Esta fue mi primera incursión en el terreno de los relatos compartidos, donde se construye una historia entre todos los participantes, hasta un desenlace final por el último de ellos. Me tocó el capítulo XIV.
CAPÍTULO XIV
LA VERDAD ES TAN PODEROSA QUE SIEMPRE LA CALLAMOS
Todo está sucediendo como yo quería. Aún así, de todas formas, podría acogerme a la famosa frase: “la verdad es tan poderosa que siempre la callamos”. Estoy seguro de que casi todos lo saben, saben ya la verdad, como yo sé la de ellos, pero nadie en este momento irá en contra mía, porque lo tengo todo atado y bien atado. Nadie se escapa aquí de toda esta mierda.
Así que aquellos que quieran hundirme, si lo hacen, se hundirán conmigo.
Tuvo suerte mi lucerito en el último instante. Sabía que finalmente sería ella quien sacara a Juventino del Psiquiátrico, llevándoselo consigo. No ha dejado de blandir su pistola ni un solo momento, porque intuía mi constante presencia. Lo que no me imaginaba es que lo llevaría después al domicilio del bastardo de mi jefe. Para colmo, no me dio tiempo a darle lo que se merece. Demasiada gente agolpada allí al final. Estaban casi todos, Eugenia Berdún, el capullo de mi jefe e incluso aquel inútil aprendiz de periodista con el que no pude terminar no hace muchas horas...
De todas formas, he gozado como un poseso observando los temblores de Lucerito blandiendo su pistola de juguete. Darle un tiro entre ceja y ceja hubiese sido realmente fácil, pero no exento de riesgo. Y además, le tengo reservado algo mejor, algo que debió darme hace mucho tiempo y que aún me debe esta ramera de los demonios. Esta vez no se reirá de mí, como aquella vez en el granero. Fue una suerte reencontrarla, gracias a su insaciable apetito de capullos ilustres y adinerados. Don Teodoro me hizo un gran favor, aunque ya puestos, a don Agustín, su hermano, es a quien se lo debería realmente. Gracias a él reencontré a la putilla.
Las primeras veces en que la llevé a la consulta del tío Arquímedes, el psiquiatra de la familia de mi jefe, ella no me reconoció, con esa cara empeñada en mirar por encima del hombro, y sus ojos semicerrados. ¿Cómo iba a reconocerme?
Disfrutaba como un bellaco todos los días, mientras a través del espejo retrovisor la observaba sentada en la flamante limusina, maquillándose sin cesar, repasando sus cejas, sus párpados, usando una y otra vez su pintalabios color rojo pasión. Y podía recrearme tan tranquilo, porque nunca se molestaba en observarme ella a mí. Yo gozaba intensamente por dentro solo de pensar en cual sería su sorpresa al descubrir algún día quien era en realidad el chófer de su descalabrado amante.
Y pensar que yo la quise de verdad, que estuve realmente enamorado de ella. La quería tanto que, aún a veces, en el fondo de mi alma, siento ese amor que me corroe por dentro sin cesar. Pero ese amor se convirtió en odio acérrimo, y solo la venganza podrá calmar mi destrozado corazón. Aquella afrenta fue demasiado alevosa, y con el paso del tiempo acabó con la poca cordura que me quedaba. Porque reconozco que estoy medio volado, y me hace gracia porque al final son todos estos cenizos quienes acuden a la consulta de este matasanos, que así llamo yo a todos los medicuchos, y éste en definitiva, aunque psiquiatra, no deja de ser uno más. A mí, me bastaron unas cuantas pastillas...
Lucero, lucerito, que mal te veo. Por fin llegó la hora de mi venganza. Seguro que esto no te lo esperabas. Y cada día que pasa el terror te corroe por dentro más y más. El día que me reconociste no te lo podías creer. Pero ya me preocupé de que ocurriera de la forma más excitante para mí. Esperé pacientemente a que llegara uno de esos días en que te sientes a flor de piel, aunque no pudieras comerte una rosca. Porque eres insaciable. Sin embargo, aquél día en el granero, me hiciste bien la puñeta. Yo era un títere en tus manos, y por lo visto, hacerme esa tropelía fue más excitante para ti que si hubieras echado un buen polvo. Y me duele ahora llamarlo así, cuando yo solo quería amarte, abrazarte, besarte, convertir aquello en una bella estampa de amor...
