La noche era dueña de la carretera desde hacía ya un par de horas. A Manuel no le preocupaba tener que viajar en compañía de la reina de la oscuridad. Es más, le hacía sentirse mucho más cómodo, más relajado. Al contrario que ocurría con otras personas, Manuel creía tener mayor seguridad conduciendo de esta guisa. Una de las cosas que más le gustaba mientras conducía su coche era escuchar los programas de radio que las cadenas ofrecían en la madrugada. Tenía la sensación de que los radioyentes que participaban hablando con los presentadores, ofrecían la parte más humana de sí mismos, al tiempo que una mayor sinceridad y afabilidad en todos los aspectos. Indudablemente, la noche parecía acercar más a las personas que intentaban comunicarse, por el motivo que fuera.
Si -pensaba, mientras conducía-, la radio siempre era una buena compañía nocturna cuando uno no podía dormir, debía conducir de noche o simplemente le apetecía disfrutar de ese agradable medio de comunicación.
De todas formas, Manuel deseaba llegar pronto a su destino, pues el cansancio estaba haciendo ya su efecto después de un viaje tan largo y pesado como el que estaba realizando. Pero al fín y al cabo, iba a hacer un alto en el camino en un pueblecito donde había hecho una reserva en la única fonda del lugar. Manuel se había guiado por una recomendación de uno de los trabajadores de la empresa donde prestaba sus servicios, el cual, en su último viaje, y tras haber decidido pasar la noche en aquel precioso paraje, descubriera la amabilidad de sus dueños.
Sin embargo, aún quedaban algunas decenas de kilómetros para llegar. La lluvia comenzó a hacer acto de presencia, al tiempo que un habitual del programa que Manuel escuchaba en ese momento, hablaba precisamente de la tormenta que se avecinaba cerca del lugar donde iba a pasar la noche. Al parecer, una gran borrasca sacudía todo el entorno. Pero no le preocupaba en absoluto. Estaba acostumbrado también a ese tipo de inconvenientes. Tan solo era cuestión de llevar mayor cuidado y atención en la carretera. Si era preciso conducir a 30 por hora en algún momento sin duda que lo haría.
El primer relámpago le avisó de que se hallaba ya de pleno en mitad de la tormenta. Un gran estruendo acompañó inmediatamente aquél rayo magníficamente dibujado en el oscuro cielo. Manuel comprobó que ahora la lluvia comenzaba a ser más intensa a la vez que algo más abundante, obligándole a activar el limpiaparabrisas a una mayor velocidad.
Aminoró la marcha. Era lo más sensato al observar las condiciones en que se encontraba la calzada. Fue en aquél momento cuando divisó aquella silueta a poco menos de 100 metros a la vista. De no ser por la blanquecina aunque débilmente dibujada niebla, ahora añadida a la tormenta, habría comprobado inmediatamente sin duda alguna que se trataba de una persona haciendo auto-stop. Manuel no acostumbraba recoger a ningún pasajero durante sus viajes, pero reconocía que el “autoestopista”, bien fuese hombre o mujer, debía estar pasándolo francamente mal. Recordó que tan solo una vez en su vida, y de eso hacía ya mucho tiempo, había subido en el coche a una de esas personas que agitaban el brazo de esa manera tan peculiar, un muchacho que regresaba a su casa tras haber terminado el servicio militar. Y curiosamente fue porque él mismo logró ser llevado de vuelta a casa de la misma forma, durante uno de los pocos permisos que tuvo mientras hacía honores a la patria. Pero ahora se trataba de algo distinto. No se hubiese sentido demasiado bien consigo mismo de no hacer algo al respecto.
Manuel, tras detener su coche, pudo darse cuenta de que su futuro polizonte era una joven mujer, por supuesto totalmente calada hasta los huesos, a pesar de haberse refugiado en uno de los grandes robles que había a ambos lados de la carretera. Sin pensárselo dos veces bajó rápidamente la ventanilla para preguntarle hacia dónde se dirigía. Quizá lo más sensato habría sido abrirle la puerta, pero probablemente no acababa de tener claro cómo debía actuar.
Era una muchacha de unos veinticinco años, bastante alta, aunque llevaba botines. Iba conjuntadamente vestida de color beige. Los pantalones eran de pana, el grueso jersey de lana, y los guantes y el gorro confeccionados también con esa misma tela. Su tez estaba sonrosada, quizá con algunos tonos rojizos causados por el frío que sin duda hacía afuera.
-¿Hacia dónde se dirige? –le preguntó instantáneamente Manuel.
-Me dirijo al próximo pueblo, a unos 60 kilómetros de aquí. ¿Le importaría llevarme?
