además, deplora las persecuciones y manifestaciones
de antisemitismo llevadas a cabo «en cualquier tiempo y por cualquier
persona». Juan Pablo II ha hecho numerosos pronunciamientos en este sentido
y en la carta apostólica de preparación del Jubileo, la «Tertio Millennio
Adveniente» afirma que La Iglesia «no puede cruzar el umbral del nuevo
milenio sin animar a sus hijos a purificarse, en el arrepentimiento, de
errores, infidelidades, incoherencias y lentitudes».
El documento continúa, en el segundo capítulo, profundizando en los
fundamentos bíblicos de la petición de perdón. El tercero, de carácter
teológico, distingue entre la santidad de la Iglesia, fundada por Cristo, y
la debilidad de sus hijos. «La Iglesia se reconoce existencialmente santa
en sus santos; pero mientras se alegra de esta santidad y advierte su
beneficio, se confiesa no obstante pecadora, no en cuanto sujeto del
pecado, sino en cuanto asume con solidaridad materna el peso de las culpas
de sus hijos». El cuarto capítulo, ofrece criterios para interpretar la
historia, acertar las verdades y emitir un juicio teológico a la luz de la
doctrina cristiana.
Desunión, relaciones con los judíos, Inquisición...
En el capítulo quinto se ofrecen criterios éticos de discernimiento y se
afrontan algunos de los casos históricos por los que la Iglesia pide
perdón. Menciona «la división de los cristianos» que está «en abierta
contradicción con la voluntad expresa de Cristo». Y denuncia: «En la medida
en que algunos católicos se complacen en permanecer ligados a las
separaciones del pasado, sin hacer nada por remover los obstáculos que
impiden la unidad, se podría hablar justamente de solidaridad en el pecado
de división».
A continuación, afronta «el uso de la violencia al servicio de la verdad»,
pues «durante el pasado se han utilizado medios dudosos para conseguir
fines buenos, como la predicación del Evangelio y la defensa de la unidad
de la fe».
Por lo que se refiere a «cristianos y hebreos» constata que se trata de
«una historia atormentada» y hace un balance de estas relaciones durante
dos milenios «más bien negativo». «La hostilidad o la desconfianza de
numerosos cristianos hacia los hebreos a lo largo del tiempo es un hecho
histórico doloroso y es causa de profunda amargura para los cristianos
conscientes del hecho de que Jesús era descendiente de David». Al hablar
del Holocausto del pueblo judío durante el nazismo, aclara que estaba
animado por una filosofía nacional-socialista pagana, pero se pregunta «si
la persecución del nazismo respecto a los hebreos no haya sido facilitada
por los prejuicios antijudíos presentes en las mentes y en los corazones de
algunos cristianos» Y pregunta: «¿Ofrecieron los cristianos toda la
asistencia posible a los perseguidos, en particular a los hebreos? Hubo sin
duda muchos cristianos que arriesgaron su vida para salvar y ayudar a sus
conocidos hebreos. Pero parece igualmente verdad que junto a tales hombres
y mujeres valerosos, la resistencia espiritual y la acción cristiana de
otros cristianos no fue la que se hubiera debido esperar de los discípulos
de Cristo».
«Nuestra responsabilidad»
Por último, en este examen de conciencia, el documento pide que se tenga en
cuenta «Nuestra responsabilidad por los males de hoy». En este sentido,
reconoce que el hecho de que el ateísmo, la indiferencia religiosa, y el
relativismo ético y la negación incluso legal de los derechos del no nacido
son fenómenos que han surgido de manera particular en Occidente constituye
un motivo para que los cristianos hagan un serio examen de conciencia. «La
cuestión inquietante que hay que plantear es en qué medida los creyentes
mismos han sido responsables de estas formas de ateísmo teórico y practico».
El sexto capítulo ilustra las finalidades pastorales y las implicaciones
eclesiales que tienen estos actos de petición de perdón. Por último, la
conclusión afirma: la Verdad reconocida es fuente de reconciliación y de
paz porque, como afirma el mismo Papa «el amor de la verdad, buscada con
humildad, es uno de los grandes valores capaces de reunir a los hombres de
hoy a través de las diversas culturas».
ZS00030707
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HISTORIA DE LA IGLESIA: LA MISERIA DEL HOMBRE Y LA MISERICORDIA DE DIOS
El cardenal Ratzinger afronta las culpas del pasado
CIUDAD DEL VATICANO, 7 mar (ZENIT.org).- Al presentar esta mañana en la
Sala de Prensa de la Santa Sede el documento «Memoria y reconciliación: la
Iglesia y las culpas del pasado», redactado por la Comisión Teológica
Internacional, el cardenal Joseph Ratzinger, prefecto de la Congregación
para la Doctrina de la Fe y presidente de esa Comisión, explicó que «el
gesto del Papa de pedir perdón es nuevo», aunque va en continuidad con la
historia de la Iglesia.
«Los periódicos hablan, y con razón, del "mea culpa" del Papa en
nombre de
la Iglesia, pero esto ya se hace en la oración que introduce cada día en la
celebración de la liturgia. El sacerdote, el Papa y los laicos, todos...
confiesan ante Dios y en presencia de los hermanos y hermanas que han
pecado».
Recordando el Antiguo y el Nuevo Testamento, incluyendo el Apocalipsis, el
purpurado reconoció: «Nuestra historia está hecha de rebeliones y pecados,
no pedimos perdón para condenar a los demás, sino para conocernos a
nosotros mismos y abrirnos a los hermanos».
El cardenal Ratzinger recordó a continuación que «el Protestantismo ha
creado una nueva historiografía de la Iglesia con el objetivo de demostrar
que la Iglesia católica no sólo está manchada por el pecado, sino que está
totalmente corrompida y destruida. De este modo ya no es un instrumento de
Cristo sino del anti-cristo, no es una Iglesia sino una anti-iglesia.
