MI INOLVIDABLE AMIGO...
Una mañana de abril, mientras paseaba por uno de los espaciosos parques de mi añeja ciudad, cuando contaba unos 18 años, coincidí de pura casualidad con un amigo al que hacía largo tiempo que no veía.
Y hoy, casi veinte años después, no he podido olvidar a aquél hombre simpático, bonachón y agradable, llamado Gonzalo, un íntimo amigo de mi padre y al que yo aprecié enormemente en vida. Siempre parecía tener una especial atención hacia mí, y cuando nos visitaba en casa, siendo todos mis hermanos y yo muy pequeños, nunca dejaba de traernos alguna que otra golosina con que endulzarnos. Cuando no, unas pesetillas que todos, por descontado, recibíamos con inmensa alegría.
Precisamente él forma parte del recuerdo más antiguo que yo tengo sobre mi vida. Con apenas dos años, estando aún en la cuna, un hombre me recogería entre sus brazos, y sujetándome en lo alto, me diría palabras amables y cariñosas. Y aunque ininteligibles por mí, parecería comprenderlas gracias a la melodiosa entonación de su voz. No era otro que nuestro amigo Gonzalo.
Recuerdo la mirada triste que le envolvía aquél día en que su inapreciable amigo Manuel (mi padre falleció cuando yo apenas contaba con ocho años), ya no estaba para acompañarle en sus ratos de ocio. Aunque mucho mayor que mi padre, además de ser su propio jefe, en ningún modo supuso un obstáculo para su amistad.
Gonzalo tenía, además de mi padre, cierta camaradería con mí tío-abuelo y posteriormente tutor tras la muerte de nuestro progenitor. Y por eso, en algunas ocasiones, aunque muy de tarde en tarde, era aún posible disfrutar de su compañía.
El tiempo fue transcurriendo, inevitablemente, y poco a poco fui perdiéndole de vista, hasta que aquella mañana de abril, siendo este amigo ya muy anciano, volviese a encontrarle de nuevo.
-¡Chico! ¡Qué alegría verte! ¿Cómo estás? ¿Qué es de tu vida?
-¡Muy bien, señor Gonzalo! No puedo quejarme. Pronto cumpliré los 19.
-¡Caray! Si parece que fue ayer, cuando no eras más que un niño, pegado a las faldas de su madre. Pero... dime, ¿Y tu tío? ¿Cómo está? –me dijo, mostrando verdadera simpatía.
-Ya sabe usted, siempre pendiente de la música y la orquesta. –Le respondí, sonriente.
-Hay cosas que no cambian, ¿verdad?
-Así es, señor Gonzalo. ¿Y usted? Aún no puedo creer que le haya visto después de tantos años.
-Cierto es. Algo así como 10 años, más o menos. Recuerdo perfectamente a tu padre, y a tu madre, como si les estuviera viendo ahora mismo. Y tu... te pareces tanto a él -mientras decía esto, alborotaba mi cabello con benévolo gesto.
-Sí, son varias las personas que me lo dicen –declaré.
-Ahora que te veo... Hay algo que quería decirte -siguió tras una breve pausa-. Cuando regreses a casa quisiera que saludaras a tu tío de mi parte. Dile que me hubiera gustado ir a verle, pero ésta enfermedad mía no me deja nunca tranquilo, y salvo estos pequeños paseos nada más puedo hacer. Créeme, él se alegrará mucho.
-Descuide. En cuanto llegue a casa, será lo primero que haga.
-Lo sé, muchacho, lo sé...
Y dicho esto, se despidió de mí, dejándome tan hipnotizado que, hasta que no le perdí de vista no fui capaz de moverme ni reaccionar...
Al llegar a casa, lo primero que hice antes de que pudiera olvidárseme fue contarle a mi tío-abuelo el agradable encuentro que había tenido, tal y como le había prometido.
-¿Sabes a quién acabo de ver? A nuestro amigo Gonzalo.
-¿Quién? ¿Cómo dices? –dijo mi tío-abuelo, como si no lograra entender.
-Sí, el amigo de mi padre. Me dio recuerdos para ti. Dijo que no había podido venir a verte, a pesar de que lo había pensado infinitas veces, y quería que lo supieras. Estuvo muy amable conmigo.
-¿Gonzalo? Pero si murió hace tres días. Tu tía-abuela y yo fuimos al entierro... ¿De dónde te sacas tú esta historia? ¿A quién has visto realmente? Lo habrás soñado...
No, no era un sueño, nunca lo fue. Aún ahora, pasados todos estos años, recuerdo aquello con claridad. Me dije a mi mismo que jamás olvidaría aquél encuentro.
Y hoy, casi 20 años después permanece imborrable en mi memoria...
|
|
|