Akademos. Plantilla de contextos

Filosofía Antigua

Principal


 

La educación en la Atenas del siglo V (Parte II)
© Azuzena A. Fraboschi
Licenciada en Filosofía (Universidad Católica de Argentina)
afraboschi@yahoo.com


 

Contenidos: 5. Sócrates. 5.1. Sócrates y los sofistas. 5.2. La enseñanza de Sócrates: su finalidad y contenido. 5.3. El fundamento antropológico. 5.4. La areté. 6. El método socrático

5. Sócrates (469-399 a.C.)

Provenía Sócrates de una familia que podríamos llamar de clase media: artesano (escultor) el padre, partera su madre; no eran de la aristocracia, pero su situación económica era desahogada. Vivió su juventud en los avatares de la guerra contra los persas y el rápido auge de la ciudad de Atenas, tras la victoria; visitaba la casa de Pericles y de Aspasia -en cuya familiaridad pudo haber sido introducido por Arquelao, discípulo del filósofo Anaxágoras-, conoció el florecimiento de las letras, de las artes y del saber, participó en el campo de batalla en las Guerras Médicas y en la Guerra del Peloponeso, y experimentó en todo ese tiempo las diversas formas y modos de la actividad política en la pólis. Si bien aceptó la democracia, sus excesos lo hicieron dudar y abstenerse, en más de una oportunidad, de intervenir en los asuntos públicos; esta actitud dio lugar a sospechas en su contra, ya sea porque se lo vinculara a la aristocracia y a la oligarquía, ya sea simplemente porque no se entendía su actitud.

Hombre aparentemente común, amigo de todos y maestro de ninguno en particular. Con todos entablaba conversación, allí donde la ocasión se presentaba: en el gimnasio, en el mercado, en la plaza, o bien en las casas, durante una visita informal o en un banquete. Y el diálogo (tal la forma adoptada por él, en contraste con los discursos de los sofistas) podía versar sobre cualquier tema: el bien, la verdad, la música, el orden, la justicia, el conocimiento, la educación de los ciudadanos o la del gobernante, el amor, etc. Pero siempre se trataba de algo de interés para el hombre; y no un interés meramente teorético o especulativo, sino un interés práctico, una sabiduría para la vida y, más propiamente, para la conducta. La conversación con Sócrates era una conversación sobre el obrar humano.

5.1. Sócrates y los sofistas

Porque no tenía escuela según los cánones tradicionales; porque se interesaba por la educación; porque enseñaba fundamentalmente a través de la palabra, y dando importancia a la misma; porque hablaba sobre cualquier tema; porque los jóvenes, respetuosos, lo seguían, seducidos por su conversación; porque su interés era antropocéntrico, considerando al hombre en sí mismo y dentro de la pólis, por todo ello se lo consideró -y se lo confundió- con los sofistas. Pero así como las similitudes señaladas permiten dicha consideración, las diferencias hacen que debamos tenerlo como un personaje con fisonomía propia, y única.

En efecto, los sofistas venían de otras ciudades, precedidos por su fama (y de no existir ésta, se daban prisa en crearla y agrandarla por diversos medios) y rodeados por un cerrado círculo de discípulos; daban sus clases en la casa particular o en lugares improvisados a jóvenes de clase acomodada, que podían pagarlas, y prometían fundamentalmente fama y éxito, alcanzables por el dominio de la palabra. No así Sócrates.

¿Qué hacía Sócrates? Nos lo explica él mismo, enfrentado a sus jueces que lo condenaron a muerte:

"SÓCRATES: Atenienses, os respeto y os amo, pero obedeceré al dios antes que a vosotros y, mientras viva, no dejaré de filosofar, de exhortaros y de instruir a todo el que encuentre, diciéndole como acostumbro: Querido amigo, eres ateniense, ciudadano de la ciudad más grande y famosa del mundo por su sabiduría y su poder, ¿y no te avergüenzas de ocuparte tan sólo de acrecentar tu fortuna, prestigio y honor, dejando de lado enteramente el conocimiento del bien y de la verdad, y sin dedicarte a hacer que tu alma sea lo mejor posible? Y si alguno de vosotros lo niega y sostiene que se preocupa por el estado de su alma, no le diré que no es así, pero en lugar de seguir tranquilamente mi camino lo interrogaré, lo examinaré, lo refutaré; y si encuentro que no tiene areté alguna sino que tan sólo la aparenta, lo increparé diciéndole que tiene por nada lo más valioso, en tanto que respeta lo que ningún respeto merece.
Esto lo haré con jóvenes y ancianos, con los ciudadanos y con los extranjeros: pero principalmente con los habitantes de esta ciudad, porque son los más cercanos a mí. Pues sabed que así me lo ha ordenado el dios, y estoy persuadido de que nuestra ciudad no ha gozado hasta el presente de mayor bien que este servicio que yo presto al dios.
Todo mi cuidado se reduce a ir de aquí para allí, persuadiendo a jóvenes y viejos de que no se preocupen tanto de su cuerpo y de su fortuna, como de su alma y de su perfeccionamiento: porque la virtud no viene de las riquezas sino éstas de aquélla, y en ella tienen su origen todos los bienes, tanto públicos cuanto privados" (12).

Sócrates se dirige a todo hombre y en toda ocasión (educación universal, ocasional y asistemática) con la intención de instruirlo sobre el verdadero bien del hombre, la verdadera areté (contenido antropocéntrico, de carácter ético): se trata de una sabiduría práctico-moral, esto es, de un saber que versa sobre el obrar humano recto. No pretende proporcionar un conocimiento útil para tal o cual habilidad, ni un medio para adquirir riquezas, fama u honores; quiere que el hombre -el ciudadano- se transforme en un mejor hombre, que su vida esté al servicio de su ser; que el hombre sea dueño de sí mismo en la libertad de sus elecciones regidas por la virtud, y no esclavo de sus pasiones o de las opiniones ajenas. Y emprende esta tarea sin la expectativa de obtener lucro alguno (en bienes o en renombre) por ella, sino en cumplimiento de una vocación, de un llamado divino que no puede, no quiere desoír. Por todo esto, dice de sí mismo que no es un sofista.

5.2. La enseñanza de Sócrates. Su finalidad y su contenido

El interés de Sócrates -el de su época- es, según dijimos, antropocéntrico: no dirige la mirada hacia el cosmos, sino hacia el hombre. Pero no hace una consideración teorética sobre el ser del hombre, ni se ocupa principalmente de los logros de la razón humana, tema por entonces muy importante: su pasión es el conocimiento de sí mismo, de lo que significa "ser hombre", para conocer entonces cómo obrar en función de la plena realización de ese ser, de su perfección.

En su búsqueda se mantiene siempre alejado del relativismo, el oportunismo, el pragmatismo de los sofistas. Quiere respuestas absolutas: ¿qué es el bien?, ¿qué es la virtud?, ¿qué es la justicia?..., porque busca la norma ideal de la conducta humana, porque quiere que dicha norma sea eficaz en la vida de sus conciudadanos, y porque la búsqueda y la enseñanza son el cumplimiento de una vocación interior imperiosa, que manifiesta como religiosa.

5.3. El fundamento antropológico

Sócrates parte del concepto griego de hombre, como naturaleza en la que cuerpo y alma se integran armónicamente entre sí, resultando así el cuerpo, espiritualizado, y el alma, partícipe del cosmos material. Conceptos originalmente válidos para el mundo de lo corpóreo -belleza de la forma, disposición de las partes, medida, orden, proporción- se extrapolarán al mundo del alma, en tanto que otros, tomados del obrar humano -justicia, templanza, piedad- se predicarán análogamente de la naturaleza material. No hay oposición sino equilibrio, simetría de partes: una concepción típicamente griega, en todas sus realizaciones. El obrar de una naturaleza así concebida -el obrar humano [la ética]- debe expresarla:

"En el sentimiento profundo de la armonía entre la existencia moral del hombre y el orden natural del universo [en esto consiste la felicidad o eudaimonía], Sócrates coincide plena e inquebrantablemente con la conciencia griega de todos los tiempos anteriores y posteriores a él. La nota nueva que trae Sócrates es la de que el hombre no puede alcanzar esta armonía (...) por medio del desarrollo y la satisfacción de su naturaleza física, por mucho que se la restrinja mediante vínculos y postulados sociales, sino por medio del dominio completo sobre sí mismo con arreglo a la ley que descubra indagando en su propia alma" (13).