Necesariamente surgió una historiografía católica contrapuesta para mostrar
que, a pesar de los pecados la Iglesia, sigue siendo la Iglesia de los
santos: la santa Iglesia. La situación se agrava con las acusaciones de la
Ilustración que desde Voltaire hasta Nietzsche ven en la Iglesia el gran
mal de la humanidad que lleva consigo toda la culpa que destruye el
progreso».
Hoy , sin embargo, «estamos en una nueva situación», continuó diciendo
Ratzinger, «en la que la Iglesia con mayor libertad puede volver a confesar
los pecados e invitar así a los demás a su confesión, y a su profunda
reconciliación. Esto da una nueva humildad, y una nueva confianza para
confesar los pecados y reconocer la salvación del don del Señor».
El purpurado bávaro precisó que «la Iglesia del presente no puede
constituirse como un tribunal que sentencia sobre el pasado. La Iglesia no
puede y no debe expresar la arrogancia del presente. La confesión del
pecado de los demás, no salva si no se despierta la propia conciencia y no
se abre el camino a la conversión. Confesar significa, según san Agustín,
hacer la verdad, pero esto no significa atribuirse con falsa humildad
pecados no cometidos o sobre aquellos de los que no existe una certeza
histórica».
Por este motivo, no se pueden cerrar los ojos ante «todo el bien que la
Iglesia ha hecho en estos últimos dos siglos devastados por las crueldades
de los ateísmos. Por ello, concluimos que la Iglesia puede confesar
francamente los pecados del pasado y del presente sabiendo que el mal no la
destruirá nunca, sabiendo que el Señor es más fuerte y la renueva para que
sea instrumento de los bienes de Dios, en nuestro mundo».
«El Señor --concluyó el prefecto de la Congregación para la Doctrina de la
Fe-- se encontró en la barca con pecadores desde el inicio. Los Evangelios
recuerdan el pecado y la caída de Pedro, una confesión de pecado repetida
que le hizo llorar. En el Evangelio de Marco la confesión de Pedro es la
más dura; sin embargo, el Señor sabe hacer de esta Iglesia esa nave que
siempre ha sido suya, a pesar de que haya cizaña». Por tanto, «se
requiere
un acto de sinceridad para que, reconociendo el pecado, podamos dar a
comprender a la gente que el Señor es más fuerte que nuestros pecados».
ZS00030708
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¿POR QUE PIDE PERDON LA IGLESIA?
Responde el documento de la Comisión Teológica Internacional
CIUDAD DEL VATICANO, 7 mar (ZENIT.org).- La Iglesia «no puede cruzar el
umbral del nuevo milenio sin animar a sus hijos a purificarse, en el
arrepentimiento, de errores, infidelidades, incoherencias y lentitudes».
Estas palabras de Juan Pablo II, publicadas el 10 de noviembre de 1994, con
la carta programática de preparación al Jubileo del año 2000, la «Tertio
millennio adveniente», han servido de «provocación» a la flor y nata de la
teología católica, la Comisión Teológica Internacional, para redactar el
documento «Memoria y reconciliación: La Iglesia y las culpas del pasado» en
el que, tras estos años de reflexión, explican a los cristianos por qué y
cómo debe pedir la Iglesia perdón por los errores históricos de sus hijos.
En la introducción del documento, los mismos teólogos aclaran su objetivo.
Estas son las palabras con que lo hacen.
* * *
La Bula de convocatoria del Año Santo del 2000 «Incarnationis mysterium»
(29 de noviembre de 1998) indica, entre los signos «que oportunamente
pueden servir para vivir con mayor intensidad la insigne gracia del
jubileo», la purificación de la memoria. Ésta consiste en el proceso
orientado a liberar la conciencia personal y común de todas las formas de
resentimiento o de violencia que la herencia de culpas del pasado puede ha
habernos dejando, mediante una valoración renovada, histórica y teológica,
de los acontecimientos implicados, que conduzca , si resultara justo, a un
reconocimiento correspondiente de la culpa y contribuya a un camino real de
reconciliación. Un proceso semejante puede incidir de manera significativa
sobre el presente, precisamente porque las culpas dejan sentir todavía a
menudo el peso de sus consecuencias y permanecen como otras tantas
tentaciones también hoy día.
En cuanto tal, la purificación de la memoria requiere «un acto de coraje y
de humildad en el reconocimiento de las deficiencias realizadas por cuantos
han llevado y llevan el nombre de cristianos» y se basa sobre la convicción
de que «por aquel vínculo que, en el Cuerpo místico, nos une los unos a los
otros, todos llevamos el peso de los errores y de las culpas de quienes nos
han precedido, aun no teniendo responsabilidad personal, sin pretender
sustituir aquí al juicio de Dios». Juan Pablo II añade: «Como sucesor de
Pedro pido que en este año de misericordia la Iglesia, fuerte por la
santidad que recibe de su Señor, se ponga de rodillas ante Dios e implore
el perdón por los pecados pasados y presentes de sus hijos» («Incarnationis
mysterium», 11). Al reafirmar después que «los cristianos están invitados a
asumir, ante Dios y ante los hombres ofendidos por sus comportamientos la s
deficiencias por ellos cometidas», el Papa concluye: «Lo hacemos sin pedir
nada a cambio, fuertes sólo por el amor de Dios, que ha sido derramado en
nuestros corazones» (Romanos 5, 5)».
Las peticiones de perdón hechas por el Obispo de Roma en este espíritu de
autenticidad y de gratuidad han suscitado reacciones diversas. La confianza
incondicional que el Papa ha demostrado tener en la fuerza de la Verdad ha
encontrado una acogida generalmente favorable, en el interior y en el
exterior de la comunidad eclesial. No pocos han subrayado el incremento de
credibilidad de los pronunciamientos eclesiales, consiguiente a estos
comportamientos. No han faltado, sin embargo, algunas reservas, expresión
sobre todo del malestar unido a contextos históricos y culturales
particulares, en los que la simple admisión de las culpas cometidas por los
hijos de la Iglesia puede asumir el significado de una cesión ante las
acusaciones de quien es prejudicialmente hostil a ella. Entre consenso y
malestar se advierte la necesidad de una reflexión que esclarezca las
razones, las condiciones, y la exacta configuración de las peticiones de
perdón relativas a las culpas del pasado.
