Estudios de Platón

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Platón y el diálogo platónico
© Manuel Maciá Pastor
Licenciado Filología Clásica (Universidad de Murcia)
maciapastor@terra.es


 

Contenidos: 1. Vida de Platón. 2. Clasificación de sus obras. 3. Características del diálogo platónico. 4. Temática y pensamiento

1. Vida de Platón

Platón nace el 7 del mes de Thargelión (Mayo) en el 428-427, o sea, el año del arconte Diotimo. Diógenes Laercio da Egina como lugar de nacimiento; pero, aunque no es improbable, lo cierto es que, de niño, vive en Atenas y en una propiedad familiar a orillas del Céfiso. Su padre, Aristón, descendía de una familia importante cuyos orígenes se remontan a Codro que, según la leyenda, fue el último rey de Atenas.

Aristón debió morir siendo Platón niño y su madre, Perictiona, cuya familia había contado varios arcontes entre sus miembros, volvió a casarse con Pirilampo, el cual estuvo relacionado con círculos próximos a Pericles. De este matrimonio nació Antifón, hermanastro de Platón. El verdadero nombre de Platón era Aristocles, pero el apodo que le haría famoso era debido, según leyendas, a la anchura de sus hombros o de su frente o a su estilo.

Su educación sería la tradicional en jóvenes de su edad y clase social. Narraciones que las mujeres cantaban, gimnástica y Homero constituían parte fundamental de la paideia. Por Aristóteles sabemos que, antes de conocer a Sócrates, había sido discípulo de Cratilo, quien le enseñó la doctrina de Heráclito. A través de Cratilo pudo conocer Platón el poema de Empédocles y el libro de Anaxágoras. Tendría ya 20 años cuando empezó a cultivar la amistad de Sócrates, aunque parece ser que su relación con él no duró mucho tiempo.

A los 28 años, después de la muerte de Sócrates, marcha con un grupo de amigos a Megara, donde conoce a Euclides, el filósofo. Es probable que en el 395 estuviese ya de regreso y que, en torno a esas fechas, haya que situar el comienzo de su actividad literaria. Sabemos de otros viajes: a Egipto y a Cirene, donde visita al matemático Teodoro.

Después viajó a Siracusa, en Italia, donde círculos pitagóricos había llamado la atención de Platón y tal vez para ver si lejos de Atenas podía levantarse la ciudad soñada y descrita, la Politeia real. En su camino a Siracusa, visitará Tarento, donde vivía Arquitas, el famoso matemático pitagórico.

Diógenes Laercio nos cuenta una serie de percances sobre el regreso de Platón, que desembarca en Egina donde es hecho prisionero y esclavo; un amigo de Cirene lo reconoce y lo libera. A su regreso, enriquecido por tantas experiencias, compra un terreno próximo al gimnasio de Academos, al noroeste de Atenas, junto a la Doble Puerta. Aquí se fundará, en el 387, la primera universidad europea.

No tenemos apenas datos de cómo organizaba la enseñanza de la Academia. Podemos deducir que se cursaban estudios durante quince años; los diez primeros, para la matemática, y los cinco restantes, para la filosofía. Este largo aprendizaje concordaba con las ideas de Platón sobre la formación de los futuros filósofos, rectores de las ciudades.

En la Academia permanece Platón dedicado a al formación de jóvenes atenienses y extranjeros, hasta que en el año 367 vuelve a Siracusa y todavía haría un tercer viaje en el 361; con estos viajes, el filósofo pretendió enriquecer su experiencia política y practicar su Politeia. Sus últimos años parece ser que fueron de resignación, ante el fracaso de sus ideales, ante la imposibilidad de dominar la vida con el pensamiento. Murió en el 348-347 a la edad de 81 años.

