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AL OESTE DE CEUTA HABÍA UN PARAISO...
Crónicas y recuerdos de los años 60 del siglo XX
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Vista del Yebel Musa desde el mirador del Puerto del Cabrito, en Tarifa. (Foto extraida de la web del Club Alpino Al-Hadra de Algeciras, España)
Al oeste de Ceuta, pasado Benzú y el pequeño puesto fronterizo, comenzaba un precioso paraje. Estaba la Mujer Muerta y la agreste costa marroquí del estrecho... con la isla del Perejil a pocos metros de tierra firme, el Monte de las Tortugas, el Valle de las Grandes Piedras Blancas, la Playa de las Algas y una Leyenda de Siete Lagos Subterráneos...

Yo recorrí estos caminos cuando tenía 15 años tratando de encontrar los Siete Lagos, y guardé el relato con las descripciones de esos paraisos vírgenes y las sensaciones que me produjeron. Los he colgado con los siguientes títulos:

1 - Subida a la Mujer Muerta
2 - Playa de las Barcas
3 - La Hoja de Piedra
4 - En busca de los 7 lagos
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Autor desconocido. Foto cedida por Carlos Bernal.
1 - Subida a la Mujer Muerta
(Un relato del Milano basado en otro, escrito en 1983, que a su vez era un recuerdo de 1965...)
Musa Ibn Nusayr (walí de Ifriqiya y el magrib) y Tarik Ibn Malluk fueron los dos caudillos musulmanes que iniciaron la conquista de la península ibérica en 711. En la batalla de Wadi Lakka (río Guadalete, Guadarranque o Barbate) desarticularon totalmente el ejército del caduco reino visigodo de Rodericus.

Tarik es nombre de origen germano, posible descendiente, por tanto, de la aristocracia vándala que atravesó el estrecho al mando de Genserico, en el siglo V, y dominó todo el norte de África. El bereber Tarik y sus tropas fueron los primeros en desembarcar en la península. Musa, gobernador del Magreb, quedó inicialmente en el lado africano del Estrecho. Desde entonces las Columnas de Hércules, identificadas en la antigüedad clásica como Abyla y Calpe, también son conocidas como Djebel Musa (Mujer Muerta) y Djebel Tarik (Gibraltar).

El Djebel Musa es una montaña de 839 metros sobre el nivel del mar, parte de Sierra Bullones, las últimas estribaciones del Atlas magrebí, que se extingue en el estrecho, entre Ceuta y Tánger. Lo que la hace única es su perfil de mujer tendida con los ojos cerrados... unos la llaman dormida y otros la muerta. Muerta o Dormida siempre despertó una enorme fascinación entre nosotros. Alcanzar la cumbre de esa montaña, el duro pecho de la mujer de roca, era el reto supremo de cualquier jovencito ceutí y siempre salía algún que otro fanfarrón que decía haber subido y que allí arriba había esto y lo otro... y lo que contaban se convertía en una leyenda, en un mito casi inalcanzable porque no era sencillo subir. Nada sencillo.
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Primera ruta a la cumbre de la Mujer Muerta. Primavera de 1965.
(1): El laberinto de lentiscos
(2): El bosque fantasmagórico
(3): La mina de manganeso
(4): La cumbre con el trípode y el pequeño dolmen
(5): Ladera de la Garganta.
Posiblemente fue en la primavera de 1965, con 13 años, cuando se me presentó la primera ocasión de subir. Por esa época, todos los chicos y chicas de Villa Jovita participábamos, de una u otra forma, en una cosa que se llamaba “Acción Católica”... reuniones en la parroquia de don José Bejar, confesiones, comuniones, misas, testimonios de vida cristiana, propósitos de mejora... etc. etc. –chorradas de salón parroquial, porque en el fondo uno seguía disfrutando del único pecado que les preocupaba a los curas (los del sexto mandamiento) como una de las cosas más agradables que había en la vida-. En ese entorno, ordenado y casto, se hacían excursiones hacia el Oeste de Ceuta, pasado Benzú, ese misterioso y agreste litoral que quedaba en territorio marroquí (para entendernos, hacia la playa de las Barcas, la Ballenera y la isla del Perejil), pero nunca nadie había propuesto alcanzar la cumbre de la Mujer Muerta. Esa primavera del año 65, el clan de los Mosteyrín, con el padre al frente subiría... y yo me apunté inmediatamente, entre otras cosas porque así tendría la oportunidad de estar cerca de Sol Mosteyrín todo el día.
NOTAS AÑADIDAS AL RELATO: Además de los Mosteyrines, creo recordar que subió Cesar Rey. Y el propio Padre Béjar me ha confirmado que también estaba en esta excursión. Y ANA MARY VALVERDE subió con nosotros y era la encargada de llevar las cantimploras... ella misma nos lo ha recordado.
Esta interesante familia había llegado hacía poco tiempo. El cabeza de familia era el representante de leches Puleva en Ceuta... ¡extraño invento ese de meter la leche en un envase de cartón con forma de pirámide! (o sea, los primeros tetrabricks). Vivían en la calle Padre Feijoo y eran un montón de hermanos... lo menos 7. Creo recordar que el mayor se llamaba Cesar; había otro rubio; estaba Coral, que se parecía mucho a su madre y era un poco antipátiquilla; la pequeña se llamaba Flor de Lis; María del Mar, pero Sol era que la marcó la diferencia. Sol era una preciosa niña rubia de la que nos enamoramos todos... y digo bien, TODOS (y al cabo de los años -¡casualidades de la vida!- he conocido a uno de sus hijos en la facultad de Ciencias del Mar de Cádiz-España). En primero de bachillerato (con 11/12 años), cuando ella y Bebe (Nieves Valverde) salían del instituto, un nutrido número de chavales les cantábamos aquello de:

La rubia es, fenomenal.
Y la morena tampoco está mal.

