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EL PLACER DE MORIR AHOGADO
Michelle Morales
Habéis vuelto a escontraros a vosostros
Mismos, saliendo de las aguas profundas. Las
Ropas son una pequeña pérdida, cuando uno se
Salva de morir ahogado...
Tom Bombadil en El Señor de los Anillos
—Sí, arrojadla, es una arpía.
—Matadla, es ella quien enferma a mis reses.
—Por piedad, dejadme ir, no soy una hechicera, soy inocente.
La joven de apenas veinte años imploraba con la sangre escurriendo de sus labios. La muchedumbre a uno cuantos metros del lago Nurmi, miraba perturbada, pero vigorizaba la idea con gritos y exclamaciones contra ella
—Tendréis que probarlo. Si flotáis, es que sois una bruja, de lo contrario nos habremos equivocado —exclamó con aire prepotente el herrero del pueblo, que la tomaba de los brazos para anudar sus muñecas.
—Dejadla ir, es mi hija, lo único que me queda, ella no es bruja.
—Su madre también es bruja, lo sé, Danien me lo dijo, ella le enseñó.
La voz azarada, afectada con un fingido miedo, emanó de Stelio Bendorff, un niño de siete años, quien hizo la firme acusación sobre Danien, de ser bruja. Mientras ella urdía una pomada para su padre, quien agonizante, sufría de ardores en la piel, con llagas y heridas profundas, Stelio la espió. Danien se percató de los ojos atisbadores del pequeño, y prefirió invitarlo a pasar. Él no se negó a entrar a la casa, para después tener la oportunidad de interrogar a Danien sobre lo que preparaba. «Es un ungüento que mi madre me enseñó a mezclar para el alivio de las heridas de mi padre», contestó con indiferencia. Sin embargo, comentó que él moriría a pesar de los cuidados. Su padre falleció al día siguiente.
—Ella prepara ungüentos. Y adivinó que su padre moriría —prosiguió acusando Stelio.
—Es una bruja. Matadla. “A la hechicera no la dejaréis que viva”, la Biblia lo dice —gritó una mujer de la multitud.
—”No seréis agoreros, ni adivinaréis”, la Ley de Dios lo proclama —alguien más le contestó.
Los dos hombres se abalanzaron sobre la madre de la joven para proseguir con lo indicado en una ordalía de agua. Danien, yacía bocabajo sobre la árida tierra. El herrero la asió de los cabellos rizados color arena, zarandeándola de un lado a otro. Sus manos ya se encontraban anudadas, reposando sobre su vientre. De súbito, y entre resuellos, el hombre le despojo del camisón ensangrentado, para después amarrarle los tobillos. Con preces y lamentos, madre e hija fueron arrastradas hasta la orilla del lago. Danien casi desfallecida a causa de los golpes, y la madre tragándose la tortura a la que se veía sometida.
—Ahora, lo sabremos. Arrojadlas, ¡ya!
Pasados algunos minutos el gentío seguía ahí en silencio, esperando una respuesta, como si fuese a venirles del cielo. El agua burbujeaba y, de pronto, se hizo un vacío para sacar a flote el cuerpo sin respiración de la madre.
—¿Lo veis?, ¡era una bruja! —advirtió el niño orgulloso de su hazaña.
Esperaron dos cuartos de hora, y no existía señal alguna del cuerpo de Danien. La muchedumbre empezó a murmurar hasta crear un escándalo. El pueblo se reprochaba de la muerte de una mujer inocente, sintiéndose culpable. Decidieron mantener en secreto el hecho injusto que acaban de cometer, y todos regresaron a sus casas apesadumbrados.
***
He roto con la quietud de la uniformidad del agua. Humedézcome lentamente con suaves caricias gélidas, mojadas, anquilosantes. La pesadez del líquido transparente inmovilizando mis apéndices, y la soga que llevo en pies y manos impídeme recoger aire. Estoy al fondo del lago, he tocado tierra, y quédome bocabajo. ¡Asfixia!, mis pulmones llénanse de agua, mientras busco liberarme de ataduras. Oprímeme un dolor intensísimo el pecho, cual si infinidad de troncos cayesen sobre mí. La cuerda ha adquirido un color verdoso, pudriéndose con rapidez, para después romperse... Estoy libre. Enderézome para nadar a la superficie antes de perder el último hálito que atesora mi cuerpo. Una miríada de burbujas, que nacen de mi borboteo angustiado, obstaculizan mi vista. Apenas muevo los brazos y fórmase un vacío bajo mis pies, una vorágine me hala, negándome la salvación. Estállame el pecho. Pataleo e insisto en salir de ahí, invádeme la angustia y mi cuerpo está falleciendo. Conquístame este lago maldito en lo profundo de mi ser. Desvanézcome.
Un ataque de tos despiértame con sobresalto. De mi boca nacen nuevos ríos, paridos con sangre de mí. Cesa el dolor de mi pecho y garganta. Con mis nudillos froto mis ojos y dispóngome a levantarme de la tierra, ahora fango. Incorpórome un tanto agotada y con frío. La desnudez oblígame a cruzar los brazos sobre mi pecho. La caverna no tiene salida, está ambientada con una luz violácea, extraña. No hay nada, sólo piedra y greda, hállome sólo yo. De pronto a mis oídos llegan murmullos, voces agudas quebrando el silencio, susurros candentes. Giro sobre mis talones, intentando adivinar de dónde provienen. A mi costado derecho la pared de piedra comienza a respirar. Transfórmase en líquido, cual azogue brillante. Entre pulsa-ciones, contornéase una silueta femenina en su superficie. Un brazo, que estírase rompiendo la pared de piedra acuosa, y sale de ahí la figura desnuda. El cuerpo está tapizado de arrugas y carga con una giba. Basta con que la contrahecha mujer déjese ver, para que las demás síganle. Infinidad de ellas cruzan la pared, desesperadas. Se forman a mi alrededor, hembras hambrientas, rubias, castañas, pelirrojas, bellas y feas, gordas y delgadas, viejas y jóvenes. Corean todas al unísono: «Hexe, Hexe, mía Hexe». La anciana permanece muda, ajena y distante a la caterva demoníaca.