2. Clasificación de sus obras

Como sólo algún tiempo después de su muerte se procedió a la reunión sistemática de sus escritos en una edición completa, se favoreció la inclusión de obras espurias, dada la celebridad de su nombre. Así, el Corpus platónico de los manuscritos comprende 9 tetralogías, 34 diálogos y la colección de 13 cartas; además se incluyen las Definiciones, que todavía son anónimas, y 7 diálogos menores que ya en la antigüedad fueron considerados como apócrifos. Pero también en las tetralogías hay no pocas obras que con diversos grados de certidumbre podemos excluir: Segundo Alcibíades, Hiparco, Teages. El Alcibíades cuenta con partidarios y con detractores de su autenticidad.

Parecen ser apócrifos Clitofonte, Minos con más claridad, y en la actualidad sólo el Hipias Mayor, y los antes mencionados, están expuestos a serias dudas.

La ordenación en tetralogías se atribuye a Trásilo, astrólogo favorito de Tiberio, en el s. I d.C.; pero la hizo de modo arbitrario, sin tener en cuenta el orden cronológico, cuestión ésta que ha constituido un interesante aspecto e la investigación platónica. Los criterios que se han barajado para establecer la cronología de los diálogos han sido de dos tipos:

a) Criterios externos
- referencia en los diálogos a personas o sucesos históricos cuya fecha se conoce. Con este criterio se precisaba el término post quem, pero quedaba una gran imprecisión.
- referencias de un diálogo a otro
- dependencia de otras obras de la de la época
b) Criterios internos
- contenido real de los diálogos, en relación con la mayor o menor referencia en ellos a temas típicos del platonismo. Este criterio sirve únicamente para determinar los grandes períodos de la obra platónica: socrático, teoría de las ideas, lógico; pero presenta dificultades cuando se trata de ordenar los diálogos correspondientes dentro de cada período.
- estructura estilística. Los escritos con fuerza poética y en los que los personajes aparecen rodeados de una cierta teatralidad (Protágoras), cuya composición es más cuidada y abundan recursos literarios (Banquete, Fedón), son anteriores a aquellos en los que apenas tiene importancia la cobertura artística y en los que los personajes no tienen la fuerza ni los matices psicológicos de la primera época (Parménides, Sofista, Político, Filebo)
- el lenguaje. El criterio más fecundo y que ha dado importantes frutos ha sido la estilometría.

De acuerdo con estos criterios, hoy en día se puede establecer la correcta ordenación cronológica, con algunas imprecisiones, de los diálogos de Platón.

En la ordenación de Lesky (eligiendo como cesuras, al igual que otros, los viajes a Sicilia) están postergados la Apología y el Critón, en beneficio de Laques, que aparece primero, si bien hace constar que en esto no pisamos en terreno firme.

Por lo demás, es difícil saber con seguridad la situación del Protágoras en el primer grupo y del Cratilo en el siguiente. La clasificación es, pues, la siguiente:

a) Entre la muerte de Sócrates y el primer viaje a Sicilia: Laques, Cármides, Eutifrón, Lisis, Protágoras, Hipias Menor, Ion, Hipias Mayor, Apología, Critón y Gorgias
b) Entre el primero y el segundo viaje: Menón, Cratilo, Eutidemo, Menéxeno, Banquete, Fedón, República, Fedro, Parménides y Teeteto. Las obras que van desde el Banquete al Fedro caracterizan el centro y la culminación; las que preceden pertenecen todavía a los diálogos de su ascensión, y las que siguen, a los diálogos de vejez
c) Entre el segundo y el tercer viajes el Sofista y el Político.
d) Después del último regreso Filebo, Timeo, Critias y Leyes

3. Características del diálogo platónico

Platón no es el creador del diálogo como forma literaria, pero sí fue él quien lo llevó a su máxima perfección y, por ello, sus diálogos son los únicos de la antigüedad griega que nos han llegado completos. Sus orígenes inmediatos y su modelo son las conversaciones que en las calles y plazas de Atenas mantenía su maestro Sócrates con los jóvenes atenienses. Pero este diálogo socrático no nació, desde luego, tal y como lo leemos en Platón, sino que en su formación se han de tener en cuenta etapas intermedias, en las que se destacan tres componentes principales:

(1) Un elemento dramático que surge de las relaciones de Sócrates con los sofistas y de Sócrates con el joven Alcibíades. La esencia está en la paradoja de que la inteligencia o la belleza no están en aquellos que lo parecen, sino en aquel en el que uno hubiera pensado en último extremo. Tales paradojas no eran extrañas en la literatura popular y arcaica, pues las conocemos en las leyendas de los Siete sabios y en el mismo encuentro entre Solón y Creso.

