La analogía del carro alado y la procesión de las almas Exposición analítica del segundo discurso de Sócrates

Estudios de Platón

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La analogía del carro alado y la procesión de las almas
Exposición analítica del segundo discurso de Sócrates (Fedro, 246a-247c)
© Mauricio Cubaque M.
Licenciado en Filosofía (Universidad Pontificia Javeriana)
maurocubaque@tutopia.com


 

Contenidos: A. La necesidad de un mito para explicar la naturaleza del alma. B. El cuidado del alma. C. El que ama las cosas bellas (249d-252c)

La presente titulación del párrafo pretende analizar de forma más concreta la posición de Sócrates en este segmento de su discurso, el cual empieza a ser más definido luego de haber conseguido una distinción sobre lo que quiere investigar y la forma en la que hasta el momento, ha desarrollado su investigación. En este fragmento del discurso encontramos el análisis, en forma de mito, de la inmortalidad del alma, sin perder de vista el carácter poético que debe tener el discurso. Luego de esta breve introducción la tesis que proponemos es la siguiente: "El mito, es necesario para mantener el carácter poético y a la vez, para hacer más comprensible el comportamiento del alma a la hora de conocer". Esta tesis tiene su base en lo siguiente:   

‘Sócrates hace en principio una distinción con respecto a lo que quiere investigar, es decir, primero con respecto a la naturaleza del alma y de dónde proviene su ser, su esencia. Hace una breve pausa y empieza a explicar que la investigación sobre la verdadera esencia del alma sólo es cuestión relativa a lo que es estrictamente divino y por eso prefiere hacer una omisión discursiva con relación a ese tema y afirmar que prefiere hablar del alma humana que es semejante al alma de los dioses, introduciendo el mito y presentando a la vez una teoría sobre las partes del alma y cómo son acompañadas en su viaje por la bóveda celeste’[1].

A. La necesidad de un mito para explicar la naturaleza del alma

Al exponer la esencia del alma dentro de un mito, se cree que Platón lo hace buscando la mejor vía para comparar su visión sobre las partes del alma y a la vez buscando explicar cómo es acompañada por los dioses en el conocimiento de la verdad; se cree esto en virtud de la necesidad de conservar Sócrates, un sentido poético profundo que no vaya en contra de sus convicciones religiosas y de lo prometido al iniciar el discurso. Posiblemente –comenta Szlezák[2]–, Platón pretendía de los lectores una disposición natural para poder captar y diferenciar el mito del logos, solo que para eso es necesario que se tenga una preparación previa que eduque al alma para que logre distinguir tales formas y lo haga sin mayor esfuerzo. Por eso también esta parte del discurso no es tomada por algunos traductores como el mito del carro alado, sino como la analogía del carro alado. Creemos pues, que así es como hace más contundente Sócrates el discurso, que sea hecho a manera de «prueba» de la tesis de que Eros es una donación de los dioses al amado y al amante para su felicidad y que ésta a la vez es competente para la demostración de la inmortalidad del alma, claro que esta prueba, «será increíble para los habilidosos, pero creíble para los sabios» (245c). Es más, parece que en éste punto del diálogo, Fedro se encuentra más interesado en la elocuencia que en la verdad de las palabras de Sócrates, solo que él mismo descubre que Lisias no es capaz de hacer que sus palabras tengan un poder efectivo de elocuencia y que además logren oponerse a la exposición de un «filólogo» como Sócrates.

«La función dialéctica de la "bóveda celeste", en el transcurso del discurso, es vista como la continuación del mundo metafísico, al mundo físico. Este punto de referencia es importante, sobre todo si tenemos en cuenta que dentro del sistema platónico encontramos que el paso del mundo de las ideas al mundo físico por parte del alma, se hace tendiendo siempre hacia la idea del Bien, que es la máxima prioridad que debe tener cualquiera que quiera ser amante de la sabiduría».

B. El cuidado del alma

Por otro lado, encontramos que este mito es puesto posiblemente, como recurso retórico de Sócrates, por no existir indicio alguno que afirme que los griegos hablaran dentro de su teología, sobre un lugar supraceleste en donde Zeus paseara con las almas alrededor de la verdad.

En este punto del discurso, es preciso comprender aún más la posición de Sócrates, ya que por un lado él quiere hacer una distinción que sea más precisa con respecto al conocimiento del alma y su forma de conocer la Verdad, la cual aquí es presentada como la «ambrosía» que alimenta los caballos y que nos lleva a nosotros a tener un conocimiento previo de "lo que es" en realidad. Por otro lado, existe una intención clara de no desagradar los dioses y de no alejarse de la Verdad, para poder atacar con fuerza la "opinión" y hacer que el discurso de Lisias sea considerado como una simple forma retórica. Haciendo caso al orden de lo que se explica aquí, Sócrates pretende con esto demostrarle a Fedro que el alma del filósofo está más cerca de la Verdad, por ser conducida anteriormente por un auriga en la bóveda celeste y participar de alguna forma en la observación de la Verdad (Realidad o Bien), y por eso es impulsado a tener contacto con lo bueno y lo bello, es más eso demuestra que los dioses han sido benévolos con el alma y que le han permitido participar de la idea Suprema, antes de hacerse material y tomar la forma humana.

