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Tribuna de Oradores

La clásica batalla del capitalismo

por Alain Minc   /   publicado en Clarín

Escándalos económicos como el de Enron no anuncian la crisis final del sistema sino el encadenamiento de repetidos ciclos de especulación y control ético.

Mal que les pese a algunos, no vivimos desde hace varios meses la crisis final del capitalismo, sino los nuevos avatares del enfrentamiento entre Joseph Schumpeter y Max Weber.

Schumpeter: el espíritu del capitalismo, la dinámica empresarial, la pasión por la creación y la pulsión del enriquecimiento, con sus compañeros inevitables: la especulación, el afán de lucro, la riqueza a veces indebida.

Weber: la ética del capitalismo, el trabajo de largo aliento, el celo, la disciplina, la satisfacción de la tarea cumplida, con el corolario de un rigor y una rectitud cuya mejor concreción era, para él, el protestantismo.

La batalla entre estos dos pensadores es naturalmente una metáfora, pero testimonia la excepcional aptitud de la economía de mercado para perpetuarse. Aparentemente, no hay nada nuevo bajo el sol, y la crisis actual parece de un clasicismo absoluto.

Una revolución tecnológica cuyos efectos económicos el entusiasmo incita a anticipar, a costa de olvidar un viejo principio: los primeros inversores se queman los dedos, los siguientes salvan el pellejo y los terceros triunfan. Una burbuja especulativa: el furor por las empresas vinculadas a los ferrocarriles hace 130 años no era muy diferente de la moda Internet. Innumerables víctimas, accionistas que, olvidadizos, esperaban al último minuto para llevarse sus ganancias. Numerosos empresarios poseídos por un orgullo desmesurado; algunos impulsados por la codicia hasta la deshonestidad.

Los excesos están en la naturaleza misma del capitalismo. A partir de ahora se inicia "el período Max Weber", es decir, la instauración de nuevas reglas en nombre del viejo principio de que el mercado y la norma de derecho constituyen el anverso y el reverso indisociables del capitalismo y de que, si el primero siempre suelta amarras más rápido, la segunda termina alcanzándolo.

En el plano de la reglamentación, cada espasmo suscita su moda. A veces, una aplicación más estricta de los mecanismos de protección de la competencia; otras veces, al menos en los Estados Unidos, la distinción entre el papel de los bancos comerciales y el de los de inversión. En la actualidad, la confiabilidad de las cuentas y la instauración de contrapoderes dentro de la empresa. Como en los ciclos anteriores, las medidas, tomadas una a una, pueden parecer irrisorias, pero, globalmente, ejercerán con dificultad su efecto.

Por último, merodea el espectro de los procesos penales: la firma que ahora se les exige a los empresarios estadounidenses para refrendar la exactitud de sus cuentas no es más que una maniobra de intimidación, pero, en un país donde no se debe bromear con la justicia, surtirá efecto. ¿Todo habrá vuelto al orden?

No, porque cada crisis del sistema se caracteriza por sus propias mutaciones. ¿Cuál fue el cambio más definitorio de la última década? La democratización del sistema de participación accionaria, su extensión a nuevas capas de la población que desconocían hasta la palabra "acción", el peso de la Bolsa en las preocupaciones de los individuos. De allí, la transformación del debate sobre la confianza. Desde Alain Peyrefitte y su sociedad de confianza, sabemos que ésta es, como el trabajo y el capital, un factor de producción. Pero ya no se trata de la misma confianza, motor tradicional de la única clase burguesa. La confianza que hace funcionar el sistema es patrimonio de la opinión pública. Los dirigentes dan batalla en este terreno con las armas de ayer, bien adaptadas a una sociedad de códigos y ritos.

Código: la administración milimetrada de las reducciones de tasas y de las declaraciones falsamente proféticas de Alan Greenspan. Código: los hechizos gratuitos de los políticos. Otro código: los floreos sobre la reducción, a menudo artificial, de los déficit públicos. En el futuro, ya no se tratará de dialogar con los actores económicos únicamente, sino con la opinión pública, es decir, con un ente social inasible y enigmático.

Desde el "punto de vista Max Weber", es decir, el de la restauración de la moral y la ejemplaridad, sin duda es necesario sancionar los desvíos más severamente que si se tratara simplemente de convencer a los que detentan el poder económico. Desde el "punto de vista Joseph Schumpeter", es decir, el de la creencia en el progreso económico y la eficacia de la economía de mercado, no existe otra pedagogía que la ejemplaridad, y, por lo tanto, la búsqueda de éxitos, a fin de contrapesar las quiebras más ostensibles.

Es ésta una situación sorprendente que hace descansar el conjunto del sistema económico en la estrecha punta de la confianza de los consumidores y los ahorristas, y ésta, en parte, en la existencia o no de un discurso colectivo inteligentemente movilizador. Una situación sorprendente que, por lo tanto, no desaloja lo político del juego económico, sino que lo transforma en psicoterapeuta. Una situación sorprendente, por último, en la que la opinión pública, ya reina de los juegos políticos, se transforma en figura tutelar del sistema económico.

Vivíamos en una democracia de opinión; ¿debemos ahora hablar de una "economía de opinión"?

Copyright Clarín y Le Monde, 2002.

Traducción de Elisa Carnelli

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