Hola
a las armas (dedicado a los hijos de las Madres de Plaza de Mayo)
Ulises José Pimentel Viaño, junio 2004
Mi familia me enseñó a ser bueno. Ese era el paradigma de entonces. No
como se enseña en una universidad, pues mi padre había terminado la
escuela primaria y mi madre era una semi analfabeta gallega que escapó a
siglos de aislamiento, con su consecuente miseria y dolor.
Me enseñaron como aprende un chico: con el ejemplo. La forma más
poderosa que existe.
Eran ignorantes de muchas cosas, hasta inclusive de qué y por qué
escapaban.
Como lo somos todos, porque cuando sos consciente de tu ignorancia dejás
de serlo.
( Digo que el paradigma hoy es crear conciencia ).
Como repito siempre del poeta Penelas: “no sabían ni leer, ni escribir,
ni mentir”
Pero se puede decir de ellos que tenían algo que casi ninguna persona
tiene hoy: eran honestos.
Hoy, desearía que me hubieran enseñado a usar un rifle de asalto, que
sería más consecuente con la realidad que le toca vivir a mi generación.
Pero como ya es tarde para ello, me quedo con la frase de Martí:
“trincheras de ideas valen más que trincheras de piedra”.
Permitir que triunfe el mal en el mundo no fue ser bueno, fue ser
estúpido y quizás cobarde. Nos distorsionaron el mensaje y nos dijeron
que el fantasma que recorría el mundo era el comunismo. Citando al
cantante de los pobres y de la verdad, León Gieco: “que nos dirán por
pensar distinto, ahora que no existe el comunismo “.
Ahora el comunista es el piquetero, o sea, cualquier pobre que sea
resista a ser violado.
En la generación de mis padres todo estaba servido y casi todo era
posible, quizás por eso mismo de la honestidad general, reinante
entonces como mayoría. En la mía, como en la historia sin fin, la nada
lo está invadiendo todo.
Coincido con una amiga que dice que la inteligencia es la consecuencia
de un trauma. O quizás de un encierro en una paradoja, que al hacernos
querer salir de ella, es decir, pensar, adiestra a nuestro cerebro como
un músculo más y lo agranda.
Y entonces, en vez de ser uno un idiota feliz ( y casi siempre útil al
mal), la más hedonista etapa de un ser humano, entonces, digo, pienso, y
tomo conciencia, y me amargo ( otra paradoja ).
Cuando venimos a este mundo lo vemos como una mesa servida y en seguida
nos disponemos a disfrutarla, pero pronto aprendemos que esta primera
imagen es ficticia, los primeros tropiezos van dando señales de lo que
vendrá, pero corremos igual a ese supuesto feliz encuentro, pensando con
nuestro todavía entero optimismo de fábrica, que deben haber sido
errores, meros accidentes esos tropiezos, que rara vez se repetirán.
Y al transcurrir de los años y sumar decepciones a nuestros sueños, esa
mesa de nuestra infancia y juventud, de cuando éramos felices, se
convierte año tras año, en una utopía inalcanzable.
¿ Lo digo de mi, de mi país o de la humanidad toda ?
No eran casuales y aleatorios, desgraciados eventos, eran las primeras
gotas de un chubasco que nos calaría hasta los huesos, y quizás,
haciendo la proyección, el prolegómeno de la pulmonía que nos cubrirá
amorosamente con una frazada de tierra, para que ya no tengamos más
frío, la última sorpresita que se nos depara, que aún creyéndola cierta,
( mis antepasados celta no) seguimos pensando que es algún mero
accidente que salvaremos ( para eso están las religiones ).
El valor es producto de la inconciencia, por eso no queremos tomar plena
conciencia.
