WEB PERSONAL DE FRANCISCO ARSIS
COLABORACIONES
MI NOVELA (Aventura en el pasado)
ENTREVISTA (Realizada por Leodegundia)
PRESENTACIÓN NOVELA
Mis enlaces favoritos
* EL INTRÉPIDO CABALLERO (Nuevo)
* ALLÍ DONDE NACE EL RÍO... (Actualizado)
* Recuerdos de la Alhambra
* Mi inolvidable amigo
* Atrapados entre sueños
* La princesa de la moneda de rosa
* Korubo, aplastacabezas
* Lilí, esposa de Strauss II
*El misterio de Laura
* Tuya por siempre
* Aquel verano del 75
* Serranía de Ronda, aún te guardo
* Claro de Luna
*Yolanda
* A ti, Noelya
* Crónica de una posguerra
*La verdad es tan poderosa...
* Historia de un marine en Kosovo
* La leyenda de Verónica
* Yo, Copito de nieve
* La huida
* EL EMBRUJO DE SICILIA
* CUADERNO DE VIAJE DE UN INMORTAL
* PROGRAMA "EL RINCON LITERIARIO DE 3DENIT"
* UNA REINA, UNA HISTORIA
* TODO IRÁ BIEN (Tributo a Chenoa)
* Aquel verano del 75
 
AQUEL VERANO DEL 75

Nunca podré olvidar el último verano que pasé con mi padre. Lo he recordado tantas veces, que nítidamente como una película quedó reflejado en mi mente. De hecho, ese verano, el del 75, también estaba ligado a otra historia muy peculiar: la de la chica del bikini multicolor. Es curioso cómo aún logro acordarme de tan minuciosos detalles.

En realidad el bikini de aquella chica rubia extranjera, seguramente sueca, tenía tres colores: amarillo, naranja y verde. Era inmensamente bella, o al menos así la he recordado siempre, con su larga melena lisa y su sonrisa radiante. Pero hay otros detalles que fueron grabados con mayor minuciosidad en mi cerebro, y que nunca, nunca olvidaré.

Mi padre tenía entonces 43 años, algo más de los que yo tengo ahora, y muchas veces, cuando me levanto por la mañana, me aseo y, cómo no, echo un rápido vistazo en el espejo del cuarto de baño antes de partir hacia el trabajo, me parece aún estar viéndolo frente a mí, como si en realidad fuera él y no yo quien estuviera allí reflejado. Incluso me he sorprendido a veces guiñándome un ojo a mí mismo, y respondiéndome, como si de él mismo se tratara, con un: ¡Hola, Papá!

Mi padre solía bromear mucho, y siempre era él quien me guiñaba el ojo, al tiempo que con sus mano derecha sacudía el pelo de mi cabeza, alborotándolo. Era una muestra de cariño, sin duda alguna, pero después, a menudo yo enfadado, siempre le contestaba: ¿Y ahora quien me peina, eh? ¡Mamá se ha ido! Y el me contestaba: ¡Hijo, los hombres lo que hacemos es afeitarnos, no peinarnos! Entonces sacaba la maquinilla eléctrica de afeitar, apuraba limpiamente su barba, y fijando sus ojos en mi carita de 8 años, me decía: ¡Ahora te toca a ti!

Pasar la maquinilla por mi barbilla me hacía muchas cosquillas. Como no tenía ni un solo pelo, no podía notar ningún tirón que me lastimara, así que hacerlo resultaba divertido. Lo peor era cuando me tocaba cepillarme los dientes. El “colgate”, también multicolor, como el bikini de aquella rubita, tenía tan buen sabor a menta y colores tan llamativos, que no podía resistir de vez en cuando atrapar un pedazo, apretando del tubo, para después comérmelo sin que nadie pudiera darse cuenta.

Solíamos veranear en “Piles”, una bonita ciudad en la costa, cerca de Gandía, en la provincia de Valencia. Teníamos allí un apartamento: Apartamentos "CAPRI" se llamaban. Cuando nosotros llegábamos, los anteriores inquilinos aún estaban preparando la maleta para irse. Mi hermano y yo subíamos corriendo las escaleras, un tanto alocados, a ver quien llegaba primero arriba. Claro, él era mayor que yo, así que tenía ventaja y siempre ganaba.

También aquel verano fue cuando cayó mi primer diente. Y como siempre, mi hermano estaba allí para incordiarme y hacérmelo pasar mal. Luchando contra mí por arrebatármelo, finalmente lo perdería, resultando infructuosas todas las búsquedas. Ese era mi primer día en la playa, y acabaría llorando sin remedio. Cuando mi padre regresó aquella noche, después de reencontrarse con sus amigos de cada verano, intentó consolarme, diciéndome que tal vez el ratoncito Pérez se habría dado cuenta y, a pesar de todo, aún no encontrándolo él, algo me dejaría.

En mi segundo día de vacaciones, el día no pudo comenzar mejor. Cuatro relucientes pesetas aparecieron debajo de mi almohada. Sin duda, convencido estaba yo de que el famoso ratoncito habría encontrado mi diente de leche, y pensando que era yo su dueño, allí dejaría las pesetas.

