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Isócrates. La formación ética del hombre político
© Azucena A. Fraboschi
Licenciada en Filosofía (Universidad Católica de Argentina)
afraboschi@yahoo.com
Contenidos: 1) Introducción.
2) Su ideal educativo: el orador.
3) Su propuesta pedagógica.
4) La formación del ciudadano.
5) La formación del gobernante
1) Introducción
Isócrates es un ateniense comprometido con su ciudad y con su época, a la cual dedicó su vida y su obra, que ha llegado hasta nosotros
a través de variados discursos. En ellos se aprecia su pensamiento, que ha roto la barrera del tiempo y del espacio, porque los defectos
y virtudes de ese mundo en crisis son los defectos y virtudes del ser humano en cualquier época y lugar.
La Atenas del siglo IV a.C. vivía las consecuencias de las Guerras
Médicas(1) y de la Guerra del Peloponeso(2), y estaba sumida en constantes luchas fratricidas por un poder que acabó debilitándola y
dejando las puertas abiertas a un nuevo conquistador. Ante tal desolador y crítico panorama Isócrates, que bregaba por la unión de las
ciudades griegas, con Atenas a la cabeza, para combatir a los persas -peligro aún latente (3)-, busca en la figura de Filipo II de
Macedonia y el liderazgo de su poderío militar la concreción de su anhelo.
La situación interna en Atenas también fue objeto de su preocupación, ya
que el gobierno había caído en manos de demagogos que ignoraban el destino de grandeza que, según Isócrates, la ciudad merecía.
Veía una decadencia moral y política(4) que sólo podía superarse volviendo a los antiguos ideales que hicieron de Atenas un ejemplo
de cultura y de civismo.
Pero nuestro protagonista no dio la espalda a su época, como sucederá con
Platón (con su utópica República y sus reminiscencias de una Esparta ya inexistente), sino que trató siempre de responder a ella
(aunque esto implicara renunciar a las aspiraciones que tenía con respecto a su ciudad, Atenas), buscando salvaguardar lo que
identificaba a dicha pólis y a Grecia toda: la cultura que le permitiría imponerse, finalmente, al bárbaro. Tal convicción lo condujo
a dirigir la mirada hacia Filipo de Macedonia cuando se dio cuenta de que no existía en su tierra quien pudiera encabezar la empresa. Y
fue un visionario, como lo muestran cabalmente los alcances de la cultura griega a partir de la constitución del imperio
greco-macedonio.
A partir de la situación histórico-cultural descripta, podemos afirmar que
en el siglo IV a.C. era necesaria una reconstrucción interior y exterior de Grecia. Por ello la nueva generación, a la que pertenecía
Isócrates, tenía ante sí un desafío: nada menos que la recuperación del esplendor griego. Y en esta tarea, una protagonista: la
paideia, concebida como educación y cultura.
Pero no se trataba solamente de reformar el Estado a partir de la formación
del individuo, sino que estaba presente la convicción de que el entorno socio-político nutría también al ciudadano, en un proceso de
mutua realimentación. Por eso era propio de tal momento el concepto de que, a través de la paideia, el Estado podría salir de la
situación en la que se encontraba. Podríamos decir que se trataba, en realidad, de formar a quienes gobernaban al pueblo y, a través
de estos líderes, al pueblo mismo. Y esto es lo que propone Isócrates (5).
Así, nuestro autor fue un personaje que influyó indudablemente en su
tiempo, no sólo a través de sus discursos, sino también de los hombres que formó (6). Actuaba sobre éstos en forma directa, mediante
el trato personal, y por medio de sus obras, que eran tomadas como un elemento de trabajo en su escuela, porque constituían un modelo,
tanto de forma como de contenido. Para ello debió primero captar el espíritu de su tiempo, y "aunque Isócrates no era, ni mucho
menos, el primer ateniense que aparecía como discípulo y campeón de la nueva cultura, es indudable que ésta no adquirió verdadera
carta de ciudadanía en Atenas sino bajo la forma que Isócrates le imprimió." (7)
De esta manera, permitió que la retórica expresara la problemática
contemporánea, algo que los sofistas no hacían, ni les interesaba. Isócrates convierte la retórica en un medio de acción política,
si bien él no tenía condiciones para la oratoria.
¿Qué buscaba Isócrates? No ignoraba que la situación de Atenas no le permitía lograr por sí misma la prosperidad de la Hélade; por
eso consideraba que era la hora de promover la unión de los estados griegos a través de un interés cohesionante: "encontrar esta
empresa común equivale a salvar a los griegos como nación." (8)
Este planteo no suponía dejar sin solución los problemas internos de
corrupción de la democracia ateniense. Antes bien, esta solución era impostergable si quería construirse el futuro de Grecia con
solidez y dignidad.
