Nace en Tokio el 16 de mayo
de 1898 y fallece en Kioto el 24 de agosto de 1956.
Mizoguchi se acercó por primera vez a las artes plásticas durante su etapa como estudiante en el Instituto de Pintura Occidental Aohashi, en Tokio. En 1913 se formó en las técnicas del diseño textil, interesándose por las prácticas tradicionales en la elaboración de tejidos. La muerte de su madre, a quien se sentía especialmente unido, fue una de las principales tragedias de su vida. Este hecho marcó en cierta medida su futura existencia.
Trasladó su vivienda a Kobe, donde comenzó a trabajar como ilustrador de periódicos. La hermana de Mizoguchi fue geisha, una actividad que atrajo particularmente al futuro director. Fascinado por las artes de seducción femeninas, se mostró interesado por la vida privada de las cortesanas, un asunto que en adelante fue uno de los argumentos característicos de su cinematografía.
Buscó trabajo en los rodajes que promovía la
compañía Nikkatsu y lo consiguió gracias a un antiguo
profesor suyo. Logró un primer empleo en este campo como ayudante del
director Osamu Wakayama. Tras un rápido aprendizaje comenzó
a dirigir, con lo que su universo personal se movió a partir de ese
momento en el entorno de las filmaciones.
Lo cierto es que Kenji Mizoguchi, como admirador del arte occidental, reconoció desde el primer momento la influencia extranjera en su formación, aunque la mayor parte de su obra se inscriba dentro del género histórico, aparentemente más cercano a las esencias japonesas. Precisamente este género cinematográfico es el que más frecuentó en los años de la Segunda Guerra Mundial. Las autoridades imperiales vieron con buenos ojos sus relatos épicos como La venganza de los 47 samurais. Por otro lado, ello no comprometió políticamente al realizador más adelante, cuando la censura de las fuerzas de ocupación impusieron diferentes normas ideológicas.
La guerra concluyó dramáticamente para Japón. El general McArthur impuso un nuevo orden que cambió la vida de todos los ciudadanos del país. Los creadores cinematográficos encontraron entonces una nueva oportunidad para narrar historias ajenas al militarismo. Mizoguchi aprovechó esta coyuntura para desarrollar en la pantalla su pasión por la intimidad femenina. Películas como La victoria de las mujeres (1946), Cinco mujeres alrededor de Utamaro (1947) y Mujeres en la noche (1948) acreditan este interés.
En la mayoría de sus filmes, los personajes femeninos se ven reducidos a la condición de prostitutas. Sin embargo, pese a la presión masculina, desarrollan una vida interior intensa, valiente y llena de espiritualidad. Generalmente el destino acaba resultando trágico para este tipo de figuras, pero en la memoria de los espectadores queda su encanto personal, lleno de matices. Películas como La dama de Musashino (1951) refuerzan este modelo particular. Por otro lado, se trata de personajes de un fuerte sensualidad, que incluso pueden llevar la fatalidad a los personajes masculinos. Ese doble rostro de madre y cortesana es aplicable a la mayoría de las mujeres del cine de Mizoguchi.
El esteticismo de su puesta en escena tiene que ver con su formación pictórica. Mizoguchi, ya desde sus primeros filmes, plantea la filmación como un ejercicio de ilustración. Compone meticulosamente los encuadres, de forma que sean bellos independientemente de su posterior montaje.
Ha sido un lugar común oponer la obra de Mizoguchi y la de Akira Kurosawa, y se ha destacado a este último como el más occidentalizado frente a la pureza tradicional del primero.
El reconocimiento internacional no cambió sus hábitos de vida. Fueron los años de plenitud creativa. Dirigió Cuentos de la luna pálida de agosto (1953), El intendente Sansho (1954), La emperatriz Yang Kwei-fei (1955) y La calle de la vergüenza (1956). Cada una de estas películas puede figurar, por méritos propios, en cualquier listado de los mejores filmes de la historia del cine. Curiosamente, la última de ellas no se ambienta en épocas pasadas, sino en un presente oscuro. Las protagonistas, un grupo de prostitutas, quizá sean el reflejo de algunas de las mujeres que Mizoguchi ha conocido en sus paseos por los barrios marginales. Sin duda, se trata de una película tan hermosa como las anteriormente citadas, pese a no contar con la brillantez escenográfica del Medioevo japonés.
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KENJI MIZOGUCHI |
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