De esta necesidad ha intentado hacerse cargo, elaborando este texto, la
Comisión Teológica Internacional, en la que están representadas culturas y
sensibilidades diversas en el interior de la única fe católica. En el texto
se ofrece una reflexión teológica sobre las condiciones de posibilidad de
los actos de «purificación de la memoria», unidos al reconocimiento de las
culpas del pasado. Las preguntas a las que intenta responder son: ¿por qué
llevar a cabo tales actos?, ¿quiénes son los sujetos adecuados?, ¿cuál es
su objeto y cómo determinarlo, conjugando correctamente juicio histórico y
juicio teológico?, ¿quiénes son los destinatarios?, ¿cuáles son las
implicaciones morales?, ¿cuáles los efectos posibles sobre la vida de la
Iglesia y sobre la sociedad? La finalidad del texto no es, por tanto,
someter a examen casos históricos particulares, sino esclarecer los
presupuestos que hayan fundado el arrepentimiento relativo a las culpas
pasadas.
ZS00030705
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TRAS TRECE AÑOS EN LA CARCEL, AMO A CRISTO POR SUS «DEFECTOS»
Habla monseñor Van Thuân, predicador de los Ejercicios Espirituales del Papa
CIUDAD DEL VATICANO, 12 mar (ZENIT.org).- Desde que en 1698 un antepasado
suyo, ministro del rey y embajador en China, recibió el bautismo, comenzó
la persecución. El rey le quitó todas sus posesiones y le expulsó. Desde
entonces su familia sufre la persecución. En 1975, Pablo VI le nombró
arzobispo de Ho Chi Minh (la antigua Saigón), pero el gobierno comunista
definió su nombramiento como un complot y tres meses después le encarceló.
Durante trece años estuvo encerrado en las cárceles vietnamitas. Nueve de
ellos, los pasó régimen de aislamiento. Una vez liberado, fue obligado a
abandonar Vietnam a donde no ha podido regresar, ni siquiera para ver a su
anciana madre. Ahora es presidente del Consejo Pontificio para la Justicia
y la Paz de la Santa Sede. A pesar de tantos sufrimientos, o quizá más bien
gracias a ellos, este arzobispo, François Xavier Nguyên Van Thuân, es un
gran testigo de la fe, de la esperanza y del perdón cristiano.
Testigo de esperanza
Desde este domingo, hasta el próximo sábado, monseñor Van Thuân predica los
ejercicios espirituales a Juan Pablo II y a sus colaboradores de la Curia
romana. Y, obviamente, el tema de las meditaciones será el de la esperanza.
«Esperanza en Dios», «Esperanza contra toda esperanza», «Aventura y alegría
de la esperanza», «Renovación y pueblo de la esperanza» son los títulos de
algunas de las meditaciones que ha preparado para el Papa. No es casualidad
que el libro que ha difundido en todo el mundo (traducido en once idiomas)
en el que narraba sus años de cárcel llevase precisamente por título «El
camino de la esperanza».
Una esperanza que nunca ha desfallecido en él, ni siquiera el 16 de agosto
de 1975, cuando fue arrestado y transportado en la noche a 450 kilómetros
de Saigón, en la más absoluta de las soledades. Su única compañía, el
rosario. En esos momentos --explica Van Thuân--, cuando todo parecía
perdido, se abandonó en manos de la Providencia. A los compañeros de
prisión no católicos que le preguntaban cómo podía seguir esperando, les
respondía: «He abandonado todo para seguir a Jesús, porque amo los defectos
de Jesús».
Los «defectos» de Jesús, de hecho, serán uno de los argumentos que
afrontará el predicador del Papa en estos ejercicios espirituales. Estos
son algunos de ellos.
Jesús no tiene memoria
«En la Cruz, durante su agonía, el ladrón le pide que se recuerde de él
cuando llegara a su Reino. Si hubiera sido yo --reconoce monseñor Van
Thuân-- le hubiera respondido: "no te olvidaré, pero tienes que expiar
tus
crímenes en el purgatorio". Sin embargo, Jesús, le respondió: "Hoy
estarás
conmigo en el Paraíso". Había olvidado los pecados de aquel hombre. Lo
mismo sucedió con Magdalena, y con el hijo pródigo. Jesús no tiene memoria,
perdona a todo el mundo».
Jesús no sabe matemática ni filosofía
«Jesús no sabe matemáticas --continúa diciendo Van Thuân al hablar de los
«defectos» de Jesús--. Lo demuestra la parábola del Buen Pastor. Tenía cien
ovejas, se pierde una de ellas y sin dudarlo se fue a buscarla dejando a
las 99 en el redil. Para Jesús, uno vale lo mismo que 99 o incluso más».
«Además, Jesús no es un buen filósofo. Una mujer que tiene diez dracmas,
perdió una y encendió una luz para buscarla. Cuando la encuentra llama a
sus vecinas y les dice: "Alegraos conmigo, porque he encontrado la dracma
que había perdido". ¿Es lógico molestar a las amigas tan sólo por una
dracma y después organizar una fiesta por haberla encontrado?. Además, al
invitar a sus amigas a la fiesta, se gasta más dinero que el valor de la
dracma. De este modo, Jesús explica la alegría de Dios por la conversión de
un solo pecador».
Jesús es un aventurero sin idea de economía
«Jesús es un aventurero --afirma Van Thuân--. Quien quiere ganarse el
consenso de la gente se presenta con muchas promesas, mientras que Jesús
promete a quien lo sigue procesos y persecuciones, y sin embargo, desde
hace dos mil años, constatamos que no sigue habiendo aventureros que siguen
a Jesús».