Bueno, pues ese día, el esperado día que alcancé la cumbre de la Mujer Muerta, lo hice con Sol Mosteyrín.

Ese domingo salimos muy temprano de Villa Jovita. Cogimos el vetusto autobús que pasaba cada hora en dirección a Benzú (esa línea estaba pintada de rojo, y la que subía hasta Hadú era de color verde), que entonces era un pequeño grupo de casitas muy modestas que se levantaba a la orilla del mar muy cerca del puesto fronterizo del Oeste. Por entonces nadie ponía pegas para pasar de un país a otro. Ni los Guardias Civiles españoles ni los guardias marroquíes, que solían ser lugareños con una gorra, lo hacían... (lo de la gorra no es broma ni exageración; la gorra era el símbolo inequívoco de una autoridad merecida y respetable) Si íbamos chavales por nuestra cuenta y riesgo, sólo había que saludar con seriedad y respetuosamente al pasar por el cobertizo donde debía estar el guardia (que no siempre estaba), como para dar por sentado que uno aceptaba la autoridad, y comentar que íbamos de excursión, solo eso era suficiente. Pero si en el grupo iba una persona mayor, la garantía para pasar era total. Y este era el caso, con nosotros venía el jefe del clan Mosteirín, un señor con bigote y todo.

Ya en Marruecos, a un escaso kilómetro del puesto fronterizo, entre las casitas de Belíunech (por entonces esta kábila era muy pequeña), con un agradable olor a leña quemada, comenzamos a subir enfilando directamente las laderas que suben hasta el pecho de la Mujer Muerta. Y enseguida comprendí que no iba a resultar fácil. No recuerdo con detalle las sensaciones (me estoy basando en un relato de 1983 que a su vez pretendía recordar lo vivido en 1966)... lo que si recuerdo es que no me separé ni un minuto de Sol Mosteirín, siempre pendiente y solícito para ofrecerle mi mano y ayudarla a subir o bajar... es lo que tiene el amor a los 13 años, que es puro, simple y desinteresado: tomar su mano era suficiente.

EL LABERINTO. La primera parte de la subida serpenteamos por entre macizos de arbustos más altos que nosotros (podrían muy bien ser lentiscos). La disposición era tal que parecía talmente un laberinto y la única referencia que nos quedaba para progresar era la inclinación del terreno. Teníamos que seguir subiendo porque perdimos de vista muestra meta.

Salidos del laberinto se terminó la vegetación, lo verde dejó de existir, y entramos en el reino de la roca. Piedras blancas, de sonido metálico. Recuerdo que en ese paraje perdimos las perspectivas urbanas que nos permitían calcular distancias. No había casas, ni “postes de la luz”, ni nada construido por la mano del hombre que sirviera de referencia. Tampoco había árboles que sirvieran para calcular el tamaño de una persona. Todo resultaba grandioso en esos espacios abiertos; el sonido se perdía sin ecos. Calcular de esa manera el tamaño y la distancia a una roca era una tarea complicada y extraña porque cuando un compañero llegaba a ella, lo que tu creías pequeño, resultaba sorprendentemente enorme.

LA VIEJA CARRETERA. Más tarde alcanzamos una vieja carretera que antaño usaron los camiones que sacaban mineral de manganeso desde una antigua mina que estaba aproximadamente a mitad de la ascensión. Si en su día fue una carretera, cuando la pisamos ya apenas era su recuerdo. El piso era un pedregal de cantos irregulares, sueltos y muy inestables, del tamaño justo para que resultara difícil pisarlos y mantener el equilibrio. Te caías por mucho cuidado que uno pusiera... pero eso no me importaba porque así podía ayudar a Sol. El camino serpenteaba de izquierda a derecha para poder salvar la pronunciada pendiente, de manera que siguiéndola habríamos caminado muchos más kilómetros. Optamos, por tanto, por abandonarlo y subir en línea recta, aunque eso representaba caminar casi a cuatro patas debido a la enorme pendiente del pedregal.

EL BOSQUE FANTASMAGÓRICO. Así llegamos a un lugar que bautizamos como “el Bosque Fantasmagórico”. Era un grupo de cinco o seis árboles dramáticamente retorcidos e inclinados hacia poniente por el viento de levante. Estaba situado en mitad de la ascensión entre las últimas casitas de la kábila Belíunech y la mina de manganeso. Era un paraje que resultaba sobrecogedor por lo silencioso y solitario. Recuerdo que una súbita ráfaga de viento provocó un sonido ululante entre los árboles. Escalofriante. Las voces sonaban quedas. En el suelo del Bosque Fantasmagórico crecía un ralo pasto verde como única concesión a la vida. Y bajo un enorme bloque de roca manaba un manantial de aguas frescas y cristalinas. Bebimos, por supuesto.
LA MINA DE MANGANESO no queda lejos del Bosque Fantasmagórico. Desde Ceuta se puede localizar (se podía localizar, que ahora no estoy seguro) la mina por una lengua de tierra ocre que se desparrama ladera abajo, y que contrasta con el color blancuzco de la caliza del resto de la montaña. Tenía forma de triángulo, con el vértice superior en la boca de la mina. La base se situaba unos cien metros más abajo.

Cuando alcanzamos esa lengua de tierra ocre (que fue la ganga inservible de la explotación) resultó ser muy fina, blanda y polvorienta. Subir esa rampa de inclinación superior a los 45º fue una proeza. Hoy día se recomendaría utilizar cierto tipo de calzado, especializado y específico, para evitar que la tierra penetre y para que la planta del pie no sufra con las irregularidades. Entonces todos llevábamos zapatillas de lona de deporte, con fina suela de goma... y sobrevivimos.