5.4. La areté

Con Sócrates la areté, ese concepto insoslayable cuando de la educación del hombre se trata, esa excelencia de la naturaleza, va adquiriendo poco a poco el sentido de virtud ética, del bien en el obrar humano, que predomina hoy en día, pero sin olvidar que el fin de esa perfección en el obrar es la perfección del ser. Así se lo dice a Callicles:

"SÓCRATES: Es preciso hacer lo agradable en vista de lo bueno. ¿No es agradable aquello que causa en nosotros un sentimiento de placer en el acto mismo que gozamos, y no es bueno lo que nos hace tales mediante su presencia? (...). Ahora bien, nosotros somos buenos, y como nosotros todas las demás cosas que son buenas, a causa de la presencia de alguna virtud (...) [la referencia es a la virtud como excelencia]. Pero la virtud de cualquier cosa (...) guarda proporción con el orden, la disposición y la medida que conviene a cada una [la virtud como perfección o acabamiento de un ser determinado, de tal ser] (...). Así es que un cierto orden propio de cada cosa es lo que la hace buena, cuando se encuentra en ella. Por consiguiente, el alma en que se encuentra el orden que le conviene (...) está regulada, (...), está dotada de templanza. Luego, el alma dotada de templanza es buena (...). El hombre moderado [en quien se encuentra la virtud de la templanza] cumple con todos sus deberes para con los dioses y para con los hombres (...). Cumpliendo los deberes para con sus semejantes realiza acciones justas [la virtud de la justicia], y cumpliéndolos para con los dioses, acciones piadosas [la virtud de la piedad]. También necesariamente es valiente [la virtud de la fortaleza o el valor], porque no es propio de un hombre templado perseguir o rehuir lo que no debe perseguir o rehuir; sino que, cuando el deber lo exige, es preciso que deseche, que abrace, que lleve con paciencia las cosas y las personas, el placer y el dolor (...). De manera que es absolutamente necesario que el hombre templado, siendo -como hemos visto- justo, valiente y piadoso, sea por completo un hombre de bien; que, siendo tal, todas sus acciones sean buenas y decorosas; y que, obrando así bien, sea dichoso" (14).

Estamos ante el hombre virtuoso. Tal es el fin de la educación para Sócrates, quien hace de la virtud, siempre, el contenido de la educación. De donde se sigue que la virtud es un saber [por consiguiente, quien falta lo hace por ignorancia, y no se estaría ante una maldad sino ante un error], una ciencia y, como tal, susceptible de ser enseñada, si bien Sócrates no participa del optimismo y de la suficiencia de algunos -o muchos- sofistas; no basta con la enseñanza, se requieren condiciones naturales en el educando para el buen fruto de la labor educativa.

El hombre a quien se dirige, siendo griego, nunca puede ser considerado sólo en sí mismo, sino también como miembro de la pólis. Este carácter deberá ser tomado en cuenta en su educación, y deberá ser virtuoso no sólo a título individual sino también en cuanto ciudadano. A propósito de esto dice Jaeger:

"El concepto del dominio [en el sentido de señorío] sobre nosotros mismos (...) concibe la conducta moral como algo que brota del interior del individuo mismo, y no como el simple hecho de someterse exteriormente a la ley (...). Pero como el concepto ético de los griegos parte de la vida colectiva y del concepto político de la dominación, concibe el proceso interior mediante la transferencia de la imagen de una pólis bien gobernada, al alma del hombre"(15).

En momentos de tantos avatares políticos y de gobiernos que se sucedían entre luchas intestinas, y en medio del relativismo y el oportunismo exitista preconizado por los sofistas, cuando la ley, la justicia y la virtud externas se hallaban seriamente afectadas en su existencia, es cuando Sócrates las salva interiorizándolas, dándoles convicción y vigencia en el interior del hombre.

6. El método socrático

Las conversaciones, los diálogos que Sócrates sostenía con quienquiera estuviese dispuesto para ello, eran sus lecciones, y en ellas se valía de la interrogación y de la objeción.