-Por supuesto que no. Ande, suba, que la llevo –le contestó amablemente a la muchacha-. Precisamente voy a hacer parada allí, hasta mañana por la mañana, en que continuaré mi viaje.
-¡Muchas gracias! –dijo la joven, manifestando una gran alegría- ¡No sabe cuánto se lo agradezco, y más con la tormenta que está cayendo!
-La comprendo perfectamente. No entiendo cómo ha podido arriesgarse a ir caminando, con el maldito tiempo que hace –contestó Manuel, mientras apartaba las cosas del asiento derecho de su coche.
-¡Espere! Si no le importa viajaré en el asiento trasero. Verá, es una costumbre que tengo. Me siento más cómoda atrás.
-Como usted quiera. Pero escuche, si le parece bien cogeré una manta que llevo en el portamaletas, para que se tape con ella. Va a coger usted una pulmonía.
-¡Vaya! –contestó la muchacha, con sincero agradecimiento-. ¡Es usted realmente caballeroso!
-Bueno, creo que es lo menos que puedo hacer. Pero tendré que ser rápido, o acabaré yo también empapado hasta los huesos –dijo Manuel, sonriendo.
Cuando Manuel regresó al volante de su coche, los dientes le castañeteaban sin parar. Obviamente, el frío estaba haciéndose notar cada vez más.
-Aquí tiene la manta. Espero que haga su papel.
-Claro que lo hará, gracias.
-¡Caray! –profirió Manuel-. No comprendo como podía usted caminar ahí fuera tan tranquila. ¡Pero si hace un frío de tres pares de narices!
-Estoy acostumbrada, aunque no lo crea. He hecho esto muchas veces. Digamos que ya estoy vacunada contra las
inclemencias del tiempo –dijo la muchacha sin parar de sonreir.
-Dígame, ¿Cómo se llama? –preguntó Manuel.
-Me llamo Laura. ¿Y usted? No me lo diga. A ver… Ya está, se llama Manuel –dijo la muchacha, con carita
picaresca.
Ahora si dejaron de castañetearle los dientes. Si hasta el momento estaba helado, había pasado a quedarse tieso. Y tanto que sí. ¿Cómo podía saber su nombre? Naturalmente había sido casualidad, pero no dejaba de ser increíble.
-¿Cómo ha podido adivinar mi nombre? Dígame, Laura… ¿Acierta siempre?
¡No, por supuesto que no! -Laura reía abiertamente-. Verá, no sé porqué, pero siempre me da por pensar que todos los viajantes se llaman así. Es una tontería, no me haga caso.
++++++++++++
Manuel y Laura siguieron conversando animadamente. Estaban ya a tan solo 40 kilómetros de Cantella, el pueblecito donde vivía Laura, allí donde Manuel haría su parada nocturna.
-Laura… espero que lo que voy a decirle no lo interprete mal, pero es que si no lo digo, reviento –dijo sonriente, Manuel-. Es usted muy guapa, Laura. Tiene usted algo que me hace sentirme tremendamente alegre, y no alcanzo a comprender la razón ni el porqué.
-Me alegro de que así sea –contestó la muchacha-. Usted también me ha caído muy bien. Espero que me recuerde si no nos volvemos a ver.
-¿Por qué dice eso? Yo querré volver a verla. S
é que mañana continuaré mi viaje, pero a la vuelta me gustaría encontrarla en el pueblo.
Laura pareció entristecer de repente. Pero tan solo fueron unos segundos. Inmediatamente reaccionó y mostró nuevamente su radiante sonrisa.
-Sí, tal vez así sea –manifestó la muchacha.
-Espero no haberla incomodado con nada de lo que le haya dicho. Me ha parecido ver su semblante serio durante un instante. Laura, no se preocupe. Yo no tengo malas intenciones. Solo deseo llevarla a Cantella. Después nos despediremos como dos buenos amigos que acaban de conocerse.
-No me cabe la menor duda de eso, Manuel –respondió Laura. Pero hábleme de usted. ¿Viaja mucho?
-Si, voy continuamente de un lugar a otro. Es parte de mi trabajo. Me pagan por eso. A veces resulta muy pesado, y en ocasiones muy arriesgado, como es el caso de hoy. Sin embargo, ahora mismo es diferente. Usted hace que el viaje resulte muy cómodo.
-Me gratifica oirle hablar así. También a mí me sucede lo mismo. Claro que en mi caso es obvio. No sé que habría podido ocurrirme de no encontrarle a usted. Es difícil que a estas horas transite alguien por aquí, además de tener la suerte de que alguien parase. Pero usted lo ha hecho, y… aquí estoy yo –dijo, mostrando de nuevo una amplia sonrisa. Si, así es. ¿Vive usted en el mismo Cantella?
