El té
 por Lola
 
La Hora del Té me sorprendió en el despacho, comprobando las cuentas con Adrián, mi sobrino y joven administrador de la propiedad.

Adrián no es muy alto. Rubio y bien proporcionado. Sus acerados ojos grises, aterran a los campesinos más que sus formas casi nerviosas. Sus finas manos de pasante, son largas y delicadas

Agustina entró empujando el carrito con el servicio del té, que depositó junto a la mesa.

Jugueteé con mi fusta, rozando sus pechos por encima de la blusa, buscando unos pezones que brotaron al leve contacto, duros y erguidos.

Discreta y bien educada, apenas levantó los ojos cuando me presentó la taza humeante, y sólo el temblor de sus manos delataba su estado.

Me situé detrás de ella y de un tirón abrí su blusa, liberando unos pechos desnudos, cuyos pezones oscuros resaltaban en las aureolas contraídas, ante Adrián que levantó la cabeza al escucharlo.

Fue divertido observar su cara ante los pechos redondos y menudos de Agustina que mis manos le ofrecían, sosteniéndolos y acariciándolos con los pulgares. El firme corsé los levantaba,

Solté su pesada falda, que, al caer, dejó ver el liguero del corsé marfil que sujetaba unas espesas medias negras. Tendí mi mano ayudándola a salir de la falda (ropa) y sus tobillos encerrados en los abotonados botines tan brillantes q parecían de charol arrastraron los ojos de Adrián, que no se atrevía a mirar allí donde su deseo le llamaba.

Agustina quedó de pié, ruborizada. La blancura de sus muslos destellaba sobre las medias negras y su sexo rasurado exhibía abultado y provocadores dos jugosos labios incitadores.

- Muestra tus encantos a Adrián, querida -Le dije -.

Ella tiubeó dudando, antes de adelantar sus caderas y acercar sus manos a su sexo que abrió, mostrando su sonrosado secreto.

Detrás de Agustina el espectáculo era embriagador. Su nuca ligeramente inclinada y adornada con algunos rizos de su moño. Los hombros rectos iniciaban una espalda perfecta perfilada por el corsé que marcaba sus curvas. Sus nalgas abundantes lucían como una promesa blanca, prietas al tener las caderas adelantadas y las largas piernas semiabiertas. Frente a ella, Adrián, aún sentado en el escritorio, la miraba, acariciándola, deseándola. Indeciso al elegir la parte de su cuerpo en la que perderse.

Dibujé con mi fusta el cuerpo de Agustina, pasándola suavemente por su nuca, los hombros, las nalgas. Arrancando ligeros estremecimientos y erizando su piel.

Adrián se sorprendió al observar la fusta entre las nalgas de Agustina que se balanceaba hasta rozar su sexo, una y otra vez, arrancándola pequeños gemidos.

- Cierra la boca y no pierdas la dignidad -Amonesté a Adrián cuando descubrí que se humedecía los labios con la lengua -.

- Si -Respondió enderezándose en la silla y alisando sus ropas - Si señoría.

- Agustina, inclínate sobre el respaldo de la butaca, por favor.

Ella llegó hasta la butaca, grácil como una pantera y se inclinó sobre el respaldo, mostrando sus nalgas abiertas y el anillo rosado bien visible. Bajo él, su coño brillaba abierto y ofrecido.

- Hazlo Adrián. -Ordené entregándole la fusta.

- Si señoría -Respondió con voz ronca-

La fusta era ligera, con apenas dos correas de cuero blando para no causar daños a la piel, tan sólo estimularla.

Los primero golpes fueron tímidos, irregulares, dejando marcas de diferente intensidad en la pie. Paulatinamente se uniformaron y se extendieron de las nalgas al coño, produciendo un sonido húmedo en cada impacto.

Las cintas de cuero, ahora húmedas, impactaban con más fuerza, dejando marcas más oscuras.

Me acerqué a Agustina, cuya respiración estaba entrecortada por el esfuerzo y tomé sus pechos en mis manos, saboreando su pálpito, su temblor.

- Ya basta - Adrián, indiqué cuando el sudor empezaba a humedecer el cuello de la camisa- Dame la fusta.

- Si señoría - respondió entregándomela-

La tentación era demasiado fuerte como para resistirme así que azoté los pechos turgentes de Agustina. Apenas unos fustazos en cada uno que la hicieron levantar la cabeza jadeando tentadora.

La erección empezaba a dolerme y ordené a Adrián que se desnudara. Su polla esta púrpura, enhiesta.

- Siéntate en la silla y que Agustina lo haga sobre ti.

Iniciaron una cabalgada lenta, larga y profunda, mientras desnudaba mi espada que surgió poderosa y hambrienta.

Me acerqué a ellos y el ano de Agustina estaba dilatado por el placer, apoyé mi verga y me deslicé con fuerza dentro, sintiendo la polla de Adrián embistiendo y empujando. Conquistando un espacio en Agustina que me pertenecía. Así que adelanté mis caderas, clavando mi rabo en su culo que se cerraba sobre él como una boca ávida.

Me agarré con fuerza a los pechos de Agustina que jadeaba y no cesaba de moverse, repartiendo su espacio entre nosotros, boqueando con los ojos cerrados.

Apenas me movía, las embestidas de Adrián enervaban mi polla y el balanceo de Agustina me sostenía en una cima gloriosa.

Sentía cada impacto, cada golpe de la polla de Adrián que empujaba la mía. Más fuerte, más rápido.

De pronto Adrián se crispó deteniéndose mientras se derramaba dentro de Agustina que se balanceaba, ahora succionándolo. No lo pude resistir más y descargué mi leche en su culo inundándolo, mientras ella, se cerraba alargando una corrida hasta detener el tiempo.

Poco a poco recuperé la respiración, sintiendo la humedad en mi pubis resbalando hacia mis muslos.

Me separé del grupo y llamé al servicio que inmediatamente trajeron unas toallas y agua caliente.

Agustina, arrodillada frente a mí, me aseó, con su delicadeza habitual y se lavó las manos, mientras Adrián se vestía.

Sus muslos brillaban cuando nos servía el té y los bocadillos. Y sus pechos lucían finas líneas rosadas como un encaje primoroso.
 

Lola
 

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