Quiere decir, entonces, que la obra de Isócrates abarca tanto la política
interior como la exterior, pero enmarcadas en un contexto ético. Esto último es clave desde el punto de vista educativo pero, además,
es lo que permite a Isócrates tomar distancia tanto de los sofistas como de Platón. De los primeros, por lo ya dicho: existe en nuestro
autor un contenido valioso, adecuado a las circunstancias que le toca vivir, pero no por ello relativista, como era el estilo sofista,
sino fundamentalmente realista; de Platón, porque el planteo de este filósofo, aunque éticamente relevante, era utópico.
Filipo muere, pero su hijo, Alejandro Magno, no sólo llega a dominar a los
persas, sino que se convierte en el difusor del helenismo; esto demuestra la visión de Isócrates, esa capacidad para ver más allá que
los otros, capacidad que pide al gobernante, pero que es una de sus cualidades. Camina con el tiempo, toma del pasado lo mejor, cambiando
lo necesario. Ve lo que sucede, pero no se cierra, como ocurre con Platón. Éste plantea la existencia de un estado ideal y propone un
ciclo de estudios para quien ha de ser su gobernante, el filósofo, y todo ello en un marco que no es el del tiempo que le toca vivir:
Platón sigue atado a la ciudad antigua cuando esta estructura, la ciudad-estado, comienza a desmoronarse; y se inmoviliza aún más, al
culminar su preocupación en la formación del sabio (9).
Los temas que Isócrates trata en sus discursos son los siguientes:
-
la unidad de los griegos contra los persas,
-
la paz interior y la justicia,
-
el obrar acorde a la razón,
-
la moralidad del gobernante y de las
instituciones.
2) Su ideal educativo: el orador
El tema que aquí nos ocupa es el ideal pedagógico y cultural de Isócrates,
en estrecha relación con su ideal político. Este último abarca tanto la política interna de Atenas, cuanto la política exterior en
relación a los persas -los verdaderos enemigos de Atenas para Isócrates-.
En lo relativo a la política interna, aspira a una verdadera democracia
basada en la equidad y la justicia, donde los funcionarios sean hombres probos y dedicados a la pólis. En política exterior su postura
se traduce en una preocupación fundamental: la unidad panhelénica, puesto que los estados griegos se enfrentaban constantemente entre
sí y de este modo sólo beneficiaban a los persas. La posición de Isócrates al respecto consiste, como ya dijimos, en unir a los
griegos en una tarea común: la lucha contra el bárbaro. En diversos discursos trata este tema, siempre buscando quien pueda aglutinar a
los unos y vencer a los otros. En el Panegírico, piensa en Atenas; tiempo después en una carta pide a Arquidamos de Esparta que luche
contra el bárbaro; y, finalmente, recurre a Filipo de Macedonia en su discurso A Filipo (10).
Su ideal educativo es el orador, quien posee no sólo la técnica adecuada del discurso, sino también, y fundamentalmente, la virtud
moral apropiada para que sus costumbres sean acordes a lo expresado en los discursos. La vida virtuosa es la poderosísima fuerza que
sustenta al orador, con mayor profundidad que las técnicas más consumadas.
Las enseñanzas de Isócrates no se circunscriben a un método para elaborar
o decir discursos, sino que su propuesta es más completa, ya que es necesario formar al educando en las virtudes necesarias para que
luego pronuncie un discurso con la debida preparación, que es integral. La formación espiritual y moral constituye la base de la
formación retórica (11).