Es preciso pensar, que el alma humana a esta altura del diálogo –sobre todo la parte del alma que conoce[3]– es individual, supraterrena, indivisible, y por tanto inmortal. Solamente cuando es entregada a los "instrumentos del tiempo" se une con el cuerpo y comienza a tener percepciones sensibles que le hacen seguir conociendo o acercarse a la idea del Bien a través de la ciencia (episteme) o alejarse de ella a través de la opinión (doxa). Es decir que debe haber un tratamiento del alma para que esta no se deforme en su esencia y debe ser alimentada de forma correcta para que alcance más prontamente las virtudes que se le han presentado anteriormente.

Platón pretende resolver el problema del conocimiento en el mundo, afirmando que las esencias existen y se refirió a ellas con la palabra griega «idea», que significa patrón, arquetipo, modelo; más aún, afirma que ellas son la verdadera realidad; los seres que nos informan los sentidos no son una simple ilusión como decía Parménides, pero tampoco tienen una realidad propia; son como proyecciones pobres y limitadas de las ideas, pero ciertamente "participan" de ellas y eso les da una apariencia de ser. Este mundo físico está en el espacio y en el tiempo, por eso es cambiante, múltiple, divisible; en cambio, las «ideas» no están en el espacio ni en el tiempo, son espíritu puro, no cambian, son eternas[4].

Encontramos además, que el alma antes de llegar al cuerpo de los hombres, ha tenido muchas vidas terrenas[5]. Antes de ellas y entre unas y otras, conoció las formas (eidos) eternas o tuvo vislumbres partes de ellas. El Alma las ha olvidado porque el cuerpo la esclaviza, pero ciertas cosas que los sentidos le permiten percibir en torno de ella la hacen recordar lo que antes había conocido. En cierta manera, podemos calificar de "justas" a ciertas actuaciones de los hombres, de valientes otras, de prudentes otras. La gracia de todo esto es encontrar de forma precisa durante nuestra vida la esencia de esas ideas a través de los sentidos. Por eso recordar bien lo que conocimos antes, es identificar claramente esas virtudes o esencias que fueron puestas ante nuestra alma en el viaje por la "bóveda celeste".

El estado óptimo del alma humana es la buena combinación de sus partes, es decir, su areté o dikaiosyne es la colaboración armoniosa de las tres partes (el auriga y los caballos) bajo la dirección de la razón (los dioses). El bien del hombre estará entonces, en hacer que el alma se fije aún más en las «ideas», en lo que "es", para que su alma eche alas y pueda recordar de mejor forma lo que conoció en compañía de la divinidad.

C. El que ama las cosas bellas (249d-252c)

La percepción de los sentidos, que solo es posible a través del cuerpo, despierta el recuerdo de las formas eternas que son lo real y verdadero (Teoría de la Reminiscencia). Abierto ese camino, el filósofo debe seguir por él, dominando los deseos del cuerpo para liberar al alma y permitirle dedicarse al conocimiento de las formas perfectas, de lo divino, lo hermoso, lo sabio y lo bueno, y cuando persevera en su intento, ésta se acostumbra a alimentarse bien y se puede dominar con facilidad, siendo guiada hacia los cielos más prontamente[6]. La percepción por los sentidos, también nos impulsa a reconocer de alguna manera lo que hemos conocido en nuestro viaje anterior a nuestra llegada a la tierra, por tener la capacidad de hacernos reconocer la belleza en el mismo instante en que la vemos, a diferencia de otras cosas preciosas como la sabiduría y la templanza, entre otras virtudes, por no tener una representación cercana en el mundo físico a lo conocido en nuestro viaje en compañía de los dioses. De ahí que la belleza, sea la más afortunada en recibir por parte nuestra los primeros objetos de nuestro amor.

Sócrates había dicho que los hombres escogían el mal por ignorancia; si lograban conocer el bien, escogían el ir siempre hacia el Bien como tal y por esa razón se convertirían en sabios. Ahora vemos que, si el alma humana no está bien ordenada con respecto a sus hábitos, esto le conllevará a que el deseo no pueda ser rebasado por la razón y por consiguiente conozca cosas inferiores a lo que es la Verdad. Sócrates ha dado aquí un gran paso en la forma de enseñarnos que la virtud es conocimiento, pero Platón lo supera con otro paso genial al reconocer que podemos tener conflictos dentro del alma y que necesitamos una voluntad obediente a la razón para resolverlos bien, que debemos hacer que nuestra alma ame la Verdad, la cual se alcanza por el amor (Eros), por la atracción hacia el Bien. Conocer es amar el Bien y tender hacia él.

