"EL INFORMÉS"                                                                                                                                           Artículo "El Valor del Ejemplo" por Mª Virtudes Gil

A poco que nos paremos a reflexionar por qué somos, nos comportamos y sentimos de una forma determinada y no de otra distinta, empezaremos a darnos cuenta de la huella que nuestras familias han dejado en nosotros:  posiblemente caeremos en la cuenta de que nuestro incombustible sentido del humor presenta un gran parecido con el que destilan nuestros recuerdos familiares; o bien que la tendencia que tenemos a ver “la botella medio vacía” se asemeja, sospechosamente, a la apreciación que nuestros padres solían manifestar ante la misma “botella”; es posible también que si nuestra relación con el trabajo se puede resumir en los términos de “vivir para trabajar”, nuestros recuerdos familiares a este respecto se sitúen en los mismos términos.

                        ¿Qué se puede decir además de los incondicionales afectos y fidelidades que muchos de nosotros profesamos hacia una determinada formación festera? ¿No estaremos de acuerdo, acaso, en que en el origen de esos sentimientos se encuentra la decisiva intervención de nuestra familia, que nos indujo a identificarnos con unos colores, a emocionarnos con los compases de una determinada música...?

                Tal vez la opinión manifestada por Fernando Savater en su libro “EL VALOR DE EDUCAR” nos dé

alguna pista para poder interpretar esta serie de...¿casualidades?:

Savater dice que   ...”la educación familiar funciona, principalmente, por la vía del ejemplo; está apoyada en gestos, humores compartidos. chantajes afectivos, hábitos del corazón, caricias...”. También apunta que “lo que se aprende de la familia tiene una indeleble fuerza persuasiva”. Dicho de otro modo, que aquello que aprendimos en el seno de nuestras familias, para bien o para mal, nos acompañará a lo largo de toda nuestra existencia.

                Y llegado a este punto me planteo: ¿qué ocurriría si ejemplificáramos, con el mismo entusiasmo y afecto a nuestros hijos e hijas, el afán por colaborar en la limpieza de nuestro pueblo utilizando las papeleras; así como el gusto por utilizar de forma habitual en sus relaciones con familiares, amigos, compañeros y maestros las fórmulas de cortesía( GRACIAS, PERDÓN, POR FAVOR, ADIÓS, BUENOS DÍAS...) que, por experiencia como adultos, sabemos que tienden puentes a la comunicación?

                Quedamos invitados a imaginar.

                                                                                                             Mª Virtudes Gil

 

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