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Derecho laboral.
Ciencias Origen del cosmos. Una respuesta teológica adecuada. |
VIDA
DEL PADRE PEDRO RIALAN MANSINO MISIONERO
DE LOS SAGRADOS CORAZONES DE
JESÚS Y MARÍA
“Dejen de decir que estoy muerto porque estoy vivo” (junio de 2000) Nació Pedro Felipe Elías el día
16 de febrero de 1950. Ordenado sacerdote el 1° de febrero de 1981 a las 10
horas en la Parroquia San Roque (Capitán Bermúdez , Santa Fe, República
Argentina). Hizo su Vestición y profesión religiosa dos años antes en la
misma parroquia , el 14 de enero de
1979. El lema
que eligió para su ordenación
fue : “Sal de tu tierra y vete al país que Yo te mostraré” (Gén. 12,1) “Que
no me detenga en el camino hacia Dios. Que mi vida sea una ascensión constante
hacia la santidad” - fueron sus
palabras del día de su profesión religiosa. Su vida se convertiría en ese
ascenso hacia la cumbre del calvario, al
modo de Cristo pobre y obediente hasta la cruz,
su vida se santificó marcado por la cruz enorme de un gran abandono y
una gran pobreza ofrecida a Jesús, que perfeccionó su caridad en grado
elevado. De este modo, llegado el momento elegido por Dios,
pasó de este mundo a la casa del Padre el día 22 de mayo del 2000. Monseñor Doctor Guillermo
Bolatti, Pastor de la Arquidiócesis de Rosario, impuso las manos a Pedro y a
José Bato, un joven de origen polaco, compañeros de seminario en la Familia de
los Sagrados Corazones de Jesús y María. En ese momento trascendente para
sus vidas, pidieron al Señor el don del Amor, la fidelidad y la perseverancia
en el ministerio sacerdotal. Sin duda el Señor lo fue modelando y ayudando a lo
largo de su vida de sacerdote con esos tres dones. La invitación al día de su
ordenación llevaba estampado lo siguiente: “La devoción a los
Sagrados Corazones de Jesús y María, es fuente de vida y alma del apostolado
de los que se congregan, los cuales, consagrando fatigas, estudios, trabajos y
la vida misma, como víctima y holocausto, participan en la obra de salvación y
de redención de Cristo en la Iglesia” “La consagración a Dios
en esta congregación es para alcanzar, imitando a los Sagrados Corazones, la
caridad perfecta.” “La
misión de la Congregación es la difusión en el
mundo del amor de los Sagrados corazones
con la evangelización, especialmente de los más abandonados, por medio del
apostolado de la palabra, en formas y modos adaptados a los tiempos y
lugares.”
(De las Constituciones de los Sagrados Corazones de Jesús y María) El valor de la familiaSu familia, sus padres, ocuparon
siempre en su corazón un lugar de privilegio. Sus últimos años los pasó
junto a su madre, Ilda , en su casa de Montevideo, en la calle Marubio de Manga, ya con una afección del corazón que le impedía ejercer el
ministerio en la Argentina. Tener
un hijo sacerdote es la más grande bendición
que Dios otorga a una familia. El hijo que se casa se aleja muchas veces del
hogar, en cambio el hijo sacerdote queda habitualmente cerca del hogar de sus
padres y suele estar más cerca de ellos en los momentos más difíciles y
trascendentes de la vida.
Montevideo, 23 de mayo de
2000 A los Amigos del Padre Pedro Rialán Mansino Presente Con motivo de su reciente fallecimiento. El padre Pedro se apartó de nosotros el lunes 22 de mayo de este año,
estando en Buenos Aires, en casa de amigos íntimos, murió de pronto,
cayendo al piso mientras leía el diario en voz alta.
Sus restos descansan en el cementerio
de Ranelach, una localidad en Via Quilmes; le estamos extrañando y le
sentiremos por mucho tiempo su ausencia. Su calidez humana, su cariño y
preocupación constantes por todos sus amigos, a tal punto que no se quejaba de
sus graves dolencias de corazón. Sino que ofrecía con alegría a Dios, reía
con gran humor al leer la realidad que nos afectaba, pero sentía muy hondo
dentro de sí la miseria de los más pobres, de los enfermos a los cuales nunca
dejó de visitar , a pesar de no contar con recursos económicos suficientes.