Recuerdo que paramos cuando llegamos a la mina... seguro que entramos, pasar de largo sin asomarse a un boquete habría sido impensable con 13 años, pero se me ha borrado el recuerdo. Desde ese punto torcimos a la izquierda y acometimos la última parte de la subida al pecho de la Mujer Muerta. Fue el tramo más difícil y largo, pero la recompensa también fue larga con creces.
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Vista desde el collado de la Mina de Manganeso. Abajo, Beliunech (que apenas existía en 1968) y la bahía de Benzú.(Foto extraida de la web del Club Alpino Al-Hadra de Algeciras, España)
EN LA CUMBRE. Lo normal es que la cumbre esté cubierta de nubes, pero fuimos unos privilegiados con suerte. El día era clarísimo, y pudimos contemplar el Estrecho y Ceuta desde una perspectiva nueva y difícil de alcanzar. Es increíble, el estrecho parecía un pequeño lago, y la otra orilla estaba ahí mismo, al alcance de la mano, sorprendentemente cerca. Y Ceuta estaba prácticamente bajo los pies, en nuestra vertical. ¿Cómo podía ser eso?

La otra vertiente, la que mira al oeste, en dirección a Tánger era nueva. Se abrían valles de piedras y montañas verdes. Unos detrás de otras, hasta perderse en la bruma lejana. Solitario y con una brisa ligera. Sin señales de civilización. Pero lo que recuerdo mejor es la enormidad del espacio abierto; la falta de eco cuando hablabas, que la voz no parecía progresar; que se pierden las perspectivas para calcular distancias y la brisa tan sutil. Sobrecogedor... A pesar de los 13 años, en los que uno es una especie de cabra loca, sin sentimientos ni entendederas, aquello resultó sobrecogedor.
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Isa Mary (hoy día llamada Isabel), una de aquellas niñas de Villa Jovita, subió a la cima de la Mujer Muerta en 2003. Aquí la vemos en la cumbre con un sherpa (un morito de Beliunech que les ayudó a subir)
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En la cima encontramos dos cosas humanas (tranqui, que no fueron latas de coca cola... y probará que el relato no es una invención): Una construcción metálica y otra de piedra. La primera era una especie de trípode, firmemente sujeto a la roca, que sostenía un mástil metálico. Decían que ese era uno de los vértices de un triángulo equilátero que se formaba con otras cumbres de la península. Sea lo que fuese era un hito cartográfico que no parecía demasiado viejo (no lo recuerdo oxidado por entonces).

La construcción de piedra era un lugar santo; una especie de taula o dolmen del neolítico. Dos losas verticales sujetaban una tercera que las cerraba, como de medio metro de altura. La losa del techo tenía cinco orificios naturales donde encajaban perfectamente los dedos de la mano derecha. Alguien del grupo dijo que eran la impronta de los dedos de Alá, que sujetó en cierta ocasión el pequeño altar para evitar su destrucción. Debajo del pequeño dolmen había un trapo que debió estar empapado en aceite... óleo sagrado (también puede ser que un pulcro excursionista se limpiara el aceite de las sardinas en el trapo que dejó allí dentro).

Desde luego, ambas construcciones demostraban que no habíamos sido los primeros en hollar la cumbre de la Mujer Muerta.

A las dos de la tarde, recién comidos los bocadillos, comenzó a soplar una brisa helada y jirones de niebla cubrieron la cumbre. Se perdieron todas las vistas y apenas veíamos a 25 metros. No quedó otra opción que empezar a bajar a toda prisa. Y elegimos para eso la cara oeste del Djebel Musa, la que mira hacia Tánger. Aquella ladera era un largo pedregal de piedras sueltas. Era muy sencillo provocar pequeños aludes de piedras con sólo tirar una en la pendiente... y eso hicimos. Es lo que mejor recuerdo de aquel día. Sol Mosteirín y yo nos agenciamos una lasca de piedra, como de un metro de lado, y la usamos de deslizador. Encima de la lasca nos deslizamos metros y metros ladera abajo. Acabé con los zapatos hechos jirones, pero me había arrimado lo mío a ese bombón de chica que era Sol. Recuerdo que durante algún tiempo recordamos el episodio de “la galleta”, como llamábamos a la lasca de piedra, como algo que nos hacía cómplices.
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Foto cortesía de Carlos Sanz de Galdeano.
En rojo la ruta del canchal de piedras desde el pecho de la Mujer Muerta (1) hasta la Garganta.
Cuando habíamos bajado la mitad de la ladera oeste, torcimos al sur para alcanzar la Garganta de la Mujer Muerta. Estrecho pasadizo reconocible pese a las gigantescas proporciones que resultan cuando uno está entre la papada y el pecho, es decir, entre el Djebel el Fahies y el Djebel Musa. Era un corredor donde soplaba un viento huracanado. No podía ser de otra manera, la garganta es el embudo que pone en comunicación el este y el oeste, un estrecho paso de aire que provoca un efecto Benturi extraordinario. Casi volamos.
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Foto cortesía de Carlos S. de Galdeano. Lanzada en la Garganta. Abajo el poblado de Beliunech y al fondo Benzú.
Cuando dejamos la garganta caímos en la sombra del ocaso. Comenzó a oscurecer y nos encontramos bajando el estrecho de rocas Bad Ain Barca prácticamente a tientas y con una inquietud creciente porque si se pierden las referencias con luz, cuando entras en la oscuridad es facilísimo desorientarse. Pero, afortunadamente, encontramos a un morito que se brindó a conducirnos hasta la kábila Belíunech, y desde ahí, ya por senderos definidos alcanzamos el puesto fronterizo y Benzú.