«Jesús no tiene ni idea de financia ni de economía --añade el arzobispo
vietnamita--. En la parábola de los obreros de la viña, el patrón paga el
mismo sueldo a quien trabaja desde primeras horas de la mañana, y a quien
comienza a trabajar por la tarde. ¿Se equivocó al echar cuentas? ¿Cometió
un error? No, lo hace a propósito, pues Jesús no nos ama por nuestros
méritos, su amor es gratuito y los supera infinitamente. Jesús tiene
"defectos" porque ama. El amor auténtico no razona, no calcula, no
pone
barreras ni condiciones, no construye fronteras y no recuerda las ofensas».
Amar a los enemigos
--Zenit: Amar a los enemigos es otro de los temas que usted ha escogido
para los ejercicios espirituales del Papa.
--Monseñor Van Thuân: Un distintivo particular del amor cristiano es el
amor a los enemigos, con frecuencia incomprensible para quien no cree. Un
día, uno de los guardias de la cárcel me preguntó: "Usted, ¿nos
ama?". Le
respondí: "Sí, os amo". "¿Nosotros le hemos tenido encerrado
tantos años y
usted nos ama? No me lo creo...". Entonces le recordé: "Llevo muchos
años
con usted. Usted lo ha visto y sabe que es verdad". El guardia me preguntó:
"Cuando quede en libertad, ¿enviará a sus fieles a quemar nuestras casas
o
a asesinar a nuestros familiares?". "No --le respondí-- aunque queráis
matarme, yo os amo". "¿Por qué?", insistió. "Porque Jesús
me ha enseñado a
amar a todos, también a los enemigos --aclaré--. Si no lo hago no soy digno
de llevar el nombre de cristiano. Jesús dijo: "amad a vuestros
enemigos y
rezad por quienes os persiguen". "Es muy bello, pero difícil de
entender",
comentó al final el guardia.
--Zenit: Sucede lo mismo con el perdón: muchos lo invocan pero pocos lo
viven...
--Monseñor Van Thuân: Los escribas y los fariseos se escandalizan porque
Jesús perdona los pecados. Sólo Dios puede perdonar los pecados. El amor
misericordioso resucita a los muertos, física y espiritualmente. Jesús
siempre perdonó a todos. Perdonó cualquier pecado, por más grave que fuera.
Con su perdón dio nueva vida a muchas personas hasta el punto de que se
convirtieron en instrumentos de su amor misericordioso. Hizo de Pedro,
quien le negó tres veces, su primer vicario en la tierra, y de Pablo,
perseguidor de cristianos, apóstol de las gentes, mensajero de su
misericordia, pues, como él decía, "allí donde abunda el pecado,
sobreabunda la gracia"».
--Zenit: Parafraseando a Martin Luther King, ¿cuáles son los sueños de un
hombre lleno de esperanza, como monseñor Van Thuân?
--Monseñor Van Thuân: Sueño una Iglesia que sea Puerta Santa, que abrace a
todos, que esté llena de compasión y comprensión por todos los sufrimientos
de la humanidad. Sueño una Iglesia que sea pan, Eucaristía, que sea don y
dejarse comer por todos, para que el mundo tenga vida en abundancia. Sueño
una Iglesia que lleve en su corazón el fuego del Espíritu Santo, pues allí
donde está el Espíritu hay libertad, diálogo sincero con el mundo,
discernimiento de los signos de nuestros tiempos. La doctrina social de la
Iglesia, instrumento de la evangelización, nos ayuda a hacer este
discernimiento en los cambios sociales de hoy.
ZS00031205
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JUBILEO DE LOS TRABAJADORES
Desde el campus de Tol Bergata, de 335 hectáreas, con asistencia sanitaria, carros de bomberos, animadores móviles y vigilancia especial ha arribado el Papa Juan Pablo II en helicóptero para celebrar el JUBILEO de los trabajadores en la mañana del 1° de mayo.
He aquí los principales conceptos de su alocución ante unos dos cientos mil peregrinos, que debieron arribar a pie hasta dicho lugar de encuentro.
Por su parte los que están a cargo de las empresas se comprometieron ante el Santo Padre a promover el trabajo digno, dando participación a los obreros empleados.
El Santo Padre , dirigiéndose a todos ha dicho que la globalización es hoy en todo el mundo extendida y que debe globalizarse la solidaridad. La pobreza y la desocupación van en aumento en todo el mundo y es un fenómeno que debe y puede revertirse. A las naciones que tienen deudas externas grandes debe perdonárseles la deuda, como gesto jubilar a aplicar . Uniendo la mente, el corazón y el esfuerzo de los trabajadores y cooperadores para construir una sociedad más justa. El Hombre vale por aquello que es y no por lo que tiene. Aprecio vuestra fatiga, vuestra conciencia profesional y vuestro empeño por hacer una sociedad más justa en un orden más humano.
Después del agradecimiento que dirigió al Gobierno Italiano, a la Universidad, a todos los que vinieron a pie por la calle ,dio seguridad de que Roma seguirá hospedando a los peregrinos en este año jubilar. Hizo mención también a la próxima jornada mundial de la juventud.
Los conceptos clave de su discurso fueron :
1. Globalizar la solidaridad a favor del trabajo digno.
2. Reducción de las deudas.
3. Gobernar con sabiduría.
4. Condonar el débito a los países pobres.
5. Hacer una coalición global que apunte a la solidaridad.
La jornada se vio galardonada por la presencia muy especial de Andrea Bruscelli, quien tenía agendada su participación ante el Papa para cantar en este día del jubileo, pero en la noche anterior ha fallecido su padre por lo cual había desistido. Su madre lo ha convencido para que cantara ante el Papa ya que a su padre le hubiera gustado que así fuera. Llegó en helicóptero y cantó el Ave María y otras, acompañado por la orquesta del jubileo.
Una delegación de 18 trabajadores, una desocupada, un dirigente, operarios, todos juntos , representando al mundo del trabajo, se presentan ante el Papa, portando un mensaje que aliente a la construcción y al desarrollo del mundo del trabajo.