Los días en la playa transcurrían felices. Mi hermano se había traído dos recámaras de las ruedas de un viejo camión, negras como el carbón, y con ellas, desafiábamos a las olas, hasta ver quien conseguía permanecer flotando más tiempo. Como siempre, ganaba él. Tan bordecillo era que se las ingeniaba para hacerme caer, a veces sin que me diera cuenta. Al cuarto día, las olas eran tan gigantescas, que no recuerdo otra ocasión igual en la vida. El oleaje, tan feroz era, que resultaba prácticamente imposible ni siquiera colocarse encima de los flotadores. Nuestra prima Enri compartió con nosotros aquel día, y aún parecen resonar en mis oídos las fuertes carcajadas que salían de nuestras gargantas.

Lo mejor de aquél verano sin duda fue el pequeño visor de plástico que mi padre me compró, junto con docenas de recortes de cintas de películas famosas. Los había de Tarzán, de Hércules, de Espartaco. Pero los mejores eran los del “Planeta de los simios”. Durante las tardes, me pasaba el tiempo viendo los recortes mientras dábamos largos paseos. Solíamos ir por un pequeño arroyo paralelo a la playa, que recorría un enorme tramo, casi desde Piles a Bellreguard, la siguiente ciudad. Y era entonces cuando a menudo me cruzaba con la mocita rubia, con su falda corta, y sus andares tan graciosos. Yo nunca podía dejar de mirarla, tan enamorado ya parecía sentirme de ella, sin saber realmente que significaba aquello.

Imagen
Por las noches, después de la cena, a mi padre siempre le apetecía salir un ratito, más que a mi madre, y siempre acababa convenciéndola. En una de las fincas más refinadas veraneaba un extranjero al cual le gustaba proyectar, justo enfrente de su apartamento, montones de películas de dibujos animados. Las tenía de todas clases, de “Mortadelo y Filemón”, del “Pato Donald”, de la “Pantera Rosa”... Así que, cuando pasábamos por allí, mis padres nos dejaban a mi hermano y a mí, hasta su vuelta por la finca.

Hacía las delicias de todos los niños que veraneábamos en Piles. Daba la casualidad de que había allí un enorme paredón blanco, de pura cal, que facilitaba la proyección sin necesidad de pantalla alguna. En aquél entonces, tan difícil de ver aquellos dibujos animados, y menos en color, aquello resultaba realmente emocionante.

Cuando llegó la mañana del décimo día de aquél último verano con mi padre, se produjo un suceso que para siempre quedaría grabado en mi retina. Mi padre me había pedido que no me alejara demasiado de la orilla, dado que aquél día tampoco es que fuera demasiado bueno. En realidad, junto con el del fuerte oleaje, fueron los peores de todo el veraneo. La chica rubita, la cual nunca llegaría a saber su nombre, estaba resplandeciente, saltando sobre las olas, con su espectacular bikini. Mi hermano me había advertido del cuidado que debía llevar, pues había observado algunos pequeños remolinos salvajes. Yo sabía nadar, gracias a Dios, pero cualquiera de esos remolinos podía arrastrar al fondo incluso al mejor nadador de la zona.

La fatalidad no se hizo esperar, y mi hermano y yo pudimos ser testigos, tan cerca estábamos, de cómo mi preciosa chiquilla desaparecía bajo una de las olas, para no reaparecer. Aquello no era normal, no podía aguantar tanto bajo el agua. Así que, por si acaso, ambos nos sumergimos en su busca, por si acaso se estuviese ahogando. Y... así fue. Como pudimos sacamos a la rubita extranjera. Al menos, mi hermano sabía muy bien lo que hacía, y finalmente, la arrastramos hasta la orilla. Mi padre, al vernos y acercarse corriendo hasta nosotros, comprobó que aquella muchacha aún podría salvarse. Y aquella fue la primera y única vez en mi vida que vi el “boca a boca” en riguroso directo. Y a mi padre, tumbado sobre ella, intentando reanimarla y devolverla a la vida. No pude seguir observando el suceso, seguir viendo a mi rubita, ni siquiera tener la oportunidad de saber si salvaría su vida, en aquél momento. No es que me olvidara de ella, simplemente supongo que la edad me jugó esa mala pasada.

Los cinco días que restaban de aquel verano fueron inolvidables, mi padre aún con vida. Un día se marcharía, sin posibilidad de despedirse, para no regresar más. Pero yo nunca le olvidaría, como tampoco olvidaría el último día del verano del 75, cuando montando por primera vez en mi vida a lomos de un precioso caballo, lo haría junto a mi padre, abrazado a él, sujetándome para que no me cayera. Y mi padre, con aquella sonrisa, aquella sonrisa, que nunca, nunca, le abandonaría...

Al llegar la hora del regreso, instantes antes de subir al coche, aún se produjo otra grata sorpresa. Era la muchachita rubia, salvada finalmente por mi padre, que con un gracioso ademán, me decía... Adiós... ¡Hasta el próximo verano, niño!

© FRANCISCO ARSIS CAEROLS (1996)
Imagen