Poemas de Rosa María Lencero

Poemas de Rosa María Lencero

Presentación 

de

El galo moribundo (2001)

Palabras de Trinidad Ródenas

 

 

Trinidad Ródenas

Foto ©aviudas 2001

 

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Corno bien saben Uds. asistimos hoy a un acto de lujo: la presentación del libro El galo moribundo de Rosa María Lencero ­los que conocemos la poesía de Rosa María sabemos que es un lujo para la sensibilidad más exquisita­, y el posterior recital a cargo de la autora que acertadamente ha querido venir acompañada del guitarrista Miguel Vargas, a quien después dedicaré unas merecidas palabras.

 

Ha llovido mucho desde ese primer encuentro con los versos de Rosa María, y digo bien, porque fueron ellos los que me abrieron el camino para conocer más tarde a la mujer que es. Así, sin que el don de la amistad nos vinculara todavía, compartimos páginas en revistas literarias como Alor Novísimo y Capela, entre otras. Fue en esta última, en Capela, donde encontré una de las formas más bellas de poetizar sobre la sonrisa de un niño y su inocencia. Decía así la autora:

Las sonrisas de los niños

como cintas de colores

ondeando

en la hermosa timidez.

 

Fue más tarde cuando, en un recital que ofreció Rosa María en la Sala Tragaluz, intercambiamos las primeras palabras, compartimos puntos de vista sobre nuestro quehacer poético e intuí ya a la mujer tierna, sencilla, sincera y apasionada que deja traslucir en sus versos. Cualidades por otra parte que, desde un conocimiento mucho más profundo y exacto de la autora y su obra me permiten descubrirlas en una diversidad de registros poéticos: intimista, sensual, elegíaco, hasta alcanzar lo conceptual. 

 

Tenemos el vivo ejemplo en el Galo moribundo que hoy presentamos, editado por el Departamento de Publicaciones de la Diputación Provincial, que persevera en su política a favor de la cultura. El galo moribundo hace el nº 43 de la colección Alcazaba, a la que deseamos los poetas que formamos parte de ella, una larga vida.

 

 

 

Trinidad Ródenas, Rosa María Lencero y María Antonieta Benítez

Foto ©aviudas 2001

 

Si tuviera que extractar el poemario en muy pocas palabras, yo lo definiría como «un canto a la vida a través de la muerte». El hombre personificado en el poemario en la figura de un guerrero galo, se enfrenta a la muerte y la acepta como destino inexorable:

El fin es llegado y me aguardas en vela

.....................................................

Rasgado de terrible pena

cumplo errante la certeza

La autora nos presenta una visión sensual y placentera de la muerte: la muerte amante que seduce al hombre y lo arrastra tras ella:

Ciego recorro su piel palmo a palmo

................................................. 

Muerte. Absoluta, transparente

de agonía donde inclino

mis labios para morder tu beso

Pero el aferramiento a la vida hace que esa muerte, liberadora a veces, nos muestre también su rostro más temido: el de la soledad y la indefensión del hombre ante ella:

Feroz soledad: se muere solo

Y esa adicción a la vida, esa lucha por vivir, esa duda temerosa del hombre ante una realidad desconocida y misteriosa, van a seguir presentes en estos versos:

Con desesperanza arde en mi entraña

la irreal hoguera de sombra y rabia:

no saber el tiempo que queda

Finalmente la vida vencerá a la muerte a través del amor. Sólo el amor salva y redime de la destrucción y el olvido:

No importa que pase la vida,

sobre las horas vence el amor

que atraviesa el filo de las espadas

Sólo el amor podrá, finalmente:

Romper el cerco de la muerte

A través de estas páginas la autora va desgranando con gran maestría los entresijos de la existencia humana. Desde una agonía lúcida el hombre reflexiona sobre su propia vida, sus luces y sombras, su cara y su cruz. Se rebela contra la iniquidad, contra la codicia, contra todo lo que nos es adverso. Es entonces cuando la muerte se torna liberadora: sólo ella puede exonerar el daño, el dolor de la herida cuando la vida duele. Una muerte que simboliza la huida, el olvido, el reposo, en definitiva, la paz tras la larga contienda. Una muerte que sólo puede ser vencida por el arma más sublime: el amor que inspira en el hombre los sentimientos más altos, que mueve e impulsa al hombre hacia la perfección, hacia su victoria.

 

Rosa María Lencero ha querido ensamblar en un extenso poema, el intimismo del hombre que habla desde su yo, desde su experiencia; la sensualidad sutilmente tratada en el poema; el tono elegíaco del mismo a través de esa agonía lúcida a la que anteriormente hice referencia, y todas estas formas o modalidades poéticas implícitas en otra que quiere dar cuerpo al poema y que conocemos como poesía conceptual. El galo moribundo está estructurado en estrofas breves, contenidas, donde el concepto o la esencia no excluyen la accesibilidad y, en definitiva, la comprensión. La autora, utilizando una terminología culta y adecuada al tema, una terminología acendrada en que cada palabra posee su justa acepción y ocupa el lugar justo, huye sin embargo de la grandilocuencia y tarnbién del hermetismo propio de la poesía conceptual y se decanta por la sencillez, haciendo así más cercana y accesible su lectura.

 

Decía el poeta Luis García Montero que la sencillez, en poesía, no ha de entenderse nunca corno el punto de partida que señala a todo poeta en ciernes, como muchos magnánimos creen, sino el punto de llegada, la meta del oficio poético. Ahí, en la sencillez, se identificarán los buenos poetas. No es tarea fácil, pues, expresar el universo intangible del poeta desde la simplicidad y la naturalidad. Es privilegio de pocos y, entre ellos, ocupa un lugar muy digno Rosa María Lencero que lo va a demostrar una vez más, no sólo con su pluma sino también con su voz limpia y acariciadora.

 

Sabemos igualmente que ya es historia el maridaje de la poesía y la guitarra. Escuchemos a continuación a Rosa María recitar sus versos que, por cierto, lo hace como pocos, no sin antes aportarles unos datos para un mejor conocimiento del guitarrista extremeño Miguel Vargas.

 

Miguel Vargas, natural de Mérida, comenzó su andadura como emigrante en la Costa Brava, acompañando a cantaores y bailaores en tablaos españoles y franceses. A la edad de veinte años regresa a su tierra compartiendo escenario con grandes artistas como Porrinas de Badajoz y Camarón de la Isla entre otros. Ha paseado su arte por toda España y ha participado en programas de televisión tanto española como portuguesa. Su buen hacer ha sido objeto de encomiables críticas en los diarios ABC y EL PAÍS. Dice de él Álvarez Caballero, en el periódico EL PAÍS en el año 98: «Miguel Vargas arrancó a los bordones de su guitarra ese toque profundo, casi primitivo, que tanto nos emociona».

 

Escuchemos cómo los bordones de la guitarra de Miguel Vargas, acarician la piel de este galo herido. Piel hecha de vida y canto. Hecha de poesía en la voz de su musa.

Trinidad Ródenas Alcón

30 de octubre de 2001

 

 

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