A Villa Jovita llegamos totalmente reventados a las 11 de la noche. Seguro que mi madre estaría de los nervios. Pero ese día resultó inolvidable, Sol y yo habíamos bajado una ladera de piedras montados en una galleta... y, además, habíamos vencido a Musa 1200 años después de su victoria.
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Preciosa vista de la Mujer Muerta helada...(Foto extraida de la web del Club Alpino Al-Hadra de Algeciras, España)
2 - Playa de las Barcas
La playa de las Barcas estaba situada en mitad de la Bahía de Benzú, delimitada entre la Punta de Benzú y Ras el Aiun (o Ras Lebia / Punta Leona). Al Oeste de Ceuta, en Marruecos, a un kilómetro aproximadamente del puesto fronterizo. Era una rada en forma de U abierta, como de medio kilómetro de arco, de arenas amarillas y aguas cristalinas. Por allí no se conocían los terminales de aguas fecales porque el pequeño poblado de pescadores que le daba alma no usaban tales adelantos. Las arenas terminaban en una pared rocosa que cerraba la playa por su frente. Y por encima, en la ladera de la montaña que se convertía en Mujer Muerta, se desparramaban las modestas casitas de los lugareños, que con el tiempo formarían el poblado de Belíunech. Nada, por tanto, manchaba sus aguas y su arena.
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Aún en 1977, el caserío Beliunech era sólo un grupo de casitas muy desperdigado. Abajo, a la derecha, la playa de las Barcas.
Mi padre, que nunca tenía pereza para montar un tingladillo dominguero, me llevó por primera vez a la Playa de las Barcas con unos 7 años. Debía ser el verano de 1960. El guardia marroquí no siempre dejaba pasar el coche, eso dependía del humor del señor, y en esos casos el camino desde el puesto fronterizo había que hacerlo a pie, cargando con todos los bártulos. El camino era la vieja carretera que debieron usar los camiones que transportaban el mineral de manganeso desde la mina, los transportes de la ballenera y los cuarteles de Ras el Aiun debían pasar por allí, pero en los años 60 hacía décadas que estaba abandonada y sin mantenimiento.

En la arena reposaban las barcas que daban nombre a la playa. La pesca era la actividad que mantenía a aquellas gentes y no les debía ir mal porque la riqueza era notable. El fondo era totalmente arenoso, sin rocas ni bosques de algas. Sin embargo, detrás de cada piedra, debajo de cada lata de conservas y, en general, detrás de cada escaso obstáculo, había inevitable-mente un pulpo. Ese fondo tenía las condiciones perfectas para practicar la pesca de copo. Recuerdo que muchas veces, al atardecer, los chavales ayudábamos a los lugareños a sacarlo halando desde la orilla de los extremos de la red. El Copo siempre salía con una enorme cantidad de peces.
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Y recuerdo a un respetable anciano de largas y ralas barbas blancas, chilaba y turbante también blancos, que vigilaba las operaciones, pero no intervenía. Decían que era un santón, y fumaba con deleite una larga pipa con un extraño tabaco verde... con el tiempo comprendí que fumaba el tradicional Kifi. Planta que sacada de su contexto cultural llaman ahora haschis, marihuana, maría, costo, etc., y tiene una consideración y estética que ya no es no tan respetable como lo era en ese señor.

En uno de los extremos rocosos que cerraba la playa, había una piedra semisumergida, que sólo la bajamar dejaba al descubierto. Esa roca estaba completa-mente tapizada de enormes mejillones... eran unos bichos que crecían en aguas cristalinas y sin stress (si es que los mejillones pueden tener stress) porque los lugareños no los apreciaban y los dejaban en paz. Pero mi padre no era un lugareño y le entusiasmaban los mejillones... y las lapas y los “burgaillos”, y cualquier cosa marina que creciera en la roca. Recuerdo una tarde que cogimos dos cubos de esos mejillones. Por entonces los cubos no eran de plástico, que eran de zinc, y ahí mismo los hervimos con un poquito de agua del mar. A pesar de los años que han pasado, no recuerdo mejillones más ricos que esos.

En la base de la pared rocosa paleozóica, donde terminaba la arena, había una cueva que los lugareños utilizaban para guardar dos pateras. Además de almacén, aquello se había convertido en el retrete del personal. Y durante mucho tiempo la cueva de la playa de las Barcas fue sólo eso. Pero alguien informó que no habíamos visto nada, que existían muchos metros de cueva inexplorada, y que era una experiencia inolvidable. Y eso hicimos: entrar. Efectivamente, en el fondo de la espaciosa sala, a ras de suelo se abría un angosto pasadizo y oscuridad absoluta. Por aquellos años era raro que tuviéramos linternas, pero eso no era ningún inconveniente, no hay nada mejor para activar la imaginación que tener unas ganas locas de hacer algo, y las teníamos. Para iluminarnos usamos tiras de suelas de alpargatas de caucho negro, que ardían con una llama constante, lenta y muy luminosa. Cada chaval llevaba una tea de estas y duraban muchísimo.

El pasadizo era angosto y horizontal. Había que reptar unos tres metros hasta que se estrechaba aún más porque desde el suelo crecía una protuberancia que casi lo obturaba del todo. Más adelante el techo tomaba altura y podíamos ir de pie, pero no anchura, que sólo podíamos progresar encajonados en paredes que apenas deja-ba espacio entre pecho y espalda. En ese trozo el suelo se convertía en una fractura de manera que había que andar sobre una superficie inclinada, y a la altura de la espinilla topabas con la otra parte de la fractura... que si la montaña decidía en ese momento regresar a su estado anterior se cerraría sobre tus piernas como una cizalla y te quedarías sin patitas... ¡recuerdo perfectamente que pensaba tal posibilidad!