Recordemos que tal vez, sin las tres partes del alma, Platón no hubiese podido agrupar a los habitantes de la ciudad en las tres clases en que los agrupó[7]. Las inclinaciones e intereses de los hombres varían con el influjo de una u otra parte del alma. En el alma de los que se inclinan por los asuntos económicos influye más el deseo; en los guardianes y guerreros, el «thymos»; en los filósofos, la razón o el «logos». Por eso, solamente el filósofo tiene la capacidad de hacer que su alma, su inteligencia contemple la Verdad, que su alma vuelva a tener alas por no apartarse de la Verdad y de lo divino, por basarse en los recuerdos de lo que conoció antes y mantenerse cerca de estos misterios. Por dedicarse a esto el filósofo y todo aquel que se dedique a conocer la Verdad y las ideas eternas, será criticado y considerado loco –eso es lo que cree Sócrates que pasará con los vulgares que no entienden los misterios del mundo supraceleste y su relación con nosotros. Al loco, al poseído de la locura divina, Sócrates lo considera amante de la sabiduría, como aquel que está poseído por un dios que le impulsa a conocer lo que verdaderamente es.

Sócrates continua con un vívido cuento sobre el crecimiento de las alas del alma, las cuales son alcanzadas a través de la percepción de la belleza física y la consecuente recolección de la belleza misma, la forma vista en una visión supracelestial. Los dolores de un amor insatisfecho son seguidos por un profundo gozo y satisfacción, porque el amor es el que sana el sufrimiento. El estado del amante es de reverente devoción y profunda absorción en el amado. Lo que los hombres llama Eros, los dioses lo llaman de otra forma, Pteros, el alado, por tener el poder de renovar el plumaje del alma[8]. Es decir, aquí encontramos que entre más cerca esté el alma de las formas que debe amar, más probabilidades tendrá de acercarse a lo que Platón llama lo verdadero y digno de admiración, de ese logos que sólo es otorgado y dado a conocer por los dioses. El alma que está más cerca de este ideal platónico es el alma del filósofo, por eso debe proponerse llegar hasta la más grande realidad y quedarse lo más cerca de ella.

Y hasta aquí dejo mi análisis, dejo que otros que puedan hacer una mayor profundización sobre lo que nos atañe y me sigan mostrando las profundas bellezas en las que nos podemos sumergir al hablar de Platón, su obra y su amigo: Sócrates.


Notas:

[1] Szlezák, Thomas A. Leer a Platón. Versión española de José Luis García Rúa. Madrid, Alianza, 1997.
[2] Szlezák, Ibid.
[3] Recordemos que el alma es la que anima al cuerpo y en ella hay tres partes: la parte racional (logos), que se aloja en la cabeza, la irascible (andreia o valor), que la encontramos en el pecho; y la concupiscible (el deseo), en el abdomen. El intelecto o la parte racional del Alma, debe servirse del valor para dominar los deseos y conducir al alma hacia su verdadero mundo: el de las ideas. Cf. La República, IV y VII.
[4] La Verdad o la Realidad es, según Platón: sin color, impalpable y sólo puede ser contemplada por la inteligencia, la cual es a su vez, el piloto del alma. Por otro lado, el alma que se deja guiar correctamente, es conducida a través de la bóveda celeste y en ella hace un viaje circular. Este viaje sólo puede ser hecho por las almas que han sido justas, es decir, que han permitido un viaje por la bóveda del cielo y han contemplado la Verdad y la Belleza.
[5] Según la Ley de Adrastea, las almas cuando son conminadas a descender al cuerpo de los hombres, éstas al llegar son repartidas de acuerdo a su capacidad de ser fieles a la Idea de la Verdad y a los dioses, logrando que en el momento que rompen tal compromiso, sean arrastradas a la tierra en una escala que será relativa a la capacidad de cada una: las primeras llegarán a los cuerpos de quienes son destinados a reconocer la sabiduría y lo bello (filósofos); las segundas a los guerreros o los hombres de leyes; las terceras a los políticos; al cuarto escalón llegarán los gimnastas o los médicos; al quinto las almas de los que serán adivinos; al sexto los imitadores; al séptimo los artesanos; al octavo los sofistas o demagogos y al noveno los tiranos (Fedro 248c-e).
[6] Platón hace decir a Sócrates que la filosofía es una preparación para la muerte porque prepara al alma a quedarse permanentemente en el mundo de las ideas, al hacerle decir que el filósofo se debe dedicar a conocer la Idea de Verdad y no alejarse de ella, alimentando bien el alma
[7] Cf. La República, IV.
[8] Tomado de R. Hackforth. Plato’s Phaedrus. Cambridge, Cambridge University Press, 1972. 172. pp. Versión de Mauricio Cubaque.