La vieja, quien fuera la primera en salir, acércaseme. Permanezco quieta, con mis brazos aún cubriéndome los senos. Olisquéame; acaríciame el cuello, retirando mi cabello. La mujer respira por encima de mi piel, inclina mi cabeza hacia un lado. Descansa sus labios en mi cuello. No opón-gome yo a su beso. Un dolor abis-mal invádeme; aquella mujer muérdeme con una fuerza endemo-niada, arrancándome un pedazo de carne. Caigo al suelo, y con la mano trato de detener el sangrado y contener mi dolor. Desde el piso veo yo a la anciana sosteniendo mi carne con los dientes, mi piel en jirones asomando de entre sus labios. Empienzo a gritar y las demás mujeres acércanse demasiado, sujétanme de los brazos, para después dentellearme en todo el cuerpo. «Hexe, Hexe, mía Hexe», continúan su letanía. Una niña tarasquéa mi pezón, desgajándolo; otra introduce su longa uña por el orificio que ha quedado en mi seno, para remover la carne, sacarla y deglutirla. Otras desprenden el vello de mi pubis y axilas. Las jóvenes desenráizanme el cabello con fieros tirones. Todas atácanme, degustando mi ser. Escúlpenme, cual si fuese yo una piedra, réstanme parte de mis huesos, carne, y alma. El dolor ya no existe, la perturbación bloquéame los sentidos. No hay sufrimiento, sólo consternación. Sin embargo, no he soportado tal impresión. Mi desmayo es prueba de esto.
Recupérome, estoy sola. Es extraño, desconózcome; vuelvo en mí sintiéndome otra. Veo a mi alrededor y el lugar paréceme todavía más enorme. A mi lado yace un vestido de niña, color violeta. Ahora es mío.
***
La niña llegó de la nada. Era huérfana y la familia Bendorff decidió darle asilo en su hogar. Era pequeñita, frágil y de cabellos obscuros, negros como la noche. Hizo buena amistad con Stelio, el único y pequeño hijo de la pareja.
Stelio la halló a orillas del lago Nurmi, cuando regresaba de jugar en el bosque. La vio allí, de cuclillas frente al lago, con una varita en la mano. La niña vestía con un camisón violáceo, no más. Ni adornos, ni collares, sin pei-nado alguno. Sus pies descalzos eran suaves y lindos, sin cicatrices ni heridas. Pero estaba hú-meda. Stelio se detuvo a un costado de la niña; ella lo miró y le sonrió, dando pasó a que él le preguntara:
—Hola. ¿Estáis perdida?
—No, sólo he per-dido yo a mi familia. Y me llegué hasta aquí.
—¿Por qué estáis mojada?
—Porque arribé nadando, por el lago.
—Y, ¿qué ha pasado con tu familia?
—Murieron.
—Y vos ¿tenéis un nombre?
—Danien, y tengo ocho años.
—¡¿Danien?!
—¿Por qué os sorprende?
—Porque yo tengo la misma edad, y hace un año que una amiga mía murió, y llevaba el mismo nombre que vos.
—Y, ¿de qué murió?
—No sabía nadar, y cayó al lago. Se ahogó.
Danien era bastante sosegada, y tanto los padres de Stelio como él preferían no preguntar sobre su pasado, porque las preguntas le transformaban la mirada tierna y dulce en una dura y penetrante, incómoda. Su educación impresionaba a cualquiera, al igual que su belleza perfecta, como hecha a mano. Blanca y delgada, con ojos grandes y brillantes; los cabellos lacios, largos y delgados, le daban un toque mágico. Stelio estaba fascinado con la compañía de Danien, le encantaba jugar, caminar, incluso guardar silencio junto con ella. La niña era algo displicente con él, sin embargo no lo rechazaba.
—Stelio, ¿te gustaría volar?
—Sí, pero es imposible.
—No si me tienes a mí. Yo sé cómo.
—¡No es verdad!, ¿cómo?
—Si quieres saberlo tendrás que ganarte el secreto.
—¿Qué debo hacer?
—Sólo tienes que mantenértelo en silencio.
Ambos esperaron al día siguiente a que la casa estuviera vacía, para preparar lo necesario. Danien sólo daba las indicaciones a Stelio. La olla de agua ya estaba hirviendo y tenían que apresurarse, puesto que no contaban con mucho tiempo para estar solos.
—Primero agrega el beleño, después diez pizcas de estramonio, dos ramas de culantrillo de pozo. ¡Agita! Ahora cuenta hasta diez y vierte la belladona, el pie de cannabis, y agita de nuevo. Deja que el líquido se inmovilice y entonces agrega los polvos de cantárida. Ya casi terminas —la niña indicó sentada en la cornisa de la ventana, moviendo sus piecesitos, distraída.
—Y ahora, ¿qué tengo que hacer?
—¡Ah!, no desesperes. Déjala que se enfríe. Tardará un rato y, entonces, se endurecerá. Te lo has de poner bajo la lengua y tú mismo verás los resultados. ¿Entendiste? Yo, por el momento, tengo que ir a buscar el complemento a tu menjunje. Aguarda a que se enfríe y te lo pones de inmediato; de no ser así, no servirá.
Danien salió por la ventana de un salto. Corrió al lago y lanzó una media que había robado a Stelio. El pedazo de tela quedó en la superficie. Ella metió su mano al agua y dijo “Hexe, Hexe, mía Hexe”. Al instante un vacío se formó bajo la media y la tragó el agua. Danien corrió al pueblo, llegó a la plazuela gritando: «¡Auxilio, auxilio, Stelio prepárase ungüentos para volar!, ¡es un brujo!». Tanto hombres como mujeres, aterrorizados y sorprendidos, corrieron a casa de los Bendorff. Stelio estaba colocando la pomada bajo su lengua.
—¡¿Lo veis?, os lo dije. Es un brujo!
Stelio, con premura, ocultó la mano en la que aún tenía rastros de ungüento. Miraba temeroso de un lado a otro de la habitación mientras el herrero se abría paso dentro de la casa de los Bendorff, apartando al niño y una silla con violentos manotazos. Cuando llegó hasta la mesa que estaba junto al fogón, vio un perol que despedía un olor funesto. En el tablón notó trazas de hierbas y tomó unas hojas al azar, pasándoselas por la nariz.
—¡Belladona! —gritó acusador, entornando los ojos cuando volteó para encarar al resto de los adultos que esperaban en la puerta; al mismo tiempo indiciaba al niño indefenso, que tenía frente a él—. ¡Es un brujo! —luego, se volvió con aire triunfal hacia la marmita que descansaba cerca del fuego—. ¡Y esa, esa es una pócima malsana!
—¡Sí, hemos de arrojarle al lago!