Lo hemos perdido, hemos perdido la presencia
de su amistad, pero contamos con él
como intercesor ante Jesucristo, de quien fue su esforzado y sufriente sacerdote. Supo ser
ese amigo que persevera hasta el fin, y que , de ese modo obtiene la
corona de la victoria. Porque lo hemos visto entregar su vida como sacerdote y
en cierto sentido víctima desde la gran prueba que le tocó vivir, como en
un camino hacia el calvario cargando su propia cruz.
Su opción fundamental era Cristo y
lo seguía desde la pobreza económica
que lo flagelaba y la humildad propia
de los que confían sus vidas en
Dios.
Una
prueba que fue mezcla de enfermedad inexorable, y a su vez una misteriosa
marginación como sacerdote que lo hacía sufrir moralmente y que lo
llevaría a esa muerte que él bien sabía había de suceder
en cualquier momento. Por
eso se sentía en manos de Dios como un niño. No cabía en él la autocompasión
ni el repliegue sobre sí mismo, ni los miedos lo dominaban, ni la tristeza.
Su mejor remedio fue la risa, el buen humor.
Sin quejas ni reproches hacia nadie, más bien siempre en la edificación
del pueblo de Dios con la palabra oportuna y el buen consejo para sus amigos. El
no era un señor de aire superior sino un amigo.
Sacamos de sus apuntes del año 1979 : “Hay momentos en que
Dios nos conduce al límite extremo de nuestra impotencia, y entonces, solo
entonces comprendemos hasta el fondo nuestra nada. Durante muchos años, durante
demasiados años, he chocado contra mi impotencia, contra mi debilidad . Las más
de las veces la he escondido prefiriendo aparecer al público con una hermosa máscara
de seguridad. Es el orgullo que no quiere la impotencia, es la soberbia que no
acepta ser pequeño y Dios, un poco cada vez, me lo ha hecho comprender. Ahora,
hoy por hoy, pongo toda mi impotencia frente a la omnipotencia de Dios: el cúmulo
de mis pecados bajo el sol de su misericordia, el abismo de mi pequeñez en
vertical, bajo el abismo de su grandeza. Sí, es precisamente mi miseria lo que
atrae su poder, mis llagas las que lo llaman gritando, mi nada lo que hace que
caiga sobre mí a cataratas su Todo. Y es en este encuentro donde se dan los
desposorios más hermosos porque
están hechos por un amor gratuito que se da, y por un Amor gratuito que acepta.
Y la aceptación de esta verdad se debe a la humildad y por esto , sin humildad
no hay verdad y sin verdad no hay humildad.”
Descubríamos en él al sacerdote de una
gran sensibilidad para intuir los problemas
sociales, de las personas
,de las familias, de los países. Siempre
actualizado, dominaba cualquier tema y opinaba
con conocimiento profundo , incluso
anticipaba lo que se iba a decir en un documental o en una película al mirar
por televisión.
Aplicaba la palabra exacta al amigo que necesitaba un
consejo.
Su tiempo era nuestro, porque se sentía
a gusto con nuestra compañía, disfrutaba de nuestras alegrías en una tarde de
domingo, y también se lamentaba
con nuestras penas y preocupaciones. Su
tiempo era nuestro porque lo regalaba en
las visitas a los enfermos llevándoles la comunión y confesándolos ; ante
este apostolado afloraba visiblemente
su espíritu misionero forjado en las parroquias rurales de la diócesis Nueve
de Julio de Buenos Aires, donde trabajó durante catorce años atendiendo
colegios y capillas , recorriendo la campaña
para celebrar misas en lugares alejadísimos que le implicaban traslados diarios de
cien kilómetros entre misa y misa de domingo. Más
de una vez volcó con su coche en esas rutas solitarias. Sentía la soledad sacerdotal y su espíritu se reconfortaba
cuando se encontraba después de un
largo viaje de carretera con sus amigos sacerdotes para conversar
y tomar un café. Sus obras quedaron escritas en su prodigiosa memoria de
hechos y situaciones vividas, de nombres. Y
seguramente así, cargado de frutos , cuando ya estuvo maduro para la
cosecha el Señor vino a buscarlo en
el momento justo, mientras pasaba
unos días en compañía de sus
queridos amigos de Buenos Aires en Ranelach.