(2) Los escritos especulativos de los Eleatas (Parménides y Zenón) y de los sofistas (Protágoras y Gorgias, sobre todo), cuya característica es la radicalidad y el esquema abstracto con que tratan los temas. Según una tradición anónima fue Protágoras el creador del diálogo socrático. En cambio, para Diógenes Laercio, fueron Zenón de Elea o Alexámenos de Estira. De éste último nadie sabe nada en la antigüedad. Zenón escribió una obra de la cual nos queda tan poco que no sabemos ni siquiera si estaba escrita en diálogo; y lo mismo podemos decir de Protágoras, que en su libro, que llamó Antilogiai, recogió el método, que está ya en Zenón, de poner una tesis y luego una antítesis. Protágoras parece que dijo que cada afirmación tiene su contraria y enseñaba a sus discípulos a encontrarlas. Por último, Antístenes, filósofo cínico, seguidor de Sócrates, debió escribir un libro también con el título Sobre preguntas y respuestas en el que, al parecer, se daban reglas para saber preguntar y contestar.

(3) Sócrates y la Atenas de su tiempo forman el tercer componente en los orígenes del diálogo socrático. A partir de la lucha con los persas y de las victorias de Maratón y Salamina, surge Atenas como gran potencia, apoyada en la fundación de la Liga marítima, base de su poderío. Junto al esplendor político y material vino la invasión de la ciudad por los poetas, sabios y artistas principalmente jonios. Lo que hasta entonces había sido tradición se presenta en las nuevas corrientes como ciencia. Surgen tratados de todo tipo: gimnasia, dietética, arquitectura, poética, geometría, música, etc. A un lado estaban, además, la filosofía natural y las ciencias de la naturaleza, que chocan con la religión tradicional y, por otro, la retórica, que alcanzó un desarrollo impensable en los países de origen (Sicilia y Asia Menor). Pero los escritos de los sofistas eran incomprensibles para los atenienses educados en Homero, Hesíodo, Teognis, Focílidas y Solón. En este momento entra en juego el diálogo socrático, que quiere ser intermediario y elige una nueva forma literaria de exposición más asequible al lector ateniense. Es decir, en el contenido, lo socrático está junto a la sofística, pero cambia la forma.

El diálogo socrático, según vemos, parte de una valiosa tradición. Existen textos dialogados en la poesía épica, en la comedia y la tragedia, en que también se ejercitó Platón. En el mimo, de cuyos principales representantes, Sofrón y Epicarmo, era el filósofo ateniense un ferviente admirador. Y en la historia, en pasajes como el famoso diálogo de los "Melios", Tucídides, etc.

Platón exige la sinceridad del que responde, que ha de hacerlo además con frases cortas frente a Sócrates que, por el contrario, no es sincero, de donde surge la ironía. Esta consiste en la humildad simulada por su parte. Modestia y astucia, no burla, para vencer a su interlocutor y hacer surgir al logos.

Cada diálogo es una unidad independiente, casi absoluta, respecto a los demás, aunque en todos hay un residuo común que no es otra cosa que la figura de Sócrates. Por esto mismo es muy difícil detectar la evolución de Platón. Cada diálogo constituye un ente autónomo en el que no hay generalmente alusión a sus investigaciones anteriores.

Casi en cada diálogo expone todo su pensamiento. Repite sus ideas una y otra vez; no ha líneas, sino evoluciones y vueltas.