Indudablemente Isócrates es un hombre de acción política, pero lo es en
un sentido peculiar. Su influencia la ejerce a través de la retórica, pero concebida ésta de un modo también propio. Es decir: ni la
elocuencia isocrática es lo que en esa época se entendía por tal disciplina, ni él es un político en el sentido convencional de la
palabra:
"Yo, pues, apruebo todos los discursos que pueden sernos útiles hasta
en la cosa más mínima; pero en verdad, juzgo que los más excelentes, más dignos de un rey y más propios de mi condición, son
aquellos que aconsejan, ya sobre las costumbres, ya sobre la administración del Estado. Y todavía más: de éstos, [prefiero] aquellos
que enseñan a los gobernantes cómo conviene tratar con la muchedumbre y, a los particulares, qué disposición de ánimo deben tener
para con los que los gobiernan. Porque veo que es por esto que las ciudades llegan a ser muy felices y poderosas." (12)
Es necesario, en este punto, explicar un concepto muy importante que está siempre presente cuando se habla de Isócrates: es el de la
dimensión que cobra la retórica a partir de la consideración que él hace de la palabra, y que lo ubica en un plano diametralmente
opuesto al de los sofistas. Refiriéndose a los que rechazan la elocuencia dice Isócrates:
" (...) se hallan mal dispuestos en cuanto a todo discurso, y a tal
punto se equivocan, que no se dan cuenta de que son adversos precisamente hacia aquella actividad que, de todas cuantas existen en la
naturaleza humana, es la causa de los mayores bienes. Pues en todas las demás, nada nos diferencia de los otros animales, y aun en la
ligereza, en la fuerza y en otras cualidades somos inferiores a muchos de ellos; mas porque existe en nosotros la capacidad de
persuadirnos unos a otros y de manifestarnos lo que deseamos, no sólo pudimos apartarnos de la vida salvaje, sino que nos hemos
congregado formando ciudades, establecimos leyes, inventamos técnicas y, en fin, casi todas las cosas que hemos producido, es la
palabra quien nos las ha procurado. Porque ésta ha legislado sobre lo justo y lo injusto, lo torpe y lo honesto, y si ellas [las leyes]
no lo hubiesen dispuesto bien, no sería posible la convivencia unos con otros. Por la palabra refutamos a los malos y alabamos a los
buenos; con ella enseñamos a los ignorantes y probamos a los sabios, porque el decir lo que conviene es para nosotros el mejor indicio
de la prudencia, y la palabra verdadera, conforme a la ley, y justa, es imagen de un ánimo bueno y digno de confianza. Con la palabra
disputamos sobre lo controvertible e investigamos lo desconocido, porque de los mismos argumentos que nos sirven para persuadir a los
otros, de ésos nos valemos para reflexionar, y aunque llamamos oradores a [todos] los que pueden hablar en público, tenemos, sin
embargo, por hombres de buen consejo a los que discurren lo mejor sobre los asuntos que se les proponen. Pero si hemos de resumir [los
bienes que debemos a] esta facultad, no encontraremos cosa alguna hecha con inteligencia que se haya hecho sin la palabra, antes bien
veremos que en todas las obras y los pensamientos la palabra tiene la parte principal, y que los que tienen mayor inteligencia son los
que más se valen de ella; y así los que se atreven a maldecir a quienes se dedican a la educación y a la filosofía, son merecedores
del mismo repudio que los que faltan a lo que es propio de los dioses." (13).
3) Su propuesta pedagógica
Hacia el año 400 a.C. Isócrates estableció en Atenas o en sus suburbios
su escuela de retórica, de carácter abierto, a diferencia de la Academia de Platón. Allí el ciclo de estudios se extendía a lo largo
de tres o cuatro años, y no era gratuito. Esta escuela estaba dedicada a la formación de hombres políticos y en ella Isócrates se
comportaba como un maestro en el cabal sentido de la palabra, dado el seguimiento que hacía de sus discípulos; su relación con ellos
se desarrollaba en un ambiente de intimidad, para lo cual ayudaba el reducido número de alumnos, con un máximo de nueve. Esto le
permitía ejercer una influencia profunda, a partir del conocimiento que tenía de ellos.
En lo que atañe específicamente a la enseñanza, cabe explicitar aspectos
como el objetivo propuesto, los sujetos a los que se educa, el contenido que se brinda y el método que se usa.
1º) objetivo inmediato era para él la formación del hombre; el objetivo
mediato, salvar a la Grecia de su tiempo a través de lo que constituye su identidad: la cultura.
2º) sujeto de la educación: el gobernante (Nicocles, A Nicocles, Evágoras);
y los hombres cultos, como los profesores de elocuencia; el pueblo mismo (de dos maneras: aludiendo a situaciones concretas que le
incumben -como sucede en Contra Eutino, Contra Calímaco, Contra Loquites, Eginético, Trapecítico, por ejemplo- y además, e
indirectamente, a través de la formación del gobernante).
3º) contenidos de la educación: la elocuencia, es decir, el arte de hablar
bien (importante por la dimensión que Isócrates otorgaba a la palabra, al Logos).
4º) el método era novedoso (el mismo Isócrates se coloca como ejemplo a
sus discípulos) por una parte, y tradicional por otra, en tanto los medios utilizados son la ejercitación, el ejemplo, la imitación de
los modelos.
5º) Pero al principio y al término de toda consideración en torno a la
educación se halla, precisamente, el tema del fin de la educación.
