Fieras, alimañas y sabandijas 

 

 

 

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Los extraños carnívoros de Sudamérica

 

 Fororracoide

 

Los depredadores dominantes en Sudamérica (félidos como el jaguar y varias especies de cánidos) son, en realidad, unos recién llegados. Los genuinos grandes depredadores sudamericanos, los que evolucionaron en este continente, están todos extinguidos.

Sudamérica quedó aislada del resto de continentes hace 70 millones de años y hace sólo tres millones de años que contactó con América del Norte a través del istmo de Panamá. Durante ese tiempo en Sudamérica se desarrolló una fauna comparable en singularidad a la de Australia. El intercambio de fauna entre las dos Américas ha sido uno de los mayores experimentos naturales de la historia.

El gran intercambio americano


Por primera vez comparaban su aptitud grupos enteros de animales que habían evolucionado por separado y que habían adoptado soluciones distintas a los retos que les imponía el ambiente.

El resultado de esta gigantesca competición no está claro del todo, ya que no se conocen las causas de todas las extinciones y es difícil valorar la importancia de las victorias parciales de cada bando. Aunque los grandes herbívoros sudamericanos fueron sustituidos por invasores del norte, especies del sur como los armadillos o las zarigüeyas se adentraron en Norteamérica.

La mayoría de los autores está sin embargo de acuerdo en dar como vencedora a Norteamérica. El nicho ecológico en el que esta victoria ha sido más clara es el de los grandes depredadores.

Una fauna muy singular


La composición faunística de Sudamérica durante el Terciario fue muy distinta a la del resto de continentes. Mientras en Australia sólo había mamíferos marsupiales y en el resto de continentes sólo mamíferos placentarios, en Sudamérica coexistieron los dos grupos, aunque repartieron muy estrictamente sus papeles.

Los placentarios dieron lugar exclusivamente a animales herbívoros (en algunos casos curiosamente parecidos a los caballos o los camellos, que tuvieron su origen en los continentes del norte). Los marsupiales produjeron grandes depredadores, los borhiénidos, que dominaron el continente durante varias decenas de millones de años.

Carnívoros marsupiales


Los borhiénidos incluían grandes y pesados carnívoros, dotados de poderosas mandíbulas y fuertes patas y garras. Algunas especies llegaron a adquirir enormes colmillos al estilo de los tigres de dientes de sable de los continentes del norte. Éste sería un buen ejemplo de convergencia adaptativa. Los colmillos estaban destinados a inflingir grandes y rápidas heridas en las víctimas, sobre todo en el cuello, para producir un rápido desangramiento. Así no correrían demasiados riesgos de resultar heridos por sus presas. Los dientes de estos marsupiales crecían durante toda la vida y en algunas especies llegaron a alcanzar los 15 cm. de longitud. Poseían también unos hombros muy robustos, pues usaban las patas delanteras para derribar o sujetar brevemente a la presa.

Los borhiénidos tenían patas cortas y serían relativamente lentos y poco ágiles. La musculatura de su cuello, deducida a partir de sus vértebras cervicales, era menos poderosa que la de los dientes de sable norteamericanos (los últimos borhiénidos se extinguieron tras la formación del istmo de Panamá). Según se deduce del tamaño de su cráneo, no eran demasiado inteligentes. Quizá por todo ello, hace unos 20 millones de años, fueron destronados del papel de depredadores supremos del continente por otro grupo radicalmente distinto de animales.

Las aves del terror


Mientras en otros continentes los grandes depredadores terrestres del Terciario fueron mamíferos, en Sudamérica reinaron unas enormes aves, los fororracoides o aves del terror (en los continentes del Norte hubo aves parecidas, de menor tamaño, que fueron pronto desplazadas por placentarios avanzados).

Estas gigantescas aves (de más de tres metros de altura en algunos casos) no podían volar, pero podían correr a gran velocidad. Tenían patas largas y fuertes con grandes garras y un pico muy robusto y afilado.

Tras acechar a las presas, las alcanzaban con una carrera rápida, las derribaban por medio de un roce de sus potentes patas y las sujetaban en el suelo con sus garras y su pico. Probablemente actuaban de un modo muy parecido al de ciertos dinosaurios.

Las aves del terror se extinguieron cuando entraron en contacto con los mamíferos carnívoros placentarios de Norteamérica. Estos eran animales ágiles, muy rápidos e inteligentes, que ya habían extinguido en su lugar de origen a los creodontos, unos carnívoros comparables a los borhiénidos de Sudamérica.

Aún se pueden encontrar en las llanuras sudamericanas a unos parientes de estas aves, los sariaes, que sólo alcanzan 70 centímetros de altura. Tienen largas patas que usan para golpear a las presas. Su pico es relativamente pequeño y tienen un aspecto grácil y poco amenazador.

Otro grupo de carnívoros exclusivo de este continente fue el de los grandes cocodrilos sebécidos, que alternaron con los borhiénidos y las aves del terror la dominancia en diferentes épocas y en diferentes ecosistemas. Estos cocodrilos evolucionaron hasta dar lugar a formas semiterrestres e incluso terrestres, que combinaban un modo de locomoción eficaz con las mandíbulas más poderosas.
Sus dientes semejantes a colmillos eran aserrados por los bordes y estaban comprimidos en largas hojas, similares a los dientes de los grandes dinosaurios carnosaurios.

 

Otra característica peculiar de los ecosistemas sudamericanos fue la relativa gran importancia de las serpientes constrictoras como grandes depredadores. Las serpientes primitivas del grupo de Matsoia eran mayores que las anacondas y pitones actuales.


Alguien que fuera informado de que en Sudamérica habitaban en el Terciario unos parientes de los canguros, unos pajarracos grandes y unos cocodrilos, creería que podría haber paseado con toda tranquilidad por La Pampa. Pero como sabemos hubiera sido devorado sin remedio.

 

 

 

 

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