En la estructura de todo diálogo se pueden distinguir las siguientes partes: la ilusión, que forma la opinión falsa; la ignorancia, que descubre el interlocutor; el conocimiento, como intuición de un principio de revelación del Bien bajo un aspecto, y la ciencia positiva. Este esquema se expresa por medio de:

a) una exposición científica
b) preguntas y respuestas, y
c) el mito

El diálogo platónico no intenta reflejar la realidad de su época. Su Sócrates es atemporal y sin historia. Domina en él el elemento subjetivo de la matización irónica, que dificulta la visión completa de la vida real. Se hacen pocas concesiones a las descripciones realistas y se cambia de escenario sin decir nada.

Aristóteles decía que el diálogo era una imitación de la tragedia en prosa, comparándolo con los mimos. El diálogo platónico se ha comparado a los prólogos de las tragedias: lo que se intenta es referir la acción dramática al pasado y con el epílogo unirla al futuro. Dentro de este paralelismo los autores modernos han querido ver en el Banquete una comedia, en el Fedón una tragedia y un drama satírico en el Menéxeno. Tanto la tragedia como el diálogo platónico presentan siempre un modelo (en la tragedia es el héroe). También se aproxima la tragedia al diálogo por su contenido más bien filosófico. La misma discontinuidad de los caracteres de los personajes trágicos se ha señalado también en los diálogos.

Como último dato comparativo observamos que la presentación en trilogías y tetralogías de los diálogos, nos recuerda a esa misma forma en las piezas teatrales.

4. Temática y pensamiento

Los tres primeros diálogos de Platón están encadenados por la meta que persiguen y por las características de la polémica. En el Laques la cuestión es la valentía; en el Cármides la sofrosine, la saludable sensatez; en el Eutifrón, la piedad. Podríamos incluir aquí también Lisis, cuyo tema es la amistad. En estos diálogos es clarísima la referencia a Sócrates. Aparece la búsqueda de la definición, ciertas analogías técnico-artesanas y también ciertas características que anticipan la filosofía posterior de Platón. Aparecen ya en el Eutifrón las palabras eidos o idea, que no designan todavía entidades trascendentes, desligadas del mundo de los sentidos, pero son innegables anticipaciones de aquellas. Además destaca la idea de la unidad de todas las virtudes, que se plasma en la idea del Bien como meta suprema.

Los elementos emparentados con el mimo dominan grandemente la parte introductoria del Protágoras. El gran duelo oratorio entre Sócrates y Protágoras domina la parte central y el punto culminante es la cuestión sobre la posibilidad de enseñanza de la areté (virtud y capacidad en sentido técnico y moral). Platón ofrece un movimiento dialéctico, pero no resultados definitivos. En este diálogo hay que preguntarse hasta qué punto las cabriolas conceptuales y los errores proceden de una lógica todavía deficiente o son manifestaciones de una ironía que quiere transparentarse en todo momento. Las disputas dialécticas sostenidas con una lógica floja dominan en el Hipias Menor y también en Ión.

Contra la autenticidad del Hipias Mayor se han aducido muchos argumentos, pero ninguno definitivo. La estadística lingüística lo atribuye a la época del Fedón; por el contenido pertenece todavía a los diálogos aporéticos con su búsqueda de una definición. Se busca también ahora lo Uno, que, siendo indivisible en sí, es causa de la cualidad "bello". Tampoco aquí se pone en claro el carácter ontológico de ese Uno, pero hay un progreso frente a los primeros diálogos aporéticos.

Estamos ya muy cerca de la formulación completa de la doctrina de las ideas.

La Apología forma parte de una rica literatura socrática apologética. El Critón fundamenta la negativa de Sócrates de huir de la prisión con ayuda de sus amigos. Platón introduce a las leyes personificadas hablando, las cuales se oponen a que Sócrates quebrante su validez e insisten en el contrato que un ciudadano, que vive vinculado al Estado, ha concluido tácitamente con esas leyes. Se advierte claramente la reelaboración de las teorías sofísticas sobre la naturaleza contractual del Estado. Este legalismo está muy lejos de aquel apartamiento de la polis histórica que se expresa en la República.