Un grupo israelita junto a una cantante de esa nacionalidad ejecutaron "La vida puede ser bella", después de decir que "la importancia de la responsabilidad recíproca puede ser entendida si pensamos que la vida es bella y que conmemoramos hoy en Israel el día del holocausto que acabó con seis millones de judíos.
Desde estudios de la RAI , Renata Livraghi (Ordinario de Economía), ha dicho al respecto que debemos repensar qué cosas sean necesarias para convivir con una sensibilidad que nos haga corresponsables en cuanto a la dignidad del trabajo, asegurar el condono del débito.
Posteriormente el Papa se trasladó en helicóptero al Vaticano para proseguir la jornada del jubileo de los trabajadores a la tarde.
Darío Techera
JUAN PABLO II EN
FATIMA
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EL PAPA CONFIESA EN ROMA LA EMOCION VIVIDA EN FATIMA
Encuentro con los peregrinos en la plaza de San Pedro
CIUDAD DEL VATICANO, 14 mayo (ZENIT.org).- A su regreso a Roma, tras la
histórica peregrinación a Fátima en la que beatificó a los dos pastorcillos
y encargó el anuncio de la publicación del tercer secreto de Fátima, Juan
Pablo II recibió el saludo de miles de peregrinos en la plaza de San Pedro,
quienes quisieron darle la bienvenida a Roma durante el tradicional
encuentro de los domingos, antes de rezar la oración mariana del mediodía.
Refiriéndose a las 24 horas inolvidables que el Papa ha transcurrido en
tierras portuguesas, confesó: «En mi corazón sigue todavía viva la emoción
que experimenté ayer en Fátima, al proclamar beatos a los pastorcillos
Francisco y Jacinta Marto, quienes junto con Lucía, que todavía hoy vive,
tuvieron el privilegio de ver a la Virgen y de hablar con ella. He confiado
a la Virgen todas las necesidades e intenciones de la Iglesia, rezando
también por las vocaciones».
En este día, la Iglesia celebraba precisamente la Jornada Mundial de
Oración por las Vocaciones y el Papa, según una significativa costumbre,
ordenó, en este cuarto domingo de Pascua, comúnmente llamado del «Buen
Pastor», a 26 nuevos sacerdotes de la diócesis de Roma. Tras haber invitado
a los fieles a rezar por ellos para que su vida y su ministerio sean un
testimonio alegre de Cristo y su Evangelio, añadió: «En este mes de mayo,
que la tradición popular consagra a María, dirijamos constantemente la
mente y el corazón hacia ella, imitando su ejemplo de fiel adhesión al
designio divino. Acogiendo la invitación que la Virgen hizo precisamente en
Fátima a los creyentes, recemos y hagamos penitencia por la Iglesia y por
la santificación de los sacerdotes, por la conversión de cuantos viven en
el pecado y por la paz en el mundo».
ZS00051410
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LOS DOS PASTORCILLOS, PROTAGONISTAS DEL SIGLO XX
Ceremonia de beatificación de Francisco y Jacinta
FATIMA, 14 mayo (ZENIT.org).- Los dos pastorcillos de Fátima, Jacinta y
Francisco Marto ya son beatos. Eran las 10:50, hora de Portugal, del 13 de
mayo, cuando Juan Pablo II pronunció la fórmula litúrgica de beatificación
durante la misa que celebró en la explanada que se encuentra junto a la
Basílica de la Cova de Iría. Se encontraban presentes más de quinientas mil
personas.
Ha sido la mejor manera de celebrar este 13 de mayo, en el que se
celebraban los 83 años de las primeras apariciones de la Virgen y el
atentado del que fue víctima el Papa Wojtyla en la plaza de San Pedro del
Vaticano, en 1981. En la ceremonia participó también Lucía dos Santos, 93
años, monja de clausura, que fue testigo de aquellos acontecimientos
prodigiosos, junto a sus primitos que ahora son los primeros niños no
mártires en ser elevados a la gloria de los altares; no por ser videntes,
sino por haber practicado las virtudes de manera heroica.
Con su tercera visita a Fátima, el Papa ha querido también dar gracias a la
Virgen por la protección que le ha ofrecido en sus casi 22 años de
pontificado.
Tercer secreto
La beatificación de los pastorcillos vivió un momento de emoción inesperado
cuando el cardenal Angelo Sodano, secretario de Estado del Vaticano, por
encargo de Juan Pablo II leyó un anticipo de la tercera parte del así
llamado secreto de Fátima, que será publicado por la Congregación para la
Doctrina de la Fe, acompañado por un comentario. Está relacionado con las
persecuciones de la Iglesia protagonizadas por los regímenes ateos del
siglo XX y, en particular, con el atentado del 13 de mayo de 1981.
El sol brilló con fuerza en esta fiesta que recordaba «el día en que
bailó». Estaba presente el presidente de la República Portugesa, Jorge
Sampaio, junto a los más altos representantes del Estado. Muchos de los
presentes habían pasado toda la noche en oración, celebraciones
eucarísticas, rosarios, procesiones con antorchas... Prácticamente no se
dio una sola pausa entre el momento de la llegada del Papa en la noche
anterior para rezar en la Capilla de las Apariciones, donde ofreció a la
Virgen el anillo que le regaló el cardenal Stefan Wyszynksi al inicio de su
pontificado.
Encuentro con sor Lucía
Al llegar a la Basílica en la mañana, el Papa se encontró con sor Lucía, la
anciana vidente que le recibió con una amplia sonrisa. Esta mujer regresó
hoy a Fátima por cuarta vez, pues por cuarta vez ha venido un Papa a
Fátima: primero fue Pablo VI y después, en tres ocasiones, Juan Pablo II.
Se podría decir, que en este día los tres pastorcillos se volvieron a
reunir en Fátima.
De este modo, dos niños que no fueron mártires, los primeros en la
historia, fueron declarados solemnemente beatos, es decir, modelos para la
Iglesia y el mundo de virtudes heroicas. Este es el primer mensaje de
Fátima: la atención privilegiada de Dios por los pequeños y humildes.