Sobre cualquier tema que estuviera en discusión en ese momento, o que suscitase cierto grado de interés, confesaba el maestro su ignorancia, como preámbulo (¿o pretexto?) de una serie de preguntas dirigidas, las más de las veces, a quienes decían conocer el asunto. A sus respuestas contestaba objetando, para desembarazarlos de sus errores y a partir de allí buscar la verdad que, hallada, debía plasmarse en una definición (aunque casi nunca llegaba Sócrates a este punto, dejando abierta la búsqueda para cada uno). Veámoslo con más detenimiento.

La exhortación o protréptica

Es la primera fase del método, hecha de preguntas y exclamaciones que tienen por objetivo interesar en el tema al interlocutor, y disponerlo adecuadamente, sacándolo del contexto de sus habituales y pedestres preocupaciones para instalarlo en la importancia de su ser y de su vida. Así, en Eutifrón o sobre la santidad, Sócrates se encuentra con Eutifrón, quien le informa que se halla en un pleito por homicidio contra su propio padre.

"SÓCRATES: He aquí una acusación que está fuera del alcance del pueblo, que no comprenderá jamás que pueda ser justa en términos que un hombre ordinario tendría mucha dificultad en sostenerla. Un hecho semejante está reservado para un hombre que ha llegado a la cima de la sabiduría.
EUTIFRÓN: Sí, ¡por Zeus!, a la cima de la sabiduría.
[Sócrates ha sacado a su interlocutor de la medianía, y lo ha llevado al elevado mundo del conocimiento de la conducta, al mundo del obrar humano, sus móviles y sus normas].
SÓCRATES: ¿Es a alguno de tus parientes a quien tu padre ha dado muerte? Indudablemente debe ser así, porque por un extraño no acusarías a tu padre.
EUTIFRÓN: ¡Qué absurdo, Sócrates, creer que en esta materia haya diferencia entre un pariente y un extraño! Lo que es preciso tener en cuenta es si el que ha dado la muerte lo ha hecho justa o injustamente. [Narra el episodio y las críticas que le ha valido su acusación]. ¡Tan ciegos están sobre el conocimiento de las cosas divinas y tan incapaces para discernir lo que es impío de lo que es santo!
SÓCRATES: Pero, ¡por Zeus!, ¿crees, tú que conoces tan exactamente las cosas divinas y que distingues con precisión lo que es santo y lo que es impío, que habiendo sucedido las cosas como tú lo dices, puedes perseguir a tu padre sin temor de cometer impiedad?
EUTIFRÓN: Me estimaría bien poco, y Eutifrón no tendría ventaja sobre los demás hombres, si no conociese todas estas cosas perfectamente.
SÓCRATES: ¡Oh maravilloso Eutifrón! Estoy convencido de que el mejor partido que puedo tomar es hacerme tu discípulo...".

La indagación o elénctica

Esta segunda fase consta, a su vez, de dos partes:

La purificación o ironía, momento en el que Sócrates hace que el interlocutor exponga lo que cree saber en cuanto al tema propuesto. A las soluciones aportadas replica con objeciones que demuestran, a través de las contradicciones resultantes, la falsedad o inadecuación de dichas soluciones y la ignorancia de su autor. Queda éste así liberado de sus errores y en conocimiento de qué es lo que sabe, y qué lo que desconoce. Es una "docta ignorancia".

La construcción o mayéutica, etapa en la que debería llegarse a una verdad conocida como tal y definida como universal. Muy pocas veces esto se cumple en los diálogos socráticos, pero no falta nunca el camino hacia dicha meta, recorrido por el interlocutor en un casi diálogo consigo mismo, pues Sócrates se coloca en la posición de quien tan sólo acompaña. Queda abierta la continuación del camino, de la conversación, pero ahora sin el lastre de la falsa sabiduría.

