Hace unos días, tuvimos la oportunidad de leer en
este periódico, un artículo firmado por el señor Junceda
Avello, extremadamente interesante; hasta el punto de
ser de lo mejor que se ha escrito en los últimos años en la prensa asturiana
por la finura en el análisis de determinados usos y gustos sociales.
Son precisamente esos usos y gustos, lo que nos
indican con exactitud la forma de ser de dicha sociedad y de los miembros que
la forman, en definitiva nos permiten dibujar una idea del hombre prototìpico de ésta, tal y cómo nos mostraba Platón en
"El Filebo", "La República" y
"Las Leyes".
Posteriormente, y siguiendo la temática inspirada por
el señor Junceda, apareció en escena un desconocido
interlocutor con ánimo de polemizar. Sin embargo, dada la endeblez
supina de su, digamos, razonamiento, tan sólo puede crear una polémica
imaginaria o de ficción. Indiquemos además que los argumentos aducidos, si así
se pueden llamar, quedan sólo en ejemplos anecdóticos, de una empiria grotesca, tópicos de una inconsistencia casi
obscena, y que, paradójicamente, no vienen sino a justificar, legitimar, y dar,
en suma, la razón a la argumentación del señor Junceda,
porque el progresismo sin sentido, como una falta absoluta de ideología, como
el que autoriza a escribir en un medio de comunicación sin saber lo que se dice
ni de qué se está hablando, a hablar por hablar, es otro de los síntomas de
decadencia de nuestra civilización occidental y corresponde a su estado de
disolución, de barbarie.
¿Y no es, acaso, barbarie confundir unos símbolos
conductuales socioculturales con la mera voluntad psicológico de comer o no en
exceso, llevar o dejar de llevar pendientes, o tener o no tener perrito? ¿No
es, a su vez, barbarie, malinterpretar una forma trascendental (en el sentido filosófico
clásico: kantiano) de argumentar como la del señor Junceda,
y confundirla con una manera empírica y psicologista
de ejemplificar? ¿No es también un síntoma de decadencia que el sentido de un
concepto propio de nuestra cultura filosófica sea hoy casi ininteligible para
el mundo postmoderno sumido en la barbarie tecnológica? ¿No son la pérdida de
las raíces, el desconocimiento de las ideas que han generado nuestra
civilización a favor de conceptos babosos, de un moralismo pusilánime, propios
del progresismo, síntomas de decadencia?
Ya en el siglo pasado, Nietzsche
definía al hombre moderno, al que llamaba el último hombre, el más nefasto de
todos, como un animal de rebaño, un animal numérico, carente de valores e
incapaz de crear nada nuevo, un ser mimético, regido por los criterios de la
masa, dominada por la ley del más fuerte.
A nuestro modo de ver, mimetismo y rebaño se conjugan
también en los tres usos que el señor Junceda analiza
en su artículo y no atreveríamos a añadir uno más: La manifestación del cuerpo
femenino en todo su magnífico esplendor; senos, glúteos y piernas al desnudo.
Lo nunca visto hasta estos último cinco o diez años. Todo ello coincide con el
brote de amaneramiento feminoide de nuestra sociedad, y del fenómeno mucho más
complejo de inversión de los valores tradicionales de nuestra civilización,
donde lo masculino fue predominante hasta los últimos decenios del presente
siglo. Ahora se impone lo femenino en todas las facetas sociales; se impone la
mujer con todas sus formas a la vista en un gesto que tiene también algo de
desesperación y de petición de auxilio ante la caótica e inédita situación en
que se encuentran tantos varones empequeñecidos, domados, como observara Esther
Vilar en su momento, y condenados a un sexo seguro y
alienado. El condottiero clásico de nuestra
civilización occidental se ha metamorfoseado en vendedor de seguros,
funcionario o ejecutivo. Que duda cabe que el hombre es una especie en peligro
de extinción. La fórmula "a menos macho, más hembra" es exacta
"de toute façón"
y no por razones psicológicas sino por el forzoso sino de nuestra civilización
que ha llegado a su final, a su ocaso: Fausto ha muerto y con él los valores
que le dieron vida, incluso la simbología de lo femenino y su modo de ser
cósmico.
Sí, por eso le animamos, señor Junceda,
a que siga profundizando en los síntomas sociales de este ocaso. ¡Avizore,
atrévase a avizorar! Pues, como bien intuye, esos usos son el reflejo de un
ocaso inconsciente en las mentes de los individuos, pero no por ello menos
real, ocaso ya anticipado por Nietzsche y Spengler y ratificado por Foucault,
Deleuze y Lyotard, todos
ellos filósofos del porvenir, que han visto en este final, en esta decadencia,
la forzosidad de la historia, una Historia occidental
que culmina en la barbarie postmoderna, de carácter fundamentalmente
tecnológico y que corre paralela al agotamiento de las Artes, la Ciencias, el
Pensamiento y los usos y costumbres, la mayoría de ellos perversos respecto a
nuestra cosmovisión clásica.
Por eso animamos a todos los que sean capaces de
desvelar en la cotidianidad, esa lógica interna de la vida histórica que no es
sino la metafísica de las costumbres, a rebelarse contra los falsos dogmas del
rebaño, contra todo lo que sea masa, valor muerto y sepultura del individuo, un
individuo que hoy es más Sísifo que nunca. Sic transit
Gloria Mundi.
Ángel Méndez (marzo de 1999)