—¡Pero si yo no soy un brujo! —gritó el chiquillo, con el miedo atenazándole las palabras—. ¡No sé de que estáis hablando!
—Tendrá que comprobarlo.
El herrero del pueblo, como siempre, fue quien tomó de los brazos al niño, llevándolo a rastras hasta el lago. Los padres llegaron en seguida, pero no pudieron hacer nada para salvarlo. Stelio, lloraba. Ya todo estaba listo. Danien se acercó a su compañero de juegos, antes de que lo arrojaran al agua, y le susurró al oído: «Ahora sabrás de dónde he venido», lanzándole, después, un escupitajo en el rostro.
La multitud gritaba enardecida. Los padres lloraban, mientras, entre el herrero y otro hombre, amarraban de pies y manos a Stelio. Uno lo tomó de las piernas y el otro de los brazos, meciéndolo para lanzarlo al agua.
— Uno, dos y... ¡Tres!
El niño salpicó, con enormes goterones, el pasto y la tierra seca. Se sumergió lentamente. Danien susurraba: «Hexe, Hexe, mía Hexe». Pasaron veinte minutos, el pueblo aún aguardaba. De pronto se formaron burbujas de aire bajo la superficie, y salió a flote el niño, sin ropas, desamarrado. Al momento de salir, dio un fuerte respiro y abrió los ojos. El padre se lanzó al lago para sacarlo. Todos se acercaron y comprobaron que seguía con vida.
—¡Está vivo!, ¡es una criatura del demonio! ¡Quémenlo! —Danien gritó fingiendo estar asustada. El pueblo creía lo que veía, y lo que ella decía.
—Sí, quémenlo, la Biblia lo manda.
—No, es inocente, él no ha hecho nada —la madre suplicaba.
—Yo no soy brujo, por piedad dejadme ir, ella es la bruja, me ha engañado. ¡Es una venganza, allá abajo viven las arpías, la Hexe! ¡Misericordia, por el amor de Dios! —Stelio abogaba por su vida, pero nadie deseaba creerle. Algunos de los habitantes del pueblo, apartaban a los padres.
—¡Callad! ¡No pronunciaréis el nombre de Dios en vano! —el herrero le soltó un puñetazo en la cara a Stelio, quien perdió entonces el sentido.
Entre todos los habitantes del pueblo prepararon la hoguera. Stelio seguía incon-sciente, sin embargo ya lo habían amarrado a la estaca rodeada con leña. Danien se acercó, con rostro de profunda tristeza, pero su mirada era fría, cruel y determinada. Con lentitud, se acercó al pequeño, quien seguía inconsciente, y hacién-dole la señal de la cruz sobre la frente, le dijo:
—¿Has tragado de-masiado ungüento? Otro desacierto Stelio, eso te mantendrá la encarnadura por mucho tiempo, pero no será muy plácido. Ya lo verás cuando despiertes.
***
El herrero dio comienzo a la odalía. La luz del fuego se extendió bajo los pies del niño, quien ya recuperaba el sentido. Asustado, co-menzó a gritar ruegos desgarra-dores. Danien lo observaba fijamente, con mirada penetrante. El fuego avanzó por las piernas de Stelio, quien daba alaridos de dolor.
—¡No, lo siento Danien! ¡Perdóname por el amor de Dios! ¡Apiádate!
El fuego le en-vuelve todo el cuerpo, su piel se derrite como la parafina. Los músculos rosados le brillan. Su carne viva, durará mucho más tiempo en las llamas. Sigue consciente, no morirá. No aún.
—Te lo dije. Que no sería de tu agrado —Danien, le advierte a Stelio, sonriendo con malevolencia. Las llamas comenzaron a hacer burbujas en la piel del niño, abrasando su cuerpo, lamiéndole las piernas y los brazos. Su cabello ardía en una viva llamarada, mientras un ojo botaba de la cuenca a causa del calor y parece observar a todos los ha-bitantes del pueblo. El globo ocular viscoso, que no se desprende por com-pleto revienta, dejando escapar un líquido verde-gris, nauseabundo, con la consistencia de la brea y que se escurre por la calcinada mejilla, cual lágrima nefanda.
Todo el pueblo está absorto ante el cruel suplicio. Danien, sabe que este es el momento preciso, se arranca un mechón de cabello azabache, los deja caer en la cubeta con alquitrán sin que nadie lo note y, después, afectada de enormes sollozos, se acerca al herrero diciendo:
—¡Esa pobre alma ya sufre demasiado, ponedle más pez a la hoguera!
—La pequeña tiene razón. ¡Es demasiado! —grita alguien entre los ahí reunidos.
El herrero del pueblo se acerca, cubeta e hisopo en mano, para añadir más aceitadura al torturado, pero Danien, disimuladamente, le ha metido el pie para derribarlo. El hombre cae en la base de la hoguera, derramándose el contenido de la cuba, esparciéndose alrededor del fuego y manchando el pecho del herrero. Sus ropas se prenden con las llamas. El hombre corre, quejándose aterrorizado. Alguien le da azotones con un trapo, para acabar con la intensa flama que lleva en el cuerpo, pero no resulta. La lumbre se aviva más, y el trapo con que lo golpean, se contagia de fuego, al igual que al hombre que lo abanica. La hoguera deja de serlo, las llamas comienzan a esparcirse hacía abajo, hacia el pueblo, como si la brea derramada fuese una cabellera ardiente, en cuyos filos se aprecian destellos de fuego negro. La gente retrocede aterrorizada ante la escena.
Stelio ya no está incendiado. Su cuerpo es puro músculo, músculo vivo... Aún respira.
La brea, convertida en obscuros destellos, avanza por doquier seguida de las fieras llamas, creando una senda llameante hacia las chozas, contra la gente; acorralándolos, envolviéndolos. Conforme se van prendiendo corren al lago Nurmi. Por instinto, se lanzan dentro de él para apagarse el calor ardiente. Los únicos que quedan en el pueblo, invadido por completo por las llamas, son Danien, Stelio y el cadáver del herrero, que aún arde.
—Estáis condenado a morir eternamente, y no soy yo quien piensa bajaros de allí —Danien da la media vuelta y se retira. Llega a la orilla del lago y observa a todos los hombres, niños y mujeres lamentándose dentro del agua. Ella se despoja de sus ropas, se inclina y sumerge sus manos en el agua.
—Hexe, Hexe, mía Hexe.
