ase
lo que pase, la culpa la tendrá Lula. Y será mentira. Acerca de la situación de Brasil pueden contarse varias historias. Por ejemplo, la siguiente.
En el contexto de globalización actual los sucesos locales están fuertemente conectados con opiniones y decisiones de personas e instituciones del resto del mundo. Esto se verifica en muchos aspectos, pero en forma notable en los planos económico y político. En ese "resto del mundo" domina una opinión política agresivamente conservadora y una orientación económica enfática a favor del libre desempeño de los mercados y contraria a intervenciones públicas regulatorias o distribucionistas.
Al cabo de muchos años de gestiones locales "pro globalización", que prometieron y no lograron crecimiento rápido y mejor calidad de vida, el electorado se encuentra frustrado y procura alternativas. Emergen entonces discursos y políticos que expresan esa insatisfacción y anuncian una gestión pública diferente, enfocada en la satisfacción de las demandas de trabajo y bienestar de la mayoría de la sociedad. Estos proyectos políticos son dibujos difusos, de escasa consistencia, construidos con retazos del pasado y aspiraciones desgajadas, que conflictúan con las restricciones objetivas que la globalización les impone a las gestiones nacionales.
La inminencia del triunfo electoral de la fuerza alternativa produce los resultados esperables. Los capitales "votan con los pies", mientras emiten advertencias gobiernos extranjeros e instituciones internacionales que velan por la globalización. La economía se encuentra en una situación crítica aún antes de que la alternativa alcance el gobierno.
Puede ocurrir -como ha ocurrido en varios casos- que una vez en el gobierno la alternativa archive su discurso electoral y procure ganar la credibilidad de los mercados, las instituciones internacionales y el gobierno de Estados Unidos. Aun así, el desempeño de la economía será seguramente dificultoso, porque la credibilidad no se gana rápidamente y, más importante aún, porque deberá enfrentarse la incertidumbre que genera un gobierno debilitado por la ostensible traición a su fundamento político.
Peor le irá a la economía si la nueva gestión conflictúa efectivamente con los mercados y las opiniones dominantes, intentando aplicar medidas regulatorias o distribucionistas. En este caso, una crisis de grandes proporciones parece inevitable.
Hasta aquí la primera historia. ¿Qué podemos decir de ella? No es falsa, pero es superficial. Cuenta de un mundo plano, uniformemente regido por la globalización universal. Contemos otra historia acerca de Brasil, para que aparezcan los relieves que no se observan en la historia precedente.
El proceso moderno de globalización financiera nació hace unas tres décadas y se intensificó notablemente en los años noventa. Los países que constituyeron "mercados emergentes" en estos años siguieron diferentes trayectorias de integración financiera con el mercado internacional. Algunos aplicaron lecciones extraídas de las experiencias negativas de la primera fase de la globalización -aquellas que condujeron a la crisis de la deuda de comienzos de los ochenta-. Pusieron en práctica -no exenta de dificultades- algunas regulaciones sobre los movimientos de capital, en coordinación con un rol activo de las políticas monetaria y cambiaria. Otros países adoptaron contextos de desregulación completa de los mercados financieros y los flujos de capital, apreciación del tipo de cambio y un rol pasivo de la política monetaria. En este segundo tipo se inscriben las experiencias de la Argentina, desde 1991, y de Brasil, desde 1994.
Vulnerables
Todos los mercados emergentes son vulnerables frente a la volatilidad del mercado internacional de capitales, pero las trayectorias del segundo tipo condujeron a las situaciones de mayor vulnerabilidad. Para estos países, las relaciones de endeudamiento externo y la estructura de los balances de pagos son completamente diferentes de las de inicios de los noventa. La principal cuestión que enfrentan los países de alto endeudamiento -como la Argentina hasta el año pasado y Brasil en la actualidad- es la refinanciación de los vencimientos de deuda y la financiación de déficit externos generados principalmente por los servicios de capital (intereses y dividendos).
Estos países cayeron en trampas de financiamiento externo. De un lado, las enormes necesidades de financiamiento son el principal nexo del país con el mercado internacional. Esta es una situación proclive a las profecías autocumplidas y altamente vulnerable a cualquier fuente de volatilidad local o internacional. El mercado evalúa esta situación imponiendo altas primas de riesgo país. A su vez, las altas primas de riesgo encarecen el financiamiento externo y tienden por su lado a empeorar los índices de endeudamiento. Altas primas de riesgo implican también altas tasas de interés locales con efectos recesivos.
Los grados de libertad de las políticas económicas nacionales están, como dijimos, universalmente restringidos por la globalización. Pero en las situaciones de trampa de financiamiento, el default de la deuda y la crisis externa y financiera están a la vuelta de la esquina y la autonomía de la política económica se reduce a cero.
Hasta aquí la segunda historia. Esta transcurre en un plano diferente de la primera, pero no la contradice. Observa los detalles de los procesos de integración en la globalización y permite diferenciar los países y sus políticas.
Con relación a Brasil, la segunda historia no es más optimista que la primera. Al contrario, dice que la situación es endiabladamente complicada para Lula, para Serra o para cualquier otro gobernante que asumiera el gobierno en estas circunstancias. En realidad, la culpa no la tendrá Lula ni Serra. Pero, como fue el caso de la elección argentina de 1999, el electorado brasileño será el último en enterarse.
El autor es investigador titular del Cedes y profesor de la UBA.
Opina sobre este artículo
Arriba