«Según el designio divino vino del cielo a esta tierra de los pequeños
privilegiados por el Padre una "mujer vestida de sol" --explicó el
pontífice--. Ella les habla con voz y corazón de mamá. Les invita a
ofrecerse como víctimas de reparación, diciéndose dispuesta a conducirles
en seguridad hasta Dios».
Francisco y Jacinta
El Santo Padre habló de Francisco, quien pensaba continuamente en Jesús,
entristecido a causa de los pecados, por lo que quería consolarle. Habló
también de Jacinta que ofreció con gusto su incipiente vida por los
pecadores. Con la autoridad de la inocencia, estos niños tienen mucho que
enseñar a una humanidad demasiado ignorante sobre la gravedad del pecado,
constató el obispo de Roma.
El siglo XX y las apariciones
Pero la meditación del pontífice pasó después hasta abarcar los horizontes
de la historia de este siglo, tan ligados a las apariciones de Fátima.
Aquellos niños recibieron un mensaje en el que se revelaba la terrible
lucha entre el bien y el mal, que atraviesa la historia del mundo. En este
sentido, el Papa exclamó: «¡Cuántas víctimas ha habido en este último
siglo
del segundo milenio! Mi pensamiento se dirige a los horrores de las dos
grandes guerras y las otras contiendas en otras partes del mundo. También
se dirige a los campos de concentración y de exterminio, a los gulag, a las
limpiezas étnicas, a las persecuciones, al terrorismo, a los secuestros, a
la droga, a los atentados contra la vida de los no nacidos y contra la
familia».
A continuación puso en relación la Conmemoración de los testigos de la fe
del siglo XX que tuvo en el Coliseo (7 de mayo) con esta peregrinación
portuguesa, y dijo: «Aquí, en Fátima, donde fueron preanunciados estos
tiempos de tribulación y la Virgen pidió hacer oración y penitencia para
abreviarlos, quiero dar gracias al cielo por la fuerza del testimonio que
se ha manifestado en todas esas vidas». En este momento, el discurso del
Papa asumió tonos conmovidos al agradecer al Señor la protección que le
otorgó con motivo del atentado de hace 19 años: «Deseo una vez más celebrar
la bondad que ha tenido el Señor conmigo, cuando al ser gravemente herido
en aquel 13 de mayo de 1981 me salvó de la muerte. Expreso mi
reconocimiento también a la beata Jacinta por los sacrificios y oraciones
presentadas por el Santo Padre, a quien ella había visto sufrir tanto».
Por último, el Papa dedicó palabras especiales a los niños presentes en la
beatificación. De hecho, eran numerosos y hacían más ruido que nadie.
Venían de todo Portugal. «La Virgen tiene necesidad de todos vosotros para
consolar a Jesús, triste por los males que se hacen contra él --les dijo--.
Tiene necesidad de vuestras oraciones y de vuestros sacrificios por los
pecadores».
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LA SANGRE DEL PAPA Y DEL SIGLO XX EN EL SECRETO DE FATIMA
Juan Pablo II hace sugerentes revelaciones en la homilía de beatificación
FATIMA, 14 mayo (ZENIT.org).- Juan Pablo II encargó a su brazo derecho en
la guía de la Santa Sede, el cardenal Angelo Sodano, secretario de Estado
vaticano, que anunciara la gran sorpresa que había preparado para su
peregrinación a Fátima que realizó del 12 al 13 de mayo con el objetivo de
beatificar a los dos pastorcillos Francisco y Jacinta: la revelación del
famoso «tercer secreto».
Una anuncio inesperado
«La visión de Fátima tiene que ver sobre todo con la lucha de los sistemas
ateos contra la Iglesia y los cristianos, y describe el inmenso sufrimiento
de los testigos de la fe del último siglo del segundo milenio. Es un
interminable Via Crucis dirigido por los Papas del Siglo XX», explicó el
cardenal italiano.
«Según la interpretación de los "pastorinhos" --añadió--,
interpretación
confirmada recientemente por Sor Lucia, el "Obispo vestido de blanco"
que
ora por todos los fieles es el Papa. También él, caminando con fatiga hacia
la Cruz entre los cadáveres de los martirizados (obispos, sacerdotes,
religiosos, religiosas y numerosos laicos), cae a tierra como muerto, bajo
los disparos de arma de fuego».
El anuncio no lo quiso hacer el Papa, en parte porque se trata de una
revelación privada y en parte (y quizá sobre todo) por cierto pudor, pues
le afecta personalmente. Ahora bien, durante la homilía de la ceremonia de
beatificación reconoció implícitamente y con signos evidentes de emoción
que estas revelaciones han marcado decisivamente la comprensión de su
pontificado y su visión del mundo en estas dos últimas décadas.
El secreto y el atentado
El cardenal Sodano añadió al hacer lectura del anuncio: «Después del
atentado de 13 de mayo de 1981, a Su Santidad le pareció claro que había
sido "una mano materna quien guió la trayectoria de la bala",
permitiendo
al "Papa agonizante" que se detuviera «a las puertas de la
muerte"». Por
este motivo, con ocasión de una visita a Roma del entonces obispo de
Leiria-Fátima, el Papa decidió entregarle la bala, que quedó en el jeep
después del atentado, para que se custodiase en el Santuario. Por
iniciativa del obispo, la misma fue después engarzada en la corona de la
imagen de la Virgen de Fátima.
Referencias del mismo Papa
De este modo el tercer secreto sólo fue revelado parcialmente. Para conocer
su contenido completo habrá que esperar a que sea publicado por la
Congregación para la Doctrina de la Fe, organismo vaticano presidido por el
cardenal Joseph Ratzinger, quien ha preparado un comentario para hacer más
fácil su comprensión. En la homilía de la ceremonia de beatificación,
sin
embargo, Juan Pablo II hizo referencias sumamente interesantes que sin duda
están relacionadas con el mismo.