Antes de analizar su labor como maestro, sería conveniente saber cuál es
para Isócrates el fin de la educación, esto es, qué entiende él por un hombre educado:
"Así pues, ¿a quiénes considero acabadamente educados, dado que yo
no tomo en cuenta para ello las artes, las ciencias y las capacidades [naturales]? En primer lugar, a los que tratan atinadamente los
asuntos que se presentan cada día, y tienen la opinión adecuada a las circunstancias, capaz de conjeturar lo que es ventajoso en la
mayor parte de los casos. Después, a los que tienen una relación conveniente y justa con aquellos con quienes conviven -llevando
fácil y pacíficamente sus asperezas y los caracteres muy difíciles de soportar- y que muestran también la mayor paciencia y
consideración posibles hacia los que tienen trato con ellos. Además, a los que, por una parte, señorean siempre sobre los placeres y,
por otra, no se dejan abatir por completo en las circunstancias adversas, sino que en ellas su ánimo se torna valeroso y digno de la
naturaleza de la que participan. En cuarto lugar, y lo que es lo mejor, a los que no resultan corrompidos por el éxito, ni se enajenan,
ni se vuelven soberbios, antes bien permanecen en la disposición propia de los hombres prudentes y no se alegran más por los bienes
que les depara la suerte que por los que provienen, desde su origen, de su propia naturaleza y sensatez. Los que tienen una disposición
anímica en armonía no sólo con una de estas condiciones, sino con todas ellas, éstos digo que son hombres sabios y formados, y que
poseen todas las virtudes." (14)
En conclusión, lo que Isócrates propone como fin de la educación es el
hombre virtuoso.
4) La formación del ciudadano
Maestro de sus conciudadanos, Isócrates traza un cuadro histórico de la
grandeza de Atenas en la que confluyen y se enriquecen diversas manifestaciones culturales, que luego son transmitidas al resto de los
hombres; Atenas es un foco de cultura y la paideia es factor de cohesión:
"Así, ésta es la señal más confiable de la educación de cada uno de nosotros: que los que saben usar bien de la palabra, no
sólo son poderosos en su país, sino que también son honrados en las demás ciudades. Tanto nuestra ciudad ha aventajado en sabiduría
y elocuencia a los demás hombres, que sus alumnos sirven de maestros de otros, y el nombre de Griegos no se usa ya para significar una
raza [o una nación], sino que parece denotar el pensamiento, y más se llama Griegos a los que participan de nuestra educación, que a
los que tienen el mismo origen que nosotros." (15)
La trascendencia cultural de Atenas le permite, primero, erigirse en cabeza de los griegos y, luego, nutre su idea de expansión, cuya
concreción se producirá a través del imperio de Alejandro, en el que subyace el espíritu del helenismo.
En un discurso posterior, Sobre la Paz, exhorta a los atenienses a que abandonen pretensiones ambiciosas y se persuadan de que sólo con
la justicia florecen los estados. A medida que el tiempo transcurre, la situación de Atenas se modifica y ello provoca la renuncia de
Isócrates a la idea del predominio de aquella ciudad sobre los otros estados griegos. Los atenienses viven inmersos en pleitos de mayor
o menor cuantía, habituados a la disputa por todo -a veces con pretensiones de intelectualidad-; el lujo y el desmedido afán de
riquezas y de fama a cualquier precio conviven con la miseria y con la injusticia, y el individualismo va ganando terreno rápidamente.
La ambición de poder corrompe las costumbres, corrompe a los gobernantes y
a los ciudadanos, por eso es necesario cambiar las ideas y los sentimientos de los atenienses en dicha cuestión: el cambio político
está subordinado a un cambio de actitud en el plano ético.
Sólo una restauración fundamentalmente ética conducirá a Atenas a
recuperar el liderazgo sobre las otras ciudades.
Pero mirando, no ya hacia el exterior, sino hacia la propia ciudad-estado,
el problema de la democracia ateniense radica, a juicio del maestro, en los ciudadanos. Como para Isócrates la constitución es el alma
del estado, modificándola se producirá un cambio en ellos. Pero la ley por sí sola no educa; no se trata entonces, de multiplicar las
leyes, sino de infundir una impronta en la conciencia de los ciudadanos:
"Conviene que quienes gobiernen con rectitud no llenen los pórticos
con escritos, sino que graben la justicia en las almas: porque no es con decretos sino con buenas costumbres como se gobiernan las
ciudades. Aquellos que han recibido una educación perversa osarán transgredir aun las leyes más puntillosamente redactadas, en tanto
que los que han sido bien educados querrán obedecer aquellas establecidas con [la mayor] sencillez." (16).