En el agua se forma una enorme espiral, creando un vacío. De pronto sube más, rodea por encima a todos los que están en el lago, y repentinamente se encoge y desaparece para tragárselos. Después, Danien se lanza de cabeza al espejo líquido, abriéndose paso con las manos, cortando el agua...
Retornando a casa.
***
La caverna violácea no está vacía como antes, hay suficiente comida, de todos los tipos.
—Muy bien, Danien. Aprendisteis todo... Os habéis portado a la altura —dijo la anciana, mientras acariciaba el cabello negro de la niña.
—Es lo menos que podía hacer por vos, Hexe —Danien señaló a su alrededor, donde cada una de sus hermanas se alimentaba con la carne viva de todo un pueblo.
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¿QUÉ ES MÁS FÁCIL DECIR?
Alfonso Franco
¿Qué es más fácil decir:
Tus pecados te son perdonados, o decir:
Levántate y anda?
(Lucas, 5:23)
Rezaba encuclillado frente al cuerpo. Puso sus manos sobre el pecho del niño muerto; los mismos dedos que entraron en las llagas de los pies y de las muñecas de su Maestro, la misma palma que tocó Su costado.
A pesar de que su tacto había tenido la prueba, el pulso aún le temblaba.
El sudor caía en su frente desde el cabello seboso, la madre del niño no dejaba de llorar. Eso le molestaba, más de una vez estuvo a punto de callarle la boca de una bofetada.
Unas palabras vinieron a su mente: “... todo lo que pidan a mi Padre en nombre mío...”; eso, y la noticia de que Pedro había resucitado a una mujer hacía pocos días en Jope, le dio un poco más de confianza.
Cerró los ojos, trató de concentrarse e ignorar los sollozos de la mujer.
—Señor, permite que sea por mis manos que esta gente crea en ti —dijo en voz baja para que sólo Él lo escuchara.
De repente, una sensación cálida en su espíritu calmó los nervios, detuvo el sudor, llenó de paz el corazón de Tomas. Luego supo que el Señor lo escuchaba y asentía.
Entonces se puso de pie, recordó cuando Jesús resucitó a Lázaro, e imitando Sus gestos volteó la mirada hacia arriba, hallando sólo el techo; resolvió mejor mirar por la ventana, varios vecinos vigilaban la escena impidiéndole a sus ojos encontrar el cielo. No sabía que eso nunca importa. Volvió a ponerse nervioso.
Por fin se decidió, tomó una buena bocanada de aire y abriendo los brazos dijo:
—Levan... —dudó otra vez, como cuando le dijeron que el Cristo había resucitado—... levánta... te —dijo con la voz insegura y temblorosa.
Sólo pasaron unos segundos cuando el jovencito tendido en el suelo comenzó a convulsionarse. La gente dejó escapar una exclamación; la madre se abalanzó sobre su hijo y luego se echó ante los pies de Tomas.
—Párate del piso mujer, que yo no he hecho nada; ha sido el Hijo del hombre —dijo el apóstol dejando el crédito para Él que lo merece, aunque sintiéndose muy pagado de sí mismo.
Pronto la gente comenzó a llenar la habitación, todos querían tocarlo.
Como pudo salió de la casa, pero la pequeña muchedumbre seguía tras él.
Una vez afuera Tomás les habló. Por primera vez la gente parecía escucharlo.
Predicó por algún tiempo, les contó el pasaje de la Cena, habló del mensaje de Jesús, de Su muerte en los dos palos. De cómo había resucitado.
La noche calló sobre la pequeña villa. Tomás pasó a la casa del niño recién renacido antes de irse a dormir, antes de partir en la mañana hacia Chipre para reunirse con sus hermanos.
Al entrar encontró a la madre viuda sentada a la mesa, Tomás pidió ver al niño y fue conducido hasta el lecho en donde el infante dormía.
El sacerdote de la nueva iglesia acarició con ternura los cabellos del infante. “Dejad que los niños se acerquen a mí...”, recodó dibujando una sonrisa entre sus barbas canas.
El segundo pase de la mano por los cabellos despertó al pequeño. Tomás lo miró, el niño tenía los ojos muertos, la lengua tullida, la comisura de los labios resbalosa de saliva en plena efervescencia, las narices untadas de moco.
El resucitado emitió sonidos guturales y sin sentido, extendió la manita contrahecha hacia la cara asustada e inmóvil del apóstol, tratando de herir con sus pocas fuerzas, de vaciar sin éxito las cuencas en donde reposaban los ojos incrédulos del cristiano.
Tomás se apartó, sabía que algo estaba mal, y sabía que era su culpa; el titubeo, esa maldita y eterna duda, esa cobardía innata.
La madre comenzó a gritar pidiendo ayuda, la gente del pueblo salió de sus casas y atendió a la única frase entrecortada de la mujer; “¡hay un demonio en mi hijo!”, decía.
Tomás no supo qué hacer, lo único fue salir corriendo, internarse en la oscuridad que circundaba el poblado. Temblar de miedo.
*****
A la mañana siguiente Tomás despertó encogido de frío, con las ropas mojadas de miedo y un sabor horrible en la boca. Estaba algo lejos del pueblo, había corrido muy rápido la noche anterior.
Se puso de pie y fue acercándose lenta y sigilosamente a las casas; escuchaba demasiado silencio para esa hora en la villa. No veía movimiento.
Escondido, llegó hasta el primer edificio, hurgó por las ventanas. Nadie.
No escuchaba un solo ruido, eso le dio confianza para salir de detrás de las paredes y caminar con libertad. Siguió unos cuantos pasos más; el pueblo continuaba mudo, sin vida.
No entendía. Decidió ir hasta la casa de donde salió corriendo la noche anterior. Al dar el primer paso tropezó con una carcaza y algunas gotas de sangre. Continuó caminando sin darle importancia. Un olorcillo chistoso llenaba sus narinas a cada paso.
Cambió de dirección para llegar a su destino. Al doblar a la derecha en una de las construcciones, sus pasos se detuvieron en seco; se llevó la mano izquierda a la nariz y a la boca para no dejar pasar el olor, que ya se había hecho insoportable, y la diestra a los ojos, para impedir que su vista se llenara con la imagen de los cadáveres humanos esparcidos por todo el sitio, esperando su turno, aguardando el hambre.
Un fuerte ruido lo obligó a quitar la obstrucción de su mirada; venía de casa del niño. Con cuidado se acercó y rodeó la construcción para mirar por la ventana lateral.