Dejó ante todo muy claro que el mensaje de Fátima es «un llamamiento a la
conversión». El sucesor de Pedro confirmó, además, algunos aspectos
particulares de los tres secretos: las muertes prematuras de Jacinta y
Francisco, las terribles guerras y persecuciones del siglo XX, la necesidad
de rezar para que se «abrevien» los males contra el hombre y el atentado
que él mismo sufrió en 1981 en el Vaticano. Para ello citó en la homilía el
Apocalipsis, cuando habla del «dragón», que simboliza el mal y afirmó que
cuando el hombre «deja a Dios a un lado no puede alcanzar la felicidad,
sino que al contrario, acaba por autodestruirse».
La confirmación del «segundo secreto» de Fátima, el referente a las guerras
mundiales, la realizó de manera indirecta, diciendo: «¡Cuántas víctimas ha
habido en este último siglo del segundo milenio! Mi pensamiento se dirige a
los horrores de las dos grandes guerras y las otras contiendas en otras
partes del mundo. También se dirige a los campos de concentración y de
exterminio, a los gulag, a las limpiezas étnicas, a las persecuciones, al
terrorismo, a los secuestros, a la droga, a los atentados contra la vida de
los no nacidos y contra la familia».
Por lo que se refiere al primer secreto, la muerte prematura de los niños,
recordó las palabras de Jacinta en la que decía refiriéndose a Francisco
que «la Virgen ha venido a vernos y ha dicho que muy pronto vendrá a
llevárselo».
La referencia del obispo de Roma al tercer secreto, ahora parcialmente
revelado, la hizo con estas palabras: en Fátima, «fueron vaticinadas las
tribulaciones de estos tiempos y la Virgen pidió que se rezara para
abreviar esos males». Por eso, añadió, «quiero dar gracias a Dios por
haberme salvado de la muerte aquel 13 de mayo de 1981. Expreso mi
reconocimiento también a la beata Jacinta por los sacrificios y rezos
hechos para el Papa, al que vio sufrir».
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EL ANUNCIO DEL TERCER SECRETO DE FATIMA
Revelaciones del secretario de Estado vaticano
FATIMA, 14 mayo (ZENIT.org).- Al final de la Eucaristía, en la que Juan
Pablo II beatificó a Francisca y Jacinto, dos de los tres niños que fueron
testigos de las apariciones de la Virgen en Fátima, el cardenal Angelo
Sodano, secretario de Estado del Vaticano, tomó la palabra para anunciar
que Juan Pablo II ha decidido revelar el tercer secreto revelado por María
a los tres pastorcillos. Estas fueron las palabras del purpurado.
* * *
Hermanos y hermanas en el Señor:
Al concluir esta solemne celebración, siento el deber de presentar a
nuestro amado Santo Padre Juan Pablo II la felicitación más cordial, en
nombre de todos los presentes, por su próximo 80° cumpleaños,
agradeciéndole su valioso ministerio pastoral en favor de toda la santa
Iglesia de Dios.
En la solemne circunstancia de su venida a Fátima, el Sumo Pontífice me ha
encargado daros un anuncio. Como es sabido, el objetivo de su venida a
Fátima ha sido la beatificación de los dos «pastorinhos». Sin embargo,
quiere atribuir también a esta peregrinación suya el valor de un renovado
gesto de gratitud hacia la Virgen por la protección que le ha dispensado
durante estos años de pontificado. Es una protección que parece que guarde
relación también con la llamada «tercera parte» del secreto de Fátima.
Este texto es una visión profética comparable a la de la Sagrada Escritura,
que no describe con sentido fotográfico los detalles de los acontecimientos
futuros, sino que sintetiza y condensa sobre un mismo fondo hechos que se
prolongan en el tiempo en una sucesión y con una duración no precisadas.
Por tanto, la clave del lectura del texto ha de ser de carácter simbólico.
La visión de Fátima tiene que ver sobre todo con la lucha de los sistemas
ateos contra la Iglesia y los cristianos, y describe el inmenso sufrimiento
de los testigos de la fe del último siglo del segundo milenio. Es un
interminable Via Crucis dirigido por los Papas del Siglo XX.
Según la interpretación de los «pastorinhos», interpretación confirmada
recientemente por Sor Lucia, el «Obispo vestido de blanco» que ora por
todos los fieles es el Papa. También él, caminando con fatiga hacia la Cruz
entre los cadáveres de los martirizados (obispos, sacerdotes, religiosos,
religiosas y numerosos laicos), cae a tierra como muerto, bajo los disparos
de arma de fuego.
Después del atentado de 13 de mayo de 1981, a Su Santidad le pareció claro
que había sido «una mano materna quien guió la trayectoria de la bala»,
permitiendo al «Papa agonizante» que se detuviera «a las puertas de la
muerte» (Juan Pablo II, «Meditación con los Obispos italianos desde el
Policlínico Gemelli», en «Insegnamenti», col.XVII/1, 1994, p. 1061). Con
ocasión de una visita a Roma del entonces Obispo de Leiria-Fátima, el Papa
decidió entregarle la bala, que quedó en el jeep después del atentado, para
que se custodiase en el Santuario. Por iniciativa del Obispo, la misma fue
después engarzada en la corona de la imagen de la Virgen de Fátima.
Los sucesivos acontecimiento del año 1989 han llevado, tanto en la Unión
Soviética como en numerosos Países del Este, a la caída del régimen
comunista que propugnaba el ateísmo. También por esto el Sumo Pontífice le
está agradecido a la Virgen desde lo profundo del corazón. Sin embargo, en
otras partes del mundo los ataques contra la Iglesia y los cristianos, con
la carga de sufrimiento que conllevan, desgraciadamente no han cesado.
