Otras notas sobre La Pecera
La poesía sale de la pecera al mundo | | Otras notas sobre La Pecera
Otras notas sobre La Pecera
 
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La Pecera
Sopa de letras
Por Juan Pablo Neyret
(Publicado en Noticias y Protagonistas, Mar del Plata,2003)
SOPA DE LETRAS
Acaba de aparecer el número 5 de la revista marplatense La Pecera, que celebró recientemente sus dos años de vida. Sólo estos datos, en el panorama inestable y siempre con probables precipitaciones de las revistas culturales, amerita esta nota. Pero los peces que nadan en ella también.

En las palabras de presentación del Nº 1, allá por el otoño de 2001, Osvaldo Picardo, director de la revista de cultura La Pecera, hablaba de fragmentos y cruces, de itinerarios que valen por sí mismos, de búsquedas que ya son encuentros, de comienzos que no acaban, de islas del tesoro y tesoros de la isla, en suma, del principio de inestabilidad que ha regido desde la década del 20 el pensamiento occidental hasta lo que se ha dado en llamar posmodernidad. Será por eso que, hasta que oportunamente leyó la citada cita de El amante de Lady Chatterley, el cronista creyó que se hallaba ante otro juego de palabras (toda palabra es juego), el de nombrar una revista a mitad de camino entre el acuario y la computadora, entre los peces y la pecé, de donde derivaría en este nuevo milenio el término "pecera". No cree haber andado demasiado lejos, sobre todo en este camino abierto por Ricardo Martín (editor) y Picardo (editor) en el que los senderos se bifurcan y eventualmente en el recodo más recóndito de alguno de ellos (el más lateral, el más vecinal) se produce la epifanía.

Tampoco, llevando el juego más allá, pudo el cronista dejar de pensar en Auguste Piccard, físico, ingeniero e inventor del batiscafo, nave de análoga forma a la de la pecera y que a la vez se mete en ella, en la infinita pecera del mar, para bucear. Y bucear ha sido siempre una metáfora para la busca del conocimiento, para la inmersión en la memoria (aquella fuente de la que habla Borges en "Límites"). Y bucear significa ingresar no sólo en otra materia sino también en otro tiempo, un tiempo suspendido, tan equiparable al de la lectura. Y a qué otra cosa invita, si no, La Pecera, esa construcción humana para encerrar el elemento-agua y, dentro de él, en él, los seres vivos que derivan, giran, también se suspenden o se asoman al cristal. Cada cual de nosotros elige de qué lado estar, corriendo siempre el riesgo de mutar bruscamente de dimensión como los ajolotes de Cortázar. Y seguimos a Percy Shelley en su intuición de que la poesía no es sólo del poeta, que es algo que está flotando (precisamente) para que lo aprehendamos y nosotros mismos seamos poetas, seamos la Poesía. El grueso o delgado cristal está allí, esperándonos, y la pecera es una figura emblemática del cine y de las canciones posmodernas. Y, como dicen los psicólogos, el nombre determina.

Moderno/posmoderno

La Pecera nació en el otoño de 2001, pues, con 138 páginas (aunque las cuentas deliberadamente no cierren si, como dice Picardo, se empieza por la 2), y acaba de celebrar su segundo aniversario con 216, en un crecimiento que la acerca a la revista-libro. Actualmente, su Comité Asesor está integrado por dieciséis personas, de Mar del Plata, Rosario, Moreno, Buenos Aires, Tucumán, Madrid, New York y París, y se vende en todas las librerías marplatenses y otra decena de la Argentina (capital e interior), más la madrileña "Visor" y la parisina "Librerie Spagnola". Su área de Comunicación e Imagen está integrada por la ilustradora María Paula Giglio y el diseñador Gonzalo Bartha, y los interesados en comunicarse con ella tanto para hacer llegar sus comentarios como para enviar colaboraciones pueden hacerlo a Catamarca 3002 (7600) Mar del Plata o a picardo@mdp.edu.ar, en este último caso con el asunto "La Pecera". El Honorable Concejo Deliberante la declaró recientemente de su interés, pero esto, seguramente, es lo que menos importa.