Y supe aprovechar ese día... Tus nervios te traicionaron, sentías la necesidad de follarte a alguien, porque lo llevas en la sangre. Y quien mejor que el chófer para saciar tus apetitos. Ya me cuidé de esconder mi rostro bajo la gorra. Tu furia en esos momentos daba hasta miedo, pero no a mí, incluso te veía mucho más hermosa con ese ceño fruncido. Esta vez me tocaba a mí devolverte la infamia, aunque nada comparado con lo que te espera dentro de poco. Y ya estabas pensando en lo mucho que ibas a disfrutar al cepillarte al chófer, cuando, ya casi desnuda dentro de la limusina, encendida de placer, al descubrir su rostro después de un manotazo a la gorra, me encontraste a mí, reconociéndome al instante.
Todo estaba planeado. Mi único interés y satisfacción en ese momento era observar tu rostro después de saber quien era en realidad el chófer y brazo derecho de tu amante. Un placer indescriptible, infinitamente mayor que aquél proyecto de polvo.
-¿Tú? –me dijiste con los ojos fuera de las órbitas.
-Sí, yo, tu peor pesadilla a partir de este instante, zorra -respondí, con sarcasmo, con cara de venganza consumada-. Pensaste que nunca volverías a verme después de aquella bajeza tuya, y casi lo logras, pero no contabas con esto. Me río porque incluso puede que llegaras a creer que yo olvidaría. Y te salió mal la jugada. Estoy al tanto de todos vuestros tejemanejes, querida. Todo este tiempo con don Teodoro, y gracias a convertirme en su brazo derecho, he logrado estar al corriente de hasta casi el último de los secretos de vuestro partido. Y ¿sabes qué? A mí vuestro partido me importa un carajo, porque sé que tú también estás bien metida en el meollo, y tu lío con mi jefe no fue mas que el canal que necesitabas para estar dentro. Eres terriblemente ambiciosa, y no dudas ni un instante en hacer lo que sea por tus ansias de poder.
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Y te diré que vamos a hacer -continué, crecido y decidido a rematar la faena-. Ahora mismo estás por completo en mis manos. No se te ocurra hacer algo en mi contra, porque estarías perdida irremediablemente. Para empezar, don Teodoro no sabe nada de tu reciente pasado, pero yo sí, porque he tenido tiempo de informarme bien. Si se enterara de la clase de putilla que eres, no durarías en el partido ni un minuto, y yo sé bien que eso no te interesa para nada. Aparte, por supuesto, de todos esos privilegios que ibas a perder. Estás demasiado acostumbrada a los lujos y a todas esa bisutería barata que te regala.
Sé que Juventino, el sobrino del jefe, no es un tarado. Lo que está es bien drogado y a recaudo en el psiquiátrico. Eugenia Berdún, a través de Don Eduardo, me dejó pasar un día a su habitación, y estuve hablando con él. Ese chico no está loco. Sigue creyendo que mató a sus padres, pero yo sé la verdad. Tú la sabes tan bien como yo. Tu aburrido amante te la contó, como a mí. Su lengua floja es lo más triste que tiene. Debería haber tenido más cuidado, pero claro, él confió en nosotros dos, porque un hombre, tarde o temprano, tiene que depositar su confianza en alguien, y tu y yo éramos los que estábamos más cerca. Pero no me contó el verdadero secreto de su sobrino. Mi jefe se cepilló a sus padres, si, pero fue porque sabían algo, algo quizá muy delicado de vuestra mierda de partido, y que puede dar al traste con vuestras ansias de poder, o también quizá algo mucho peor e intrigante. Y tener a Juventino culpable del asesinato de sus propios padres alegando demencia, metido en un psiquiátrico, dejaba las cosas muy cómodas.
Así que... para que veas que no soy tan malo, te voy a dar cierta ventaja. A partir de ahora quiero que recuerdes esto: Voy a por ti, como si de una caza de conejos se tratara. Pero antes jugaremos a ver quien recoge primero a Juventino de su jaula. Si lo rescato yo, lograré que me cuente todo, y si te lo llevas tú... será como ganar tiempo para ti, pero sólo para prolongar tu agonía, porque de todas formas te alcanzaré vayas donde vayas con él, y entonces cobraré mi premio. Y Juventino, de todas formas, será mío.