Y así proseguía unos diez metros hasta llegar a una sala algo más amplia, de suelo horizontal, en la que cabía todo el grupo, los cinco o seis chavales... y ese fue el final de mi exploración desde que uno de nosotros se atoró que ni p’alante ni p’atrás. Porque en un extremo de esa sala, se abría en suelo un pozo de escaso diámetro. El primero en pasar, no recuerdo quién fue el insensato, tuvo que meter primero un brazo, dejar la cabeza y el otro brazo fuera y entonces expulsar todo el aire; sólo así consiguió atravesarlo. El segundo, desgraciadito mío, se atoró. Y allí estuvo un rato peleando por salir... ¡imagino la angustia del que estaba en el fondo sin posibilidad de escapar y con la tea de suela de alpargata consumiéndose! Ninguno más lo intentó...

Hoy día, sólo de pensarlo me entra una claustrofobia del carajo.
3 - La Hoja de Piedra
A finales de los años 60 del siglo XX, don Víctor era el profesor de Biología de PREU del instituto de Ceuta. Era un joven con barba y gafas de concha que me gustaba mucho como profesor e hizo que la biología me entusiasmara. Por ese tiempo todas las barbas eran revolucionarias o de izquierdas y estaban inspiradas en las de Fidel y el Che, que representaban ideales de libertad y frescor frente al mundo anquilosado y gris que teníamos. Por tanto, pienso que don Víctor era todo lo izquierdoso que se podía ser entonces. Esas barbas, con el tiempo se suavizaron y dulcificaron para distanciarse de las recias barbas fundamentalistas talibanes. Es el caso de las barbas de Almunia y Javier Solana, que una vez integrados en el sistema casi se avergüenzan de ellas y son ahora casi transparentes. No recuerdo que Don Víctor mostrara sus cartas políticas en clase... pero recuerdo que el profesor de latín que tuvimos en cuarto lo hizo a voz en grito contra los nazis y los regímenes afines. Fue valiente el tío. Era el curso 1964/65. Lamento no recordar su nombre porque es uno de los profesores que influyó en mi forma de pensar desde ese momento (¡ERA DON FELIX CARRASCO!). Ese curso les dio a unos cuantos por pintar en la pizarra, entre clase y clase, cruces gamadas, cruces de hierro y simbología nazi... simplemente porque era lo que aparecía en los TBO’s de Hazañas Bélicas y estos chicos se identificaban con los perdedores... Pues un buen día, que este profesor de latín (DON FÉLIX CARRASCO) se encontró la pizarra llena de simbolitos nazis, se puso rojo y se le hincharon las venas del cuello y, a voz en grito, nos explicó el holocausto del pueblo judío a manos de los que usaban estos simbolitos tan monos... era la primera vez que escuchaba esas cosas porque, por esos años, la historia era distinta y ciertos hechos no existían. Esta bronca que nos echó me encendió una lucecita. Gracias, DON FÉLIX CARRASCO, profesor de latín.
NOTAS AÑADIDAS AL RELATO: Nos informa EMILIO BARRANCO, una vez leído el texto que <<Don Víctor, a la sazón, Víctor López Fenoy, me tocó en Geología de quinto, y a pesar de su buen hacer no consiguió que me entrara en la cabeza aquella cuestión de la cristalografía. Casó con Ana María Pérez BARRANCO, o lo que es lo mismo, con mi señora prima, que era profesora de gimnasia en el INEM femenino en aquella época. Viven en Murcia. Si son "guapos" en todos los sentidos, que mejoraron la especie con su hija Rocío, "muguapísma">>.
Volviendo a don Víctor. No perdía ocasión para hablar como nosotros, y eso no era común por entonces. Recuerdo que cuando tuvo que nombrar por primera vez la enzima encargada de romper la sacarosa, es decir, la sacarasa, dijo que tal cosa tenía nombre de maricona... hoy puede parecer un chiste políticamente incorrecto porque ofende al colectivo homosexual, pero entonces no tenía esa connotación y decir eso en clase suponía un acercamiento al alumnado que no se daba en casi ningún otro profesor.

Don Víctor organizó una marcha hasta la Garganta de la Mujer Muerta con fines didácticos. Era Octubre de 1968 y no conservo fotos de ese día. Subimos todos los chicos del Preu con don Víctor, e intermitentemente, cuando él veía algo digno de explicarnos, nos reunía y hablaba de que si esta falla geosinclinal, que si ese terreno es sedimentario, que si son agregados, o rocas metamórficas, que si estas plantas o aquellos líquenes... ¡precioso! A cada uno nos había prestado un librito para clasificar plantas y animales siguiendo una sistemática, y durante toda la subida nos hizo recoger plantas para clasificarlas (debo reconocer que, después de 35 años aún conservo ese librito como una joya, perdón por la sisa).

Llegué a la garganta completamente fatiga-do, con ganas de vomitar... pero el zumo de una naranja lo solucionó. Y durante la bajada encontré el primer fósil de mi vida: una hoja de piedra. Y recordé algo que había ocurrido hacía muchos años y que fue otra de esas cosas que te marcan para el resto, que te encaminan sin tu saberlo hacia lo que serán tus inquietudes el resto de tu vida...

Yo debía tener seis años. Sé que eran seis años porque ocurrió en casa de mi abuela cuando yo aún vivía allí, en la calle Alfau nº 9, de Ceuta. Es decir, estamos en el año 1958, y en el salón de esa casa estaban sentados “Boris” Fossati, el médico que vivía en el piso de abajo y era amigo de mi padre desde pequeños, y mi tío Chico (Salvador López Guerrero). Ambos examinaban una hoja fósil que habían encontrado en el fondo del mar. Boris y Chico fueron de los primeros que comenzaron las actividades del CAS (el Club de Actividades Subacuaticas en Ceuta), buceaban con botella y habían recuperado numerosos restos arqueológicos. Eso de que dos hombres tan mayores y respetables estuviesen interesados mirando aquella singular piedra me impresionó mucho y me sentí profundamente atraído. Máxime cuando mi tío me explicó:

- “Hace dos millones de años, antes de que se abriera el Estrecho de Gibraltar, esta hoja se cayó al suelo y empezó a mojarse, gota a gota, hasta que con el tiempo se convirtió en piedra...”

