Hubo días de un tiempo violado
Que, prendidos a la tierra,
Soñábamos con un cielo
De aspidistras
Y añiles tiñendo el reposo
Del cormorán y el zafiro,
El retorno del viento
A los vacilantes mares
De la nostalgia

El dolmen y el puñal
Afilaron las garras del leopardo
en las noches de insomnio,
sobre el óxido de los amaneceres
que devoraban planetas
y trazaban surcos e hijuelas
de mescalina y garrancha

Caminábamos con las sandalias
De los faunos entre los lirios,
Bebiendo crepúsculos
En los manantiales de la noche,
Desplazando a los gnomos
De sus garzoverdes bosques.

Irreal.
Se fueron desvaneciendo las sombras
De todas nuestras manos,
Se nos fue el tacto de los días
Entre la hojarasca del otoño,
Bajo los enebros
Dorados por el céfiro navegante.

Horizonte irreal.
¿Acaso he soñado tus besos?
¿El río que se llevó el universo de nuestras palabras?
Se ha cerrado la ventana
Del tulipán amarillo
Y el surtidor nemoroso
Que cantaba las viejas canciones
De los dioses pequeños.

Las horas y los días sobrecogidos
Por la frágil memoria del tiempo,
Han huido por las viejas cordilleras
De cristal y acero,
Por las agrimensuras desiguales
Que moldean todas las encrucijadas,
Por los caminos aguijoneados
De pasos invisibles

Días irreales,
Tejidos de ron y de humedad,
Sostenidos por el Atlas de los sueños
En los paisajes metálicos del miedo,
Grabados en nuestras manos
Para el irrenunciable olvido.

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