5) La formación del dirigen
Las obras de Isócrates que específicamente se ocupan de este tema
conforman una trilogía que tiene como protagonistas al monarca de Chipre, Evágoras, y a su hijo y sucesor, Nicocles, quien había sido
alumno de la escuela del retórico ateniense. Ellas son: A Nicocles, Nicocles y Evágoras.
En la primera de ellas, el maestro se dirige a su discípulo, quien llega a
ocupar el trono tras la muerte de su padre. En Nicocles, el mismo joven monarca habla a los súbditos para exponerles los principios de
su gobierno. Evágoras, por su parte, fue escrita en los primeros tiempos del gobierno de Nicocles, a los efectos de mostrarle como
modelo de gobernante a su propio padre.
Isócrates dedica varios párrafos a destacar la virtud de Evágoras
-etimológicamente "el que habla bien en público", en el ágora, verdaderamente la institución pública por excelencia- como
portador de la cultura griega llamada a dominar al bárbaro, es decir, es un auténtico representante del helenismo:
" (...) naturalmente dotado de un excelente ingenio, y capaz de llevar
a buen término muchas cosas, con todo, no menospreció cosa alguna ni en nada obró a la ligera, sino que pasó la mayor parte de su
tiempo en investigar, reflexionar y tomar consejo, pensando por una parte que si preparaba convenientemente su propio juicio, de manera
semejante gobernaría su reino de manera excelente; pero admirándose de cuántos se preocupan de su espíritu a causa de otras cosas,
pero no por sí mismo. Pues bien, sobre los asuntos públicos fue de la misma opinión. Porque viendo que los que se ocupan de sus
asuntos se afligen menos, y que las verdaderas distracciones se encuentran no en la ociosidad sino en la prosperidad y en la constancia,
nada dejó sin examen, sino que tan concienzudamente observaba los hechos, y conocía a cada uno de sus ciudadanos, que ni los
conspiradores se le adelantaban, ni se le ocultaban los que estaban bien dispuestos, y todos obtenían lo que les correspondía. (...)
Porque pasó toda su vida sin cometer injusticia contra nadie, y honrando a los virtuosos; gobernó con firmeza a todos, y castigó a
los malhechores sólo según las leyes. (...) Era majestuoso, no por los adornos de su persona sino por el arreglo de su vida. En
ningún asunto intervino de manera desordenada o inconsecuente, sino que mantenía acordes sus acciones con sus palabra. Era de gran
voluntad, no en los acontecimientos del azar, sino en los provocados por él. Hacía amigos con los beneficios otorgados, y a los demás
los sujetaba con su magnanimidad. Era temible, no por mostrarse hostil hacia muchos, sino porque sobrepasaba con mucho la naturaleza de
los demás. Señoreó sobre los placeres, y no se dejó guiar por ellos (...). Resumiendo, nada descuidó de cuanto compete a los reyes,
sino que tomó de cada forma de gobierno lo mejor, siendo popular por su solicitud hacia la muchedumbre, político en el gobierno de
todo el Estado, jefe militar por su prudencia ante los peligros, y en todas estas condiciones se distinguió por su grandeza. (...); a
sus ciudadanos, de bárbaros los hizo griegos; de cobardes, guerreros, y de oscuros, célebres; y habiendo encontrado el lugar
intratable y totalmente inculto, él lo volvió más civilizado y amable (...)." (17)
Veamos cómo Nicocles convoca a sus súbditos a la obediencia a partir de la autoridad moral que posee, y buscando siempre el bien de la
pólis:
"Por esto he hablado tanto, ya de mí mismo, ya de los otros asuntos
propuestos, para no dejaros el menor pretexto para no llevar a cabo de manera espontánea y de buen grado todo cuanto os aconseje o
prescriba.
