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Tribuna de Oradores

Los parias de la Central
-Subsistir con desperdicios-

por Lara Ripoll   /   publicado en Masiosare

Las 800 toneladas diarias de basura que se generan en la Central de Abasto de Iztapalapa dan de comer a miles de personas, que se meten en los contenedores de desperdicios, rascan hasta el fondo y se llevan lo mejor que encuentran entre fruta y verduras podridas. Algunos les dicen rapiñeros. Otros los definen como parias. Es igual. En el fondo, ellos sobreviven con menos que el mexicano promedio (el cual, según el informe de PNUD 2002, tiene un ingreso per cápita de 9.023 dólares al día). Y, en su dieta, los desperdicios de la Central son fundamentales.

Francisco Aquino, de 32 años, y Yolanda Ortiz, de 31, son un matrimonio con siete hijos de edades comprendidas entres los cuatro y 13. Cinco de los pequeños van a la escuela y el único ingreso económico de la familia son los mil 300 pesos quincenales que gana Francisco como albañil. De ellos, mensualmente, tienen que descontar los 600 de renta, que pagan por su modesta casita en Chalco, estado de México. Francisco y Yolanda son sólo unos de tantos mexicanos que acuden a la Central de Abasto de Iztapalapa (Ceda), no para comprar, sino para buscar entre la basura que los bodegueros arrojan a los contenedores y conseguir, así, la comida con la que seguir adelante.

Van todos los domingos, bien temprano, y las dos horas de viaje y 25 pesos por persona que les cuesta el transporte les compensa de sobra porque cuando salen de la Central llevan prácticamente de todo: jitomates, cebollas, limones, papas, frutas, verduras y hasta un buen manojo de epazote fresco que Yolanda, con paciencia, ha ido seleccionando mientras su esposo y su hijo, Reynaldo, seguían sumergidos en el contenedor rascando entre los desperdicios. La mujer, vestida con un delantal que le protege su ropa de la mugre, expresa una tierna sonrisa cuando explica que con el epazote que acaba de encontrar podrá “hacer quesadillas a los niños, que les gustan mucho” y, por supuesto también, echarle al caldo de los frijoles para que le queden más sabrosos.

Este matrimonio lleva más de dos años acudiendo religiosamente todos los domingos, como si de ir a misa se tratara, a los basureros de la Central de Abastos por una única y sencilla razón: “El dinero no nos alcanza, por eso todo lo que salga bueno nos lo llevamos y sólo compramos jabón, azúcar, aceite...lo que no encontramos aquí”, comenta Yolanda, quien no puede aportar dinero a la maltrecha economía doméstica, porque suficiente trabajo tiene ya con hacerse cargo de su numerosa prole.

Tímido y como no queriendo interrumpir en la minuciosa tarea de selección que lleva a cabo su esposa, Francisco se acerca hasta el borde del contenedor para darle a su hijo unos cuantos pimientos morrones que, esta vez, se han salvado de la quema. Es un trabajo en cadena que, en su opinión, aún tendrán que hacer semanalmente, sin vergüenza y con la cabeza bien alta: “No, no nos da pena agarrar de la basura porque es para comer mi familia y yo”, se calla un momento, reflexiona y añade: “¿Pena? Pena si tuviera que ir a prisión por robar, pero todo está caro y no vemos que las cosas mejoren para los trabajadores y menos con los políticos que tenemos, sino que todo empeora y uno debe andar inventando”, concluye, antes de adentrarse de nuevo en el contenedor verde, donde los barrenderos acaban de echar más posibles víveres.

La complicidad de los barrenderos
Cada uno de los 15 kilómetros de pasillos de la Central, el centro de acopio y distribución de alimentos más grande de Latinoamérica y que representa 51 veces el espacio del Zócalo capitalino, cuenta por lo general con cuatro barrenderos, cuyo salario medio es de entre mil y mil 300 pesos quincenales. Verónica García lleva 10 años trabajando como barrendera en la Central, mercado que genera más de 70 mil empleos directos, desde bodegueros hasta carretilleros, que atienden a las 350 mil personas que diariamente visitan sus instalaciones, según los datos oficiales de la Ceda.

Y Verónica, aunque no es una rapiñera o carroñera, como se conoce a la gente que saca comida de los contenedores, siente una cierta complicidad, y se podría decir que hasta solidaridad con ellos, tal vez porque, reconoce, “a veces” también agarra alguna que otra cosa, “porque se tira mucha comida que se puede aprovechar y una se ahorra unos pesitos, ¿sabe usted?”

La mujer, parlanchina y con ciertas dotes de mando sobre el resto de los compañeros de pasillo, se apresura a advertir que hasta la dura tarea de sacar comida de los desperdicios “se ha puesto difícil para la pobre gente”, por culpa, entre otros, de ellos mismos, de los barrenderos. “Casi no los dejamos, porque algunos sacan la basura y nos la dejan ahí. Pero a muchos ya los conocemos y llegamos a acuerdos para que escojan lo que quieran, y lo que no, lo regresen al basurero y así todos contentos”.

