Derecho laboral.

Ciencias e historia

Origen del cosmos. Comentarios bíblicos.

 

Una respuesta filosófica y  teológica adecuada.

                                  

                                  

                                   EL ÚLTIMO RECREO.

 

            Hoy toca el timbre de entrada un poco más tarde de lo acostumbrado. Son las tres y media de la tarde. El patio recobra la plenitud de su vida, vida de baldosas gastadas, portazos y algún golpe de cabeza contra el piso. Las palomas vuelan hacia los techos cuando invaden su sitio las otras aplomas, que revestidas de blanco, revolotean en sus acostumbrados juegos y travesuras ... a la vista de sus maestros. El corredor interior y las aulas ya están casi vacías. La maestra cierra la puerta que da a las escaleras del patio, donde alumnos de segundo suelen sentarse con sus meriendas, bolitas y algún juguete novedoso.

            Y la maestra observa el patio, desde dentro, detrás de los ventanales, entre las aulas de primero y tercero, a poca distancia del timbre de recreo.

            Me extraña su palidez, su contemplar el todo de la escena.  El sol de la media tarde penetra los ventanales y marcan ese rostro que observa como queriendo retener para siempre ese momento ; uno más, tan repetido y a veces problemático en accidentes y disputas pasajeras.

            Un momento más pero irrepetible, del bullicioso ajetreo de los niños del Colegio.

            ¿Quién pudiera comprender esta sensación de nostalgia, de sentir un vuelco del corazón ?

            Yo la observé de casualidad, sólo fue un instante, desde un extremo del patio donde se reúnen niños de segundo año. Sólo intuí en esta joven maestra, que algo le preocupaba.

            Se despide en silencio de todos sus niños, que no son suyos, pero lo son. De primero a tercero y también al sexto de la mañana, al primero, segundo y tercero... cuarto, quinto y sexto... es la maestra secretaria, la que hace fotocopias, la que coordina tareas y muchas pequeñas tareas más.

            Es el último recreo para una maestra que se marcha... se vuelve a su tierra del interior, a la tierra que la reclama, a otros niños que la Providencia le depara. Y todo seguirá como de costumbre, en el continuo ir y venir de la educación, donde todo cambia menos la persona, el ser en sí ; nada puede permanecer en su quietud nunca ; todo es nuevo, es vida que se transforma y perfecciona, que se da, que se recibe. Que crece hasta el infinito sin que pueda detenerse, que se gasta hasta el cansancio ... y hasta marcharse tal vez en silencio. Imperceptiblemente.

            ¿Quién podrá comprender lo hermoso y lo trágico del último recreo? Un sacerdote a otro, una catequista a otra, una maestra sólo será entendida  por otra maestra. Empatía de  la profesión común, de la tarea de enseñar con corazón y con razón.

            Los sentimientos se mueven y se agolpan reflejando en el rostro contemplativo la pérdida de un valioso tesoro. Así se dibuja tras los amplios ventanales un rostro triste pero por sólo un instante.

            Un momento más y camina unos pasos a la campana. Se  rompe al murmullo de las voces en el patio. Los niños forman y entran como de costumbre en filas más o menos ordenadas, como de costumbre, a sus salones. Las palomas espantadas vuelven a recoger sus migas, disputándose unas a otras el alimento de alfajores.

            Sólo un instante. Una silenciosa despedida; valiosa como el más puro acto de elevación del espíritu. Un acto de amor que sólo Dios en el libro de la vida ha registrado y retenido expreción que sólo pudo alguien captar.

            ¿Qué te sucede Mariel, te noto cansada ...

            - Ya se van a enterar -- nos dijo en la cocina del Colegio, que era el lugar de reunión necesario de las maestras.

            Al otro día , Ana María, la Maestra Directora, empezó a anunciar que Mariel se iba a su pueblo y Mariel sonreía normalmente sin denotar emociones, sin dejar ver aquel sentimiento sencillo pero de cariño profundo que vibró en ella en aquel instante que ahora comprendí. Todo cambia en la vida, constantemente. Y de ese cambio sabe mucho el patio cuando se llena de niños en el recreo, ninguno de ellos permanece en el mismo lugar, todos corren como con un cierto orden, como el viento que hace remolinos y mueve los papeles más livianos, un poco se detienen, otros juegan aquí y  allá hasta que suena la campana y entran a las clases; y se hace silencio y vienen  las palomas.

            Viven sus años blancos entre educadores felices, alegres y amorosos, que cuidan de ellos. Amorosos de una vocación, que es un trabajo lindo, contagiados de pureza y de juventud.

            Mariel se marchó en los primeros meses del años, en 1990.  Fue ese su último recreo en el San Vicente, a las 15 horas. No anoté el día cuando escribí este  texto en una hoja de cuaderno, pero fue en los primeros meses del año, por abril o mayo. A fin de año viví también mi último recreo  en el colegio pero no lo recuerdo con detalles, eran mucho niños que atender, muchos viajes de fin de curso con todos los grupos, con todas las maestras.

           

>Comentario del autor

   En 1992 vestí una túnica de doctor  y suplí una maestra de sexto año por dos días en el Colegio Domingo Savio ; también viví mi último recreo, jugué a la pelota y me fotografié con el grupo. Todavía los recuerdo y me recuerdo a mí mismo como maestro por un instante, por  dos días solamente, pero dos días intensos.

 

                                                 Darío Techera . Mayo de 1998.

 

 "No volví ya más a un salón de clases hasta marzo de 2001. Creía que no volvería a usar túnica".

                                                Darío Techera , febrero de 2002

 

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