De este modo Cristo sellaba su ofrecimiento sacerdotal al entregar su vida por sus amigos
porque “no hay mayor amor que dar la vida por sus amigos” . Pedro no fue una
mera víctima de la enfermedad, él ofreció y entregó su vida por sus amigos,
por todos nosotros, quienes estábamos en lo íntimo de sus pensamientos y
preocupaciones.
Ahora que es sacerdote para siempre, en la eternidad, ha llevado junto a
Cristo una gran parte de nuestras vidas, de nuestros deseos de felicidad.
Quienes lo conocimos supimos de él
como el Padre Pedro, Perucho. Hace hoy tres años que lo internaron en el
Hospital Pasteur para hacerle los análisis del corazón. Después de un
cateterismo para hacer una cardiomioplastia el equipo médico decidió no
operarlo pues hubiera sido sumamente riesgoso. Optaron por
medicamentarlo. No podían faltarse los ocho remedios que todas las mañanas
debía tomar, metabloqueantes, anticoagulantes.
Sufrió estos últimos tres años de un gran abandono por parte de muchos
que debieron haber sido sus amigos, pero fue a su vez consolado y apoyado por
aquellos que lo reconocían como
buen Pastor . Sufrió estos tres años al tocar el fondo de la miseria de
la realidad humana siguiendo el ejemplo de Cristo en su pasión dolorosa. Cuando
estuvo en el Hospital Pasteur cuidaba
él mismo a los demás internados de
la sala y asistía a los que morían cerca de
él tal vez solos y
abandonados. “Miseria humana” – solía repetir al contemplar a los
quejosos enfermos tratando de desplazarse de
sus camas como buenamente podían. Los
médicos sabían que era un paciente sacerdote, lo trataban con esmerada atención
y lo tenían al tanto de su evolución clínica.
De este fondo de miseria humana que
Cristo experimentó resurgió al resucitar, al vencer la muerte; nos dejó
la esperanza de un sueño que
se puede hacer realidad, una vida donde ya no halla más muerte ni dolor.
No había decidido aún el lugar de su
residencia, en Buenos Aires o en Uruguay. Los Obispos le habían dado a elegir y
estaba tramitando su jubilación cuando lo sorprendió
el Señor que lo llamó a su presencia, eligiendo sin duda el lugar : sería
Buenos Aires el lugar de su residencia , tal vez por aquellas palabras : sal de
tu tierra, te mostraré el país donde quiero que estés.
La Virgen, como buena madre,
decidió por él y vino a buscarlo
en Buenos Aires el 22 de mayo a las
9 de la mañana en ese que era su
segundo hogar, su segunda familia de
Ranelach, mientras le leía y
comentaba en voz alta el diario a la abuela , en la cocina
después del desayuno. En
unos segundos se desplomó de la silla al piso y nada pudo
hacerse por él a pesar de los
auxilios que
de inmediato la emergencia móvil
trató de darle, solamente comprobaron que ya había fallecido. Su rostro
traslucía una expresión de paz.
Su sangre cambió rápidamente a un
color morado. Su última celebración de la vida : “Su sangre ha sido derramada por nosotros” -
éste tal vez halla sido el
sentido de su última misa.
Su entierro fue en el cementerio de
Ranelach a las 13 horas del día 23
de mayo. Asistieron sus amigos. Su madre, que había sido motivo de sus
preocupaciones y atenciones tiene
ochenta años y ha participado de
uno de los dolores de la Virgen Maria, el mayor, el
de haber perdido a su Hijo.
Si el
soñar la vida eterna fuera
sólo una utopía la vida no sería más que un ensayo para la muerte. Para
nosotros el coraje del Padre
Pedro radica en una enseñanza : que supo vivir sus años últimos de cara a su
propia muerte pero infundiendo la vida y la esperanza a sus amigos : dando su
vida por sus amigos, que hoy lo lloramos con nostalgia esperanzada,
como Jesús lloró por su amigo Lázaro
y damos fe de
su sacerdocio vivido hasta el extremo, hasta entregar su propia sangre en
la caridad.
En
el día de su Ordenación sacerdotal. Darío Techera Master en ciencias
religiosas 24 de junio de 2000 Montevideo - Uruguay
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