"SÓCRATES: Ahora, en nombre de los dioses, dime lo que hace poco asegurabas saber tan bien: qué es lo santo y qué lo impío (...). Dame una idea clara y distinta de la naturaleza de la santidad y de lo que hace que todas las cosas santas sean santas (...). Enséñame, pues, cuál es ese rasgo a fin de que, teniéndolo siempre a la vista y sirviéndome de él como modelo, esté en posición de asegurar -sobre lo que tú u otros hagan- que lo que es acorde con dicho modelo es santo y que es impío lo que no lo es.
EUTIFRÓN: Digo que lo santo es lo que agrada a los dioses, e impío lo que les es desagradable.
[Sucede una corroboración de lo dicho].
SÓCRATES: ¿Pero no estamos también de acuerdo en que los dioses tienen entre sí enemistades y odios y que muchas veces están discordes y divididos?
EUTIFRÓN: Sí, sin duda.
[Sigue una propuesta de casos sobre los que es posible a los hombres ponerse de acuerdo por haber una regla o medida objetiva que lo sustente, y otros en los que tal cosa no es posible: lo justo y lo injusto, lo honesto y lo deshonesto, el bien y el mal].
SÓCRATES: Según tú, excelente Eutifrón, los dioses están divididos sobre lo justo y lo injusto sobre lo honesto y lo deshonesto (...). ¿Y las cosas que cada uno de los dioses encuentra honestas, buenas y justas las ama, y aborrece las contrarias?
EUTIFRÓN: Sin dificultad.
SÓCRATES: Según tú, una misma cosa parece justa a los unos e injusta a los otros, y este disenso es la causa de sus disputas y de sus guerras, ¿no es así?
EUTIFRÓN: Sin duda.
SÓCRATES: Se sigue de ahí que una misma cosa es amada y aborrecida por los dioses y les es, al mismo tiempo, agradable y desagradable.
EUTIFRÓN: Así parece.
SÓCRATES: Y por consiguiente, lo santo y lo impío son una misma cosa, según tú.
EUTIFRÓN: La consecuencia parece ser exacta" (16).

El final del diálogo Gorgias o de la retórica es ilustrativo en cuanto a cómo solían acabar estas conversaciones.

"SÓCRATES: Por lo tanto, despreciando lo que la mayor parte de los hombres estiman, y no teniendo otra guía que la verdad, haré cuanto pueda por vivir y morir, cuando el tiempo se haya cumplido, tan virtuoso como me sea posible. Invito a todos, y te invito a ti mismo [a Callicles] a adoptar este género de vida y a ejercitarte en este combate, a mi juicio el más interesante de todos los de este mundo (...). De tantas opiniones como hemos discutido, todas las demás han sido desechadas, y la única que subsiste inquebrantable es ésta: que es mejor sufrir una injusticia que cometerla, y que siempre es preciso procurar ser un hombre de bien, tanto en público como en privado, y no sólo parecerlo (...); que es preciso huir de toda adulación tanto respecto de sí mismo como de los demás, muchos o pocos; y que jamás debe hacerse uso de la retórica, ni de ninguna otra profesión, sino en obsequio de la justicia. Ríndete, pues, a mis razones, y sígueme en el camino que te conducirá a la felicidad, en esta vida y después de la muerte, como mis razonamientos acaban de demostrarlo. Sufre que se te desprecie como un insensato, que se te insulte -si así lo quieren- (...). No te sucederá ningún mal, si eres realmente hombre de bien y te consagras a la práctica de la virtud. Después que la hayamos cultivado en común, entonces, si nos parece, tomaremos parte en los asuntos públicos; y cualquiera sea el tema sobre el que deliberemos, lo haremos con más acierto de lo que podríamos hacerlo ahora. Porque es una vergüenza para nosotros que en la situación en que al parecer estamos, presumamos como si valiéramos algo, cuando mudamos de opinión a cada instante sobre los mismos objetos, y hasta sobre lo más importante, ¡tan profunda es nuestra ignorancia!.
Por lo tanto, sirvámosnos de la luz que arroja esta discusión, como de un guía que nos hace ver que el mejor partido que podemos tomar es vivir y morir en la práctica de la justicia y de las demás virtudes. Marchemos por el camino que nos traza, y comprometamos a los demás a que nos imiten (...). No demos oído al discurso (...) que me suplicabas que yo admitiese como bueno; porque no vale nada, mi querido Callicles" (17).

Pero también es ilustrativo en cuanto a la personalidad de Sócrates y a su enseñanza.

Buenos Aires, 1998


Notas:
12. Platón. Apología. 
13. Jaeger, W. ob. cit., p. 422. 
14. Platón. Gorgias. 
15. Jaeger, W., ob. cit., p. 432. 
16. Platón. Eutifrón. 
17. Platón. Gorgias.