Digo, por otra parte, que es preciso que cada uno de vosotros actúe en lo que se le ha encomendado con solicitud y justicia, porque si
en alguna medida faltare, necesariamente en la misma proporción se resentirán los asuntos públicos. No miréis como cosa menor ni
desdeñéis nada de cuanto se os ordenare, pensando [tal vez] que se trata de algo que no tiene importancia; sino que, como el todo se
halla bien o mal según cada una de las partes, así cuidad de ellas. No pongáis menos atención en mis cosas que en las propias
vuestras, ni penséis que son un bien pequeño los honores que se tributan a quienes dirigen convenientemente mis asuntos (...). No
tengáis por desagradable ni una cosa de cuantas os mandare, porque cuantos con cuanto mayor acierto se desempeñaren en mis intereses,
ésos obtendrán tanto mayor utilidad en sus propios asuntos (...). No creáis que la malevolencia o la buena disposición de los reyes
se deben sólo a causas naturales, sino también a las costumbres de sus súbditos; porque muchos se han visto precisados a dominar con
crueldad, más por la maldad de sus súbditos que por su propio temperamento (...). Enseñad a vuestros hijos a obedecer a sus
superiores y acostumbradlos principalmente a la práctica de esta virtud, porque si han aprendido bien a ser gobernados, podrán
gobernar a muchos. Y siendo fieles y justos, participarán de nuestros bienes; mas si fuesen malos, pondrán en peligro [aún] lo que ya
tienen (...). No tengáis envidia a los que ocupan los primeros lugares cerca de mí; mas rivalizad con ellos y, mostrando vuestras
virtudes, esforzaos por llegar a ser iguales a los que sobresalen. Creed que os conviene amar y honrar a los que también amare y
honrare el rey, para que así obtengáis de mí lo mismo. Lo que decís en mi presencia, pensadlo también cuando me hallo ausente.
Manifestad más con obras que con palabras vuestra benevolencia hacia mí (...). Pensando que mis palabras son leyes, procurad
guardarlas (...). En resumen, creed que como deben ser para con vosotros vuestros subordinados, así también es preciso que vosotros
seáis para con mi autoridad (...). Porque si yo me porto tal como lo he hecho en el tiempo transcurrido, y vosotros cumplís con
vuestras obligaciones, veréis bien pronto acrecentados vuestros bienes, aumentado mi poder y constituido el Estado feliz." (18)
En cuanto al discurso A Nicocles, Isócrates se propone entregar al
gobernante un obsequio: "apuntalar" la tarea de gobierno del monarca mediante sus consejos. El buen gobernante procurará
engrandecer a su pólis, trabajará para ello, y su punto de apoyo será su paideia, donde Isócrates subraya siempre el aspecto ético.
Asimismo considera Isócrates de gran importancia el trato que el gobernante
establezca con los otros hombres. Le aconseja rodearse de los más sabios (19), aunque ello lo obligue a recurrir a quienes no forman
parte de su entorno.
¿A quiénes considera sabios Isócrates? Lo dice explícitamente:
"Ten por sabios, no a los que disputan minuciosamente sobre cuestiones
pequeñas, sino a los que hablan con acierto de los grandes temas; no a los que prometen la felicidad a los demás, viviendo ellos en la
mayor miseria, sino a los que hablan moderadamente de sí mismos, y pueden tomar parte en los asuntos públicos entre los hombres, y no
se alteran en las vicisitudes de la vida, sino que saben llevar con dignidad y mesura tanto la buena como la mala fortuna." (20)
Para Isócrates, toda la educación del monarca, su paideia, conduce al
dominio de sí mismo. Isócrates insiste sobre esta idea -en la que resuenan las enseñanzas de Sócrates- no sólo por lo que implica
para la propia persona del regente, sino para todos los ciudadanos, quienes, como ya dijimos, encuentran en su guía una suerte de espejo
donde mirarse cada día:
"Sé señor de ti mismo no menos que de los demás, y considera que lo
más digno de un rey es no ser esclavo de ningún deleite, y gobernar sus deseos más que a sus súbditos." (21)
" (...) del mismo modo que tú mirares al pueblo el pueblo te habrá
de mirar a ti. Escóndete si alguna vez te sucede el complacerte en lo malo; pero hazte ver cuando te intereses por lo que tiene
grandeza. No creas que conviene a otros vivir ordenadamente, pero que a los reyes les va bien el desorden; por el contrario, presenta a
los demás como ejemplo tu prudencia, sabiendo que las costumbres de todos los ciudadanos se imitan a las de sus gobernantes (...). Sé
delicado en tu vestimenta y en el ornato de tu persona, pero firme en los demás asuntos como conviene a los reyes; para que quienes te
vean, por tu aspecto te consideren digno del poder; y los que viven contigo tengan la misma opinión que aquéllos, por tu fortaleza de
ánimo.