Otro eco resonó; ahora de cerca, Tomás no tenía duda que era un golpe. Se asomó por la ventana. Ahí estaba el niño, tenía una piedra en la mano con la que golpeaba la cabeza del cadáver de su madre. Luego, comenzó a comer la materia antes resguardada por el cráneo.
Tomás dio un paso atrás y dejó escapar una leve expresión de espanto, suficientemente fuerte para que el infante lo oyera.
Los ojos del resucitado voltearon hacia el orificio en la pared; una sombra había echado a correr.
Con una velocidad sorprendente, el niño se levantó y saltó por la ventana en persecución de Tomás. Pronto el pequeño, totalmente recuperado de los músculos tullidos, alcanzó al apóstol; lo derribó.
Tomás forcejeó como pudo con la mutación humana, pero la fuerza del niño venció.
Cuando el infante lo tomó del cuello para estrangularlo, el cristiano sacó fuerzas de flaqueza y pateó al niño en los genitales, pero era inútil: el chiquillo era inmune al dolor o su miembro estaba muerto.
—Aveces es mejor sólo perdonar los pecados —dijo a Tomás una voz desde el éter, consiguiendo también hacer que el niño quitara sus manos del cuello del cristiano para taparse los oídos.
—¡Sal de ahí, demonio! —dijo Tomás entre tosidos, con una mano en su cuello y la otra señalando hacia el niño, que instantáneamente empezó a batirse en movimientos salvajes.
Entonces, Tomás recogió una enorme piedra; después la dejó caer sobre la cabeza del pequeño.
—Tus pecados te son perdonados —dijo como un susurro de alivio. Luego, tomó sus cosas y se fue hacia Chipre, pero ya no halló a sus hermanos.
No quedó ningún testigo, entre los veinte habitantes en la villa, para dictar el hecho a nadie. Él tampoco dijo nunca nada.
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ALREDEDOR DE LA MUERTE
Gerardo Horacio Porcayo
Sus oscuras mansiones, volvió a pensar. A imaginarlas con detalle. Centrando toda su energía en la ensoñación.
Tratando de construirlas.
Abrió sus ojos y la decepción circuló por sus venas.
Tanto desear la muerte. Tanto convivir con ella. Su vida había sido un acto de seducción total. Elegir caminos, carrera, rutas citadinas, el mismo vehículo. Todo estructurado como un gran poema. Como una plegaria diaria.
Tanto rezarle, leer sobre ella. Y lo único que obtenía era este falso paraíso, este falso edén que de vez en cuando crepitaba en pixeles, que dejaba translucir el mundo fantasmagórico en que se había transformado la realidad.
Enfermeras. Techos acépticos, superponiéndose a esa larga estepa, a los remansos del río donde bestias mitológicas abrebaban junto a sus compañeros. Humanos pulcros, desnudos, bellos. Aunque en vida hubieran carecido de esos atributos estéticos.
Cursi, hubiera dicho, de no ser por las transparencias del mundo palpable.
Habían crecido. En éste día, en éste corto lapso de tiempo bajo un sol omnisciente, incansable, incronometrable; las filtraciones ya sumaban seis.
Una formación de ángeles cruzó el firmamento, sobre la enfermera que se movía afanosa, alrededor de él.
Quizá la planta de energía estaba agotándose, muriendo.
Trató de imaginar lo que sucedía en el exterior. México estaba al borde de la guerra civil, cuando su sandsurf perdiera estabilidad y lo llevara en colición directa contra la escarpa rocosa.
Su última carrera. Un seguro millonario, manteniéndolo bajo ese entorno virtual, mientras los grupos suversivos, quizá dinamitaban todo el país...
Quizá... Y fue un pensamiento alegre. Eso lo sacaría de su estúpido estado vegetativo. Lo conduciría finalmente a las mansiones oscuras. A esos parajes de árboles muertos, castillos derruidos, bajo claros de luna estragados, rotos.
La membrana virtual volvió a recuperar consistencia.
—Te amo, hermano —dijo Laura Grant, ofreciéndole frutos, su mismo cuerpo.
—Gracias, no tengo hambre —estaba harto de aquellas manifestaciones, de la idiota programación de realidad virtual que dejaba a la vista huecos tan grandes, tan perceptibles. Laura había caido una semana antes que él. De sobredosis, en un hotel de Las Vegas, como correspondía a su figura de actriz cotizada.
El sol parpadeó en ese instante. No había otra forma de describirlo. Quizá era semejante a un foco que duda entre apagarse o permanecer encendido.
Tonos variando. Miedo. Los ángeles oteando en el horizonte, desorientados.
Un unicornio cayendo en el abrebadero. Sus carnes mutando, volviéndose rojizas, como la iluminación. Dos cuernos emergiendo a los costados del original, curvándose sobre él.
Un par de piernas extra, ayudándole a incorporarse, a embestir a los humanos.
—Refúgiense —los ángeles gritaban alterados, urgiendo a sus compañeros a la retirada.
Laura no dudó un instante, se unió a la estampida, buscando la espesura de los árboles, la seguridad inerme de las cabañas.
La clave alcanzó su cerebro en un instante.
Virus. Quizá intrusión terrorista, apoderándose de las computadoras, anulando el sistema de defensa de aquel edificio inteligente.
—Esta es tu oportunidad —dijo. Aquello era producto de la interfase, de nada más, una voz de alarma que los aislaría de posibles daños.
Corrió, de cara al transformado unicornio. La bestia no se detuvo.
Dolor. Los tres cuernos penetrando su carne, estragando su vientre... Y dolor real. Las viejas heridas volvían a estar en su lugar.
Se sintió arrojado por los aires, atrapado por los brazos marmóreos de un ángel.
—Demasiado tarde —se burló.
Su mente ennegresiéndose, transformándose en túnel. Oscuro, doliente.
Gemidos, levantándose de la tierra, mientras la tocaba, buscaba la senda.
Y allí estaba todo. Arbustos secos y espinozos. Enormes rocas de silueta retorcida... y la atmósfera: una tristeza concentrada, un claro oscuro perpetuo. El dolor...
Pero había algo más. Extraño, demasiado familiar.
Sueños colados, parajes imaginados.
—Esto no es la muerte —bufó—. Malditos, lo están volviendo a hacer, reprogramaron esta porquería.
Sintió el tacto de dedos descarnados presionando su hombro. Giró, sabiendo lo que iba a encontrar.
No hubo decepción.
La estampa de la parca era una copia extraida de cintas fílmicas, de la tradición mortuoria universal. Ni un dejo de originalidad. Ahí estaba su rostro calavérico, su sonrisa de dientes astillados y resecos.