-No, un poco antes de llegar al pueblo. Tenemos una estupenda casa rodeada de preciosos árboles.
-¿Tenemos? ¿Con quién vive? –preguntó Manuel.
-Vivo con mi padre. Nos trasladamos allí al morir mi madre, hace ya varios años. Esa casa es mi vida.
-Claro, lo supongo. ¡Vaya! Otra vez me parece percibir una ligera tristeza. Verá, es que se muestra usted siempre tan simpática, que cuando le veo bajar la guardia, la descubro enseguida.
La chica volvió a sonreír inmediatamente.
-No, de verdad, no lo crea. Yo siempre estoy alegre, en serio. ¿No lo ve?
Era cierto, la joven seguía resplandeciente con su abierta sonrisa.
-No hay duda de que usted levantaría el ánimo a cualquiera. Creame, parece usted un ángel, sin ánimo de adularla.
-¡Hum! ¡Quizá no se equivoque, jajajaja!
-¡Sí, claro, jajajaja!
|
|
A medida que el tiempo transcurría, la amistad surgida entre Manuel y Laura se iba afianzando cada vez más.
-¿Cuánto nos falta por llegar? –preguntó Laura.
Unos 20 kilómetros. Pero usted debe conocer perfectamente eso. ¿No sabía a qué altura de Cantella nos encontrábamos?
-Estaba distraída hablando con usted, Manuel. Además, en realidad preferiría no saber que estamos llegando ya. Esta charla… contigo, Manuel, me gusta.
-A mí también, Laura. Debo reconocer que me caes muy bien. Doy gracias a Dios por haber parado para recogerte.
Una vez más la chica entristeció momentáneamente. Pero era una tristeza con mirada hacia Manuel llena de dulzura a la vez. Era como si le fuera la vida en ello.
-Manuel…
-Dime, Laura.
-¿Me echarás de menos cuando me despida de tí?
-No lo dudes un instante –dijo sinceramente, Manuel-. Decir eso sería poco. Nunca antes me había pasado nada
parecido.
-Tampoco a mí, Manuel.
-Me doy cuenta de eso. Pero ahora pareces tremendamente triste. Quiero que sepas que volveré a por tí, para verte y para que podamos estar hablando mucho más tiempo.
-Lo sé… Escucha, Manuel, solo faltan unos pocos kilómetros para llegar. Quiero decirte algo.
-Por supuesto. ¿De que se trata, Laura?
-¿Tu crees en el destino? ¿Crees que es posible que el encuentro inesperado entre dos personas no tiene porqué ser pura casualidad?
-Si, es posible que sí –contestó Manuel-. Pero no solo eso. A veces pienso que un instante, un momento vivido, puede ser toda una vida. La verdadera vida. Y este podría ser uno de esos momentos.
-¡Pienso exactamente igual que tu, Manuel!
-¡Laura! Tengo una extraña sensación. Me duele el solo pensar que quizá no pueda verte otra vez.
-Manuel, escucha. Al final de esta recta hay una curva muy pronunciada. Debes tener mucho cuidado. Es muy peligrosa. Tienes que estar muy atento, pues de lo contrario podría ser mortal. ¿Me escuchas, Manuel?
Manuel se sentía atontado ahora, no tenía muy claro que le estaba ocurriendo. ¿Dónde estaba realmente? ¿Conducía? ¿Soñaba? ¡Vamos, Manuel, reacciona!
Ahora divagaba. ¿Dónde estaba Laura? Ya no la veía. ¿Laura, dónde estás? Estaba sumido en un terrible desconcierto.
De repente, comprendió. Reaccionó a tiempo. En el último instante. La curva amenzaba delante de su coche. ¡Por Dios, la curva! Sin duda en esa recta se había dormido… ¿Se había dormido? ¿Cómo era posible, si había pasado cerca de una hora? ¡La recta no era tan larga! ¿Una hora?
La curva contraatacó. Pero Manuel la dominó finalmente. Un descomunal frenazo le sacó de una muerte segura. El coche se paró unos pocos metros después de finalizada la tremenda curva. Por unos instantes, Manuel se quedó totalmente petrificado.
Incapaz de reaccionar. Un sinfín de sensaciones cruzaron todo su cuerpo y su mente. Pero nada comparado con el estremecimiento que sintió al comprobar que Laura no se encontraba en el coche. ¿Que había ocurrido con Laura? Las puertas estaban bien cerradas. No habría podido salir de allí sin que él se hubiese dado cuenta.