Aunque las vicisitudes a las que se refiere la tercera parte del secreto de
Fátima parecen ya pertenecer al pasado, la llamada de la Virgen a la
conversión y a la penitencia, pronunciada al inicio del siglo XX, conserva
todavía hoy una estimulante actualidad. «La Señora del mensaje parecía leer
con una perspicacia especial los signos de los tiempos, los signos de
nuestros tiempos ... La invitación insistente de María santísima a la
penitencia es la manifestación de su solicitud materna por el destino de la
familia humana, necesitada de conversión y perdón» (Juan Pablo II, Mensaje
para la Jornada Mundial del Enfermo 1997, n. 1, en : Insegnamenti, vol
XIX/2, 1996, p. 561).
Para permitir que los fieles reciban mejor el mensaje de la Virgen de
Fátima, el Papa ha confiado a la Congregación para la Doctrina de la Fe la
tarea de hacer pública la tercera parte del secreto, después de haber
preparado un oportuno comentario.
Agradecemos a la Virgen de Fátima su protección. A su materna intercesión
confiamos la Iglesia del Tercer Milenio.
«Sub tuum praesidium confugimus, Sancta Dei Genetrix!».
Traducción distribuida por la Sala de Prensa de la Santa Sede.
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FATIMA: POR PRIMERA VEZ UN PAPA BEATIFICA A NIÑOS QUE NO SON MARTIRES
Declaraciones del prefecto de la Congregación vaticana para los Santos
CIUDAD DEL VATICANO, 11 mayo (ZENIT.org).- Se llama María Emilia Santos, es
portuguesa y tiene 69 años: desde hace 22 años estaba totalmente
paralizada, sin poder salir de la cama. El 20 de febrero de 1989, hace once
años, experimentó una curación instantánea y completa, tras haber pedido a
Dios la gracia por intercesión de los dos pastorcillos que recibieron las
apariciones de la Virgen María en Fátima. El milagro, necesario para la
beatificación, fue reconocido por la Iglesia el 28 de junio de 1999.
María Emilia estará presente el próximo sábado en la beatificación, junto a
Lucía, de 93 años, carmelita que vive en el monasterio de Coimbra, prima de
los nuevos beatos y testigo de las apariciones de la Virgen que tuvieron
lugar entre el 13 de mayo y el mes de octubre de 1917.
El testimonio de Lucía en el proceso de beatificación de Francisco y
Jacinta ha sido, obviamente, de importancia decisiva. Ella conoció mejor
que nadie a sus primos, con los que pasaba días enteros. Ha podido
testimoniar sobre el influjo que tuvieron en la vida de esos pequeños las
apariciones. El proceso de la Congregación vaticana para las Causas de los
Santos ha permitido constatar cómo los pastorcillos fueron cultivando una
estupenda vida espiritual que llegó a alcanzar grados heroicos, como lo
afirmó el Decreto del 13 de mayo de 1989.
El prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, el arzobispo
José Saraiva Martins, ha explicado a los micrófonos de «Radio Vaticano» la
importancia que tienen estas beatificaciones que proclamará el próximo
sábado el Papa en Fátima. «La beatificación de los dos pastorcillos,
Francisco y Jacina --explica--, es ciertamente un acontecimiento que ha
sido esperado durante mucho tiempo. Y no sólo por los católicos
portugueses. Todos los devotos de esos niños que vieron a la Virgen de
Fátima --están esparcidos por todo el mundo-- saltan de alegría ante este
evento. El significado de la beatificación de los dos hermanitos es
bastante claro. El movimiento religioso que surgió con las apariciones de
la Virgen en la Cova de Iría, que pronto se extendería por toda la
catolicidad, recibirá una especial confirmación y un nuevo impulso. En
particular, al elevar a los dos pequeños videntes a la gloria de los
altares, el Santo Padre permite su culto en la Liturgia de la Iglesia,
estimula la devoción de los fieles por ellos, y sobre todo, les propone
como modelos eximios de virtud cristiana».
Francisco y Jacinta serán los primeros niños beatificados sin ser mártires.
Se trata, por tanto, de un paso totalmente nuevo para la historia de la
Iglesia. Saraiva Martins, quien es también portugués, lo explica así: «La
razón por la que antes no se había beatificado a niños de esa edad se debe
a la convicción que existía de que a esa edad todavía no eran capaces de
practicar las virtudes cristianas de manera heroica. La Congregación para
las Causas de los Santos afrontó de manera profunda esta cuestión en 1981.
Para ello se sirvió de especialistas en los diferentes sectores
relacionados con el argumento en cuestión: desde el teológico hasta el
jurídico, desde el histórico y pedagógico hasta incluso el psicológico. La
conclusión a la que llegaron los especialistas es que las personas que han
alcanzado la "aetas discretionis", es decir el uso de razón, pueden
ejercer
las virtudes incluso de manera heroica, por tanto, pueden ser beatificadas
y canonizadas».
Tercer secreto
Por lo que se refiere a la cuestión del «tercer secreto de Fátima» que la
Virgen reveló a los pastorcillos y que los Papas no han querido hacer de
dominio público, el prefecto de la Congregación para las Causas de los
Santos ha explicado en declaraciones a la revista «Inside the Vatican» que
es inútil hacer especulaciones sobre su carácter catastrofista. «El hecho
de que no se haya hecho de dominio público no significa necesariamente que
se deba al anuncio de catástrofes. Más bien indica que no es necesario
conocer esa parte de las revelaciones. Nosotros ya sabemos lo suficiente de
las dos primeras partes. Ya sabemos lo que quiere el Señor nos quiso decir
a través de su Madre. Y esto lo saben todos».
Este Papa ha sido el que más beatificaciones y canonizaciones ha hecho en
toda la historia: ha beatificado a 1.200 personas y canonizado a 447; en
total 1.449. Saraiva Martins, al intervenir en el noticiero internacional
de «Radio Vaticano» ha aclarado que con ello, Juan Pablo II quiere
demostrar «la gran importancia pastoral y eclesial de las beatificaciones y
canonizaciones. Elevar a los Siervos de Dios a la gloria de los altares
significa proponer a todo el Pueblo de Dios y a la sociedad moderna modelos
auténticos de humanidad y de santidad, que el hombre de nuestro tiempo
necesita de manera particular».
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