Esa explicación, dedicada a un niño de seis años, tuvo un efecto atronador en mi conciencia. Aquello era como uno de los cuentos que narraba Doña Carmen, la abuela de Patrín Buró: “dos millones de años”, “cuando no existía el estrecho”, “una hoja convertida en piedra”... era una historia preciosa y real, por tanto la fantasía era posible. La hoja de piedra, en la mesa de mi abuela, lo demostraba.

Claro, la connotación fantástica de tal historia se perdió con los años. Pero el interés y la curiosidad que me despertó ese hecho y esta pequeña explicación se han mantenido siempre. Luego, pasados los años, yo mismo encontré mi primer fósil, mi primera hoja de piedra, cerca de la Cueva de la Playa de las Barcas. Fue fantástico y aún la conservo. Era octubre de 1968, tenía 16 años y vivía en Ceuta.
4 - En busca de los Siete Lagos
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En trazo azul, las rutas de ascensión a la cumbre de la Mujer Muerta, y la búsqueda de los Siete Lagos, desde el puesto fronterizo de Benzú hasta la playa del Bosque de Algas.
LA BALLENERA

Durante muchos años la Playa de las Barcas fue el extremo oeste de nuestras exploraciones. Pero poco a poco, conforme crecimos, nuestros padres nos permitieron explorar esa línea de costa de la Bahía de Benzú. En su extremo oeste se encontraban los restos de una factoría Ballenera de principios del siglo XX. Estaba en la orilla pedregosa, al pie del acantilado de Ras el Aiún, una pared rocosa vertical de sesenta metros de alto, que la resguardaba de los vientos de poniente. Casi en la cima del acantilado se abrían orificios a modo de ventanales que sugerían galerías excavadas en la pura roca, de lo que fue un antiguo cuartel de tropas españolas del tiempo del Protectorado, es decir, anterior a 1955... puede que esos ventanales fueran troneras de artillería. Nunca lo supimos porque nunca subimos hasta ese hipotético cuartel: estaba ocupado por familias de lugareños que habían hecho de él su hogar.
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Foto cortesía de LUIS H. de LOMA realizada en 1968. En primer término la playa pedregosa que había a continuación de la Playa de las Barcas. La Ballenera, al pie del acantilado Ras El Aiún, aún estaba techada.
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Desde la Playa de las Barcas hasta la Ballenera se sucedían calitas de piedras y aguas llenas de algas, escolleras y pequeños acantilados, pero no más playas arenosas. Un puñado de casas se levantaban en torno a la factoría, una típica nave industrial que se enfrentaba y bajaba hasta el agua en una rampa descendente de cemento. La típica rampa por donde debían halar de los cetáceos para subirlos a un amplio patio donde los descuartizaban para extraer fundamentalmente aceite, aunque la ballena es como el cerdo, se aprovechaba absolutamente todo... de su grasa, el esperma de ballena, se sacaba aceite y hasta se utilizaba para fabricar un tipo de pólvora; de la cetina perfumes; de las barbas, las ballenas de las camisas, y peines; de la carne, conservas, piensos, etc... No conozco la historia de esta ballenera, pero me ronda el dato (ignoro de donde lo he sacado) de que esta factoría sólo manipuló una ballena en toda su historia. Historia que debió finalizar, como muy tarde en 1946, cuando se reguló y prohibió parcialmente la caza de ballenas por el Tratado de Washington.
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Cortesía de Emilio. Una vista desde el mar en 2004. La Ballenera, en el rinconcito del acantilado, ha perdido la cubierta. El poblado de Bellones (Beliunech) ha crecido en el entorno.
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Recuerdo que la calita donde estaba la Ballenera, era de aguas profundas y transparentes. Mis amigos se solían bañar en ella pero yo nunca me atreví, no me sentía seguro teniendo debajo de mi tal cantidad de agua y cosas desconocidas. En varias ocasiones recorrimos la nave. Estaba casi desmantelada, pero quedaban anclados en el suelo alguna maquinaria, y grandes piezas de metal se esparcían por el suelo. Recuerdo una vez que Cesar Rey, Pepe Lorente y servidor cogimos unas tuercas enormes... pero nos vio un lugareño que se cabreó muchísimo con nosotros. Nos las quitó diciendo que de la Ballenera nadie se llevaba ni una mota de polvo, que no teníamos respeto y que eso ya no era nuestro. Además nos amenazó con dar conocimiento al puesto fronterizo... y el que más y el que menos se imaginó preso en Maruecos sin poder regresar a casa en una temporada. Anduvimos acongojados hasta que al atardecer regresamos a Ceuta sin novedad.
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(Foto de origen desconocido). Los restos de la Ballenera. Arriba el "Valle de las Grandes Piedras Blancas", es decir, la superficie del acantilado de Ras el Aiún.
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LA LEYENDA DE LOS SIETE LAGOS

Fantasmas, troleros, mentirosos, jaraneros y embaucadores siempre han existido. Por entonces había algunos chavales mayores que decían que al oeste existían Siete Lagos Subterráneos... y parecían decirlo así, con mayúsculas, porque contemplarlos era una experiencia casi mística. Y cuando se les preguntaba: ¿Dónde están los siete lagos?, respondían: “Al oeste. Pasada la Ballenera, pasado el Valle de las Grandes Piedras Blancas, pasada la Isla del Perejil, pasada la Sierra de las Tortugas, por la Playa del Bosque de Algas... por allí, por el oeste”

Y comenzamos la exploración. Ora iba un grupo y regresaba contaba algo poco concreto, que habían llegado a la playa del bosque de algas, pero que allí le habían dicho que sí, que eso estaba por este u aquel lado... Ora aparecía otro diciendo que los había encontrado, pero que solo era uno. Recuerdo en este momento que José Mª Coiduras, “Coico”, era uno de los que decían que habían estado en los siete lagos, ¡el puñetero!

