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No sin esfuerzo estiró su brazo hasta apretar la tecla necesaria. El cable espiralado se tensionaba sin casi haber sido estirado. Sin querer tirar nada de la mesa con el cable escuchó: "Como estás, mi vida... Como te sentís hoy?... No te preocupes en estos días voy a verte, cuidate mucho... te quiero."
Sin mover un músculo de su rostro, Jerónimo colgó el teléfono, sin fijarse si aún había otros mensajes por escuchar. Inerte, su brazo en compañía de su cuerpo volvió a la silla. Su cabeza, sin embargo, continuó el movimiento, llevando su rostro hacia el balcón, como si el teléfono despidiera un espantoso hedor. Sus ojos se depositaron en el horizonte escondido entre las espesas copas de los árboles que, longevos ya, fueron receptoras de todas sus miradas angustiosamente perdidas.
Volvió su mirada por un instante hacia el aparato sin girar su cabeza, no merecía el esfuerzo, pensó. Si alguien hubiese estado presente aseguraría de que intentó acercarse al teléfono, aunque él con vehemencia lo negaría.
Las copas de los árboles reclamaban celosas sus ojos desviados hacia el aparato. Volviendo a ellas sin girar la cabeza dejó escapar una susurrante queja: "mi vida".
Mara hurgaba inquieta el interior de su placard con la ilusión de encontrar alguna prenda olvidada por no corresponder a las corrientes pretéritas y que pudiese ajustarse a las presentes. Dificultosamente corría las perchas sobrecargadas con numerosos vestidos, pantalones y blusas. Sabía que un cigarrillo en ese lugar no era muy prudente. Dejando su mano izquierda entre las perchas dio un leve giro y arrojó la colilla por la ventana dejándola caer siete pisos.
Asomándose al balcón con cierto esfuerzo, pudo ver con amplitud la plaza. La fuente arrojaba menos agua de lo habitual, un par de chicos pateaban una sucia y gastada pelota que los perros correteaban, algunos jóvenes corrían en sentido horario por su cuadrado perímetro, y Don Martínez fumaba de su larga y curva pipa de algarrobo cuyo humo complicaba la lectura del pesado libro que sostenía. Era una de las pocas veces que en Jerónimo no había palabras para describir lo que anudaba su garganta.
La tarde gobernaba en la plaza. Los árboles longevos abrazaban sus veredas y las oscurecían cuando aún el sol vivía en el cielo. Jerónimo desde su balcón lo veía todo.
El placard se negó a entregarle lo buscado. Arrojó sobre la cama un pantalón negro y una remera blanca sin mangas. Con unas suaves sacudidas lanzó las sandalias debajo de la mesa de luz. Mientras se desvestía regulaba con la canilla la temperatura del agua en la bañera. Regresó al cuarto y frente a la ventana abierta por donde el sol espiaba dejó deslizar por sus hombros los breteles de su corpiño negro. Su silueta desnuda e indiscreta se sumergió en el agua.
Con duda y vergüenza volvió a mirar al teléfono. Pensó que un café lo calmaría un poco. Antes de emprender el camino hacia la cocina recordó que eso le demandaría un poco de trabajo. Los árboles secuestraron su mirada.
La esponja embebida en agua y jabón recorría su blanca y sedienta piel. Por un momento se relajó y apoyó su cabeza en el borde frío de la bañera. La suave música de la radio entraba lenta pero constantemente por el segmento libre que separa la puerta del piso.
Sus ojos escrutaban la repisa que justo al frente de ella albergaban los innumerables frascos y botellas de cremas y champús tratando de decidirse por uno. En eso advirtió que no había llevado su toalla.
La oscuridad había llegado a la plaza. Don Martínez se alejaba con su pipa en la boca, los chicos se habían ido, mas los perros no. Unas majestuosas nubes de tonos lilas y rosados soberbiamente se imponían por sobre el azul de la noche que venía.
Buscó a su costado sobre una maceta del balcón los cigarrillos que guarda para cuando él esta en el balcón. El difuso fondo del nacimiento de la noche se mimetizaba con el difuso humo que su boca emanaba, y a su vez, éste se confundía con los vaporosos pensamientos que lo hostigaban.