El Gorgias representa la conclusión y al mismo tiempo la culminación de los primeros escritos. Hay una disputa con los sofistas sobre la naturaleza de su actividad; la conclusión es que la retórica no pertenece a las artes (technai) que cuidan del cuerpo sano y del enfermo, del alma sana y enferma; es sólo una praxis aduladora para el alma, lo mismo que la rutinaria limpieza y condimento de manjares para el cuerpo. Pero todavía interviene un tercer adversario de Sócrates, Calicles, que en nombre de un concepto radical de derecho natural, celebra al superhombre que sabe hacer triunfar su voluntad de poder sobre la masa de los débiles y sus leyes. En la discusión siguiente con Sócrates aparecen en contraste el ideal de vida retórico-sofístico y el filosófico: allí el ideal de poder; aquí la moral como sumo valor; allí la formación técnica encaminada a la conducción de masas; aquí la educación como despliegue de lo mejor que hay en cada hombre.

El Menón significa un importante avance en la formación de la teoría de las ideas. Es cierto que no se habla de las ideas como entidades metafísicas, pero aparece la teoría de la anámnesis: el alma inmortal ha contemplado todas las cosas en su peregrinación a través del ciclo de reencarnaciones en la tierra y en ultratumba y ha conservado la capacidad de recordarlas. En todo esto se ve bien clara la intervención de elementos órficos y pitagóricos. Sócrates trata de demostrar la existencia de la anámnesis proponiendo la duplicación de la superficie de un cuadrado: el problema de lo apriorístico ha entrado en el campo visual de la filosofía platónica. En cuanto a la cuestión sobre la posibilidad de enseñar la virtud, el diálogo termina aparentemente en la aporía.

En el Crátilo se trata primero de la relación entre las palabras y las cosas: el heraclíteo Crátilo ve fundada esta relación en la naturaleza de las cosas, y el parmenídeo Hermógenes en una convención. En la indagación aparece la problemática de la derivación de los nombres directamente de la naturaleza de las cosas y, con ello, la confianza de poder deducirla de las palabras. Hacia el final del diálogo se tiende a rechazar la teoría del devenir incesante y a reconocer la existencia de esencias inmutables que son las únicas que hacen posible el conocimiento y la denominación.

En el Eutidemo, la serie de sofismas refutados por Sócrates es interrumpida porque éste por dos veces, mediante discursos protrépticos, invita a la verdadera sabiduría y a la verdadera areté. A la protréptica sofísitica responde la protréptica platónica.

En el Menéxeno Sócrates pronuncia un epitafio fingido en el que la alabanza a Atenas está enteramente compuesta en el estilo retórico creado por Gorgias.

Hay que emparejar al Banquete y al Fedón porque es lo más perfecto que Platón ha escrito y porque en ellos aparecen claramente expuestos los motivos centrales de la especulación sobre la teoría platónica de las ideas, teoría que Lesky considera se fue formando en el transcurso de su especulación filosófica. Sobre el origen de la teoría de las ideas Aristóteles hace una exposición que pone de relieve lo esencial: el joven Platón aprendió del heraclíteo Crátilo la teoría del perpetuo devenir de todas las cosas aprehensibles por los sentidos, que no proporcionan seguro conocimiento. Pero Sócrates le condujo a la búsqueda de lo universal y permanente en el terreno de la ética. Así llegó a la distinción entre el mundo sensible y el inteligible y en este último aposentó a las ideas, pero vinculó a éstas las cosas aprehensibles por los sentidos en virtud de una participación. Para esto utilizó como modelo la interpretación pitagórica del Ser de las cosas mediante la imitación de los números. Al bosquejo de Aristóteles hay que añadir la fundamental importancia que la ontología de Parménides tenía para Platón. Es indudable que éste influyó en Platón con su teoría de un Ser puro, inteligible, indivisible e inmóvil.