Hasta que un día fuimos la gente de Villa Jovita que estábamos vinculados con la Acción Católica del cura José Bejar, el párroco de la iglesia del barrio. En el intento de encontrar aquellos míticos Siete Lagos caminamos hacia el oeste de Ceuta, en Marruecos, y la experiencia fue inolvidable... tanto, que al cabo de 37 años aún lo recuerdo y lo vuelco en estas palabras.

EL VALLE DE LAS GRANDES PIEDRAS BLANCAS

Desde Benzú, más concretamente, desde el cafetín moruno donde servían (tal vez aún sirven) el mejor té verde de Ceuta, se podía contemplar una extraordinaria puesta de sol. Según en qué época del año, el sol caía sobre una lengua de tierra, una meseta rocosa, que se adentra en el estrecho: Punta Leona (Rás Lebia). La superficie de esta península es lo que llamamos el Valle de las Grandes Piedras Blancas.
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El sol se pone sobre Punta Leona (Ras Lebía). La foto está tomada desde el cafetín de Benzú, en 1977.
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A la izquierda la fachada del acantilado de Ras el Aiún. A la derecha, Punta Leona.
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La ruta partía del puesto fronterizo de Benzú. Dejábamos a la derecha la Playa de las Barcas y, más adelante, la desviación de la Ballenera para proseguir hasta la base de Punta Leona. Justo ahí, junto a una casa del lugar, surgía un manantial de agua fría y clarísima. La señora que allí vivía siempre nos recibía con una sonrisa maternal. Era un punto fijo de parada. Nos refrescábamos, bebíamos hasta la saciedad y rellenábamos las cantimploras para proseguir la ruta.
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Cuenta Emilio que tiene amigos que "...gustan de tirarse a cuarenta y cincuenta metros de profundidad, explorando la pared Este de Punta Leona, que es tan vertical como la que emerge de la superfice. Según cuentan cuando salen, la belleza de dicha pared es de proporciones épicas. Yo no me atrevo con estos asuntos, ya que me preocupa profundamente el nivel que pueda tener un vaso de agua que esté por encima de mi nariz. Realmente, si lo que se ve en el fondo es la mitad de bello que lo que hay fuera, sería cuestión de plantearse hacer un cursillo de adaptación anfibia..."
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Nunca recorrimos la península de sur a norte, hacia la punta. Siempre la atravesábamos de este a oeste, de manera que desde la base la podíamos contemplar en toda su longitud, y esa perspectiva fue la que le dio nombre. Toda la extensión estaba plagada de piedras/rocas redondeadas y blancas, parecían cantos rodados... pero sólo era una ilusión óptica porque aguzando la vista podías llegar a ver (si se daba el caso) una reata de burros progresando por entre los cantos rodados, y sólo entonces caías en la cuenta de que no eran cantos sino enormes rocas redondeadas, tan grandes como varios hombres. Pero esa sensación no la perdías por mucho razonamiento que implicaras... ¡tus sentidos insistían en considerar que la reata de burros y su conductor eran del tamaño de lagartijas, y que las piedras eran realmente cantos rodados de dos kilos de peso! Curiosa sensación.

De ahí que aquello se quedara con el Valle de las Grandes Piedras Blancas... era un lugar mágico y único.
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...podríamos decir que la Mujer Muerta termina en el Valle de las Grandes Piedras Blancas... Ras el Aiún.
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NOTAS AÑADIDAS AL RELATO: Cuenta EMILIO BARRANCO "Te quiero confirmar parte de las difuminadas impresiones que me quedan de mi paso por Punta Leona cuando hicimos un excursión, allá por los 60, estando yo en los agustinos. Ciertamente, después de deambular por el paraíso de la Playa de las Barcas, subimos a las piedras blancas del lugar, y nos encaminamos todo que pudimos hacia el Norte, siempre por la cresta de Punta Leona y, efectivamente, habían unas posiciones bélicas desmanteladas. Tuve la oportunidad de desollarme una rodilla en uno de esos círculos horadados en la roca, donde en su día estuvieron emplazadas grandes piezas de artillería que, dado el tamaño de los círculos, debían ser descomunales. Estos círculos debían contener los raíles necesarios para dotar de movimiento giratorio a las piezas. En aquel momento no quedaban restos metálicos ni de otra especie en el lugar, tan solo la construcción. Para que te hagas una idea te envío una foto antigua de la batería de Valdeaguas (Hacho Norte), que por época, o por diseño, sólo permitía un movimiento semicircular. No conservo foto de mi hazaña: en aquellos días era un poco más gilipollas". (¡Que no, hombre, solo despistadillo!)
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LA ISLA DEL PEREJIL

Dejando atrás ese valle y siguiendo la costa hacia el oeste, tomamos una senda pedregosa que discurre a unos 80 metros sobre el nivel del mar, en la ladera noroeste del Djebel Musa. La pendiente de tal ladera es enorme. La caída hasta el mar no es vertical, pero un traspiés te haría rodar inevitablemente sin poder parar... con nosotros venía un chico cojo (por entonces había muchos niños cojos a cuenta de la poliomielitis), que se llamaba LUIS CORDERO, y estuvimos pendientes de echarle una mano porque si caminar ya era difícil con dos pies sanos, para él sería doblemente dificultoso. Pero lo llevó con dignidad e hizo toda la ruta sin un lamento.

