Lo que más deseaba la niña pelirroja, era poseer aunque sea una de las flores del jardín vecino. Desde que era una niñita pequeñita, se había sentido atraída por la gran variedad de flores que allí reinaban. Le encantaban en especial las margaritas. Deseaba ir al jardín de la solariega casona y atravesarlo, oler las rosas y sumergirse en ese mar multicolor, pero nunca se animaba a hacerlo. La dueña del jardín, era una anciana de rostro duro, que estaba sentada en la puerta de su casa, meciéndose en su rechinante y pesada mecedora. Los chiquillos del barrio decían que era una bruja y que tenía el jardín sólo para atraerlos y luego atraparlos para siempre, pero la niña no lo creía. Pero, a pesar de todo, no se decidía a ir al jardín. Sólo se quedaba en la acera, contemplando las margaritas, esperando la oportunidad de que la anciana no estuviera allí pra entrar aunque sea un rato y tocar aunque sea una sola flor.
Una tarde, la niña pudo ver cumplido su deseo. La anciana no se hallaba sentada en la mecedora y no había signo de vida en la casa. La pequeña entró, abriendo con sumo cuidado la oxidada verja, caminando en puntillas para no hacer el más mínimo ruido. Todo estaba en silencio, sólo se escuchaba al viento y a alguno que otro pájaro. Recorriendo el jardín, no tardó en caer en su encanto y la pequeña pronto se encontró saltando entre flores y más flores. Todo era hermoso allí, no había nada superfluo o desagradable a la vista, incluso el más mínimo yerbajo quedaba bien colocado entre tanto perfume y colorido. Sin embargo, la casona que dominaba el jardín era otra cosa, una casa enorme, antigua y vieja, con ventanas oscuras y tristes. La niña, sin pensarlo, cortó algunas margaritas y con ellas, se hizo una bella corona que se la puso en la cabeza. Se encontraba tan feliz, que no se dio cuenta de que en la puerta se encontraba la anciana, más seria que nunca, mirándola fijamente. Cuando la pequeña la vio, se asustó, inmediatamente se levantó y salió corriendo del jardín, dejando caer la corona al suelo...
Desde ese día, la pequeña no volvió a acercarse al jardín, temía que la anciana le hiciera algo por haber invadido su jardín.
Pasaron los días, las semanas y los meses. La viejita de pronto, dejó de aparecer en la puerta de su casona, meciéndose en su rechinante y pesada mecedora. Tiempo después, la niña supo que la anciana señora había fallecido. La casona quedó desierta, ya nadie más volvió a habitarla. El jardín, empezó a perder su encanto, aparecieron yuyos y malezas, las flores se secaron y murieron. Un día, la niña, decidió entrar de nuevo al jardín en busca de alguna flor que haya sobrevivido. Se internó entre las malezas que le pinchaban la ropa y las manos mientras los insectos y animaluchos huían de ella. No quedaba ya ninguna flor. Desilusionada, la pequeña decidió irse, pero antes, quiso explorar la zona. Tal vez en el patio trasero hubiera alguna flor. Llegando allí, vio que no quedaba ninguna, pero vio también que la puerta estaba abierta un poco. La curiosidad le invadió y tras pensarlo bien, decidió entrar a explorar.

Las habitaciones estaban oscuras, sucias y desiertas. Algunos muebles rotos estaban llenos de telarañas. Un viejo paraguas yacía junto a la escalera. Los escalones crujían con los pasos de la niña. En el piso de arriba, el sol entraba por los polvorientos cristales de los cuartos. La pequeña llegó hasta la que parecía, había sido la habitación de la anciana. En un rincón, se encontraba la mecedora de ella, vaya a saber por qué la subieron allí. En un rincón, se encontraban unas revistas viejas y sobre ellas, una caja de bombones cerrada. La niña. La tomó entre sus sucias manos y la abrió por curiosidad. Dentro de ella, y colocada con mucho cuidado sobre algodones, como si fuera una reliquia valiosísima, se hallaba una corona hecha con flores ya secas. Una corona de margaritas.

 

Horacio Ojeda Lacognata
Asunción, Paraguay

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