En el Banquete se celebra el poderío de Eros en seis discursos diferentes entre sí y dispuestos en clímax ascendente.

Después del discurso de Fedro, con citas poéticas y al estilo tradicional, del de Pausanias que defiende la pederastia entendida al modo del ideal de la antigua aristocracia, con los recursos de la retórica sofística, y del discurso del médico Erixímaco, que pondera al hombre de ciencia, el genial discurso de Aristófanes con el mito del hombre esférico, dividido en mitades y que aspira a recibir su integridad, representa un primer momento culminante. Entre este discurso y el de Sócrates figura como intermedio el encomio del anfitrión Agatón, adornado con oropeles gorgianos. Sócrates expone que Eros es un demonio mitad dios mitad hombre y nos lo presenta como la aspiración a asegurarse la duradera posesión de la belleza mediante la procreación en lo Bello. Como en la iniciación del místico, el camino conduce gradualmente de la belleza corporal a la del alma y, en una última ascensión, a la belleza del saber en la esfera de las puras aspiraciones espirituales.

El Fedón narra las últimas horas de Sócrates. A la demostración de la inmortalidad del alma va encaminada la conversación que por última vez congrega a Sócrates con sus amigos. Se desarrollan dos razonamientos en los cuales desempeñan un papel decisivo la anámnesis y la subordinación del alma al mundo de las ideas indestructibles. En el tercer y último razonamiento se remonta Sócrates muy atrás, hasta llegar a la teoría de las ideas: el alma que participa de la idea de la vida no puede admitir en sí la de la muerte. Platón funde en una unidad la muerte del sabio y el convencimiento inconmovible de la inmortalidad del alma.

En la República se juntan todos los impulsos y motivos de la filosofía platónica. El Libro I es el vestíbulo con el cual somos introducidos en el campo de los problemas propiamente dichos. La discusión es sobre la esencia de la justicia, con la intervención de Trasímaco, que defiende el derecho del más fuerte contra la masa y su ley al modo de la sofística radical.

En el Libro II, Sócrates propone tratar el problema en el marco más amplio del Estado, que para Platón naturalmente no es ni más ni menos que el Estado-ciudad. La parte siguiente, así como el libro IV, se destina al experimento ideal de presentar una ciudad en su evolución desde sus comienzos primitivos y, en el curso de su transformación, asignar en ella a la justicia un lugar y una misión. Esta construcción teórica del Estado, sometida a una jerarquización de valores absolutos, aparece en vivísimo contraste con la sofística, pero se asienta, por otra parte, dado su racionalismo ahistórico, totalmente en el terreno de este movimiento. En la estructura ideal del Estado platónico aparece en primer plano la clase militar y la de los guardianes y, por encima de ella, la de los gobernantes. La tercera clase, la de los trabajadores queda totalmente relegada a un segundo plano respecto a las dos clases anteriores. Ella es objeto del arte de gobernar, y a menudo se ha censurado a Platón que, desprovisto de sentimiento social, haya permanecido indiferente ante las formas de vida de la multitud. Platón se ha preocupado real y suficientemente de que no haya lugar a dudas sobre la meta de su Estado ideal, que no es otra cosa sino conducir a los individuos, por medio de su incorporación a un cosmos fundado en la moral y, por ende, en la razón, a la vida adecuada a ellos y, por tanto, a la felicidad.

La tripartita clasificación del Estado se pone en parangón con las tres partes del alma de la psicología platónica. Además, asigna a cada parte del uno y de la otra la virtud que le es propia, de modo que resulta el siguiente esquema:

Gobernantes 

Razón 

Sabiduría

Guardianes

El querer apasionado

Valor

Trabajadores 

Apetitos 

Templanza

La cuarta virtud cardinal, la justicia, se encuentra, si las cosas van bien, en todo y sobre todo.