Miró en la parte trasera, justo detrás de los asientos delanteros, por si se había agazapado allí, pero sin duda, no estaba. ¿Qué había sido todo eso? ¿Un sueño? No, se negaba a pensar en algo así. La chica habría salido en el último instante, mientras él intentaba dominar la curva. Pero… ¿Por qué se había ido así, sin más, sin despedirse siquiera?
¡Laura, Lauraaaaa! –chilló Manuel al salir de su automóvil, decidido a ir en su busca. ¡Laura, contesta! Allí no podía haber nadie, y tampoco le habría dado tiempo a ir tan lejos, y menos con el terrible temporal. ¡Manuel, qué demonios te ha pasado! –se decía para sí.
Se sentía incapaz de pensar, de razonar con tranquilidad. Decidió por fin regresar al volante de su coche, y partir hacia Cantella.
No, no preguntaría a nadie, no haría nada. Antes tendría que pensar y mucho, sobre lo que le había sucedido.
Por fin llegó a las puertas de la fonda. Manuel aparcó su automóvil y llamó a la puerta. Una señora que aparentaba alrededor de unos 60 años, le recibió cordialmente. Le habían estado esperando, pues era el único huésped que quedaba por llegar a la fonda.
La señora le sirvió la cena rápidamente. Reconocía que el servicio era muy bueno. Su compañero de trabajo tenía razón al pensar que era el mejor sitio del lugar.
Tras unos breves momentos en que la mente de Manuel no pudo dejar de pensar, decidió por fin atreverse a preguntar a la mujer por Laura. ¿Por qué no? La señora debía conocerle, sin duda.
-¡Escuche, buena mujer! ¿Usted conoce aquí, por casualidad, a una joven muchacha rubia, que vive en una casa de los alrededores del pueblo, y que atiende por Laura? –preguntó Manuel, mientras el corazón le palpitaba a marchas forzadas.
-Pues… no sé –dijo la mujer un poco desconcertada-. ¡Conozco a todas las personas que viven aquí! Ya sabe que estos lugares suelen ser visitados alguna vez por todo el mundo, así que es fácil tener a toda la gente del pueblo metida en la cabeza. ¡Déjeme pensar! –respondió de nuevo la mujer, sujetándose la barbilla.
-Por si le sirve de ayuda, ella me dijo que vivía con su padre. Su madre falleció y decidieron trasladarse a las afueras del pueblo.
-¡Ahhhh! ¡Usted se refiere a Don Patricio y su hija Laura!
-Pues si no hay otra chic
a que se llame igual, sí –dijo Manuel.
-¿Pero usted no lo sabe? ¡Ellos murieron en un accidente de coche en la famosa y terrible curva que hay antes de la llegada a Cantella! ¡Fue una tremenda desgracia! La muchacha tenía toda la vida por delante, y en verdad que era una gracia de persona.
-¡Eso no puede ser! Yo… es decir… -Manuel pareció dudar unos instantes antes de hablar nuevamente-. ¿Cuándo ocurrió eso?
-Es curioso que me lo pregunte ahora. Fue hace exactamente un año, en un día tan horrible como hoy. Me atrevería a jurar que hacía incluso peor tiempo.
-Entiendo –dijo abatido, Manuel-. Creo que me iré a mi habitación ya, señora. Gracias por haber sido tan bien atendido. ¡Buenas noches!
-¡Buenas noches, hijo! ¡Que descanse! Siento mucho que usted no lo supiese. Lamento haber sido yo quien se lo dijera. Supongo que la chica y usted tenían una bonita amistad.
-Sí, no sabe usted cuánto la aprecié, a pesar de conocerla tan poco.
Manuel subió a su habitación, se sentó en el borde de la cama, y empezó a llorar como un niño. En un solo momento había encontrado a la mujer de su vida y la había perdido. Finalmente, el sueño terminó con su sufrimiento, al menos, mientras durmiese.
Cuando despertó, algo había cambiado en él. Ya no sería nunca más el mismo. No podría ver la vida de la misma manera que hasta entonces. Manuel había sido testigo de algo imposible de ser entendido en este mundo. Lo guardaría dentro de su corazón. Jamás se lo contaría a nadie, porque además nadie le creería. El corazón de Laura seguiría con él todo el resto de su
vida terrenal. Pero ahora sabía que nada era como el resto de los mortales pensaba. Había algo más, y él era testigo. Algún día, se reencontraría con Laura de nuevo. Estaba totalmente seguro de ello…
© Francisco Arsis (1999)
|
|
|