El cronista ha hablado hasta ahora de posmodernidad, y cree fervientemente que, desde su misma raíz, esta palabra no puede sino vincularse con la modernidad, en una tensión aún no resuelta. Es decir, los hacedores de La Pecera no son precisamente una banda de relativistas posmo desde que en los sucesivos números han ido apareciendo letras de Francisco Madariaga a Jack Kerouac, de Eugenio Montale a Alberto Girri, pasando por Luis García Montero, Joan Manuel Serrat y la poesía del tango. Es evidente que, precisamente, la poesía es el eje sobre el cual gira la publicación, en una apuesta osada en nuestros tiempos por razones que huelga explicitar. Pero asimismo han tenido, y tienen, lugar en sus páginas (en las burbujas que exhalan sus peces, y sus pecés) meditaciones sobre la temporalidad en el cine, la sociedad de la información (léase Internet) o la guerra.

Guerra y paz en la aldea global

Y la guerra, y la toma de posición ante la guerra imperialista, es lo que de hecho hace a La Pecera una revista muy lejana del pendant ético que caracteriza a estos tiempos. El Editorial del número 5 (otoño de 2003) se titula "La guerra y la paz" y contiene unos versos de Sam Hammill, entre ellos "Pronto hablará el presidente. / Tendrá algo que decir sobre las bombas / y la libertad y nuestro estilo de vida. / Apagaré el televisor. Siempre lo hago. / Porque no soporto mirar / en sus ojos los monumentos al caído". E inmediatamente sigue una sección que habla por sí sola: "Poesía de Irak".

Es verdad: ningún pez es demasiado raro para La Pecera, que se inició definiéndose como "Revista de literatura, arte, música y sociedad", y lo sigue siendo, pero ahora no lo proclama. El cine (el arte bajo cuyo signo creció el siglo veinte, al decir de Arnold Hauser) sigue presente en esta última edición, con un ensayo de Héctor J. Freire que lo relaciona con la poesía y el psicoanálisis, un estudio de Fernando Scelzso sobre Minority Report y un artículo de Iván de la Torre sobre Francis Ford Coppola y sus adláteres.

La traducción (para el cronista, como ocurría con los copistas medievales, la forma más amorosa de la lectura, por el tiempo y la dedicación que se le consagra) es otro de los ejes que vertebran La Pecera, y el número 5 gana en diversidad con textos de Hans Magnus Enszenberger (traducidos por José Luis Reina Palazón), Sophia de Mello (Rodolfo Alonso), Christoph Janacs (Pablo Ascierto) y Fernando Pessoa (Liliana Swiderski). Los ensayos abarcan desde la literatura española hasta la novela policial argentina, pasando por la narrativa portorriqueña. Diversidad, también en estas secciones y en las entrevistas, que son la otra aleta del pez.

Resulta difícil, y es como siempre injusto, destacar plumas (teclas) en La Pecera, tan rica en palabras. Igualmente, y para ser injusto pero con conciencia, el cronista destacará los aportes de los integrantes del grupo de investigación "Semiótica del Discurso", a la vez integrantes de la cátedra Literatura Española Contemporánea, de la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de Mar del Plata. Las presencias más habituales son las de Marta Ferrari (esta vez, con un excelente ensayo sobre Luis Cernuda), Fernando Cermelo y Marcela Romano (aquí tímidamente recluida en una reseña), a quienes eventualmente se suma la titular del área, Laura Scarano (una autoridad en poesía española del siglo veinte). Los años de trabajo en conjunto y, a la vez, los intereses comunes y los caminos personales, se dejan ver/leer y oxigenan notablemente el agua de esta pecera.

Pero el cronista quiere elegir como emblemas a dos colaboradores que tanto en aquel otoño de 2001 como en éste de 2003 pusieron a nadar sus originales (en el más amplio sentido de la palabra). También, porque se trata de dos excelentes escritores, uno con una amplísima trayectoria académica en Estados Unidos y Europa y el otro, con todo por delante, aunque por detrás ya tenga la revista que precedió innegablemente a La Pecera. El cronista se refiere, respectivamente, a David Lagmanovich, quien en el Nº 1 se dedicó a una de sus tantísimas especialidades, el microrrelato, y en este Nº 5 analiza tres ficciones policiales recientes de escritores argentinos; y a Carlos Daniel Aletto, quien en los 90 fuera editor de Unicornio, y que ha vertido en La Pecera de hace dos años agudísimas reflexiones sobre Rodolfo Walsh, y en la de hace unas semanas, uno de los cuentos más logrados que el cronista haya leído recientemente: "La sangre perdida". Sirvan estos Alfa y Omega de la Academia y la creación literaria para definir "por defecto" (como dicen los programadores de pecés) las amplias aguas de esta Pecera a la cual sobran los motivos para asomarse.


jpneyret@hotmail.com