—No sabes cuanto he luchado por éste momento —dijo el esqueleto encapuchado—. Sólo tengo segundos... Un mensaje, una forma de agradecerte tu pasión por mí... Hace mucho que dejaste mis dominios, mi transición... Estás en el lugar que te correspondía. Está incredulidad tuya es tu tortura, tu infierno.
—Sí, claro. Por eso sabía exactamente lo que ibas a decir.
—Lo sabías porque te lo dije, porque te advertí en el breve momento que teníamos para conocernos.
—Por supuesto —se mofó, empezando a caminar.
Un hombre cubierto por vendas se arrastraba rumbo a la muerte.
—¿Lepra? —se preguntó— Ah, claro, ahora me van a poner con gente de otras épocas, para que deje de sospechar.
—Un caso perdido —alcanzo a oir que decía el leproso a la muerte—. Jamás aceptará su condición.
—Gracias, de cualquier manera —dijo la muerte y él creyó distinguir cómo desaparecía, sin aspavientos, sin mayores trámites.
—Estúpidos progamadores —masculló—. Estúpido gobierno que no acepta la eutanacia.
Y siguió buscando la verdadera senda, la ya recorrida, hacia la muerte.
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LA CARA NEGRA DE DIOS
Y las tinieblas cubrían la
superficie del abismo, mientras
el espíritu de Dios aleteaba
Génesis.
En el principio era Dios y Dios estaba completamente solo. Así transcurrieron los evos hasta que Dios deseó ver a Dios, conocerse a sí mismo; para ello tuvo que crear un espejo, a ese espejo le llamó Universo y en él habitaban las tinieblas.
Dios contempló a Dios en el acto creador y por un instante fue feliz, esa felicidad lo acompañó durante millones de años hasta agotarse y otra vez vino el sentimiento de vacío.
Las tinieblas se entretenían en su danza estática, en su bacanal de silencio. Cubrían la superficie del abismo haciendo corro en torno al espíritu de Dios que se abría paso entre ellas como un bajel de fuego. La oscuridad se replegaba presurosa ante Él para luego, burlona, inundarlo todo con el hábito negro de la soledad.
¡Pobre Dios! Píldora dorada en el estómago negro de la nada. Dios, ojo radiante incapaz de contemplar otra cosa que a sí mismo. ¡Príncipe de la soledad, Señor de la ausencia, Dueño del vacío! Cantaban las sombras divirtiéndose hasta la locura.
Dios, origen de todo, indefinible e ilimitable, vagaba del principio al fin de la nada. Un sentimiento inexplicable le atenazaba el lugar donde debería estar el pecho y en teoría su corazón sangraba.
¾¿De qué sirve el amor si no hay a quién prodigarlo? ¾ Decía para sí. Llegó un momento en el cual ya no pudo soportar la soledad. Del centro de la voluntad divina brotó una emanación de energía como un disparo de luz. Una esfera ígnea giraba lentamente ante la presencia divina. Dios manipuló la esfera, la fragmentó en siete partes dotándolas de conciencia y atributos particulares y luego sopló sobre cada una de ellas para animarlas.
Siete seres luminosos rodeaban al Todopoderoso: Miguel dueño de la luz, Gabriel señor de los sueños, Samahel amo de la guerra, Anael príncipe del amor, Raphael señor del conocimiento, Zachariel custodio del poder y Orifiel guardián de la soledad.
Angeles, mensajeros raudos, siervos fieles, compañía eterna. El equivalente a una sonrisa inflamó al todopoderoso.
¾¡Ríanse ahora, estúpidas sombras! ¾ Parecía decir el resplandor divino. Las tinieblas, mientras jugaban a los dados, se hacían las desentendidas. Satisfecho de su obra, el Creador cayó en un profundo letargo.
Poco a poco, la cara negra de Dios fue emergiendo hasta quedar en libertad.
El rostro negro contempló a los ángeles ¾ bellos, pero débiles ¾ reflexionó el Señor Oscuro. En su mente convocó a toda la fuerza y la furia del Universo. Tomó los atributos de cada ángel y los mezcló para formar, a partir de una llama negra, al que sería el más poderoso de todos. Luzbel lo llamó y creó la tierra para que mandara sobre ella y su poder hizo temblar a las mismas tinieblas que abandonaron, momentáneamente, su partida de naipes.
Con el despertar de Dios su faz negra huyó. Dios contempló al nuevo ángel y un estremecimiento lo recorrió. Se daba cuenta del tremendo poderío del ángel de la cara oscura. Mandó a los siete a que construyeran planetas para rodear a la Tierra y mantener bajo control a Luzbel y les dio mando sobre legiones; así nacieron el Sol y la Luna, Marte, Venus, Mercurio, Júpiter y Saturno. Cadena de planetas, cerco eterno para Luzbel. Siete ojos del Señor para vigilar al nacido de la penumbra.
Luzbel, desde el interior de la Tierra, palpaba con manos invisibles cada uno de los rincones del planeta. Conoció el agua, el cielo y las nubes. Se entretuvo en darle nombre a todo y todas las cosas. El reflejo de su rostro quedó grabado en las facetas de los minerales, en los pistilos de las flores, en las grietas del coral. Luzbel, Príncipe del aire, se regocijaba con las maravillas del mundo y para sentirlo totalmente confundió sus venas con las de la Tierra, así nacieron las corrientes telúricas sagradas sobre cuyos nodos principales las distintas civilizaciones prehumanas construirían sus adoratorios.
Dios determinó traer a su corte al ángel negro. ¾Teniéndole cerca podré controlarlo mejor ¾ dijo a modo de disculpa, más para sí que para su séquito, que por otra parte nunca pedía explicación alguna.
Miguel y Gabriel bajaron a la tierra, descendieron como rayos y con sus voces potentes convocaron a Luzbel llamándolo Hijo del sueño oscuro de Dios, Señor de la Tierra y sus criaturas. Una suave bruma cubrió a los heraldos, ante ellos se materializó el Príncipe del aire. Le manifestaron la invitación del Gran Padre para que acudiera a la corte celestial. El ángel terrestre meditó unos segundos, le puso agua a las macetas, creó al hombre con el barro de un tiesto de margaritas y se fue con los emisarios al Cielo.