Por eso son necesarias las utopías, porque la realidad nos lleva a
pensar como el filósofo pesimista alemán Schopenhauer, que como nuestro
ahora reconocido Discépolo, tenía sus razones para serlo. Solamente un
no argentino puede ignorar que “el mundo es y será una porquería” o que
cuando “gastés los tamangos buscando ese mango que te haga morfar, la
indiferencia del mundo, que es sordo y es mudo, recién sentirás”. Sin
embargo en otros tiempos y latitudes nuestro filósofo alemán de marras
escupía letras de tango como “he nacido en una cueva de ladrones” o “ la
lealtad, no pudiendo hacerse hombre, se hizo perro”, con las cuales nos
sentimos identificados, por lo menos los hijos de la generación cuyo
paradigma era “ser bueno”.
Pero no se puede consumir realidad sin morigerarla, diluirla, porque es
terriblemente venenosa. El mejor antídoto son los sueños y las utopías.
La utopía es el acto de fe de la razón. Es la nube que nuestra
imaginación solidifica, mientras la realidad nos muestra, aterrorizados
al verla, que estamos en el vacío, nube sobre la que apoyamos el pie, un
instante, antes de que se desvanezca, antes que nuestra razón nos grite
que es una nube y nuestra imaginación nos invente otra, sólida y efímera
de nuevo, porque no podemos caer, no debemos caer al vacío de la
realidad.
Creo que la mente del ser humano es así, innatamente optimista, pero su
discurso es pesimista precisamente porque la realidad no se acomoda a
sus sueños. Pienso que si por un instante tomáramos conciencia de donde
estamos, nos suicidaríamos.
Un suicida es pues nada más que un realista y por ende la vida está en
la imaginación, los sueños, las utopías y la lucha por conseguir esto.
Escuchaba ayer unos supuestos dichos de Chaplin: “sonría, porque mañana
puede ser peor”, que por lo visto era otro terrible pesimista.
Yo desconozco que pasa en las vidas de ustedes, lo que pasa en otros
países, o quizás sí pero no tenga pruebas, lo que si puedo aseverar es
que aquí y en mi cada día, fue peor.
Uno puede conformarse con sonreír como un idiota pero preferiría tener
el sueño que algún día esto tiene que cambiar. Para soñarlo unos tienen
a la religión, otros a la revolución ( donde uno, encima, puede
participar ) o simplemente un pertinaz optimismo.
Realmente creo que hay en el mundo un potencial paraíso, aquí y ahora,
pero la interrelación con los demás lo impide, puesto que el egoísmo de
neandertal que lleva al individualismo se recrea en cada nacimiento, se
dilata el aprendizaje hacia la conciencia colectiva, y nuestro grado de
evolución, todavía lo impide.
Ayer lo decía D’ Elia: “se preocupan por unos vidrios rotos mientras
asesinaron a uno de nuestros compañeros; valemos menos que un vidrio” O
la amarga celebridad del chico de Tucumán, que viviendo en una miseria
propia de hace siglos, es infestado por gusanos que le recorren el
cuerpo desde los pies hasta los pulmones, muriendo por los parásitos y
por la desnutrición, en un país que produce alimento para diez veces su
población, transcurriendo todo esto ante la desidia de Occidente.
La imagen que tengo del ser humano no es la de Schopenhauer, la de haber
nacido en una cueva de ladrones. No alcanzaría. La visión que tengo es,
frente a un caído, la de alguien que levanta el pie para poder pasar. Es
la de un disimulado homicida por omisión, aburrido él, que como Luis XVI
el día de la Revolución Francesa, anota en su diario: “hoy nada”.
En esa carrera a la mesa servida, alguien impaciente y sin confianza en
sí, se asusta de no llegar y te pone una zancadilla. Luego viene el
resentimiento del injuriado y todo termina en una maldad efervescente,
donde estamos todos a las trompadas, sin recordar por qué. El ego
humano, que es un primitivo mecanismo de auto integridad, un instinto
animal de supervivencia, un infantil recurso como el chupete, es llevado
por muchos hasta la edad adulta. Pero es también un implacable juez de
los demás, y lo que es peor, muy veladamente, de si mismo.