El cuerpo mojado y desnudo que Jerónimo codiciaba con desesperación, dejó un sendero de gotas llenas de piel en el suelo que va del baño hasta la habitación. Desnuda y chorreante, Mara cerró la ventana que la delataba al exterior, aunque lo haya dudado en un principio. La toalla celeste esperaba beber el agua de su carne en todos sus extremos. Y Jerónimo también.
"Mi vida..." Esa frase envolvía en llamas su conciencia y su boca, que saboreaba la última bocanada de humo que se perdería para siempre en el pesado aire de octubre.
"No tiene ninguna necesidad de decirlo. ¿Para qué lo repite constantemente?. No puede ser cierto. Yo no puedo ser su vida, aunque daría la mía por serlo. No, definitivamente no." Pensaba.
La diminuta bombacha blanca en su lento recorrido ascendente rozaba dulcemente sus piernas, de la misma manera que Jerónimo había imaginado mil y un millón de veces hacerlo con sus labios.
La tenue luz del velador acariciaba el gran deseo de Jerónimo, que con sus pechos redondos y libres miraba al estricto reloj de péndulo que la controlaba.
En la cocina, Jerónimo preparaba café ansioso por volver al balcón. Mientras se calentaba el agua, sentado pensaba en donde estaba la carta que alguna vez había llenado su pecho de ilusión y frustración.
El calor obligó a Mara a lucir en su torso sólo la remera. Frente al espejo cepillaba su negro cabello y se miraba directamente a sus verdes ojos. Inexpresiva, mantenía su mente inactiva.
En su dormitorio y después de varios minutos de búsqueda encontró detrás de una caja de viejos zapatos (que estaban intactos) la bolsa con el contenido deseado. Comenzó a revolver su interior y entre diversos papeles inútiles con manuscritos con ideas obsoletas y hasta ridículas algunas, que supuestamente cumplían la función de recuerdos, halló una vieja carta.
Con un poco de trabajo logró cerrar el gancho de la cadena dorada que se asomaba por el escote de su remera. Con cuidado deslizó su dedo índice derecho detrás de sus orejas dejando en su piel el aroma que Jerónimo lloraba.
"En vos encontré lo que jamás pensé encontrar en nadie. Hallé un cálido y paradisíaco lugar en el cual sumergirme cuando me siento sola e incomprendida, hallé lo que toda mujer anhela y me siento orgullosa pero sobre todo afortunada de tenerte..." Leía.
Dejó el cepillo en la mesa de luz y con el pié izquierdo tanteaba por debajo de la cama con el fin de encontrar el otro par de sandalias.
Ya lista apagó el velador, a oscuras apagó el calefón y tomó las llaves que yacían en el suelo junto al felpudo de la puerta.
"Hoy nada puede hacer vibrar mi ser como vos lo hacés. Cada palabra tuya es un haz de luz que contrarresta mi ceguera." Leía.
Una vez en la calle, Mara observó su reloj y consideró que tenía tiempo suficiente. Caminó hacia la esquina en donde inmediatamente conseguiría un taxi. La noche se intercalaba entre nubes y estrellas. El taxista miraba absorto a través del espejo la inusual belleza y frescura del rostro de Mara. Acto seguido, hizo lo mismo con su escote.
Se acomodó confortablemente en la silla, relajó su espalda y apoyó la cabeza contra la pared. "Sé que en vos y en tu casa encontraré siempre el calor y el afecto que nadie parece estar dispuesto a darme" Leía. Miró su reloj y se apresuró para llegar a su balcón.
Un nene descalzo con la cara sucia y ropa andrajosa abrió la puerta del taxi. Mara le dio un par de monedas.
La leve y refrescante brisa de la noche revolvía cariñosamente su pelo. Con paso lento caminaba sobre la vereda de la plaza. Volvió a mirar el reloj, ya casi era hora.
Jerónimo olía el perfume de los jazmines del centro de la plaza desde su balcón. "Pero hay algo que no puedo evitar y nos separa... y creo que jamás podré salvar esa distancia" Leía.
Mara llegó al centro de la plaza y con los brazos abiertos recibió un cálido beso en sus labios y un abrazo que la despegó unos segundos del piso. Luego buscó con sus ojos el balcón de Jerónimo. Con sorpresa vio que Jerónimo desde el balcón la miraba y abollaba en sus manos un papel que dejó caer junto a él, justo al lado de una de las ruedas de su silla.Fernando Ferrero - 10 de Enero de 2002
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