La
nueva promesa electoral del PP --menores impuestos, mayor seguridad-- me
recuerda lo que le pasó al presidente Reagan con la curva de Laffer. En la
campaña de las elecciones presidenciales de noviembre de 1980 en EEUU,
Ronald Reagan prometía también reducir los impuestos, aumentar
significativamente el gasto militar para acabar de una vez con el imperio
del mal y reducir el déficit fiscal. No se escapaba a los responsables de la
campaña que el candidato estaba prometiendo la cuadratura del círculo.
En esas estaban cuando Jack Kemp, a la sazón director de campaña, se
encontró cenando en un restaurante chino con el profesor de economía Arthur
Laffer. Aquel encuentro fue providencial para la campaña. Porque, al exponer
Kemp sus dificultades para hacer creíbles al público las en apariencia
irreconciliables promesas del candidato, Arthur Laffer, que defendía a
rajatabla la reducción de impuestos, tiró de rotulador y en una servilleta
trazó una línea curva que crecía hasta un cierto punto y luego se volvía
hacia atrás, o sea, hacia el eje de las ordenadas. Nacía así la famosa curva
de Laffer.
La curva representaba el crecimiento de la recaudación fiscal como función
del tipo promedio del impuesto sobre la renta. Obviamente, cuanto mayor es
el tipo impositivo, más se recauda, hasta llegar a un nivel máximo de
recaudación, que corresponde a la tasa óptima de imposición. A partir de
ahí, si se sigue aumentando la tasa impositiva, la recaudación no crece,
sino que se reduce. Por eso la curva se vuelve para atrás. Laffer
argumentaba que en EEUU, en 1980 se había sobrepasado ya la tasa impositiva
óptima. Por lo tanto una reducción de impuestos podría llevar la recaudación
hacia su máximo. En pocas palabras, que al reducir los impuestos sobre la
renta se recaudaría más. Eso permitía aumentar el gasto militar. El círculo
estaba cuadrado.
La curva de Laffer tiene su lógica y es probablemente correcta, ya que con
impuestos muy elevados los incentivos para defraudar son mayores, el
esfuerzo y la inversión pueden verse reducidos y los contribuyentes,
individuos y empresas, pueden emigrar a otras latitudes de fiscalidad más
benigna. El problema es determinar, primero, si en una situación concreta se
ha pasado ya el tipo impositivo óptimo y, segundo, si realmente se da un
movimiento a lo largo de la curva que lleva al máximo de recaudación. Kemp
se tragó el argumento y se lo explicó en palabras sencillas a Reagan. Éste
ganó las elecciones, redujo los impuestos y aumentó el gasto militar para
aquella fantasía de la guerra de las galaxias. El nuevo presidente, que
había hecho campaña contra un déficit fiscal del 2% del PIB de Carter, lo
elevó en 1986 a 144.000 millones de dólares, el 6% del PIB. Obviamente la
curva de Laffer no le funcionó. Subieron los tipos reales de interés para
financiar el enorme déficit fiscal, subió la cotización del dólar y aumentó
el déficit comercial y de cuenta corriente. La economía americana tardaría
10 años en recuperarse.
El presidente Aznar parece tener una curva de Laffer dibujada ante sus ojos.
Porque argumenta con esa misma lógica. Bajar los impuestos, gastar más y
equilibrar el presupuesto, todo eso con un crecimiento raquítico, sólo es
posible si la reducción de impuestos produce mayores ingresos fiscales. En
realidad el presidente del Gobierno no se fía de esa curva, porque no baja
los impuestos. En España se cumple la segunda ley de la fiscodinámica. Los
impuestos no se destruyen, sino que se transforman. Pero a la gente se le
está vendiendo los Presupuestos para el 2003 con la lógica de la curva de
Laffer, que es la expresión seudocientífica del principio fiscal de la
derecha: "Bajar los impuestos, que todo lo demás se os dará por añadidura".