Hasta se puede convertir en ideología este comportamiento egoísta: el
fascismo. Por eso el fascismo es universal: es fascista el ejército y la
policía, y hasta la gente, sin saberlo, es fascista. El fascismo existe
desde hace siglos, desde antes de ser inventado. En mi país hace tanto
que son fascistas que cuando les dejan de pegar, extrañan el látigo,
quizás porque sueñen que alguna vez ellos le podrán hacer lo mismo a los
demás, a los que sean más débiles, condición de todo cobarde, torturarte
atado.
Al no poder tener sueños decentes ( utopías ) tienen pesadillas, viven
pesadillas y proponen pesadillas. Logran que ni ellos, ni nadie, sea
feliz.
Es peculiar el ego, tiene características gaseosas, esto es, trata de
ocupar, todo el espacio que haya. Pero el tema es que ese ego, a priori,
se reconoce sólo. Sin embargo tiene que interactuar con otros egos con
las mismas presunciones y al chocar estas altanerías, estas burbujas
gaseosas, el individuo aprende que existe el otro, que tiene derechos y
lo peor de todo, que lo necesita. Si, lo necesita. Y esa necesidad hace
escuchar al otro y ese escuchar deriva en ponerse un límite, que es una
censura.
Sin censuras no podríamos vivir, cometeríamos un homicidio con el
primero que nos molestara. Por otro lado estas censuras tienen que tener
un límite, como el abrigo. Para protegernos del frío nos ponemos cierta
ropa pero hasta un límite. No es bueno llegar a decir “está matando al
mundo pero no voy a decirle nada por no importunarlo”. Muchos dicen que
eso es amor, por no asumir su cobardía. Yo digo que empuñar un arma y
sacar a esas personas de esa situación es el verdadero amor.
El Che decía ( y aclaraba “aunque suene ridículo”) que en el
revolucionario había grandes dosis de amor. Otro revolucionario, Jesús
de Nazareth le daba la razón al decir que no hay mayor amor que dar la
vida por los demás. El Che lo hizo.
Todo en esta vida, si uno se fija, es cuestión de sintonía.
Por alguna razón técnica ninguno de nosotros piensa “soy uno entre miles
de millones, mi importancia aquí es realmente despreciable”. Quizás sea
que nuestro conjunto de cerebro - sentidos hace que seamos el centro del
universo, girando todo alrededor del yo; pero no somos más que un “punto
de vista” de los infinitos que hay, de la misma realidad ( quizás de ahí
el dicho “mi verdad” aunque exista sólo una ). Requiriendo de nosotros
estar permanentemente en el tiempo, todo el tiempo, desde ese punto de
vista y como un camarógrafo que registra todo desde si mismo, ese ego
nos hace perder muchas veces, nuestra conciencia colectiva.
Es un ejercicio diario retomarla.
Si bien la conciencia colectiva no parece ser muy innata, no tenerla, es
definitiva y concluyentemente un estadio troglodita, una cosa primaria
animal, inmadura e infantil. De esta fisiología basal vienen los
comportamientos egoístas e individualistas. Divido entonces al mundo
social en dos categorías con nombres arbitrarios que son más metáforas o
sentidos figurados que apelativos cabales: los “socialistas” que creen
en el conjunto y cuyo resultado teórico es que todos somos iguales (
Algunos ejemplos: los revolucionarios franceses, los filosófico
liberales, Jesús, Ghandi, el Che, los socialista propiamente dicho, los
comunistas...) y los “fascistas” que creen en si mismos o mejor “en mi
mismo” y cuyo engendro doctrinal es “personas de primera y de segunda” (
Ejemplos: los nazis, los fascistas propiamente dicho, los racistas, las
dictaduras, los delincuentes en general... ). Claro que no existen
estados puros y uno tiene que estar atento permanentemente a no caer en
una actitud fascista , si quiere ser, como dice un amigo, coherente;
aunque como dice Dolina, el hombre es razón, es pasión y también
contradicción, una licencia poética que se toma en ese largo
aprendizaje.