En el libro V figura la proposición que constituye el centro espiritual del conjunto: una orientación hacia el Bien sólo puede darse en la vida del Estado cuando los filósofos asuman el poder o cuando los gobernantes se hagan filósofos. La antigua cuestión sobre naturaleza o educación se decide en el sentido de la importancia de ambos factores. Los mejor dotados pasan después de un largo y gradual aprendizaje de la aritmética y geometría, junto con otras disciplinas, a la dialéctica pura. Los mejor dotados son seleccionados siempre hasta conseguir a los que gobernarán el verdadero Estado.

Más adelante se exponen los grados de conocimiento, con el mito de la caverna. Los últimos libros exponen la degeneración de la forma ideal de gobierno representada por la justicia en línea descendente: timocracia, oligarquía y tiranía.

A la República siguen diálogos relacionados estrechamente, sobre todo por el gran predominio de la dialéctica: Parménides, Teeteto.

En el Fedro alcanza de nuevo su más alta cima la fuerza creadora del arte de Platón. Los dos elementos fundamentales de la dialéctica platónica, la división de los conceptos y la reunificación racional de lo separado, comienzan a delinearse claramente.

En el Teeteto los personajes convienen en volverse a encontrar a la mañana siguiente. Esta cita es el pretexto para la redacción del Sofista y del Político. Comienza a plantearse el problema que ocupará especialmente a Platón en la vejez: la relación entre las ideas particulares y la posibilidad de reducirlas a sistema.

En el Filebo se plantea un problema ético: ¿es el placer o es el conocimiento la suprema meta a la que debemos aspirar?. Se concluye que para la consecución de una buena forma de vida no basta ni el uno ni el otro sino que es necesaria una mezcla de los dos.

El Timeo estaba destinado a ser el primero de una trilogía que debía continuarse con el Critias, que quedó incompleto, y con un Hermócrates que jamás llegó a escribir. Es marcada y nueva la orientación cosmológica, nuevos también la figura y el papel del divino arquitecto del mundo, del demiurgo. No es creador independiente sino que por encima de él están las ideas eternas y, con la mirada puesta en ellas, forma las cosas visibles sometiéndolas a un orden, al cosmos.

Platón postergó trabajos como el Critias y otros para ocuparse en la más extensa obra, las Leyes (Nomoi). Los tres primeros libros contienen consideraciones generales. El cuarto comienza con la concepción de un Estado ideal. Es el segundo que ha imaginado. Frente a la República y el Político se ha producido un profundo viraje. Mientras que en aquellos la función de las leyes queda muy relegada a segundo plano y se confía, en cambio, en el gobernante educado filosóficamente o en un grupo de ellos, aquí se permutan los papeles: el único soberano que está sobre todo es la ley, a la que deben servir también los dirigentes como esclavos. Otra diferencia guarda conexión con esto: también la República busca la felicidad de todos, pero la hace depender de que el justo caudillaje de los educados en la justicia sea el forjador de esa felicidad, y no se esfuerza en codificar normas de vida para la tercera clase. Contrariamente, las Leyes exponen una multitud de preceptos que se extienden a toda la población para dirigirla.

También en el estilo divergen las Leyes de los diálogos precedentes. En ellos se completa una evolución que se perfila en las obras tardías. Aquella encantadora frescura y llaneza en el enlace platónico de los períodos, que delatan un arte estilístico depurado, degeneran ahora en envaramiento y artificio. Este estilo senil difícil y poco agradable entra en el juego con la colocación de las palabras en complicadas combinaciones y revela también en las asonancias el abandono del sencillo encanto, de la gracia genuinamente ética que convirtió a Platón en uno de los grandes clásicos de la prosa ática.


Notas:
García López J. y Morales Otal C.: Griego (Edelvives), Zaragoza, 1978
Lesky A.: Historia de la literatura griega, Madrid, 1976
Platón: Diálogos. Intro. Emilio Lledó Iñigo, Gredos, Madrid, 1981