El recién llegado fue recibido con solemnidad, no podía obviarse del todo que también era hijo del Altísimo. Hubo un espléndido banquete al término del cual vino la discusión sobre temas tales como el libre albedrío del hombre, los límites de conocimiento y la reencarnación. Aburridos por fin de tanta disquisición inútil se quedaron en silencio. De repente se volvieron para observar fijamente a las tinieblas que enarcaron una ceja interrogante... Dios, Luzbel y las tinieblas se pusieron a jugar ajedrez trilateral. Se divertían como enanos, mientras que en la Tierra, los hombres iniciaban el largo sendero del conocimiento y acaso soñaban conque un día se convertirían en dioses.
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EL HOMBRE DEL TRAJE GRIS
H. Pascal
Cuando hablo de adicciones, no me refiero a algo que te puedas meter por las venas, por la piel, por la carne, la sangre, la boca o el culo. No me refiero a algo que llene tus pulmones o te tope la sangre con una estampida de alfileres.
Veo los ojos de Dios y miro hacia el vacío. El atisbo de Dios. Su falta de presencia, Su ausencia que todo lo consume. Veo a Dios y me miro en Dios.
Soy adicto al vacío.
No puedo dejar de observar esa mirada hueca a través de la pantalla.
No puedo.
Cuando hablo de dioses, no me refiero a un ser viviente, ni a uno muerto. No me refiero a algo que gravita en el espacio imaginario de tu mente. Hablo de algo real. Sí, está ahí afuera. Y flota. Es algo que se ve a través de los muros de acero. Y repta. Es algo que te observa como lo hace un ciego. Y cuando descubres esa mirada, te deja marcado para siempre.
Dios está hecho de miradas. Está hecho de silicio. Está hecho de memorias. De luces, también. Parpadea hacia ti cuando el cursor se queda fijo en algún punto.
Estoy casi sin rostro. Y a mi edad. Pálido como la crema del pastel de tres leches. Insufrible. Repugnante. Desnudo de todo pudor. Y como carne todos los días.
Siempre lo he hecho. Ayer hablé de ti, y les dije que estás viva. No les dije que estás bien jodida y yerma. Y un musgo acre crece entre tus muslos. No les hablé de tu rostro de flores grises, ni del bosque que ahora habitas. No les dije que eres feliz.
-Se fue de viaje y no regresará.
-¿A dónde?
La gente es curiosa. José Juan no tanto, pero Brabda, siempre ha deseado saberlo todo, enterarse de los detalles. ¿No le ha dicho nadie que la sabiduría pone límites al conocimiento? Por supuesto, ella no es una mujer sabia, pero sí lista, lo cual la hace más peligrosa.
Por supuesto, no le contesté.
La brisa artificial del restaurante de comida prefabricada contrastaba con el sudor de un par de niños que miraban por el ventanal hacia dentro. Muriéndose de ganas por comer aquel pastel, aquella hamburguesa. Muriéndose de ganas por beber esa cocacola con hielos, o esa naranjada con un gran gajo de fruta incrustado en el labio del vaso. O simplemente muriéndose y alucinando que veían sus ojos sudorosos una especie de cielo prefabricado, pero mejor que el calor insoportable de la calle, que el hambre de la calle, que la mugre y la muerte de la calle.
Ella sorbió su naranjada. José Juan había perdido todo interés en la conversación, y buscó en su mochila algún libro para distraerse. Pero Brabda seguía mirándome.
Yo le dí vueltas a mi café, ya tibio. Tomé la taza y absorbí todo el contenido. Miraba hacia la ventana. Hacia los niños. Sudaban más, quizás, pero ya no veían hacia adentro, a pesar de permanecer muy cerca del cristal. Estaban observando hacia la avenida. Hacia una figura vestida de gris, con gabardina completa a pesar del calor. A un lado, se le marcaba al andar un objeto largo, un tubo, la silueta esculpida en tela del cañón de una escopeta.
-Creo que yo me voy.
-Creo que nosotros también.
José Juan tenía la vista fija en el hombre. De su mochila no había sacado un libro, sino una especie de garfio de un material oscuro, posiblemente duraluminio con fibra de carbono.
-Por allá.
Me siguieron hacia la cocina. Brabda aún no comprendía e intentaba resistirse, detenerse para recibir alguna explicación. Pero José Juan le mostró con el garfio la figura del hombre de gris, que se acercaba. A paso rápido hacia la puerta del restaurante. Desde sus lentes oscuros no podía saberse si nos veía.
-T’á güeno.
Corrió ella también, entrando a la cocina justo en el momento en que la puerta giratoria del lugar se abría.
Mientras esquivábamos los insultos del personal, busqué un espejo en la mochila de cadera. Un garfio y un espejo. No eran armas suficientes, pero de algo servirían. Mi tacto localizó el objeto: una sensación de fuerza. Un repiqueteo de caricias agresivas.
-Sí, con esto tiene que bastar.
-No mames, un espejo mágico no sirve de nada contra las balas.
Brabda sacaba de su bolsa de mano una fusca de balas explosivas de plástico.
-Esto sí.
Un par de cocineros canadienses, altos y rubios, de ojos azules, nos cerraban el paso hacia la salida en la larga cocina. El otro personal había desaparecido bajo las mesas o tras los muebles de aluminio.
Interpuse el espejo mágico, para convertirlos momentáneamente en ranas. Se los lancé. Pero después de dispersarse el humo, salieron saltando un par de cucarachas güeras, grandotas, agresivas, brillantes como cubiertas por un barniz de baba. Y gordas como marranos.
-Uta, qué asco.
José Juan les aventó el garfio. El instrumento giró como un bumerán, llevándose con la punta una antenas de la cucaracha más cercana, y luego se clavó en la minúscula cabeza de la otra. El insecto que nos iba a atacar comenzó a dar vueltas sobre sí mismo, desesperadamente, y el otro, con el arma destripándole los sesos, se convulsionó. Un flashaso más con vapores anaranjados y vimos cómo uno de los cocineros se movía, loco de dolor, tapándose la sangre que brotaba de su ojo cercenado. Se convulsionó para luego caer sobre el cuerpo muerto del otro, que llevaba, como una diadema de sangre, el garfio clavado en medio de su güera cabellera.
Un escupitajo de plomo al rojo vivo sonó a un lado. José Juan estaba herido, aunque sólo superficialmente. Pero ya Brabda iba tras nuestro atacante. Le lanzó varias balas del plástico con relleno explosivo.
-¡No mames!