Pero no importa cuan largo sea el camino, lo importante es no ir en
sentido contrario, y tan importante como eso, ir.
El ego acepta estas censuras, estas vestimentas, porque la razón
encuentra en la transacción con los demás un sentido valioso de vivir en
sociedad.
Sin embargo, como el cuerpo físico, nos pide que lo alimentemos todos
los días. Ese ego ( no te equivoques, vos no sos tu cerebro ) quiere que
alguien piense bien de nosotros, nos sonría, tengamos un éxito, un
halago, alguien que nos diga que nos quiere, un bocadillo cada tanto. Si
por el contrario sufre continuas frustraciones se volverá hambriento, se
tensará como un resorte. El devenir casual hace que no se llegue
generalmente ni a un extremo ni a otro, como en un sorteo no sale
siempre el mismo número. Cuando el destino o alguien se ensaña con un
individuo ( sale siempre el mismo número ) también puede crear un
monstruo ( un Hitler, un Stalin, un Franco, un Videla, o peor ¡ un
norteamericano ! ... ). Si se resistiera a esta transformación, puede
mutar en ¡ alguien que piensa, como yo ! ( a tener cuidado conmigo).
Por eso nunca hay que dejar a nadie abandonado a su suerte; como dice
William Faulkner: el dolor de una sola persona debería conmover al
Universo.
Como parte de ese Universo que tiene conciencia social declaro mi
conmoción por el destino sufrido por los hijos de las Madres de Plaza de
Mayo. ( Creer en la muerte es dar demasiada significación al breve
tiempo que separa la nuestra de nuestro ser querido )
Todo lo monstruoso está en el lado del “fascismo” y todo lo glorioso en
el lado del “socialismo”. Repito, no confundir con ideologías políticas,
el concepto es más amplio.
Este ego, sacrifica su característica gaseosa en aras de “vivir todos”,
porque intuye que ese es el mejor negocio; reconoce al otro, se da
cuenta que lo necesita, porque si quiere expresarse necesita con quien,
para amar necesita al ser amado y por eso es amable ( en la doble
acepción de la palabra ). Se forma así una de las mayores fuerzas que
manejan la sociedad: la opinión pública o la opinión “de los demás”. (
El que dice que no la tiene en cuenta está equivocado o miente ) Esa
opinión es la que regula nuestra censuras. Si nuestra conducta es
censurada pensamos que trasgredimos cierto límite y estamos hiriendo, y
entonces nos replegamos como quienes se acomodan en un largo banco, sin
embargo escaso para que se sienten todos. Hasta hay veces, que llegamos
a pedir disculpas.
Cuando uno tiene una conciencia colectiva ejerce la utopía de ese sueño,
el de vivir todos, y deja de ser un mero cuerpo animal para ser un dios
en el cuerpo de un animal.
Y así como ese cuerpo tiene necesidades como el alimento, el sexo o el
abrigo, ese dios tiene hambre de sueños.
“Déjeme decirle, decía el Che en 1965, que el revolucionario verdadero
está guiado por grandes sentimientos de amor“
Esa conciencia colectiva lo llevó a él al supremo sacrificio de dar la
vida por nosotros contra el enemigo fascista que hoy cubre toda la
tierra ( él lo vio antes), y no supimos tener conciencia colectiva,
porque en alguna medida fuimos fascistas : pensamos sólo en nosotros y
aún hoy, por cobardía, dejamos que a muchos mártires héroes de la
Humanidad, los hipócritas los llamen subversivos o terroristas, como
siempre y como corresponde a un cobarde, porque no se pueden defender.
danielrodriguezcastellano@yahoo.es
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