A raíz del conflicto entre España y Marruecos por este peñasco, todos la conocemos. Es una pequeña isla, de 56 metros de altura, a unos 200 metros de la costa marroquí, que sigue siendo de soberanía española. Recuerdo que el agua que la separa de tierra firme era tan cristalina que la sombra de una barca se proyectaba nítida en el fondo, a 15 metros de profundidad. Por entonces la conocíamos por los relatos de los que se dedicaban a bucear... como Guti (si, si, el Guti de la Residencia de Estudiantes de Ceuta, ese), que contaba maravillas de una cueva que se abría en la base de la isla, cuyas paredes estaban tapizadas de corales y que guardaba una preciosa fauna marina... Pero no sé, Guti era también muy trolero.
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LA SIERRA DE LAS TORTUGAS

La ladera noroeste del Djebel Musa, la que acaba en el mar del estrecho, es pura piedra. No crecían ni arbustos ni árboles. Sólo algunos líquenes se fundían con la roca. Pero al fondo, siempre al oeste, se adivinaba entre la bruma un monte completamente verde. Eso fue lo que bautizamos con el nombre de Sierra de las Tortugas, en realidad tiene otro nombre, Djebel Yuima.

Para llegar había que marchar unos siete kilómetros, pero la recompensa fue grande. El Yuima era un bosque de acebuches, pinos, moreras y madroños, que reconfortaba después de la aridez del camino que habíamos llevado hasta entonces. Pero lo más asombroso fue encontrar siete parejas de tortugas por el camino, sin buscarlas. Se ve que cogimos el día de celo. Eran tortugas de tierra, no galápagos, posiblemente de la especie... Todo el que quiso se llevó una tortuga, y en el sótano de la parroquia de Villa Jovita, que tenía un terreno anexo, hubo una de estas hasta que se escapó a vivir su vida. Yo recuerdo que sobre el año 1962 había tortugas de este tipo en Ceuta. Concretamente, encontré una en Villa Jovita, en la Huerta de José, con el caparazón fracturado por una piedra, no podía moverse... ¡así de crueles eran los niños! La agonía del pobre animal duró cinco días, los conté.
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(1)Playa de las Barcas / (2)Ballenera / (3)Valle de las Grandes Piedras Blancas / (4)Isla de Perejil / (5)Sierra de las Tortugas / (6)Playa del Bosque de Algas
Hoy día, un lugar como la Sierra de las Tortugas, un oasis de vida en mitad de las piedras peladas, debería ser un Parque Natural, una joya de la naturaleza. Pocos sitios como ese deben quedar... ese día, nosotros depredamos sin piedad y con total ignorancia porque entonces no teníamos conciencia del daño ecológico que hacíamos, es más, no creo ni que existiera esa palabra. ¡Lástima!

LA PLAYA DEL BOSQUE DE ALGAS

Sin duda, el Djebel Yuima, nuestra Sierra de las Tortugas, era una rareza en mitad del plegamiento del Atlas porque, una vez atravesado, volvían las piedras peladas y la aridez total. Esta vez bajando suavemente hacia una playa en mitad del golfo llamado El Marsa, entre las puntas Rás Zulban y Rás Marsa.

Desde lo alto parecía una playa arenosa, pero in situ resultó ser de grava gruesa y cantos rodados. Sea como fuere, era la primera playa útil desde la Ballenera y, lógicamente, se nos olvidó que estábamos buscando siete maravillosos lagos subterráneos y nos lanzamos ladera abajo pensando únicamente en el baño que nos íbamos a dar.

Pero el agua no era cristalina; extraño porque nada podía ensuciarla por allí. Estaba turbia y verdosa, como una sopa de pujante vida microscópica, y pronto descubrimos por qué. A unos 15 metros de la orilla se alzaba un muro de algas que llegaban hasta la superficie. Eran anchas y jugosas tiras de color pardo, sargazos, que crecían con una densidad enorme y hacía imposible nadar sobre ellas... ¡el que quisiera nadar sobre ellas! Porque yo, en cuanto descubrí esa masa impenetrable, con vaya-usted-a-saber-qué-cosa-oculta-detrás, di media vuelta y salí del agua. Con todo, fue uno de los baños más gratificantes que recuerdo. De ahí el nombre que se le quedó a la playa de El Marsa.
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Después del baño, la gente se olvidó de los siete maravillosos lagos subterráneos, y se abandonó a la molicie y la pereza. Teníamos una remota playa, perdida en mitad de la costa marroquí del Estrecho, para nosotros solos. Así que fue fácil tumbarse a tomar el sol, disfrutar de su exclusividad y reponernos de la caminata. Pero otro chico y yo nos marchamos a investigar aquello de los Siete Lagos, que si la leyenda era cierta, debían estar cerca... en una cueva por ejemplo. Pero por allí no se adivinada nada parecido. Así que caminamos hacia una de las casitas diseminadas en la loma que terminaba en la playa. En la primera nos recibieron muy cariñosamente, con esa hospitalidad innata que existía en los pequeños pueblos andaluces hace años... allí, en el norte de Marruecos, también existía. Máxime cuando no debían ser muy frecuentes las visitas. Hasta nos fotografiamos con la hija del matrimonio, que cosía una prenda en una vieja máquina Singer. Y cuando les preguntamos por los lagos, nos aseguraron con total certeza que tal cosa no existía por allí...

...definitivamente, los Siete Lagos Subterráneos eran una bonita patraña, pero mereció la pena buscarlos.

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