Era un grito desesperado, porque vimos cómo las balas traspasaban al hombre del traje gris y se estrellaban en uno de los anaqueles de aluminio, estallando, rompiéndolos en fragmentos de metralla. Una astilla de metal pegó en el arma de Brabda. Ella, con la mano sangrante, intentó sostenerla. Pero era inútil. El hombre del traje gris sólo se sacudió un poco. Los lentes se le habían ladeado. Un movimiento de sus manos empuñando de nuevo la escopeta nos informó que ningún daño significativo había sufrido.
-No mames.
Recuerdo que pensé “hierro, necesitamos hierro contra esa puta magia”. Pero sólo veía aluminio y plástico. Bajo uno de los muebles, había una cacerola olvidada. Las cucarachas pululaban dentro de ella. Arrastrándome, mientras esquivaba otro escopetazo, me hice del trasto. Lo agité para deshacerme de los insectos y tras el correteo de decenas de patas, cayó algo viscoso y repugnante, una especie de gelatina con hilos como nervios. En medio de toda aquella vasca había un ojo, un ojo humano, con una parte de los músculos oculares. Era verde, del mismo color de los tuyos, de ti, que reposabas sin ningún sobresalto en cierto lugar secreto.
Parecía el ojo vacío de Dios.
Parecía una sonrisa sin boca.
-Guácatelas... ¿Qué chingados haces removiendo mierdas si nos están matando...?
Pero la voz de Brabda se perdió entre un par de percusiones más. Una de las postas de los escopetazos rebotó para llegar hasta la piel de una de mis piernas, al traspasar con su velocidad al rojo vivo la tela de los jeans.
-¡Ah, qué la chingada!
Quise quejarme un poco más. Sin embargo me sobrepuse, y calculando que el hombre del traje gris recargaba su escopeta, me alcé para lanzarle el cacharro de hierro. Esta vez no traspasó el cuerpo de nuestro adversario. De hecho chocó como si se topara con una muralla de gel sólido. El hombre tembló, dejando escapar la escopeta de sus manos. Pero no logré más con ese golpe.
-¡Vámonos! ¿Qué chingaus estamos esperando?
Era José Juan. De algún modo se había puesto una servilleta de papel en la herida, para detener la hemorragia, e intentaba quitar el cuerpo de los dos cocineros, que obstruían el paso.
-¡Ayúdenme, cabrones!
Demasiado pesados. Dos canadienses de ligas mayores. Dos cabrones muertos, con todo el peso de su muerte pegándolos al suelo. Inamovibles.
-¡Cuidado!
José Juan esquivó la primera ofensiva del hombre del traje gris. Ahora parecía una especie de gelatina con esqueleto. Pero No dejaba de atacar. Tenía en cada mano un cuchillo cebollero, de esos que son como para cortar cebollas diseñadas genéticamente para quitarle el hambre de cebolla a la mitad del mundo.
No tardó en acorralarnos en la puerta trabada por los cuerpos de los canadienses. Se acercaba el fin. Y lo peor era que moriríamos juntos, después de haber peleado a medias algunas batallas, sin convicción. Nos veíamos como los hombres de la retaguardia estúpidamente gloriosa del ejército de Carlomagno, tratando de no dejar el pellejo en el antiguo País Vasco.
-Qué pinche mala suerte.
José Juan parecía leer mis pensamientos.
Quizás lo peor era morir sin mirarte otra vez, sin poder decirle a nadie más que estabas viva. Morir junto a un güey y una cabrona con los que existía una brecha emocional demasiado grande como para que compartir la muerte con ellos fuera algo más que una grotesca casualidad.
El hombre de gris gesticuló desde su cara hecha de fluidos sólidos. De su boca extraña brotaba un chorro de sonidos como si fuera saliva con sangre.
-Ya se chingaron.
No me hagas caso, pero creo que eso fue lo que dijo cuando alzó ambos cuchillos para rebanarnos como si fuéramos cebollas. Jitomate o lechuga.
Pocas veces he estado tan cerca de morir.
Y pocas veces me ha dado tanto coraje estar a merced de uno de estos putos engendros.
La puerta de la cocina se abrió. El ruido bravucón de una patada había precedido el movimiento. Vi a los dos niños con cara de hambre. Vi que miraban al hombre del traje gris como si fuera una hamburguesa gigante, con doble queso y papas a la francesa. Voracidad. Ansia. Deseo. Miradas polifágicas.
De sus manos brotaron dos cuchillos. Herrumbrosos filos. Sin duda hierro puro, sólo un poco oxidado. Era un truco viejo, para evitar la detección. Nada mejor que un poco de agua para que un objeto de hierro se convirtiera en aparente chatarra, irreconocible bajo la somera mirada de los detectores mágicos.
Las hojas volaron hacia el hombre de traje gris, que parecía nunca antes haberse enfrentado con unos pequeños de tal calaña. Sólo miró cómo se aproximaba su muerte envuelta en un silbido de aire cortado por dos cuchillos.
Las armas se clavaron sin mucha fuerza en su pecho. No hacía falta más. Traspasaron el gelatinoso cuerpo y se fundieron en él.
Un crujido. Crepitante, ondulado. Un ruido. La caja de huesos que se abre, rompiéndose en fragmentos. El corazón, un puño de oscuridad, vomitando su luz morada. El gesto del hombre del traje gris, un murmullo del abismo arrugándose hacia sí mismo, comiéndose sus propios dientes carcomidos.
No pudo haber durado más de diez segundos aquella muerte. Pero cada vez que la revivo, miro esos ojos, esas pasas brillosas en que se convirtieron, observo lentamente cómo se van aglutinando sobre sí mismos para formar un agujero negro en medio de la galaxia de la muerte. Y veo de nuevo a Dios.
Dios y su eternidad.
Dios y sus instantes.
Los dos niños nos miraron un solo momento, y después se aproximaron a una de las charolas que, minutos antes, algún mesero se disponía a llevar a la zona de comensales. Dos hamburguesas, dos vasos de cocacola con hielo picado y sus popotes. Dos órdenes de papas a la francesa. Dos de cada cosa, con una exactitud casual perfecta.
Una bondad inexplicable.
No les importó que aún no tuvieran mostaza y salsa catsup. Simplemente mordieron los grasosos manjares, hicieron crujir entre sus dientes la lechuga, y, casi simultáneamente, con una inocencia terrible, deliberada, gozosa, se limpiaron la grasa de las comisuras de los labios con el dorso de la mano y nos miraron. Uno tenía ojos verdes; el otro, ojos violeta.
Brabda se emocionó.
-¡Hórales, nunca había visto mutantes tan chidos!
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