Sin embargo, otras veces, los problemas y las broncas que se ven obligados a sufrir los rapiñeros los generan ellos mismos. Porque aquí no gobierna la igualdad, sino el poder y la autoridad logrados en este caso a base de años o de fuerte carácter. Y, por supuesto, entre los contenedores de Iztapalapa hay jerarquías “y mucha violencia, se pelean cuando ven que no alcanzan las cosas, se están gritando, te dicen groserías y ya no dejan meterse a nadie que no sea de los suyos”, asegura Elsa Martínez Barrios, que a sus apenas 23 años ya tiene cuatro hijos, la más pequeña una bebita de seis meses, que protege amorosamente entre su pecho, tapada con una frazada, “para evitar que se enferme con tanta suciedad”, afirma inocente.

Elsa lleva años recorriendo esos pasillos. Primero lo hacía con su mamá, quien tiene otros cinco hijos más pequeños y sigue acopiando comida para después revenderla. Pero ella ahora ya va sola, con su niñita, de ocho a 12 de la mañana, cuatro días a la semana. Los mil 500 pesos mensuales del sueldo de su esposo “no dan” y agarrando comida de la Central tiene calculado que se ahorra unos mil pesos, que puede destinar “a la educación de los niños”. Ella sólo cursó hasta tercero de primaria, pero su ilusión era ser policía “para poder ayudar a la gente y evitar que maltrataran a los indefensos, sobre todo a los niños”.

Elsa es creyente “en todas las vírgenes e imágenes” habidas y por haber, asegura con rotundidad, pero aún así no puede evitar hacerse la pregunta: “¿Por qué Dios nos hizo tan diferentes cuando deberíamos ser todos parejos?”, medita en voz alta mientras deambula por los pasillos centrales donde las bodegas rebosan apetitosa mercancía y el dinero se maneja con rapidez.

Macrocosmos de contrastes
Y es que la Central de Abasto es, sin pretenderlo, un macrocosmos de todas las clases sociales y económicas de México. Allí conviven, separados sólo por unos metros de distancia, la gente que rebusca en la zona de carga y descarga junto con el acaudalado comerciante, que posee alguna de las más de 3 mil 700 bodegas de frutas y legumbres, abarrotes y víveres, en las que se genera, según cifras de la Ceda, un movimiento económico anual superior a los 8 mil millones de dólares, monto cercano a lo que entra al país por concepto de remesas, de acuerdo al Banco de México (en el primer semestre del año: 4 mil 753 millones de dólares).

Josefina García Gutiérrez, de 50 años, sin esposo y con cinco hijos en su casa, de los 10 que tiene, sobrevive con 600 pesos semanales que gana haciendo comida y obtiene sus alimentos de los desperdicios de la Central. Josefina es de las que, en la práctica, no estaría representada en el pasado informe del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) 2000, que en México situaba el Producto Interno Bruto per cápita en mujeres en 4 mil 112 dólares frente a los 11 mil 365 en hombres. Josefina, más bien, es un ejemplo del fenómeno que, en los últimos años, en todo el mundo ya tiene nombre: feminización de la pobreza. Y es que los más pobres entre los pobres, mayoritariamente tienen rostro de mujer.

Mujeres que como Josefina o como María Silva Cruz, indígena de la Mixteca alta, en un momento de sus vidas se quedaron sin esposos y ellas solas sacan adelante a sus familias. María llegó a la Ciudad de México hace tres lustros y, a pesar de que dos veces a la semana tiene que ir a rebuscar en los contenedores de la Central para alimentar a sus cinco hijos de entre 10 y 15 años, no quiere volver a su pueblito de Oaxaca. “Allá pura tortilla con sal es lo que hay, aquí al menos consigo comida y de vez en cuando trabajo”, comenta, mientras arregla en una caja las papayas semi podridas y las espinacas que ha logrado sacar del contenedor. Pero no todas opinan igual que María. Otra indígena, una de las muchas que se ven en Iztapalapa, arribó a la capital “para trabajar decentemente y no para sufrir”, exclama molesta al ser interrumpida en su personal lucha contra la miseria, convertida ahora en motivo de artículo periodístico.

Con su mirada lo dice todo. No se trata de vergüenza ante los demás, sino de respeto a su dignidad como seres humanos y ciudadanos, que hipócritamente se les suele vulnerar con juicios de valor fáciles y que ellos, sabedores, intentan evitar. Es el caso de Juliana de Jesús, de 40 años, y con cuatro hijos que no saben de dónde provienen sus alimentos. “Mis hijos, sobre todo el mayor de 16 años, se enojaría mucho si supiera de dónde sale la comida de la casa y sé que le daría pena con sus compañeros de la escuela, por eso vengo sola”, explica mientras sonríe al ver que un bodeguero tira un costal con lechugas, que prácticamente le caen encima, pero que a ella seguro que alguna le servirá para una ensalada.

Mujeres, familias, historias similares que se reproducen a diario en cada contenedor de la Central de Abasto de Iztapalapa. Pobres entre los pobres en una ciudad superpoblada y con presencia en aumento de inmigración procedente de las zonas rurales. Todos ellos podrían pertenecer a la casta ínfima de los hindúes que siguen la ley de Brahma y entonces se les llamaría parias. Pero, simplemente son mexicanos excluidos de las ventajas y del trato del que gozan los demás, y, como tales, bien podrían ser los parias de la Central.

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