Lo que aconsejes a tus hijos, tenlo por digno de ti mismo." (22)
La preocupación ética también existe en el mismo monarca respecto de sus
súbditos, cuando Nicocles se dirige a ellos:
"Absteneos de lo ajeno, a fin de poseer vuestros propios bienes con
mayor seguridad (...). No pongáis mayor cuidado en ser ricos que en ser tenidos por hombres honrados (...). Procurad que vuestra
actuación pública no sea astuta u oculta, sino tan sencilla y tan clara, que ninguno, aun queriendo, pueda fácilmente calumniaros
(...). Inclinad a los jóvenes a la virtud, no sólo exhortándolos, sino haciéndoles ver en las acciones cómo deben ser las de los
hombres de bien (...). Lo que os irrita que otros os hagan, no lo hagáis a los demás. Lo que reprobáis con las palabras, no lo
practiquéis con vuestros actos (...). No sólo elogiéis a los buenos; imitadlos también (...)." (23)
Podríamos decir, a modo de síntesis, que Isócrates se manifiesta
partidario de la verdadera aristocracia, esa forma de gobierno que convoca a los mejores, identificando con este término a los hombres
virtuosos.
Sintetizando: La educación isocrática se funda en la exaltación de las
virtudes de la palabra, logos, que descansan sobre una vida moralmente virtuosa. El ideal educativo del orador es, por consiguiente, el
ideal del bien decir fundado en el bien saber y en el bien vivir.
Pero no se trata de un ideal puramente individual, técnico o especializado,
sino también político. Toda educación que pretenda ser más que una educación técnica tiene que ser una formación política (para
la pólis).
La paideia isocrática beneficia al individuo, a la pólis y a los griegos
en su conjunto, porque la educación y la cultura son los únicos medios de que se dispone para lograr el ideal propiciado por Isócrates:
el panhelenismo.
Basado en: Isócrates: la formación ética del hombre político (el gobernante y el
ciudadano), de A. Fraboschi; C. Stramiello de Bocchio; M. Sánchez; C. García Muñoz. Buenos Aires: Instituto de Estudios
Grecolatinos "Prof. F. Nóvoa", 1995
Notas:
1. Tres guerras que enfrentaron a griegos y persas, entre los años 500 a.C. (los jonios se rebelan contra los avances del persa Darío,
cuyo padre Ciro había conquistado buena parte del Oriente y avanzaba sobre el Asia Menor) y 449 a.C. (Pericles de Atenas y Artajerjes I
de Persia firman la paz de Calias, por la que los derrotados persas renuncian a sus pretensiones de dominio sobre los griegos y sus
territorios y mares).
2. Entre los años 431 y 404 a.C. las ciudades-estado de Grecia, formando alianzas lideradas por las rivales Esparta y Atenas, se
enfrentan en fratricidas luchas por el poder, que culminan con la derrota de Atenas en Egos Pótamos.
3. Esparta, que no había logrado mantener su dominio sobre las ciudades griegas, entra nuevamente en conflicto con Persia (Artajerjes II
invade la Jonia), en el 399 a.C.. Atenas forma alianza con varias ciudades (Argos, Corinto y Tebas) amenazadas por los persas, y
aprovechando la coyuntura declara la guerra a Esparta -Guerra de Corinto-, que concluye con la Paz de Antálcidas (386 a.C.): se
reconocen a Persia sus conquistas a cambio de una paz perpetua para las ciudades de Grecia (que debían permanecer no confederadas, para
evitar su unión y fuerza), y Esparta queda al frente de la Liga del Peloponeso, aunque sin poder ejercer de hecho su hegemonía. Nuevas
luchas entre Esparta, Tebas y Atenas dejan la puerta abierta a Artajerjes III de Persia y a Filipo II de Macedonia.
4. Un factor de desorden fue la multiplicación de los cargos y la creación de diversas comisiones, algunas permanentes y otras
transitorias. Se acumularon diversas funciones en las mismas personas pero, al mismo tiempo, creció la influencia de un funcionario: el
secretario, quien poseía su cargo con carácter permanente frente a otros funcionarios que se renovaban constantemente. Hubo medidas
tendientes a evitar los excesos en este sentido; por ejemplo, limitar en el tiempo el ejercicio de las tareas del secretario, pero no se
sabe con certeza si esa tendencia se mantuvo en todos los órdenes. A mediados del siglo IV a.C. Atenas presenta una clara imagen de
decadencia: guerras constantes, falta de unión y cordialidad entre los diversos estados helénicos, inseguridad política y económica.
Tanto los gobiernos oligárquicos cuanto los democráticos cometieron excesos similares: persecución política, confiscación de bienes,
destierros. El tesoro de Atenas estaba agotado por el pago de los numerosos jurados de ciudadanos y de otros funcionarios del estado, por
la compra de las entradas con que se les obsequiaba en las representaciones teatrales, por los prolongados gastos y las destrucciones
provocadas por las guerras, por el mantenimiento de un ejército de mercenarios.