Y si se te ocurre hablar, te hundiré sin remedio de todas formas. Ya puedes ir pensando en como vas a parar todo esto, porque hasta disfruto imaginando qué se te podría ocurrir para detenerme. Y sólo tú tienes la culpa, tú eres quien ha llenado de locura la cabeza de este Antoñito. Tiembla a partir de ahora, lucerito, tiembla... incluso eso me excita...
Aún ahora, pasados varios días de aquella tremenda revelación para lucerito, gozo recordando su cara petrificada ante toda mi verborrea aplastante. Salió de la limusina como una sonámbula, con las piernas temblando. Por fin se había dado cuenta del tremendo error que cometió aquél día del granero conmigo. La maldigo una y mil veces, y nunca me cansaré de repetirlo.
Pero era el momento de actuar, sobre todo a raíz de los últimos acontecimientos. La cosa se complicaba por momentos, y no era cuestión de andarse con zarandajas.
Tenía a Lucero intensamente controlada, y sabía sobradamente que no iba a estarse quietecita. No tardó en visitar al aprendiz de periodista, ese al que tanto le gusta jugar a policías y ladrones. Y si algo sobra en este momento son individuos que sepan más de la cuenta. Desde luego, lucerito demostró mucha valentía visitándole, a pesar de que sus temblores de piernas no la dejan ni caminar. Ya solo le faltaba un par de guardaespaldas, dos gilipollas más en el asunto. No recibirán de ella dinero solamente, a buen seguro.
Estaba claro que el periodistillo no iba a estarse quieto, por eso debo liquidarlo cuanto antes. Esta tarde se ha librado, al igual que el otro día, pero que tenga cuidado. No sé exactamente que sabe, pero no puedo descuidarme. Lucerito no es tonta, y sabe moverse.
Y había algo más... sin duda ella había cambiado oportunamente de peón, y yo ya sabía cuál era el movimiento. Tuve mucha suerte de tropezarme con Clara, quien sin darse cuenta me lo ha servido en bandeja. Un matrimonio con problemas da mucho de sí. Y cada uno se buscó un amante. Para mí, ella, para él...
Hoy, en el fondo, no ha dejado de ser un buen día. Don Teodoro ya no es un problema para mí, porque no forma parte ya del mundo de los vivos. Y aunque no he sido yo quien ha acabado con él, sino su sobrino, todo lo doy por bueno. Sin duda, lucerito había terminado soplándole toda la verdad a Don Teodoro, es decir, que su brazo derecho era en realidad su peor enemigo. Algo no totalmente cierto, porque yo solo quería venganza, y no precisamente de él, pero había descubierto toda la inmundicia que hay detrás de este mísero partido, y es algo que no soporto.
Seguro que el capullo de mi jefe no contaba con que su sobrino estaría esperando la ocasión para cepillárselo. ¡Que inocente! No sé de dónde habrá sacado la pistola, pero al menos ha debido meterle tres o cuatro balas en su cagado corazón. Sólo de imaginar que puede haber detrás de todo esto, me hierve la sangre. Juventino sabe muchas cosas, más de las que cabría imaginar, pero sobre todo, debe tener un guardado un gran secreto, y ese lo quiero yo para mi, quiero ser el primero en enterarme solo por pura satisfacción.
Y por eso he maquinado todo este juego. Primero cazaré a mi lucerito, y consumiré mi venganza como mejor me parezca una vez que esté totalmente a mi merced, y después le sacaré a Juventino... SU SECRETO MEJOR GUARDADO...
Ella sigue sin poder hacer nada contra mí, porque yo sigo teniendo información que la pondría totalmente fuera de la organización, ahora más que nunca, gracias a Clara, a su estúpido recién estrenado amante, si, ese que se entera de casi todo en su consulta y que es amigo de Eduardo, ¿lo es, realmente? Creo más bien que no es así...
Mi plan, al día de hoy, sigue funcionando a la perfección... Pero tengo que dejar mi medicación de una vez, sigo desvariando más de la cuenta... siento que me estoy convirtiendo en un terrible monstruo... Y trato de recordar y no puedo...
© Francisco Arsis
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