5. Isócrates no es el único. De esta época data también la Ciropedia, de Jenofonte, quien toma como modelo la educación espartana,
promoviendo una formación de carácter militar y aristocrático.
6. En su Carta cuarta a Filipo, (Isocrate. Discours. 4 vols. Paris: Les Belles Lettres, 1928-1972) vol. II, p. 349, dice que " (...)
con haber sido muchos y muy variados quienes han concurrido a mi escuela, célebres todos y de ilustre nombre (...)".
7. Jaeger, W. Paideia: los ideales de la cultura griega. 2ª ed. México: Fondo de Cultura Económica, 1978, p. 835 (Libro Cuarto, cap.
II).
8. Jaeger, W., ob. cit., Libro Cuarto, cap. II, p. 837.
9. Marrou explica los alcances de la concepción platónica en los aspectos que nos interesa: " (...) su enseñanza tiende a formar
un hombre, a lo sumo un pequeño grupo de hombres reunidos en la escuela, integrando una secta cerrada, un islote cultural sano en medio
de una sociedad podrida. El Sabio, puesto que el platonismo desemboca ya en una sabiduría de tipo personalista, consagrará su vida a la
atención de sus propios asuntos (...). De esta suerte, el pensamiento platónico, movido en un principio por el deseo de restaurar la
ética totalitaria de la ciudad antigua, llega, en último análisis, a trascender definitivamente los cuadros de ésta y a lanzar los
fundamentos de lo que habrá de quedar como la cultura personal del filósofo clásico". Marrou, H.-I., Historia de la educación en
la Antigüedad. 3ª ed. Buenos Aires: EUDEBA, 1976, p. 93-94 (Parte I, cap. VI).
10. La unidad panhelénica, para Isócrates, tiene su fundamento en un valor superior a la comunidad de origen, esto es, en la cultura.
La grandeza de Atenas radica en su superioridad cultural. Es esta cultura lo que debe salvarse para que su espíritu sobreviva a las
vicisitudes temporales. Atenas, gracias a su riqueza espiritual es superior al resto de la humanidad, y sus maestros se han convertido en
maestros del mundo. Así se entiende la propuesta educativa de Isócrates: desarrollar la capacidad de los hombres para comprenderse
mutuamente, no mediante la acumulación de conocimientos profesionales, técnicos, sino por el cultivo del pensamiento y el lenguaje, es
decir, del logos. Esto es así porque el logos hace del hombre -del ateniense- un ser civilizado.
11. Cuando Cicerón hace referencia a las cualidades morales del orador dice que "debemos imaginárnoslo en nuestro discurso como
exento de todos los vicios y adornado con todas las cualidades." De Oratore, L. I, XXVI, 118.
12. Nicocles, 10.
13. Ibíd. 5-9.
14. Panatenaico, 30-32.
15. Ibíd. 49-50.
16. Ibíd. 41.
17. Evágoras, 41-67.
18. Nicocles, 47-63.
19. En la Carta Cuarta a Filipo, T. II, p. 350, reafirma estos conceptos: "Porque es lo usual que quienes siempre hablan según el
gusto de los demás no sean de provecho para el crecimiento de las Monarquías, que llevan consigo muchos e insoslayables peligros; ni
para las Repúblicas, donde parece haber mayor seguridad. Los que ante el bien son libres y sinceros deben conservar muchas cosas, aun de
las perecederas, y por lo mismo deberían tener cerca de los monarcas mayor influencia los que con valor dicen la verdad, que no los que
les hablan siempre con la mira de agradarles, sin decir jamás nada que merezca ser agradecido". También en la Carta a Timoteo, 3,
expresa: "Luego de reflexionadas estas cosas, conviene que busquéis y examinéis de qué modo, con quiénes, y valiéndose de qué
consejeros remediaréis los males de la ciudad, exhortaréis a los ciudadanos al trabajo y a la moderación, y haréis que vivan con más
gusto y confianza que hasta ahora. Porque éstas son las acciones propias de quienes gobiernan con rectitud y con prudencia".
20. Ibíd. 39.
21. Ibíd. 29.
22. Ibíd. 33-38.
23. A Nicocles, 49-61.
Basado en: Isócrates: la formación ética del hombre político (el gobernante y el
ciudadano), de A. Fraboschi; C. Stramiello de Bocchio; M. Sánchez; C. García Muñoz. Buenos Aires: Instituto de Estudios
Grecolatinos "Prof. F. Nóvoa", 1995
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